Glosas de un Festival Chaplin

Alejo Carpentier • La Habana, Cuba

Todavía está por escribirse un ensayo sobre Chaplin en la literatura contemporánea. Desde el final de la guerra menudean comentarios y loas de las geniales creaciones del gran mimo. Élie Faure, el penetrante crítico y fuerte teorizante, le ha consagrado uno de sus más bellos estudios. Ivan Goll, el poeta bilingüe, ha escrito todo un poema, “La chaplinada”, por inspiración de sus films. Hay un libro de Poulaille, un magnesio literario de Paul Morand, artículos de Nathan, y un largo manifiesto firmado por todos los surrealistas franceses —Hands of love— para protestar de la americanísima agresión judicial de su esposa, que le impedía concluir El circo. Esto sin contar los innumerables volúmenes de biografía, y la propia aportación de Chaplin, con su libro Mis viajes, y con una serie de admirables artículos sobre los resortes de la comicidad, que constituyen el más inesperado de los apéndices para La risa de Bergson.

Su universalidad está demostrada por la cantidad de aspectos que ofrece al espíritu que intente enfocarlo. Hay un Chaplin técnico, un Chaplin cineasta, un Chaplin teorizante, un Chaplin actor, un Chaplin en la vida, y, sobre todo, un Chaplin poeta.

Sin embargo Chaplin sigue siendo un tema inagotable. Su universalidad está demostrada por la cantidad de aspectos que ofrece al espíritu que intente enfocarlo. Hay un Chaplin técnico, un Chaplin cineasta, un Chaplin teorizante, un Chaplin actor, un Chaplin en la vida, y, sobre todo, un Chaplin poeta. Nadie ha escrito aún la historia de su familia imaginaria —esa familia que no aparece en sus films pero cuya presencia pesa en cada gesto del personaje. Nadie ha pensado todavía en hacer un catálogo de sus hallazgos mímicos, o en fijar ordenadamente los episodios de su maravillosa existencia cinematográfica —episodios que forman la más grande y auténtica novela picaresca de nuestra época.

Escribo esta crónica, sobre un tema cuya actualidad es más que problemática, bajo la impresión de un Festival Chaplin al que acabo de asistir, y que se ha celebrado en uno de los más concurridos cinematógrafos parisienses. Durante la exhibición de la verdadera antología de gestos chaplinescos que se nos brindó, evoqué continuamente la novela picaresca. La vida de Chaplin en la pantalla recuerda, en cuanto a estilo, la del Gran Tacaño, con la diferencia bastante sensible de que Charlie es toda bondad, y el héroe de Quevedo es sólo un rufián astuto. Pero ambos llevan la misma existencia errabunda, a la merced de la primera aventura peligrosa, sin más pitanza, muchas veces, que el magro cocido del Licenciado Cabra. Los cobs de botones plateados son tan temidos como los alguaciles de antaño, y se salta de una profesión a otra con pasmosa facilidad. Con El Buscón somos hoy pupilos de magísteres salmantinos, mañana cómicos de la legua, y más tarde falsos cortesanos. Chaplin es obligado, por el hambre y la ambición, a vivir los estados más disímiles; es bombero, tramoyista, policeman, soldado, plomero, lapidario de vidrieras, emigrante, falso noble, equilibrista, cuando no payaso o buscador de oro. Y siempre los reveses de la fortuna lo hacen regresar a una vida humilde: millonario al final de La avalancha del oro, lo encontramos de nuevo, melancólico y sin trabajo, en el primer capítulo de El circo. Una sola vez Chaplin actúa de frac en un film entero, disfrutando una misteriosa opulencia que perderá poco después, en El noctámbulo. La vida es dura y Chaplin lucha encarnizadamente, con un respeto a las formas y una honradez que no tuvieron sus padres espirituales, los Lazarillos de Tormes, Gil Blas y Pablo de Segovia.

Si Chaplin logra conmovernos tan hondamente, con gestos desprovistos, aparentemente, de toda seriedad, es porque ha comprendido una tremenda verdad: la gran miseria humana no se encuentra en el caso excepcional, en el drama que ocurre una vez para mil vidas, sino en la serie de pequeñas tragedias que entristecen la existencia cotidiana. En el fondo tenemos que hacer un verdadero esfuerzo mental para sentir a Medea degollando a sus hijos, o a Edipo arrancándose los ojos. Los crímenes de los Atridas están a la misma distancia de nuestras almas que un combate de tiburones en un acuario... En cambio Chaplin, que anhela amor y gloria, que quiere ser brillante, digno, valeroso, magnánimo, y que tropieza a cada paso con el fantasma del ridículo, es toda una síntesis de humanidad, en la que hallamos muchas parcelas de nosotros mismos.

Chaplin, que anhela amor y gloria, que quiere ser brillante, digno, valeroso, magnánimo, y que tropieza a cada paso con el fantasma del ridículo, es toda una síntesis de humanidad, en la que hallamos muchas parcelas de nosotros mismos.

