Nota para un libro sobre Cervantes

Fina García-Marruz • La Habana, Cuba
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Con un poco de tardanza, nos llega este libro de Mirta Aguirre sobre Cervantes, ejemplar por la sobriedad de su  estilo, por la rigurosa ordenación de la materia hacia su implacable tesis, y por su seria documentación, esa documentaci6n que suelen llamar "fría" los que no ven en la paciencia que la hace posible el escrúpulo más delicado que pide la verdad para revelarse.

Imagen: La Jiribilla

Ya lo decía el propio Cervantes, en el singular episodio de: Maese Pedro, con un cierto dejo escolástico, que para sacar una verdad en limpio "menester son muchas pruebas y repruebas". Y si es verdad que este libro quiere sacar una verdad en limpio no lo es menos que procura rodearla de las escrupulosas "pruebas" que pedía Don Quijote.

Viene este libro a continuar así lo que ya podríamos llamar una pequeña tradición cervantina en Cuba.  Conocidos son los trabajos de Varona y Justo de Lara sobre ese "temprano amigo del hombre" que  llamó Martí a Cervantes. Sería curioso estudiar la constancia de esa singular atracción que ha ejercido Cervantes sobre nosotros, con preferencia a cualquier otro clásico. Viene a continuar también entre nosotros una tradición crítica que ya se puede ir calificando por lo que constituye su característica más peculiar: la de la mesura. Mesura americana, que conocen  tan  mal los que sólo nos ven en la abundancia desatada, mesura que es abundancia contenida y que ya ha dado tan provechosos frutos: Mesura veteada en este caso de una cierta preocupación de servicio, de no sé qué arisca honradez que vela su fuego en las páginas límpidas, escondida entre el hojeo de textos y el regusto de la tradición hispánica eterna.

Sería curioso estudiar la constancia de esa singular atracción que ha ejercido Cervantes sobre nosotros, con preferencia a cualquier otro clásico.

El libro de Mirta Aguirre pretende  ir a las motivaciones últimas de la obra de Cervantes. Esta empresa ya ha tentado antes a muchos. La fecundidad del libro de Cervantes es tan asombrosa que ha dado motivo, a las más opuestas tesis. Todos recuerdan la página de Rodó sobre el Quijote. La indudable similitud entre las escenas sagradas de la Pasión y las páginas finales del Quijote—sobre todo a partir del episodio de Barcelona hasta su muerte— quedaba allí expuesta de tal suerte que no quedó más remedio que ver en el Quijote un Cristo redivivo. Pero acaso lo que hace que todas las interpretaciones del Quijote parezcan falsas es justamente el hecho de que todas por igual nos lucen verdaderas. Y entonces nos preguntamos cómo es posible que las tesis sobre el Quijote o Cervantes, con ser tan opuestas entre sí, coincidan en algo tan inaudito como en el aparecérsenos como ciertas. Empezamos a sospechar entonces de las ideas que expresa el Quijote para ir más atrás, a las ideas que no expresa Cervantes. Porque lo que un escritor "dice" realmente, puede no aparecer en sus ideas, pero aparece indefectiblemente en su estilo. Así creemos empezar a ver una cosa clara y es que para buscar al hombre Cervantes, no hay que perseguirlo tanto "a través de su obra", de los símbolos de su obra —pues ya hemos visto que esto puede dar lugar a hipótesis infinitas—como en ese secreto, en esa sustancia invariable, de su estilo.

¿Y en qué consiste el estilo de Cervantes?

Líbrenos Dios de pretender definirlo al menos tan bien como creemos conocerlo. ¿Nos podría ayudar a hacerlo la elección que hace él mismo de sus protagonistas? Se ha hablado mucho de la relación entre Cervantes y el Quijote, se ha pretendido explicar al uno por el otro, pero no creo que se haya insistido bastante en lo que acaso aparece más claro: su diferencia radical y aun más, su antítesis profunda.

Empezamos a sospechar entonces de las ideas que expresa el Quijote para ir más atrás, a las ideas que no expresa Cervantes. Porque lo que un escritor "dice" realmente, puede no aparecer en sus ideas, pero aparece indefectiblemente en su estilo.

