Basilia en el desierto con sus cuchillos

Nara Mansur Cao • Argentina
Por Eso que se extiende se llama desierto, poemario de Basilia Papastamatíu, que presentamos hace unas semanas en la Biblioteca Nacional de Argentina, junto a Luis Chitarroni y Noé Jitrik.
 

La poeta habla de un nosotros, una voz —la suya—, colectiva, gregaria, que nos contiene; una voz es un lugar de enunciación pero también físico, un cuerpo: el cuerpo nuestro amenazado o cuidado, tal vez, por la intrepidez ajena, por la infidelidad ajena. Es el desierto, la arena del sacrificio, es la guerra, la tormenta, el polvo donde unos caen y otros se abren paso, muestran la gloria. Las heridas se reparten como pregón al viento, como se reparten las culpas. Así la poeta organiza su libro, delicadamente, bajo una luz grata que reconcilia y fortalece. Ella se sabe en tinieblas y pregunta si todavía es posible la pregunta. A la poeta la sostiene su inocencia, su malla de acero, su goce por entrenar el espíritu, a la poeta se le pone la cabeza mala…

En el desierto la poeta se hunde mientras avanza, se moja y arde, habla pero el poema es apenas audible, el verbo… ¿resiste? La poeta va a ser raptada por su propia provocación. Ella conoce la amargura de los ídolos de piedra, de la dominación premeditada. Ella está ávida de presentarnos a los conversos, a esos objetos sin sentido que antes tuvieron vida y que ahora son sólo residuos, desprendimientos, ecos…

Basilia los observa a ellos, a los otros, los ve dormidos y ocultos, próximos a ser aniquilados. Los otros van a ser aniquilados pero su cuerpo de poeta y el cuerpo de nosotros los ve alcanzados por chispas errantes del infierno. El paisaje es desolador pero la muerte es perezosa cuando avanza con pies de plomo. Basilia vuelve a sonreír con ese ligero sarcasmo, esa risa que no sale del todo de su boca y cruje, esa risa que en parte queda adentro, serenándose, tranquilizándose, convirtiéndose en otra cosa.

Este libro habla de un silencio colectivo y próximo y de una próxima vez en que será ardiente el abrazo de los bandos en pugna. El impulso es el de la confrontación, unos y otros a ambos lados del puente, unos y otros compartiendo un mundo común, de común agonía. Siempre el miedo a que este y no otro sea el miedo final. ¿Pero es el desierto o la floresta, Basilia? ¿La aridez o la floración? La poesía en este libro se ofrece como la hojarasca, se derrama y esparce, dialoga, se hace preguntas, retrocede, se hunde un poco en aquella arena del combate y también en la de la playa. Siempre la arena es una tierra que tiembla y que se va y nos deja levitando, haciendo ejercicios frenéticos con las piernas en el aire. Eso que se extiende, cómo se llama, Basilia; eso que la memoria no sabe inscribir en los cuerpos de los guerreros, ¿cómo se llama? ¿Eso que se extiende es lo irremediable, lo fogoso? ¿Es solo espacio lo que se extiende? ¿Es amor con lo que nos identifican y nos hacen descender otra vez hacia las aguas? ¿Hay amor que no sea virtuoso, que nos haga tener que revisar nuestros sueños, incluso aquellos que nos hicieron arrastrarnos por la arena, suspendernos de un mundo interpretado?

Los sueños de este libro son sueños guerreros; las escenas de este libro son escenas de pavor; los hombres de este libro han sido despojados de su dignidad. La guerra es el desbande, la banalidad, el basural, la arbitrariedad, la imposibilidad de un resquicio, de sumergirnos en la arena. No habrá guerra si hacemos que la inercia no domine al desierto y que este se extienda hacia todos los hombres residuales, que la arena cubra