El Quijote entre Cuba y las nubes

Maximiliano Trujillo Lemes • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

Alonso Quijano, El Ingenioso Hidalgo o Don Quijote de la Mancha ¿son el mismo personaje?, ¿se refieren a las mismas actitudes humanas estos patronímicos diferentes para referirse a un mismo hombre, por demás irreal? Si se lee con detenimiento esta monumental obra de Miguel de Cervantes, podrá confirmarse que las respuestas a tales preguntas terminan por ser silábicas y conceptualmente antípodas, pero no es intención de este breve texto ni responderlas, ni indagar en los múltiples análisis que ello conllevaría.

Imagen: La Jiribilla

Quijote de Salvador Dalí
 

Sobre el Quijote se ha escrito hasta el hartazgo, y por cierto no solo en el mundo hispano. La grandeza de esta primera gran novela de nuestro idioma, la han convertido en un clásico de la literatura y el pensamiento renacentista europeo y universal. Por ello, en latitudes inimaginables siempre se vuelve al Quijote, como volvemos a los recuerdos gratos, para reafirmar que la vida vale el esfuerzo de vivirla y que enajenarse de sus andanzas solo es querible para andarla y no para esquivar los múltiples retos que implica enfrentarla.

Cuando se lee el Quijote en profundidad se descubre que; tras cuatro siglos, los valores éticos que atesora, sus enjuiciamientos ontológicos y sus virtudes estilísticas no han perdido la lucidez que debieron tener el primer día de sus respectivas publicaciones. Esto es, porque el hombre y el mundo son otros, pero son los mismos, y no es juego de palabras, ni siquiera es reverencia a la tesis nietzscheana sobre el eterno retorno y la existencia en círculo, o a la suposición acendrada en muchas escuelas filosóficas alrededor de la incapacidad humana de evolucionar moralmente. ¡Nada de eso! Tengo certeza que el hombre trasmuta en valores, los últimos 25 años lo confirman con creces en Cuba, pero este siempre tendrá la necesidad de afincarse en otros asertos morales que parecen impolutos, y que solo adaptamos a las épocas y los espacios en que habitamos, para no sucumbir como individuos y sociedades a la total podredumbre a las que nos compulsan y nos han compulsado desde tiempos inmemoriales, seductores cantos de sirena.

en latitudes inimaginables siempre se vuelve al Quijote, como volvemos a los recuerdos gratos, para reafirmar que la vida vale el esfuerzo de vivirla y que enajenarse de sus andanzas solo es querible para andarla y no para esquivar los múltiples retos que implica enfrentarla.

El individualismo, la insolidaridad, el desamor, la anteposición del valor al valor de uso, no son actitudes nacidas en el hombre vinculado al mundo del capital y la universalización espasmódica del mercado, están ahí por lo menos desde que la sociedad humana transitó a estructuras crematísticas de gestionar su producción y reproducción de vida. El capital y el mercado universalizado, solo han puesto esas actitudes como condición de éxito, y el éxito lo han ubicado en el pedestal de valor supremo, sin explicarle a los atontados individuos que el mercado los enajena de sí mismos y de su condición de sujetos, y que solo el éxito es posible sobre el fracaso de muchos.

¿Es la historia de Don Quijote una historia de éxitos o de fracasos? Pues examinemos su devenir: era un hombre de pocos recursos aunque de cierta prosapia noble, que pierde el juicio por el mucho leer y el mucho imaginar o poco dormir, que según Saramago, como efecto, es lo mismo y cito: “Quien lee, imagina, y si, por mucho leer, poco duerme, es evidente que va a tener más tiempo para imaginar. Verdaderamente, no creo que conste en los registros psiquiátricos memoria de que alguien se haya vuelto loco por haber leído, aunque mucho, y por haber imaginado, aunque en exceso. Al contrario, leer e imaginar son dos de las tres puertas principales (la curiosidad es la tercera) por donde se accede al conocimiento de las cosas. Sin antes haber abierto de par en par las puertas de la imaginación, de la curiosidad y de la lectura, (no olvidar que quien dice lectura, dice estudio) no se va muy lejos en la comprensión de uno mismo y del mundo” [1].