Cervantes es lo contrario del Quijote. La obra del Quijote es la de un loco iluso, la de Cervantes la de un cuerdo desengañado. Pero acaso pueda haber alguna semejanza anecdótica en ellos, pues es un hecho que para estar desengañado ha sido necesario haber estado engañado antes. Pero hay en ellos una diferencia más  profunda y definitiva. La acción en el primero ocupa todo el ámbito de su ilusión, mientras que al segundo le queda siempre un margen por el que se ve a sí mismo actuar, por el que ve la ilusión de su acto. El primero ofrece el rapto de una acción, el segundo ofrece la distancia de una mirada. (El falso mecanismo de las  simetrías nos llevó a pensar en una ocasión que estas actitudes eternas del español y acaso del hombre, se repetían en nuestros días en el quijotesco Unamuno y en el "espectador hispánico" Ortega, que es tan poco cervantino pese a las apariencias.) No sólo es Cervantes algo distinto del Quijote—lo cual explica los reproches de Unamuno y su incomprensión de ciertos matices imponderables de la obra—sino que nos atreveríamos a afirmar que es lo contrario de España, y por eso es el que la ha expresado mejor.

Y es que acaso para expresarnos como pueblo tengamos que elaborar una sustancia secretamente disidente. Pero ser algo contrario de España no quiere decir dejar de ser español sino más bien empezar a serlo. El fondo de nosotros mismos es ya la salida de nosotros mismos. La mística entiende esto bien y también Cervantes.

¿Cuál es pues la relación de Cervantes con su protagonista? El novelista inferior tiende siempre a identificarse con su héroe, a disfrazarse de su héroe. Las novelas de tesis abundan en este tipo de personajes-autores. Hay mucho de la vida del propio Cervantes en el Quijote, pero se ha realizado una trasmutación tan delicada, se ha objetivizado en tal forma que ya lo propio se ve a sí mismo como extraño, la vida como sueño. No hay participación ni indiferencia, hay una distancia, una lejanía melancólica, una ironía que es como una especie de amor indulgente.

Forzoso es pensar que Cervantes no podría haber creado el Quijote si no hubiera participado más profundamente que nadie de su centro de sus vicisitudes como quieren algunos—pero ya el personaje—y por esto el Quijote es una obra de arte que se le desprende, se les vuelve algo enigmático para sí mismo, sometido a la misma fatalidad de azares que la vida. Y voy llegando al punto que quería, al de la relación del artista y sus ideas o experiencias en la obra de tesis y en la obra de arte, en cuya confusión creemos ver el error inicial de que parte el libro de Mirta Aguirre.

Decíamos que Cervantes no ofrece un punto de vista más, cuya pesquisa podríamos seguir a través de los símbolos de sus  personajes, sino un espacio para que los personajes y con ellos el mundo, entren en él. Ese espacio podríamos sólo compararlo con ese otro espacio del alma que miramos dentro de nosotros lo que sucede o nos sucede a nosotros mismos, con ese "alguien" que mira un poco impávidamente dentro de nosotros mismos, que contempla sus propios estados y que no obstante no participar de ellos, parece hacerlos posibles.

Y es que acaso para expresarnos como pueblo tengamos que elaborar una sustancia secretamente disidente. Pero ser algo contrario de España no quiere decir dejar de ser español sino más bien empezar a serlo.

Y no sólo Cervantes parte de este margen que es el centro más vivo del alma, sino que es él a su vez lo que nos hace ver en sus personajes, lo que le permite crear personajes esenciales. Cervantes no le pregunta nunca a su personaje lo “qué crees" como Calderón, "qué haces" como Lope, sino que le dice esa conmovedora pregunta que permite al niño hacer una amistad súbita: "cómo te llamas". Así ellos sencillamente le responden, nos dicen su nombre para siempre y ya no los olvidamos jamás. Es así que Cervantes no sólo no se identifica con el punto de vista de sus personajes sino que da un paso más, el de no identificar a su personaje con su propio punto de vista. Lo propio de él, por el contrario, es extender una mirada superior sobre el personaje que lo ilumina de otro modo, más allá de sus ideas o sus actos, y así amamos a Don Quijote por encima de su locura y desoímos al buen Sancho a pesar de lo cuerdo de su prudencia. Él ve las cosas como ellas no se ven a sí mismas. Va al fondo común de lo humano, a su margen de imprevisible misterio. Por eso no tiene parte en el fanatismo que mide al hombre por sus ideas y sopla toda guerra. Él es "el amigo del hombre", de la persona poética integral. No es la "importación" española sino la naturalidad española. Por eso podemos ver en el Quijote —como el libro de Mirta Aguirre nos sugiere— el exceso del héroe individualista que se va en pos de ideales caducos, sin raíces en las necesidades concretas del pueblo, podemos ver en Sancho, como nos dice la autora, el pueblo que sigue los ideales de Don Quijote más porque son nobles que porque son cuerdos con una fe conmovedora que los sobrevive, con un buen sentido que los encauza y mejora, pero siempre habrá que ver en Cervantes el levísimo desengaño y la mirada esencial del hombre que ve las máscaras del hombre. Partimos pues de que lo que posibilita la multiplicidad de hipótesis sobre el mensaje del Quijote es algo que reside más que en los concretos y claros personajes, en lo que podríamos llamar la impenetrabilidad del estilo de Cervantes. Esta impenetrabilidad  ¿por qué está dada? ¿Por una cierta oscuridad en su estilo? Imposible.

