La ardiente locura

El Quijote y la utopía

Lisandro Otero • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

En el Quijote hay tres aportes esenciales a la cultura contemporánea: la maduración de un lenguaje, hasta entonces crudo y rudimentario, el asentamiento de innovaciones técnicas en la narrativa —que serán ampliamente usadas en la novela moderna—, y la consolidación del mito del héroe en búsqueda de una utopía.

Imagen: La Jiribilla

El emperador Carlos V solía decir que el alemán era un idioma para entenderse con sus caballos, pero el español lo usaba para comunicarse con Dios. El dialecto castellano se había ido conformando lentamente con las voces provenientes del visigodo, el mozárabe y el romance, pero es la frase cervantina la que nos entrega el idioma en plena madurez que ya venía manifestándose desde que Antonio de Nebrija tuvo la iniciativa de crear reglas para la entonces incipiente lengua de Castilla, y dotarnos de la primera gramática.

El Quijote inaugura la novela moderna abriendo todos los recursos posibles de la imaginación. Desdoblamiento, distancia del narrador, metatexto, y ficción dentro de la ficción. A ello se une la multiplicidad de puntos de vista, el narrador dual y la adecuación del lenguaje al carácter de los personajes. Existen tiempos diversos donde el pasado se mezcla al presente en una narración que pasa por etapas pastoriles, épicas y picarescas según se avanza en sus páginas.

El Quijote inaugura la novela moderna abriendo todos los recursos posibles de la imaginación. Desdoblamiento, distancia del narrador, metatexto, y ficción dentro de la ficción.

Le preguntaron una vez a Alejo Carpentier cuál era la diferencia entre Shakespeare y Cervantes y respondió que si alguna vez regresaba a su casa y veía en su sala de visita a algunos personajes de Cervantes ordenaba que se trajera café y se ponía a conversar con ellos amablemente. Pero si llegaba a su casa y hallaba la sala llena de personajes de Shakespeare inmediatamente llamaba con urgencia a la policía. Esta comparación genial revela hondamente el carácter de cada autor.

Según afirma Ortega y Gasset, Shakespeare se explica siempre a sí mismo, sin embargo, en el Quijote es fundamental su poder de alusiones simbólicas. Por ello afirma Ortega que confrontado con Cervantes, parece Shakespeare un ideólogo. “Nunca falta en Shakespeare como un contrapunto reflexivo, afirma, una sutil línea de conceptos en que la comprensión se apoya”. Sin embargo, el Quijote es un equívoco —subraya Ortega— su poder de alusiones simbólicas deja poco espacio a las anticipaciones, a los indicios para su propia interpretación.

Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote afirma que “la realidad es de tan feroz genio que no tolera el ideal ni aún cuando es ella misma la idealizada”. Ortega afirmaba que el mito era el punto de partida de toda poesía: de una parte la realidad bárbara y brutal y de la otra, la cultura que se basa en un futuro soñado. Sin embargo Cervantes logró convertir la realidad en sustancia poética, esa es su hazaña que implicó una superación de la antigua sensibilidad.

El universo iluso, de una espiritualidad inexistente choca y se deshace con el orbe de la auténtica libertad, la que sólo pueden experimentar los humanos dando libre acceso a su albedrío. Don Quijote es un idealista abrumado por su nobleza de espíritu. Rechaza el absurdo de una sociedad donde los cuerdos pasan por orates, donde se imponen el desacato, el desafío al orden establecido y el recelo de la supuesta justicia para perdurar.

 Cervantes logró convertir la realidad en sustancia poética, esa es su hazaña que implicó una superación de la antigua sensibilidad.

El ámbito mayor de don Quijote es la perpetua resistencia a la desintegración, la incesante búsqueda de la utopía, el acicate hacia la escalada que animan las vanguardias. Cervantes contrasta la realidad existente con el mundo ideal que su héroe imagina. De una parte está un edén impoluto donde al virtuoso se le reconocen sus virtudes y los ruines pagan sus vilezas. A ese mundo imaginado le llamaríamos hoy una realidad virtual. De la otra, se encuentra lo tangible y corpóreo con su carga de plagas y malevolencias, sus infamias y aborrecimientos. Un orbe imaginado y otro sufrido, un empíreo excelso y un contexto pérfido.