Si el conocimiento es poder, afirmación que repiten hoy hasta las grandes transnacionales, aunque sea conocimiento trastocado en una imaginación febril, entonces El Quijote fue un individuo exitoso, solo que en una dimensión diferente a como el pragmatismo contemporáneo a la usanza lo entiende. El Ingenioso Hidalgo fue un ¿sujeto? exitoso porque en un contexto represivo, donde lo trascendente aún dominaba las construcciones de subjetividad común, optó por el camino del hacer justiciero. Por cierto, no entendiendo literalmente la justicia como justicia divina, sino como aquella que emanaba de su propia percepción de lo justo o lo injusto, muchas veces más allá de las convenciones jurídicas o sociales de la época, y que Cervantes solo podía justificar desde el halo de locura, que no es igual a demencia, desde donde entendía el mundo su personaje central. Paradójicamente, cuando El Quijote fue desengañándose de su mundo de fantasía, fue terrenalizándolo y por tanto retornando al estado de “lucidez”. Entonces comienza sincrónicamente su paso a la muerte. Deduzco que en la lógica cervantina, como en la de muchos otros, la lucha por la justicia, sea cual sea la concepción que se tenga de ella, es siempre vinculante a la locura, al desatino.

El individualismo, la insolidaridad, el desamor, la anteposición del valor al valor de uso, no son actitudes nacidas en el hombre vinculado al mundo del capital y la universalización espasmódica del mercado, están ahí por lo menos desde que la sociedad humana transitó a estructuras crematísticas de gestionar su producción y reproducción de vida.

Por ello cuando el Quijote fue a elegir escudero, tal como era usanza entre los viejos caballeros, solicitó “a un labrador vecino suyo, hombre de bien —si es que ese título se puede dar al que es pobre—, pero de muy poca sal en la mollera” [2], para que lo acompañara en los desvaríos de sus aventuras. ¿Y cómo consiguió convencer a este ser que le siguiera?, un ser tan distinto de él. Pues apelando a la principal debilidad del otro, la pobreza. Prometió no solo aventuras, sino además posibilidad de riquezas, de poder, de ascender, y aquí se subvierte unos de los viejos estigmas del pensamiento medieval: “los pobres lo son por voluntad divina y están condenados a ello”. Por tanto, no deben aspirar a la movilidad social que no sería necesaria porque el orden existente respondería a voluntad trascendente, y se subvierte con toda “discreción” apelando a uno de los mitos del modelo civilista burgués de sociedad, que a duras penas estaba en ciernes; el lugar de los individuos dentro de la totalidad no está restringido al origen de clase, sino a sus capacidades para cambiar condiciones de vida.

Al elegir a Sancho Panza, que así era su nombre, no pensó en un acto de justicia, entiéndase redimirlo de la pobreza. Creyó que era una elección conveniente, en tanto los pobres “cuando son considerados por sus amos”, suelen ser agradecidos y fieles. El plan caballeresco de Don Quijote requería compañía con fidelidad, para garantizarse el sostén humano que posibilitara los futuros actos de entereza, sobre todo en relación a todos los demás que le deparara el camino. Mientras Sancho pensaba en otro plan: iba sobre su burro, “como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido...” [3]

Imagen: La Jiribilla

Se está aquí ante dos concepciones de relacionamiento diferentes, vinculadas a la pertenencia de clase de cada quien, actitudes que siguen reciclándose en los complejos vericuetos de las relaciones interpersonales contemporáneas y de las que ya tampoco escapa la sociedad cubana.

En una de las primeras aventuras que enfrentan juntos, Don Quijote lucha denodadamente contra unos gigantes, solo que donde su demencial percepción del mundo veía gigantes, Sancho visibiliza molinos de viento con toda certeza, aventura donde el primero queda maltrecho y el segundo advierte, que solo podía ver en los molinos gigantes, quien llevara en la cabeza tales percepciones. Sancho, demuestra durante toda la obra que si bien no es arrojado y heroico como su amo, tampoco es un desalmado, tiene valor suficiente para no permitirse atropellos a su persona y aunque un tanto iluso, es al mismo tiempo escéptico y realista. “Las quimeras de Don Quijote lo abocan a un constante titubeo: unas veces piensa que son sandeces sin pie ni cabeza, otras cree en las ventajas y beneficios que le pudieran reportar” [4].