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El estilo de Cervantes es impenetrable no como lo es la oscuridad sino como lo es la luz, no como lo es el enigma sino: como lo es el misterio. Así Góngora es oscuro —y por tanto susceptible de ser aclarado—pero Cervantes es impenetrable y por eso su claridad no puede ser nunca agotada. Y esa luz que no es otra cosa más, sino aquello sobre lo cual transcurren las cosas, es lo que nos da a veces esa sensación de secreta amargura de su libro, amargura que no es la de Don Quijote ni la particular de Cervantes sino sólo una consecuencia de la vida expuesta a la luz, amargura de la luz y sus tácitas, sutiles, insospechadas denuncias.

Otra característica de su estilo es la invisibilidad de él, y su consecuencia inevitable, la libertad. Cervantes se oculta siempre frente a sus personajes. No es nunca determinado por las cosas sino que le queda un margen de libertad para mirarlas que es como una sonrisa. Partiendo de esto podemos preguntarnos: ¿Cuál es el error inicial de que creemos ver partir la tesis de este libro? Se trata de ver no la obra de un hombre sino un hombre a través de una obra. Se parte del hecho de que las intenciones supuestas en la obra son las mismas que las convicciones del propio Cervantes. Se trata de ver en el Quijote una obra de tesis, una gran novela social. Ahora bien, creemos que aún cuando todo ello fuera cierto—lo cual resulta casi imposible de determinar teniendo sobre todo en cuenta esa impenetrabilidad que es la sustancia misma de su estilo—afirmamos aún más, afirmamos que en todo caso no sería esto en modo alguno lo más importante, las cualidades que convierten al Quijote en la novela por excelencia o en una obra de arte. Creemos ver en este tipo de interpretaciones una especie de desconocimiento, o tal vez sólo de olvido, de la naturaleza misma del acto creador. Veamos.

Lo propio de él, por el contrario, es extender una mirada superior sobre el personaje que lo ilumina de otro modo, más allá de sus ideas o sus actos, y así amamos a Don Quijote por encima de su locura y desoímos al buen Sancho a pesar de lo cuerdo de su prudencia.

La idea poética, a diferencia de la idea filosófica, no es agotada nunca. Por aquello que la expresa. Sabemos cuál es por ejemplo, la teoría de las ideas de Platón una vez que nos ha sido expuesta. Esta se despliega toda ante nuestros ojos, vemos dónde empieza y dónde termina, podemos recorrerla sin que una vez conocida nos quede nada más que saber de ella. Pero la poesía, como la vida misma, nos pone delante a la naturaleza en estado de misterio.

Así leemos un poema y aun cuando podemos aislar perfectamente su sentido sentimos que sobreabunda con respecto a él y que su todo nos conmueve con algo que no está contenido en la suma de sus partes. Así las filosofías pueden  ser especificaciones del pensamiento o de la idea, en tanto que la poesía puede ser estudiada en sus especificaciones pero no consiste esencialmente en ellas, sino en su inasible misterio. ¿Cuál es entonces la relación verdadera entre el misterio de la poesía y aquello en que encarna, es decir, la materia poemática, o lo que es la "trama" en la novela? El abate Bremond (en el famoso debate sobre la poesía pura) precisó con delicada lucidez la diferencia esencial entre ambas. Quedó así separada la materia poemática (razón o sinrazón, sentimiento o anécdota, lo reductible a la prosa) de aquel misterio que lograba al sacarlas a la luz de la poesía y salvarlas para siempre en ella. Pero si creemos que fue necesario establecer su radical diferencia, nos parece que hubo algún error en pretender que había una independencia también entre las dos, que permitía al creador llegar a una poesía pura. Pues el misterio de la poesía es el misterio de la encarnación, misterio cristiano por excelencia, el del verbo que se hace carne. Así, entre tantos ataques de que fue objeto la poesía pura (irracionalidad, oscuridad, torre de marfil) quedó intacto a los ojos de sus detractores el defecto principal, que no era el de la oscuridad irracional (pues fue el producto de un refinamiento cada vez mayor de la agudeza crítica y de una separación de tipo abstracto) sino el de la falta de piedad.

Pues si la poesía era distinta que la vida era también su secreto y el poema sólo tenía lugar en ese instante en que la poesía o el espíritu se apiadaban de la vida, descendían a su anécdota o a su carne para salvarla de su fugacidad. La poesía era el misterio cristiano del descendimiento.