Don Quijote se yergue como una estela de granito frente a una tempestad pavorosa. Los vientos acuchillan la piedra que permanece inalterada y sorda a las acometidas que pretenden erosionarla. Es el desafío que sufren todas las utopías. Irse por el mundo deshaciendo agravios es una tarea de orates o de iluminados y casi siempre esa ardiente locura suele atrapar a otros en la manía de conquistar imposibles.

Esa es la lección del hidalgo de La Mancha: en su búsqueda de un orden más armónico y justo los humanos se encaran a aflicciones sobre las cuales no siempre suelen salir airosos aunque, aún en la derrota, dejan sembrada la semilla de futuras victorias.

 

Nota:
El texto fue publicado en el sitio web Rebelión el 6 febrero de 2005.

Comentarios

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE DON QUIJOTE Y LA UTOPÍA

En las líneas que siguen voy a exponer algunas consideraciones sobre don Quijote y la utopía:

1.ª Don Quijote es un personaje utópico porque no le gusta el mundo en el que vive (la edad de hierro) y pretende transformarlo. Por eso, evoca una mítica e irrecuperable edad de oro, localizada en un remoto pasado en la que los seres humanos eran felices, de acuerdo con la narración de Hesíodo sobre las edades del hombre en "Trabajos y días" (vid. el discurso de don Quijote a los cabreros, I, 11).

2.ª Junto al paradigma del mito que el personaje cervantino contrapone a su época, Don Quijote no diferencia la inverosimilitud de los hechos narrados en los libros de caballerías de la realidad , ya que él ve el mundo como un libro de caballerías y, por eso, se equivoca, porque confunde la ficción con la vida.

3.ª Don Quijote es un personaje utópico, pero no utiliza los medios adecuados para erradicar la vulgaridad, la mediocridad y la ramplonería de la España de su época. Además, no tiene en cuenta que la utopía ha de tener un carácter colectivo y no individual, ya que para rehabilitar la utopía se necesita de un inmenso esfuerzo y de una gran perseverancia. Con otras palabras, “peca” de ingenuo y de individualista. Por otra parte, los medios que utiliza para la batalla contra un mundo prosaico no son los adecuados.

4.ª Así, se explica su fracaso personal, lo que no significa que la utopía no sea necesaria o que la utopía haya muerto, sino, más bien, se deduce que quienes fracasan son quienes han optado por vivir una existencia alienada y conformista, sin ninguna actitud crítica.

5.ª Después de todo, lo que nos queda de Don Quijote no es su derrota, sino su compromiso en la defensa de unos ideales, en la defensa de “su” verdad (“Yo sé quién soy”, I, 5) frente a la de los demás, su sentido de la dignidad (¡qué lección la de un Don Quijote derrotado físicamente, pero que prefiere perder su vida antes que reconocer que la dama del impostor Caballero de la Blanca Luna es más bella que su Dulcinea!) ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a morir por defender aquello en lo que creemos? Personalmente, como lector, me emociono y me siento apenado cuando el narrador nos presenta la derrota de don Quijote, pero, a la vez, siento una gran admiración por su fidelidad a un ideal, que le hace digno de tener honra, ya que esta no te la concede tu linaje , sino tus obras. Merece la pena transcribir este momento de la obra:

"Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra" (II, 64).

6.ª En realidad, la España contrautópica o distópica de la época no se mereció tener un autor como Cervantes ni un personaje como don Quijote.. En la que, para mí, es la mejor novela española del siglo XX español, "Tiempo de silencio" (1962), de Luis Martín –Santos, el narrador nos presenta al protagonista caminando por las calles del Madrid cervantino. Pedro es un investigador científico que, obviamente, también fracasará porque la investigación científica en la España de 1949 carecía totalmente de medios y, en realidad, no había ningún interés en potenciar ningún proyecto científico. Pues bien, mientras Pedro camina por las calles de Madrid, a la vez, reflexiona (mediante continuas preguntas y “espirales”) sobre Cervantes, Don Quijote y la España de Cervantes, en la que la utopía no tiene cabida, pues es un país con un entramado represivo que, mediante la violencia, en caso necesario, se encarga de extirpar cualquier brote de utopía. Creo que merece la pena ver alguno de estos magistrales fragmentos que, como he dicho retratan a un país que no permite decir ni hacer lo que no esté permitido oficialmente decir y hacer, a no ser que se esté loco:

