Atilio

David Camps • Pinar del Rio, Cuba

Para Isabel Aida Rodríguez 

 

En la actualidad me cuesta mucho esfuerzo mental concentrarme en un pensamiento cualquiera que no sea el de mi idea fija: niñas y niños; vuelvo a lo que puedo ya calificar de obsesión sin darme cuenta. Cuando por fin logro pensar en cosas sanas, agradables, bellas, reconfortantes, tal y como me pide haga el psicólogo que me atiende, Antonio, esos momentos duran el tiempo que invierto en ir de la cama a la puerta que da al pasillo: uno, dos, tres, cuatro pasos exactamente. Me agota intentarlo una y otra vez. Es inútil, los rostros de Ángel y Anisbel se presentan ante mis ojos con una claridad solar. Ni dormido alcanzo la paz pues mis sueños, algunas veces tranquilos al principio, se convierten en espeluznantes pesadillas que me despiertan y me impiden volver a dormir. Dice Antonio que no debo tratar de conciliar el sueño, que lo mejor es que me siente ante la pequeña mesa que forma parte del mobiliario de mi dormitorio –celda más bien– y que escriba lo soñado. Y eso es precisamente lo que hago: escribo el sueño –la pesadilla– que tuve esta noche. 
Estoy sentado en el sillón en la terraza lateral de la casa en que sé que vivo. A unos treinta metros, el mar en calma. Las olas, sin fuerza, mueren tranquilamente en la orilla. Deben ser alrededor de las siete de la mañana y bebo mi tercera taza de café fuerte y sin azúcar. El sol, en el límite del horizonte todavía, emite una luz dorada que lo transforma todo: la terraza, yo sentado en el sillón, la casa, los pinos que la rodean, la playa misma. Esta luz me produce un placer sensual y relajante, casi erótico. Cierro los ojos disfrutando del instante mágico y, cuando los vuelvo a abrir, lo veo: allí está, casi junto a la orilla, construyendo un castillo de arena. 
Según Antonio, Ángel y Anisbel, seres reales, vivos, fueron transformados por mi imaginación –mi paranoia, digo yo– en seres antinaturales al atribuirles cualidades que, en la realidad, son imposibles en un ser humano. Pero ante esta afirmación tan categórica de mi psicólogo, aflora mi escepticismo de siempre –casi enfermizo si se quiere– y argumento: vivía tranquilo en mi apartamento de la Avenida de los Presidentes hasta el momento en que los Maldonado- Altagracia, por medio de una permuta, se convirtieron en mis vecinos; sólo entonces y gracias a la mirada del hijo mayor del matrimonio –un niño de once o doce años con cara angélica–, empezó mi obsesión. ¿Es que no lo vi “clavarle la mirada” a su pequeña hermana cuando hacían equilibrio sobre la baranda de la terraza? ¿No la vi caer y no oí el terrible sonido que provocó el choque de su cuerpecito contra la acera? ¿Es que Anisbel no bailaba como un trompo, un tornado, un huracán, secando a su paso toda la vegetación que la rodeaba? Antonio opina que el primer caso fue un accidente producto de la temeridad de la niña y el segundo… ¡por favor!, mis ojos, mi imaginación descontrolada, la veían moverse en cámara rápida. ¿Estaba tan enajenado de la realidad? ¿Soy tan sugestionable, hipersensible, frágil de mente? 
Al verlo, un ligero estremecimiento recorrió mi cuerpo. Allí estaba, como puede estar cualquier otro niño, construyendo un castillo de arena. Intento sobreponerme al temor incipiente: es normal que un niño, de vacaciones en la playa, juegue con la arena, que construya castillos, fortalezas, lo que se le ocurra, puesto que está solo. Algo calmado, voy hasta él y lo miro hacer, en silencio. Él no me mira. Le pregunto si vive cerca, si es un vacacionista. Sonríe, pero no responde. Se levanta, coge su cubito de plástico y se adentra en el mar. Regresa con el cubito lleno de agua y se la echa al castillo, destruyéndolo. Tira el cubo y regresa al mar. Nada con calma, braceando rítmicamente, alejándose de la orilla más y más. Le grito que no debe nadar tan lejos, que es peligroso, pero no me oye o no me hace caso.
Me despreocupo: Nada bien, no hay mucho oleaje y, en última instancia, allá sus padres si es que lo dejan hacer lo que le dé la gana. Decido regresar a casa. Avanzo unos pasos y me detengo: he oído, primero un chapoteo y luego ludir de la arena detrás de mí. Me vuelvo: es él. Chorrean sus cabellos y su cuerpo brilla como si estuviera cubierto de escamas plateadas. Su rostro es inexpresivo, neutro. ¿Cómo te llamas?, le pregunto. Atilio, me responde. Raro nombre. ¿Un derivado de Atila?, sonrío. Se encoge de hombros y corre por la orilla del mar un largo tramo y después se interna en la arboleda de pinos y uvas caletas. 
¿Vi lo que vi o lo imaginé? ¿Los fuertes rayos del sol me hicieron ver lo que creí haber visto? ¿Los dedos de sus pies se habían alargado y entre ellos…? ¿Membranas como las de los patos y las ranas? 
La mañana transcurre como siempre: limpio la casa, barro la arena acumulada por el viento en la terraza, chapoteo un poco en la playa… Frío unos filetes de pargo. 