Como Cristo, tenía una naturaleza divina, pura, pero sólo se hacía visible y posible a nosotros por la piedad de su descendimiento. Ahora bien, si el poema forma ya un cuerpo indisoluble que sólo el pensamiento puede separar en sus varios elementos, no puede la crítica caer en el error contrario y ya superado de acentuar el otro extremo, el del cuerpo en que encarna, para tomarlo como esencial, pues no es de él sino de su ser primero y puro de donde toma su virtud.

Lo que decimos de la poesía lo podemos aplicar a la novela, pues ésta siempre parte de una intuición poética central.

Así volviendo a nuestro libro no podemos aceptar que el mensaje social de una novela, su contenido ideológico, sea perdurable en ella "una vez barrida la vigencia de los otros mensajes". Un mensaje elevado puede dar lugar a una obra mediocre. Pero un sentimiento puro de la belleza puede y tiene siempre fuerzas para descender a cualquier  mensaje y salvarlo para el arte.

Si lo decisivo además, en el Quijote fuera su contenido social, sólo nos tocarían aquellas partes en que éste se anuncia o se desenvuelve, todo lo veladamente que se quiera. Pero si bien es verdad que hay una belleza puramente novelesca, dramática, ligada al desarrollo de la acción, no lo es menos que, situados en un punto de vista más general, un capítulo no "sucede" a otro, podemos disfrutar de las calidades de la obra por entero en cualquiera de sus otras  partes. Hay pues algo no sucesivo, no histórico, en toda novela, que es justamente aquello en que reside su  perennidad.

Pero si bien es verdad que hay una belleza puramente novelesca, dramática, ligada al desarrollo de la acción, no lo es menos que, situados en un punto de vista más general, un capítulo no "sucede" a otro, podemos disfrutar de las calidades de la obra por entero en cualquiera de sus otras  partes. 

Por otra parte, el novelista con una tesis no se deja nunca sorprender por ese "imprevisible" de la vida en que consiste su belleza, sino que le impone a priori un molde a la fugitiva realidad para que ésta le sirva de obediente reflejo. Así no puede ser sorprendido por su propia obra, como le pasa al auténtico artista, porque ha "manejado" de antemano la totalidad de su sentido. Y como lo que le interesa es ese sentido, no repara en los medios sino en sus fines, "utiliza" las cosas sin dejarse coger por ellas y sin verles lo que tienen, no de funcional o histórico, sino de independiente y eterno. Por eso cuando se le pide a un artista que trabaje sobre una tesis, que haga poesía "social" por ejemplo, no se cae en cuenta que se le propone algo que está más en consonancia con la naturaleza del pensamiento que con la del arte. Y si de hecho el artista hace la obra resultará artística en la medida en que pueda sobreabundar de la tesis y nunca por ella misma. Y es que la poesía no puede ser nunca "medio de difusión", como lo es el pensamiento prosaico. Está demasiado enamorada de las cosas y sus imprevistos sentidos, y para ser buen mensajero es preciso no detenerse a mirar el camino. No tiene una naturaleza expansiva como la idea y generalizadora.

Ama lo particular y único. Crea una relación amorosa, siempre distinta e imprevisible, con cada hombre, y lo esencial de esta experiencia no es lo que puede ser difundido y absorbido por lo general sino todo lo contrario. Mientras la poesía le habla a cada uno de sus amantes de distinto modo, el pensamiento prosaico (pues lo hay poético) le habla a todos por igual. Y hay un solo modo de oírlo.

¿Quién habla de darle una "función" a la poesía como si ella no tuviera su otro modo de servir? ¿No revela además, lo gratuito de la Creación misma, de esa fantasía incesante que hace los colores perdidos de las hojas, las variaciones en la forma de una misma flor, que son tanto más sutiles cuanto giran en torno de un dibujo inflexible? ¿Y quién le dará lecciones a lo natural, a lo que crea gratuito, fantástico se propaga, o piadoso desciende?

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A diferencia del pensamiento, ella escoge para perdurar los soportes más fugaces, se liga indisolublemente a una inflexión de voz, a una combinación de sonidos, en los que no reside su ser, pero de los que depende extrañamente su salvación.

Pero vayamos al punto central, al supuesto objetivo de la crítica de Cervantes. ¿Qué crítica hace Cervantes en su obra? Según nuestra autora la de toda la realidad social del XVII español, desde la Iglesia hasta el Rey, pasando por condes, duques, amas y barberos. ¿Se trata de una crítica expresa? Cervantes nos viene a decir la autora, vivía en tiempos peligrosos.

