Los valores en Don Quijote

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba
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Alguna vez se ha dicho que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es un libro realista y, sin duda, hay en él una visión elevada y dignificadora de la realidad, pero siempre en diálogo con la fantasía y con lo trascendente. Pocas veces en la historia de la novela se han encontrado libros fundacionales como este, donde una historia, al parecer simple y regocijante, se llena de tantas implicaciones que no solo es espejo de su tiempo, sino modelo reflexivo y guía de vida para los presentes y venideros.

Imagen: La Jiribilla

La axiología de esta novela se apoya en tres valores fundamentales: verdad, justicia y libertad. Los demás que pudieren hallarse en ella, tributan a estos, que vienen a ser los ejes de la visión antropológica cervantina.

La axiología de esta novela se apoya en tres valores fundamentales: verdad, justicia y libertad. Los demás que pudieren hallarse en ella, tributan a estos, que vienen a ser los ejes de la visión antropológica cervantina.

El Cervantes filósofo no parece preocuparse mucho por la ontología. Acepta la visión general del mundo que procede de la teología cristiana, solo que en su escritura, la verdad evangélica es contrastada a cada momento con la de la realidad cotidiana, la del sueño y la de la utopía. Don Quijote defiende su verdad más allá de toda apariencia, la fuerza y radicalidad de su ideal le permite decir: “Yo sé quién soy” [1] frase que, quizá por tener resonancias del “Yo soy el que soy” bíblico, escandalizó a María Zambrano, quien la interpretó como un acto demencial:

Sólo un rasgo de locura sorprende en Don Quijote, espejo de cordura. Y es aquel “Yo sé quién soy”. Mas, como fue dicho polémicamente, no puede ser tomado a la letra y más bien parece traducción precipitada de un “Yo sé quién me llama”, “Yo sé a dónde quiero ir”, “Yo sé hacia dónde estoy yendo”, como lo podría decir la paloma mensajera o la raíz que todavía no alcanza a atravesar el suelo, su dintel. Pues si no, hubiera estado loco o ciego, como Edipo, prisionero de su inmortal máscara. Y Don Quijote era libre, libre dentro de su figura de constante vencido, al fin vencedor, de vencedor a fuer de vencido: su máscara era necesaria y provisoria. Sabía, sabía lo que le pasaba; pues como ser era mucho más. [2]

Para Cervantes, no muy preocupado por distingos metafísicos, se es aquello en lo que uno cree y defiende. El personaje, en la medida en que avanza haciendo el bien —aunque muchas veces le salga torcido, pero con rectitud de intención— se reafirma en su ser, al que cada vez conoce mejor. No se olvide que cuando un guasón le pregunta a la falsa cabeza parlante: “¿Quién soy yo?” ella no puede sino replicar: “Tú lo sabes” [3]. Pero ese saber se acrecienta en una perpetua vigilia. El Caballero dice de sí “nací para velar” [4] y ese estar despierta de la conciencia se contrapone al sueño que es imagen de la muerte [5] y a las ficciones desatinadas de Sancho. La epistemología del Quijote parece resumirse en un: vela y actúa, porque la verdad siempre está más allá.

En tiempos del escritor contienden todavía los teólogos sobre el libre albedrío humano o la predestinación divina que fija a priori la conducta humana. Él, por boca del Hidalgo se encarga de decirnos: “bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni encanto que lo fuerce” [6]. Frase llamativa en un personaje que no cesa de vituperar a los encantadores porque trasmutan todas las cosas para frustrar sus buenos propósitos, pero allí está el detalle: los encantadores, es decir, el mal presente en el mundo, pueden cambiar la apariencia de las cosas, pero no aherrojar la libertad individual ni la voluntad de los hombres de conciencia despierta. Siempre es posible conocer la verdad de las cosas, aunque sea a trancos y entre desdichas, porque lo esencial puede ser conocido por los hombres de buena voluntad y recta intención.

Siempre es posible conocer la verdad de las cosas, aunque sea a trancos y entre desdichas, porque lo esencial puede ser conocido por los hombres de buena voluntad y recta intención.

 

De allí va a derivarse una especie de ética de la resistencia al destino o fatum con el que se justifican los débiles. Recuérdese el conmovedor pasaje del capítulo XLIX de la primera parte, en que el héroe es conducido hacia su hogar en una jaula, atado y vejado por lo que pretenden representar a la razón. En medio de tanto oprobio, Quijote es capaz de decir a su escudero:

 Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta jaula perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y extrema necesidad. [7]

Sólo la envoltura exterior del caballero está presa de los villanos, su conciencia, libre, continúa dispuesta para su misión en el mundo. Se engañan los que pretenden reducirlo con una extremada locura a la cordura de los tibios: la paciencia de Don Alonso en la adversidad no es jamás conciliación con lo torcido.

La verdad en la novela parece hurtársenos muchas veces: está la verdad ramplona y local del cura y el barbero, el ama y la sobrina, está el falso saber del bachiller Carrasco, afirmado en la inútil erudición salmantina que justifica su ociosidad, están las verdades parciales: Dorotea, Cardenio, el Cautivo de Argel, buscan satisfacer sus ansias, cumplir su voluntad, desafían la cordura por un instante pero para volver a la rutina una vez satisfecho su deseo y real gana; los duques creen tener la verdad porque tienen el poder, construyen sobre su voluntad una representación de engaños y burlas donde ellos son los únicos ridículos y burlados, se creen Dios y se mofan de aquel que lleva una chispa divina consigo.