Es difícil ser poeta y vivir. Todas las literaturas han creado un tipo de mártir del sincronismo imposible. Aristófanes y Molière están llenos de él. Cervantes nos brindó una cristalización gigantesca de ese personaje enfermo de idealismo y acosado por las acechanzas de una realidad implacable. Y el terrible Quijote judío, que me fue revelado recientemente por el Teatro Académico de Moscú, pone en escena a ese eterno Ícaro con alas de cera que vive en todos nuestros espejos... Chaplin es un Quijote en tono menor, que aspira a ocupar un pequeño lugar a la luz del sol; quiere ser y amar como los demás, pero es vencido continuamente por la ferocidad de un destino que ha llenado el mundo —su mundo— de galanes mostachudos e iracundos, de vendedores de hot-dogs, de cocineros ogros, de cobs abominables, y de 100 enemigos de su bondad, capaces de ridiculizar los gestos más nobles. Una vez Chaplin ha sentido una gran ternura paternal por The Kid, y ya conocéis las tristes consecuencias de ese episodio de su vida atormentada...

La sola silueta de Chaplin encierra ya un drama: es la encarnación de la miseria decente. Un último prurito de elegancia logra exteriorizarse en su corbata deshilachada, su chaqueta demasiado corta pero siempre abotonada, su bastoncillo —refugio de toda una dignidad—, y el inefable bombín propiciador de saludos estudiados. Además, Chaplin intentará continuamente hacer revivir un desaparecido pliegue de sus pantalones, utilizando su pulgar y su índice a guisa de plancha... Y con ello ¡qué corrección exquisita la de Charlie! Nunca lo sorprenderéis esbozando un gesto grosero o poco digno. Recordad sus actitudes ingenuamente caballerosas, al bailar con Edna Purviance en el cabaret

de La avalancha del oro; recordad la rectitud de su comportamiento, en aquel restaurante de El emigrante donde le ocurren tan terribles cosas... ¡Y cómo ama el lujo! ¡Qué símbolo tan triste, el de aquella lata de sardinas en que guarda sus colillas, a falta de pitillera!...

En los films de Chaplin, hay momentos en que el mimo genial palpa las cuerdas más dolorosas de nuestra sensibilidad. Y siempre lo hace sutilmente, sin recurrir al latiguillo, con delicadeza de cirujano o de poeta. Por ello, ciertas escenas provocan las reacciones más opuestas en los espectadores, haciendo reír estrepitosamente al vulgo, mientras un nudo amargo oprime la garganta de otros, a quienes el mimo sostiene a brazo tendido desde el mundo efímero de las sombras. Puede afirmarse que mientras menos comprensivo es un público, más frecuente son las risas que producen las cabriolas del actor. En los diez cines de vanguardia que hay actualmente en París, donde se proyectan producciones de Chaplin de todas las épocas, sus obras provocan escasa hilaridad. El público enterado sabe mirarlas como creaciones poéticas.

Hay pasajes de sus películas que amo íntimamente, como puedo amar algunos motivos de Bach o Stravinsky, o ciertos versos de Rimbaud. En esos pasajes Chaplin ha logrado llevar la mímica a su grado de máxima intensidad expresiva, haciendo que hasta sus espaldas hablen un lenguaje maravilloso. Quiero recordar aquella terrible llegada de Chaplin —en La avalancha— al pueblo donde no conoce a nadie: la tristeza infinita reflejada en su lento andar por calles insensibles, que parecen tratarlo de intenso; quiero recordar esa Navidad en las trincheras inundadas, en que Chaplin trata de leer las cartas de otros soldados, para tener la ilusión de que alguien le escribe; quiero recordar esa escena patética de El circo —una de las situaciones más trágicas que haya imaginando Charlie—, en que se le dice “mostradme lo que sabéis hacer”, y en que, a pesar de los mejores esfuerzos, sólo logra demostrar que no sabe hacer absolutamente nada... Esto sin contar el sueño incomparable de El chicuelo, con su calle de miseria transformada en embajada del paraíso, en la que hasta los policías tienen de cisnes. Esto sin hablar de la danza de los panecillos La avalancha; de su llegada a New York en El emigrante; de la partida de los faranduleros, en El circo. ¡Cuántos poemas animados debemos a ese maestro de los contrastes dolorosos!... Chaplin ha estilizado a la humanidad entera en los capítulos de su vasta novela cinematográfica... Quiere ser heroico, pero no tiene valor; quiere ser digno, y siempre la vida lo encanalla; quiere ser brillante; causar admiración, inspirar amor, y habrá siempre un ladrillazo que interrumpa sus parrafadas líricas... No hay muerte de El místico, con dos actos de muecas y estertores, que nos haga vibrar de congoja más humana que aquella escena de noche de Navidad (La avalancha) en que Chaplin se ha dormido en la mesa de su banquete modesto, ante los puestos vacíos de tres mujeres que lo han olvidado.

Podréis preferir El gran galeoto o El caudal de los hijos a La avalancha del oro... Pero esto sólo indica que tenéis una sensibilidad de artillería gruesa, incapaz de percibir los más delicados matices de la poesía.

Charlie Chaplin, genio del cine, es uno de los artistas más extraordinarios de nuestra época... Es además el único actor —mimo integral— que nunca habla en sus películas.

 

Cárteles. La Habana, 16 de diciembre de 1928.

 

Nota
El texto pertenece a la compilación  El cine, décima musa de escritos de Alejo Carpentier sobre la temática cinematográfica elaborada por Salvador Arias . Ediciones ICAIC, 2011, p.p 39-43 

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