La relación entre este Quijote caballeresco y desvariado, pero íntegro y arrojado, y su escudero glotón, torpe y refranero es una relación de equilibrio. Es próximo a los vínculos que se generan entre ciertos jefes militares, sean regulares o no, y muchos de sus subordinados. Mientras los primeros piensan que hacen la guerra por fines excelsos, los otros o no comprenden porque se guerrea o solo esperan de la guerra utilidades, hasta que el vínculo se estandariza, se regulariza entre ambas totalidades y se permean mutuamente. El soldado, por tanto, que en principio veía la contienda como un asunto ajeno, termina por implicarse en ella, hasta incorporarla a su subjetividad como un conflicto propio, y acaba por no estar dispuesto a abandonarlo, incluso más allá de que hayan fracasado los objetivos primarios de su azarosa aventura, y el utópico jefe comience a cansarse de la quimera. Por tanto, no siempre es una relación de antípodas las que se dan entre ambas integridades, suele ser común el proceso de infección mutua.

La relación entre este Quijote caballeresco y desvariado, pero íntegro y arrojado, y su escudero glotón, torpe y refranero es una relación de equilibrio.

Cuando era adolescente allá por principios de los 80 y estudié El Quijote en los excelentes pero controvertidos programas de Literatura del preuniversitario, recuerdo con toda nitidez que me presentaban a los personajes de este relato, como antípodas. El Hidalgo sería un idealista y el Escudero materialista, no sabíamos muy bien, que podría significar aquello, porque la explicación que se daba, era oscura, confusa, solo se nos inducía a aceptar que el primero no era capaz de apropiarse, de entender la realidad, mientras el segundo sí por contrario. Lo cierto es que El Hidalgo cuando no se trataba de asuntos relativos a su monotonía caballeresca, admiraba la cordura y la agudeza de los demás. Entonces, tenía una riqueza tremenda como personaje para lidiar con el mundo exterior y  fue progresando con el propio relato cervantino.

¿Es idealismo estéril procurar favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos, tal como El Quijote hace saber a Sancho su intencionalidad caballeresca? De haberlo sido, muchos discursos y proyectos de todo tipo que se han pensado desde esta Isla, que por cierto, es también una ínsula, no se hubiesen llevado a efecto, sin cuestionarnos ahora parcial u holísticamente sus resultados. Ello indica que la locura del Quijote también camina en nuestra prosapia. 

Nos abocamos en aquella indagación de la obra a las lógicas maniqueas del realismo socialista, que devenía en soporte interpretativo y único esquema de pensamiento posible, para que el estudiante procurara la comprensión de cualquier texto literario, fuese la excelsa obra que nos ocupa y que es tan cara a nuestro destino, o las primicias Canciones de trabajo, de las que se decían eran las obras orales primigenias de la literatura universal.Todo pasaba por ese tamiz que terminaba por deformar la aprehensión que solía tenerse de cualquier obra de arte, o por lo menos de una gran parte de ella.

Hoy no sé si El destino de un hombre de Mijaíl Shólojov, merecía la lectura y análisis que hicimos entonces. Solo tuve certeza después, como la reafirmo ahora retornando sobre El Quijote, que tendría la obligación de revisitar muchas viejas lecturas de entonces para no dejar en mi disfrute de estos textos una mirada sesgada, empobrecida y quizá demasiado terrenal de escritos cuya grandeza sobrepasan el tope de las nubes.