El ojo de la Inquisición velaba, y ya él había sufrido cárceles, excomuniones y penas. Hay pues, una crítica velada, socarrona. Y nos pone, entre otros, el ejemplo del episodio de los galeotes, donde se trata nada menos que de poner en tela de juicio "la infalibilidad originariamente divina de las decisiones reales" y el episodio de Ricote donde expresa su simpatía por los meros expulsados. Ahora bien, si nos fijamos atentamente “veremos que no hay crítica social” en ninguno de los dos casos. Esto no quiere decir que no haya otro género de crítica. El novelista mediocre enjuicia él mismo a sus personajes, según simpatías o hábitos mentales propios. Lo propio del gran novelista es exponerlos como a un juicio más vasto e invisible, a un escenario cuyo tablado no ha sido puesto por él. Hay una crítica tácita, como muy bien nos dice la autora, pero diferimos en pensar que esta residiese en convicciones distintas del propio Cervantes, sino más bien que la vemos como el resultado de la mirada superior que extiende sobre la realidad, revelando su contraste involuntario sobre el mundo de los valores exteriores del espíritu.

Pero en esto insistiremos más adelante. Vayamos a otro punto. En primer lugar, la invisibilidad de los propósitos de Cervantes no es consecuencia de una coacción determinada (en este caso la de la Iglesia) sino una característica constante de su estilo, apreciable en cualquier otro de los episodios. No es la Iglesia la que hace hablar a Cervantes veladamente.

Hacer una crítica expresa es algo tan poco cervantino y en general tan poco novelesco que ni siquiera podemos imaginárnoslo. Por otra parte, Cervantes es el anti-juez, el anti-dogma. Tal  parece como si él se diera cuenta que entre la vida y la verdad hay una distancia perenne, pero que no es a punta de lanza como se pueden arreglar las cosas.

No es cómplice, pero tampoco juez. Y si de algo se burla del caballero es por su afán de enderezar entuertos. Creo que en Cervantes hay más crítica individual que social, y sobre todo una crítica de la vida misma. No de una realidad social determinada como el reformado doctrinario, sino de la vida en su irreductible desproporción con lo absoluto del alma.

 Por otra parte, Cervantes es el anti-juez, el anti-dogma. Tal  parece como si él se diera cuenta que entre la vida y la verdad hay una distancia perenne, pero que no es a punta de lanza como se pueden arreglar las cosas.

Fijémonos que en la aventura de los galeotes Don Quijote no se ha detenido a considerar si la condena ha sido justa o injusta (aunque las pedradas que el propio Cervantes le hace dar al caballero nos hacen pensar que era justa), no se opone concretamente a una disposición injusta sino a la abstracción de la justicia en nombre del absoluto de la justicia. Y lo absoluto, a diferencia de lo abstracto, está siempre enamorado de lo particular. Lo que Cervantes subraya aquí no es el hecho de que se oponga a una injusticia —eso no sería risible— sino de que se opone desmesuradamente. Hay siempre en las reacciones de Don Quijote un "exceso", un sobrante, que el hecho no justifica ni agota. Don Quijote no está determinado por el hecho particular, por la prisión de los galeotes en este caso. Eso sería razonable. La locura en él está dada siempre por una reacción excesiva, por una desproporción frente al estímulo que lo mueve a actuar, por cuyo margen se escapa de la causalidad y que es como el lujo de la libertad en él. Ahora bien si en Don Quijote esto está acentuado hasta el delirio, podemos decir que en todos los personajes cervantinos aparece, aunque en forma más velada, idéntica característica. Así nuestra autora interpreta esa "exageración" de Cervantes en algunos casos como los "golpes de pecho" con que encubre ciertos puntos de creencia o doctrina que podrían costarle la comparecencia ante tribunales inquisitoriales. Así cree que Cervantes, una vez que expresa su simpatía por los moros expulsados, para no despertar sospechas, pone en boca de un moro la loa de sus verdugos y hace que este califique de "inspiración divina" el decreto de expulsión. Y en Persiles, nos dice, volvemos a encontrar el mismo recurso y pone en boca del moro: "Ven ya, oh venturoso moro y rey prudente, y pon en ejecución el gallardo decreto deste destierro, sin que te oponga temor que ha de quedar esta tierra desierta y sin gente..." La intención humorística es indudable.

Pero volvemos a ver aquí puesto en juego su recurso favorito. Si estudiamos las reacciones de todos los personajes cervantinos toparemos siempre con ese "exceso", que es el secreto de su humorismo. Si uno de sus personajes es molido a palos, lo es en forma tan descomunal que los golpes se escapan de la intención crítica por el sinsentido y de la piedad por la risa. Al lector moderno —desde su circunspecto realismo— no le parece bien desmorecerse de risa ante suceso tan lamentable (y hasta ha tachado alguna vez de insensible a Cervantes) porque escinde lo cómico de lo trágico sin verles nunca el doble fondo del delirio.