Alonso Quijano es alguien que confronta su verdad con el mundo con un optimismo a toda prueba y de cada descalabro su verdad sale engrandecida. Sólo por la verdad, asegura el protagonista, se podrá elevar la república ideal: “si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que de las que ahora se usan es la dorada”. [8]

Imagen: La Jiribilla

En cuanto a la justicia, Cervantes contrapone los mecanismos convencionales de su tiempo: jueces civiles, gobernadores, Santa Hermandad, Inquisición, a la acción libre del Caballero de la Triste Figura, que sólo se atiene a los códigos de su conciencia. El escritor, desengañado de la justicia de los poderosos, se encarga de formular su propia visión del buen gobierno, aunque, como es habitual en su paradigmático libro, lo haga desde dos vertientes distintas. En el capítulo XLII de la segunda parte los consejos que el Quijote le ofrece a Sancho antes de comenzar a regir la ínsula prometida forman un pequeño tratado de buen gobierno. En pocas páginas desfilan ante nosotros, en austera prosa vertidos, consejos que unen la tradición bíblica, la filosofía estoica más la tradición moralista castellana:

“Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerlo está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.

“Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse: Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra”. [9]

Se define allí al príncipe cristiano a través de sus virtudes: temor de Dios, humildad, honestidad, equidad, serenidad y fortaleza de ánimo, misericordia y clemencia. Hay líneas memorables como aquellas en que se insiste en la preeminencia de la virtud por encima de los linajes: “Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”. [10]

Paralela a estos consejos, está la relación de actos de Sancho en su efímero gobierno en la Ínsula. Su conducta, guiada por esa cultura popular a la que ya nos hemos referido, subvierte los mecanismos de poder, espanta a los cortesanos, desarma a los eternos litigantes y confunde a los letrados. Como mira siempre al poder desde abajo, viola continuamente la “letra” de la justicia pero se atiene a su espíritu. Cervantes parece guiñarnos el ojo: la justicia debe tener algo de la ética de los sabios, pero mucho también de los reclamos de los eternos desposeídos.

Sin embargo, el asunto no es tan sencillo: no basta con la recta intención, ni con la solidaridad, ni siquiera con saber descubrir el mal. A veces la buena voluntad agrava las cosas o crea efectos inesperados: las amenazas a Juan Haldudo empeoran la suerte de Andresillo, la libertad dada a los galeotes ni es agradecida por ellos ni mejora su conducta. Cervantes ha vivido en carne propia la injusticia, no cree en jueces ni en inquisidores, hay abundante amargura en su visión de los descalabros del héroe, pero cree que hay que seguir aspirando a la paz y la justicia, a la edad de oro y al orden evangélico. Y aunque alguna vez su optimismo parece ponerse en crisis —“estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos”— [11] hay una capacidad de persistencia ejemplar a lo largo de estas páginas.

Cervantes ha vivido en carne propia la injusticia, no cree en jueces ni en inquisidores, hay abundante amargura en su visión de los descalabros del héroe, pero cree que hay que seguir aspirando a la paz y la justicia, a la edad de oro y al orden evangélico. 

En cuanto a la libertad, para ella son los mayores elogios del libro. A los guardianes que llevan a los galeotes se les advierte que es “duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres” [12] y el cautivo de Argel asegura que “no hay en la tierra, conforme a mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida” [13] antes de regalarnos su elogio mayor en la segunda parte de la novela:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. [14]

No en vano José Martí pintó a Cervantes como “aquel temprano amigo del hombre que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el decoro, y con la dulce tristeza del genio prefirió la vida entre los humildes al adelanto cortesano, y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia”. [15]

Por la audacia de su síntesis, por su voluntad utópica, esta novela es depositaria de una espiritualidad caballeresca, militante, activa y laica, cuya enorme actualidad nos sigue impresionando y, más aún, iluminando.

 

Notas:
1. Miguel de Cervantes: El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. La Habana, Biblioteca de Literatura Universal, Editorial Arte y Literatura, 1989, Parte I, cap.V, p.59.Todas las citas de la obra proceden de esa edición.
2. María Zambrano: “El espejo de la historia”. En: Anthropos. Barcelona, marzo-abril, 1987, p.103.
3. Parte II, cap. LXII, p. 419.
4. Parte II, cap. LXVIII, p.452.
5. Ibid, p.451.
6. Parte I, cap. XXII, p.183.
7. Parte I, cap.XLIX, p.434.
8. Parte II, cap. II, p.24.
9. Parte II, cap.XLII, p.282.
10. Ibid.
11. Parte I, cap. XXXVIII, p.348.
12. Parte I, cap.XXII, p.186
13. Parte I, cap. XXXIX, p.357.
14. Parte II, cap.LVIII, p.384.
15. José Martí: “Seis conferencias”. En: Obras completas. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 1975. Tomo 5, p.120.

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