!Venía un airecillo desde el este. Para evitarlo, dejó a un lado la cuesta de Atocha (…) y se metió por las callejas más retorcidas y resguardadas de la izquierda. Estaban casi vacías. Siguió andando por ellas (…). Por allí había vivido Cervantes- ¿o fue Lope?- o más bien los dos. Sí, por allí, por aquellas calles que habían conservado tan limpiamente su aspecto provinciano, como un quiste dentro de una gran ciudad. Cervantes, Cervantes, ¿puede haber existido en semejante pueblo, en una ciudad como ésta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visión de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada, tan lejano de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo, como de todas certeza? ¿Pudo haber respirado este aire excesivamente limpio y haber sido consciente como su obra indica de la naturaleza de la sociedad en la que se veía obligado a cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles y escribir un libro que únicamente había de hacer reír? ¿Por qué hubo de hacer reír el hombre que más melancólicamente haya llevado una cabeza serena sobre unos hombros vencidos? ¿Qué es lo que realmente él quería hacer? ¿Renovar la forma de la novela, penetrar el alma mezquina de sus semejantes, burlarse del monstruoso país, ganar dinero, mucho dinero, más dinero para dejar de estar tan amargado como la recaudación de alcabalas puede amargar a un hombre? (…) ¿Qué es lo que ha querido decirnos el hombre que más sabía del hombre de su tiempo? ¿Qué significa que quien sabía que la locura no es sino la nada, el hueco, lo vacío, afirmara que solamente en la locura reposa el ser moral del hombre? (…) ¿Será un peligro público?
"Pero la cosa es muy complicada. Mientras que Pedro recorre taconeando suave el espacio que conociera el cuerpo del caballero mutilado, su propio racionalismo mórbido le va envolviendo en sus espirales sucesivas.
(…)
" Sexta espiral: Pero no hay que exagerar. No hay que llevar esta conjetura hasta sus límites. No debemos olvidar que el loco precisamente" está loco". En ese “hacer loco” a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra, no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba realmente loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local, su pequeño potro de tormento y su pequeña obra caritativa para el socorro de los obres de la parroquia. Y el loco, manifiesto como no loco, hubiera tenido, en lugar de jaula de palo, su buena camisa de fuerza de lino reforzado con panoplias y sus ventidós (sic) sesiones de electroshockterapia.
"Pero no se sabe quién fue aquel a quien llamaban Don Miguel que conociera la calle provinciana tranquila y limpia. Nunca dominado por la furiosa locura que, sin embargo dormitaba en él: sólo la soñaba y expulsando fantasmas de su cabeza dolorida, evitó acabar siendo el Mesías. Porque él no quería ser Mesías. Él quería ganar dinero, cobrar impuestos, casar la hija, conseguir mercedes, amansar y volverse benignos a los grandes . La historia del loco y todas las otras historias admirables no fueron nada esencial para él sino fatiga divertida, muñequitos pintarrajeados, hijos espurios que tuvo que ir echando al mundo para precisamente (y esta es la última verdad) al no ganar dinero, al no cobrar sus débitos, al malcasar la hija, al no lorar mercedes, al ser despreciado y olvidado hasta en las ansias de la muerte poder no enloquecer" (secuencia 12, pp. 61-64, de la undécima edición de Seix Barral de 1976).

7.ª Ahora bien, si Don Quijote fracasó, su intento de llevar a la práctica unos ideales con todas las consecuencias ha servido de modelo, por poner un ejemplo nada baladí por cierto, a dos creyentes utópicos, a dos revolucionarios: me refiero al Che Guevara y al Subcomandante Insurgente Galeano (anteriormente conocido como el Subcomandante Insurgente Marcos), dos referentes utópicos para muchísimos seres humanos. Pues bien, ambos han sido lectores fieles de "Don Quijote de la Mancha", con cuyo protagonista se identifican porque defiende valores como la libertad, la justicia, el compromiso social, el amor, el derecho a la educación, la dignidad, la igualdad, etc, que consideran totalmente necesarios para hacer posible un mundo mejor, un mundo nuevo. Sobran comentarios..

Como conclusión de todo lo anterior, me parece que, muchos seguiremos creyendo en la utopía y vinculando a Don Quijote con ella, a un Don Quijote como ser “real” y no ente de ficción, de acuerdo con el sentido que Don Miguel de Unamuno, gran defensor de la "realidad" de don Quijote, da al término “real”, a saber, aquello que es capaz de influir en otro. Palabra de Don Miguel de Unamuno.

Emilio Rucandio Palomar

Valencia, 30 de julio de 2015

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