Esto nos llevaría a tratar un punto demasiado extenso, el del especial realismo de Cervantes, tan distinto al realismo de la novela naturalista o de la novela psicológica que pretenden agotar el contenido de la acción por el análisis y la mecánica de la causalidad, por el reflejo automático que deja fuera de su irreal fotografía el margen de sueño, de sinsentido o de misterio inseparable de la vida.

Esto hace que sea tan distinto, tan jugoso y viviente el realismo de Cervantes, lo que hace a su vez tan consecuente su simbolismo, que no está dado nunca por una relación buscada de antemano y sabida de memoria sino por el salto imprevisto que da toda realidad hacia un imposible.

Don Quijote —nos dice la autora de este libro— representa al héroe individualista, que se lanza en pos de ideales abstractos, sin raíz en las necesidades concretas de su pueblo. Estos ideales son nobles, pero caducos, sin vigencia histórica.

Cervantes con él ha querido hacer la crítica del individualismo, "del concepto de lo heroico como asunto privado de una sola criatura y como sueño escapista de la realidad", (aunque creemos que en el Quijote no aparece para nada lo privado —que nunca interesa— y que es la contracara de lo público, sino lo íntimo, reverso de lo universal, lo cual explica la validez perenne de su símbolo). Nos lo opone al Cid, verdadero héroe popular, que representa al pueblo en un momento dado de su historia e integra sus aspiraciones.

Ahora bien, nos preguntamos, ¿no es el Quijote mucho más universal que el Cid? Menéndez Pidal afirma que Cervantes quiso salvar de su demoledora crítica del héroe caballeresco aquellos elementos hispánicos eternos, creadores del Romancero y de la epopeya, lo que tenía en fin de común con el mundo de lo heroico. Su punto de vista es diferente, en éste y en otros aspectos, pero insistimos, se acentúe la diferencia o la semejanza entre ambos ¿por qué sigue resultando más universal la figura del Quijote?

Don Quijote es movido decisivamente por un vacío de su alma que necesita llenar y justificar. Es lo propio de todo héroe en el sentido cristiano.

¿No será justamente porque acaso en él, a diferencia del Cid, la antítesis entre su sentimiento absoluto de lo heroico y la circunstancia en que lo ocupa presenta una desproporción mayor, casi risible e insalvable? ¿Y no es entonces un símbolo más vasto de todo heroísmo? Precisamente porque el Cid está condicionado por una realidad histórica parece corno si su necesidad se disolviera con ella. Es héroe en un sentido mucho más limitado que el Quijote. El Cid está determinado por un hecho social, a Don Quijote lo mueve una sed eterna. Por eso en tanto que el Cid agota su sentido en la expulsión de los moros, Don Quijote renueva sus bríos a cada golpe de la realidad. Las aventuras particulares no satisfacen nunca su sed, no la agotan. Es verdad que la injusticia particular lo mueve siempre pero no lo determina. Su impulso es anterior.

Don Quijote es movido decisivamente por un vacío de su alma que necesita llenar y justificar. Es lo propio de todo héroe en el sentido cristiano. ¿Cómo-— se me dirá— un vacío que mueve?

Sí, porque toda hambre confirma la realidad de un alimento, porque ese vacío es el del hombre que recuerda sin saberlo el mundo virginal que ha perdido, vacío que como no lo fue siempre, desasosiega e impulsa. Es verdad que el Quijote es un loco, no es la sensatez misma como el Cid.

¿Pero acaso no es la locura —recuérdese la predicación de San Pablo—cordura a veces para Dios, escape de la realidad superficial— que es la gran evadida—a la realidad profunda y un ingrediente —todo lo deformado que se quiera en el Quijote—de heroísmo esencial? Pero hay otras razones que determinan la universalidad del símbolo heroico en el Quijote y que nos lo hacen mil veces más conmovedor que el Cid. Las cosas que le suceden al Cid pueden ser favorables o adversas, pero están siempre a su medida. El Cid se propone cosas posibles —no importa que sean difíciles— y conocidas. Don Quijote se propone lo imposible y lo desconocido, y cuando él vence no agota por eso su sed de desconocido, y cuando es vencido no lo derrota por eso lo imposible. Su batalla es otra y en otro sitio. Él arremete contra la esencia de la injusticia y no repara en el accidente de su flaco cuerpo y de su menguada armadura. Pero es mayor aún por algo más. Él, sobre todo, como el hombre mismo, no se ha podido acostumbrar a la vida.

¿Y Sancho? En tanto que Don Quijote, nos dice Mirta Aguirre, es un ocaso, Sancho es un sendero. Cervantes lo hace sobrevivir para dejarle una secreta misión y un nuevo sentido de lo heroico.

Sancho es hombre de pueblo y sabe lo que el pueblo necesita. Enraizado en la tierra, él sabrá mejor que su pobre amo lo que debe hacer. Pues los ideales de Don Quijote, si nobles y desinteresados, resultan ya anacrónicos. Y como en España misma, es el pueblo el que paga siempre esos empeños de heroísmo sin sentido, es el pobre barbero de la bacía o del yelmo, es el ventero que dice "Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta". (Y es que —digámoslo de paso Don Quijote acepta el mundo de la injusticia, pero no comprende el del interés.

Sancho es hombre de pueblo y sabe lo que el pueblo necesita. Enraizado en la tierra, él sabrá mejor que su pobre amo lo que debe hacer

Y esto es explicable porque la raíz de su acto es siempre desinteresada. El, que está dispuesto a ofrecer su  propia vida, lo último que imagina es que las gentes por las que moriría le piden muchísimo menos. ¿Acaso ha tenido el ventero huésped semejante o es la misma tierra la que rodea a uno y al otro mientras hablan?

¿Cuál es "el gato que ha hecho Don Quijote esa noche en la venta"? Él no puede ver el reverso material, la sombra que va dejando cada acto, porque él lo acomete diríamos, por el lado de la libertad. El ha hecho esa noche un gasto ciertamente inimaginable y acaso es el ventero más loco en exigírselo que Don Quijote al ignorarlo).

Pero continuemos con nuestro libro. "Si Don Quijote"—nos dice :Mirta Aguirre— fuese lo bello y lo noble, lo grande y lo verdadero concebidos en abstracción de todo tiempo y de todo territorio, al devolverle la cordura, al hacerlo retractarse en la hora de su muerte, Miguel de Cervantes habría escrito un libro reaccionario y desalentador. Y si Cervantes lo hace retractarse y morir es por todo contrario. Para enterrar con él los ilusorios

mirajes redentores, los rescates de vuelta al pasado; para esparcir al viento el polvo de ideales sin vigencia histórica para decir a un pueblo demasiado adicto a las coplas de Jorge Manrique, que no todo tiempo pasado fue mejor. O que lo mejor no está en intentar salidas de retorno a ese tiempo pasado."

Subrayemos en primer lugar uno de los caracteres realmente admirables de este libro, el vigor que logra siempre en la expresión, la economía y eficacia del estilo, la secuencia lógica de la tesis. Leemos desde la primera hasta la última página con renovada tensión. Pero subrayemos también su contenido. Encontramos de nuevo lo mismo que en el resto de su argumentación a la que el fervor humano presta a menudo tan peculiar nobleza —una especie de ausencia de comprensión de los materiales—históricos de la novela. En el mismo modo de ver los versos de Manrique se pone de relieve.

Así nos resistimos a pensar que esta copla esté comparando un pasado histórico con el presente, que exponga un juicio de valor sobre todo pasado en sí mismo. Se trata de su proyección en el alma. Se trata de una experiencia que se ve a sí misma como espejismo pero que no obstante cobra realidad independiente en el hombre que contempla la huida de las cosas, una belleza determinada por esa huida más que por ella misma. No hay peligrosidad social en la frase. No se comparan dos estados históricos, como tampoco pertenecen a un pasado histórico los ideales del Caballero. El pueblo que repite la frase no se engaña, pues no se puede estar nunca "demasiado adicto" a lo que es la vida misma, la esencia de su fugacidad en la nostalgia.

Acaso sea la misión de Sancho (tratada en el último capítulo Supervivencia de Sancho) la parte que menos nos convenza de la tesis. Es claro que si cargamos los símbolos Quijote-Sancho de un contenido moderno (individuo-pueblo) y hacemos funcionar estas nuevas equivalencias dentro de la lógica propia de la obra de Cervantes —concebida en un mundo de valores distintos— podremos establecer una coherencia perfecta, pero esa correspondencia será paralela. Como la de dos líneas iguales en su curso, pero independientes en su esencia. ¡Pequeña criatura ésta de Sancho! Tan acostumbrados estamos a unir la riqueza a la complejidad o vastedad que nos causa cierto asombro ver a este Sancho tan prodigiosamente rico corno candorosamente limitado. Para verlo como símbolo de pueblo a seca…" Tiene mucho de capricho individual y hasta de arbitrariedad —aunque quizás esto pudiera contribuir a la riqueza del símbolo—, pero sobre todo su bondad carece de reserva creadora. Como su pedazo de queso, le sirve sólo para cada ocasión. Es como el buen sentido, conservador y sus mismas agudezas tienen algo como de la sustancia de su limitación. Como hombre de pueblo está bien Sancho, como símbolo de pueblo, de mayores alcances y responsabilidades, no. No creemos que ése sea el mensaje ni mucho menos el sentido de la muerte del Quijote. Cervantes coge siempre a sus criaturas por su centro, por su inactual intemperie, y no es que no podamos imaginarles una misión histórica posterior o encajarlos en un símbolo más vasto, pero no creemos que sea obvio que todo ello se desprenda naturalmente de la obra misma. Esta no es visión de lo histórico, sino visión de la historia, no de un proceso posible sino de una esencia constante.

Por otra parte notemos que Don Quijote tampoco se desengaña de la caducidad de sus ideales, de todo "lo bello, lo noble, lo grande y verdadero", no se desengaña de la justicia en sí misma sino del lugar en que dispuso su batalla. De lo que Don Quijote se da pronto cuenta es del desajuste de planos de sus actos.

Don Quijote no se encuentra nunca con "su" enemigo. Se trate de duques o de galeotes, sus lanzasos dan siempre en el vacío. La batalla es en principio imposible y es de esto de lo que se da cuenta, pues él ha actuado absolutamente sin ver la desproporción entre la realidad —sana a veces y enferma otras— y ese absoluto de su alma. Pero esta desilusión no brota ya de la vida ni de sus ideales, sino de una relación imposible. Su cordura no es una reconciliación con la vida, sino una aceptación de la vida. Es esto lo que da ese acento infinitamente melancólico a las últimas páginas del libro, que no traslucen ninguna "aurora" social sino todo lo contrario. ¿No  nos lo dice la misma autora, en la página más bella de su libro, que el final del Quijote "es como un crepúsculo"?

¿Un libro desengañado? Un poco sí, del mundo, como el propio Cervantes, pero sin moraleja y sin veneno desengañado no de "aquella" realidad sino de aquello en que todas las realidades se parecen, pero un libro creyente también del que se desprende más fe que de ningún otro en la perennidad del bien y del alma. ¿Es que acaso la justicia es irrealizable?

En el mundo si, parece decir la tristeza y cordura de Don Quijote, pero no en el alma. Pues una vez curado Don Quijote de empeños redentores en la historia, se vuelve a la soledad de su alma.

Sabe que  si no se acierta siempre a vivir bien, se puede siempre, al menos, bien morir. Don Quijote vuelve de la historia, va a su alma. De las soledades viene y a las soledades va, pero estas últimas ya no le fallan. Como Cristo, puede decir el impresionante "no ruego por el mundo", pero todavía queda un poco de tiempo para pedir que rueguen por su alma. La solución del libro me parece cristiana. Y lo cristiano es partir de la persona, creer en la salvación personal, no en la salvación social. Pero renovado el individuo, renovada su circunstancia, y renovada desde allí no puede ser ya alterada, renovada desde adentro. La revolución social va a los efectos, la renovación cristiana a las causas, o a lo que es más profundo que las causas, el origen.

Don Quijote se vuelve al verdadero campo de batalla, donde no hay desproporción entre el vencedor y el vencido porque son uno y el mismo.

Pero creemos que la verdadera lección de Cervantes es aún otra. No la de dar un punto de vista más sobre el hombre o las cosas, sino la de amar ese margen de misterio que todo fanatismo tiende a borrar.

Pero creemos que la verdadera lección de Cervantes es aún otra. No la de dar un punto de vista más sobre el hombre o las cosas, sino la de amar ese margen de misterio que todo fanatismo tiende a borrar. Margen que es lo cervantino por excelencia, que podemos encontrar en esos trazos "sobrantes" de su realismo y de su humorismo, por el que se escapa siempre a la reacción esperada y por tanto inevitable, a lo mecánico, que es lo único triste de veras. Ese margen también con el que no vivimos sino que nos vemos vivir a nosotros mismos, que es la "punta" misma del alma de que hablan los místicos, corriente silenciosa de la vida que no es agotada por nuestros actos o nuestras ideas y de la que brota en Cervantes esa peculiar alegría que ve lo perenne humano detrás de su necesaria máscara, que ve al hombre Alonso Quijano detrás de la locura y la tristeza de su representación. Y si al principio diferenciábamos a Cervantes de Ortega acaso lo hacíamos pensando en esta zona del alma que no participa de su quehacer y que al filósofo que definió la vida como quehacer o historia parece interesarte tan poco. Y que —con independencia del criterio de nuestra autora cuyo libro en otros aspectos nos ha enseñado y conmovido tanto es el sitio eterno.

 

Texto de la autora tomado de la revista Orígenes, La Habana, vol. 6, n. 24, invierno, 1949, pp. 41-52.

 

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