Y su lugar en las nubes queda legitimado una vez más en aquel monólogo quijotesco del capítulo XVIII donde asegura: “El miedo que tienes (…) te hace Sancho, que no veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son…” [5]. Tesis tremebunda para cualquier tiempo o edad oscura, piénsese en las Españas aún medievales de principios del siglo XVII. España, tras el Concilio de Trento y el punto final a todo examismo teológico y filosófico, la España que por miedo cerró sus puertas académicas a ciertas lecturas de Erasmo incorporadas durante el siglo XVI, y que habían funcionado en la Universidad de Salamanca y un tanto menos en la de Alcalá de Henares, como dosis aireantes a un mundo en decadencia. Permitiendo las grandes polémicas de ese siglo entre pensadores de la península o entre estos y los transterrados en América, y que hacia 1555 dieron al traste con la esclavitud amerindia y les posibilitó el reconocimiento de la existencia del alma humana en estos seres, a los que cierta disparidad técnica les hizo sucumbir ante el colonizador hispano, legando en otros órdenes del conocimiento, la producción y la imaginación un capital cultural inapreciable aún en Europa.

Aquel examismo del seiscientos, le había posibilitado a la dogmática escolástica peninsular, de pocos aires nominalistas y casi todo posicionamiento realista, la entrada de un vendaval limitado de Renacimiento, quizá para reafirmar que entonces, y tan solo entonces, España era la primera potencia del mundo. Su militante catolicidad podía permitirse ciertas libertades dentro del estado confesional; pero la derrota de la llamada Armada Invencible en 1588 ante el poderío británico, desplazó al régimen monárquico hispano al lugar desde donde nunca más ha podido salir, a un segundón en Europa, que al decir de Marx en el siglo XIX, devino cadáver y no hizo más que transferir a otros, los múltiples recursos que esquilmó en América, para posibilitar en esos lares la acumulación originaria del capital y quedarse solo con la carroña de lo ganado.

Este estado de cosas atrincheró al miedo, e hizo que los limitados aires de lucidez acabasen en la llamada neo escolástica de estricto corte aristotélico, pero de un Aristóteles también sesgado y censurado para no permitirse desvaríos e inestabilidad según la percepción de Felipe III y su equipo de gobierno. Por consiguiente, toda lucidez estaba prohibida en los años en que se publica El Quijote, generándose entre los nobles españoles el miedo al cambio, al contacto con los otros, a casi todo, mientras Cervantes tiene la osadía de decir a través de su Hidalgo que el miedo turba lo sentidos y desdibuja la realidad. Para acotarle al presunto cobarde de Sancho: “… y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo; que solo basto a dar victoria a la parte a quien yo diere ayuda” [6]. Sabemos que la individualidad del héroe no basta para la victoria, pero muchas veces es suficiente para el ejemplo movilizador, historia una y otra vez repetida en el devenir de Cuba y de América Latina.

Nadie fue más quijotesco que Martí en la preparación de la Guerra del 95, quizá porque en su espíritu gravitaba el alma española aventurera y sagaz. No era contra ese espíritu que él pretendía luchar, sino contra el hecho de no ser independientes de la España que nos acunó primero y usurpó después.

Tal vez enfrentar al miedo del que alertaba el Quijote, sigue siendo un adeudo nuestro, con las estructuras de identidad que hemos construido, y sigue garantizando la pertinencia de la lectura de esta obra maestra. Aunque Mañach afirme no sin razón que “…América es una vocación de libertad, y no hay dignidad verdadera que prospere sin ella. Lo que prospera justamente es la deformación o la negación de ella: el quijotismo providencialista, que humilla a la sociedad arrogándose su redención y asumiendo toda su justicia; y el dogmatismo fiero, que en nombre de una pretensa salvación humana seca esa fuente de conciencia crítica que es la condición misma del espíritu, el acicate de la voluntad y el blasón de la inteligencia” [7].

Para ir concluyendo me detengo en un pasaje de la novela que es paradójico. El Quijote, que impugnó tantas veces a su escudero la manía de hablar con refranes o desde ellos, y desfigurar muchas veces el idioma, termina por aceptar y cito: “Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas…” [8]. Con ello no solo está trastocando identidad con su siervo, está jugando con el espíritu de la época. No habla de verdades de la fe, al decir de Santo Tomás, verificables siempre sensorialmente, habla de la ciencia que ya para el siglo XVII, tras Galileo, se cree tener la certeza que tiene la fuente de su producción, tabulación y confirmación en la empiria, y por tanto, deviene en actitud imprescindible para la modernidad recién estrenada. Ello condiciona que Don Quijote, no crea absolutamente como Sancho en el Rey como fuente de todo derecho, por ser además de supuesta inspiración divina, crea que hay que comprobar, verificar el hipotético aserto, y réplica a su fiel súbdito: “Con todo eso, querría saber de cada uno de ellos en particular la causa de su desgracia” [9], refiriéndose a un grupo de presos con los que se topan por el camino. El Hidalgo supone debe preguntar y lo hace, para concluir contra la lógica del poder: “De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas (…) me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres” [10].Y decide liberar a los apresados en relación a su concepto empírico-racional de justicia, diferente al estipulado estrictamente por ley. Este, se supone por voluntad divina, pero sin contravenir explícitamente la presunta voluntad de Dios, todo lo contrario, dice reafirmarla, demostrando que se ha adscripto a un concepto de libertad próximo a la aprehensión renacentista naturalista de ella, que la consideraba imbricada a la “necesidad natural”, donde Dios quedaría diluido, y no como ente estrictamente trascendente a la usanza neoescolástica.

Sabemos que la individualidad del héroe no basta para la victoria, pero muchas veces es suficiente para el ejemplo movilizador, historia una y otra vez repetida en el devenir de Cuba y de América Latina.

Esta lección quijotesca sigue teniendo vigencia, desde las perspectivas que condicionan los nuevos tiempos, en nuestro contexto continental, donde muchas veces el pueblo, que sería la totalidad, asume como inapelable la voluntad política devenida en ley de las clases hegemónicas, como si fuesen mandato divino y por tanto inapelable, quizá dándole de nuevo razón a Mañach cuando en el cierre de su excelente ensayo sobre el Quijotismo sentencia: “América está necesitada de un idealismo más sobrio en las palabras y más efectivo en los hechos. El quijotismo se ha prestado en exceso para echar una capa —la capa raída del hidalgo toledano— sobre nuestras sordideces, embaucándonos en la idea de que, por ser gente de tradiciones literarias y de factura ardiente y sentimental, somos más idealistas que los rubios pragmáticos, entre quienes la voracidad material y la hipocresía ideológica (de que nosotros no carecemos) siquiera se compensan a menudo con generosos desvelos, nobles instituciones privadas y afanes sinceros de mayor dignidad espiritual.

Tenemos, efectivamente, que afincarnos en nuestra propia raíz y defender nuestra personalidad, pero no con desdenes resentidos ni con sublimaciones retóricas. La genuina esencia de nosotros mismos está en aquel realismo ilustre de España que ponía, como ya dije, el ala en el talón, sin que por eso fuese mercurial —el realismo a que Cervantes aspiró cuando quiso que Don Quijote y Sancho viviesen juntos y no se separasen sino para hundir respectivamente su destino en la oscuridad de la muerte y en la oscuridad de la aldea—. Y nuestra América no quiere ni morirse de tradición ni quedarse reducida a provincia. Aún tiene por delante todo su futuro, que es del tamaño del mundo” [11].

 

Notas:
1. José Saramago: “Prólogo a la edición venezolana Don Quijote de la Mancha”, Editorial Santillana, Caracas, 2005 pp. 21-22
2. Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha, Editorial Santillana, Caracas, 2005, p. 56
3. Ídem. P 58
4. Ídem. P 385
5. Ídem: p 86
6. Ídem
7. Jorge Mañach: “Examen del Quijotismo”, Buenos Aires, Editorial Sudamericana (Ensayos Breves), 1950 .Versión digital
8. Miguel de Cervantes: El Ingenioso Hidalgo…, Ediciones Santillana, Caracas 2005, p. 97
9. Ídem. P 103
10. Ídem. P. 112
11. Jorge Mañach: “Examen del Quijotismo”, Buenos Aires, Editorial Sudamericana (Ensayos Breves), 1950 .Versión digital

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