Prefiero el pescado a las carnes rojas, más si lo acompaño con un vino blanco, pero hoy no hay vino. El pescado frito sabe a manjar de los dioses, frase manida pero ajustable a los filetes que tengo delante de mí. Los acompaño con una ensalada de tomates bien maduros sin aderezo alguno. Mastico despacio esa maravillosa combinación, abstraído, cuando de pronto siento en la nuca un cosquilleo: soy observado. Respiro profundo. Detrás de la ventana que está a mi derecha, Atilio me mira a través de las persianas. Sonrío. Con un gesto de la mano lo invito a comer pero él no reacciona, su rostro es de piedra. Vuelvo la vista: al frente, otro Atilio en la ventana. Un ligero seísmo recorre mi cuerpo, se me pone la piel de gallina. En la ventana de la izquierda, un tercer Atilio. ¿Habrá un cuarto? Sí, atrás, en la ventana de la cocina que da directamente al comedor. Despacio, tratando no sé por qué de no hacer ruido, me levanto, me dirijo a la puerta del frente, la abro y salgo al portal. Cuatro Atilios corren hacia la playa pero antes de llegar al mar se funden en uno solo. Este único Atilio se lanza de cabeza al agua, se sumerge y dejo de verlo, el mar se lo ha tragado. 
Me siento en un sillón de la terraza, sudo copiosamente, me duele la cabeza, arde mi frente, estoy enfermo, agonizo, me espera el infierno. No sé cuánto tiempo paso sentado en el sillón, mirando al mar, o no, hacia el mar pero no precisamente al mar. En mis sueños el mar me persigue, pero es mi amigo. Era mi amigo. No sé explicarlo, me enredo en un galimatías sensorial y de pensamiento. Ya algo recuperado del mal momento vivido, entro en la casa, voy a la mesa del comedor, cojo el plato en que quedan unos cuantos trozos de pescado frito y los observo con detenimiento. Algo me hace pensar que existe una relación entre estos restos de pargo y Atilio. Pero… ¿cuál es la conexión? 
Tiro al cubo de la basura las sobras del almuerzo y me dirijo al dormitorio. Antes de caer en la cama inconsciente, surge una imagen en mi mente: cuatro pares de pies y cuatro pares de manos convertidos en aletas y patas de rana corren hacia el mar. 
Las aguas están turbias debido a un remolino provocado por un gran hueco en el fondo. Todo gira vertiginosamente: arena, algas, corales, piedras, peces, cangrejos, langostas, tiburones, un cachalote. Giro yo también aunque trato en vano de escapar del torbellino. El hueco traga y traga con hambre insaciable, hasta que por fin yo mismo soy tragado. 
El reloj marca las seis y treinta de la tarde. He dormido seis horas. Tengo reseca la boca y saben a pescado mis labios por los que paso la lengua. Un hedor denso a pescado y mariscos, irrespirable, invade la habitación. Me levanto y dando tumbos, mareado, llego a la puerta, la abro y salgo al portal. Un sol rojo brilla sobre la línea del horizonte. Respiro profundo tratando desesperadamente de llenar mis pulmones de aire puro pero me atraganto porque la pestilencia no sólo persiste, sino que se ha hecho más fuerte. Me ahogo, mi cuerpo se convulsiona, sé que algo extraordinario está pasando. El mar se agita, grandes olas barren la arena y ocurre lo inesperado: surgen del mar nueve, quince, setenta y cinco, ciento tres Atilios convertidos en niños-peces. Avanzan despacio hacia mí. Sin darme cuenta me quito el pantaloncito y la camiseta. Tengo la piel cubierta de escamas y los pies se han convertido en patas de rana, los brazos se vuelven aletas.
Se acercan, ya están a pocos metros, los espero. 
Han transcurrido cinco meses y sólo dos de mi salida del hospital. Aún no he podido incorporarme al trabajo pero sé que mejoro, no tengo pesadillas y no recuerdo lo soñado. Intento retomar mi modo de vida acostumbrado y poco a poco obtengo pequeñas victorias. Sigo el plan que Antonio me ha programado: sedantes por la mañana y antes de dormir, trabajar en el jardín, carreras matutinas, una dieta balanceada… de la que he eliminado el pescado. Detesto el pescado, pensar en un plato de pargo frito me revuelve el estómago, me produce arqueadas, me salen ronchas en los brazos y la cara. 
Amanece. La temperatura está algo fría pero me agrada. Cantan los grillos, croan las ranas, el olor embriagador que emana de las flores de la mata de jazmín de noche invade la casa. Escribo sentado a la mesa del comedor iluminado por una lámpara de pie que he colocado a mi derecha. El resto de la habitación permanece a oscuras. Al alcance de la mano, una gran taza de café fuerte y sin azúcar. Tocan a la puerta. ¿A esta hora? Tocan de nuevo. Un penetrante olor a pescado podrido se mezcla con el del jazmín de noche. Tocan por tercera vez. No tengo dudas de quién puede ser el visitante. Debo abrir la puerta. 

 

Tomado de La letra del escriba
Ficha: David Camps (Pinar del Río, 1939). Actor, dramaturgo, narrador y crítico de arte. Se inicia en el teatro en el año 1957. A principios de 1959 ingresa en Teatro Estudio, donde permanece hasta 1962. En 1968 obtiene mención en teatro en el concurso UNEAC con la obra En la parada llueve, y en 1971, en el concurso Casa de las Américas con En el viaje sueño. Entre sus libros publicados aparecen Balance (cuentos, 1964), Antonia (teatro, 1989), Paula y Elvira (teatro, 2003), El día de Kipur (novela, 2006). Ha sido publicado, además, en diferentes antologías en Cuba y en el extranjero. Este relato pertenece a su libro Tres niñas, dos niños y un viejo

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato