¡Nos filman, Sancho, entonces cabalgamos…!

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
Imágenes de Internet

Ya desde los puros albores del cinematógrafo, las sardónicas aventuras del ingenioso y antiheroico hidalgo Don Quijote de La Mancha fueron objeto de atención de los incipientes realizadores. Las compañías francesas Gaumont (Don Quijote, 1898) y Pathé (Les Aventures de Don Quichotte de la Manche, 1903) emprenden las primeras incursiones silentes y de corto metraje, donde se recrean breves escenas de las novelas. Desde entonces, el anacrónico caballero ha contado en cada década del siglo XX al menos con una versión televisiva o fílmica, animada o de “registro fotográfico”, con preeminencia de creadores europeos como el austriaco Georg Wilhelm Pabst (Don Quichotte, 1933) y el soviético Grigori Mijáilovich Kózintsev (Don Kijot, 1957), consideradas por consenso global las dos cintas más logradas hasta el momento.

Imagen: La Jiribilla

Merece mencionarse el inconcluso proyecto de Orson Welles (1955), cuyas escenas fueron editadas en 1992 bajo el título Don Quijote de Orson Welles. Dentro de la filmografía española, sin tan brillantes resultados, el Quijote sí ha sido interpretado por actores de la solidez de Fernando Fernán Gómez (Don Quijote cabalga de nuevo, 1973), cuyo Sancho fue interpretado nada más y nada menos que por Mario Moreno “Cantinlas”; y Fernando Rey (El Quijote de Miguel de Cervantes, serial de TV Española, 1992).  

1. Del ingenioso rey pescador

Ahora, el legado quijotesco en el audiovisual trasciende por mucho las versiones más o menos literales de las novelas cervantinas, o las referencias y apropiaciones directas de los personajes de Alonso Quijano y Sancho Panza.

Como prolijas encarnaciones poéticas nada más y nada menos que de los hemisferios cerebrales humanos —el Quijote representa la zona derecha, dada al pensamiento creativo, artístico; y Sancho equivale al izquierdo: lógico y calculador— caballero y escudero engarzan en uno de los modelos más integrales de nuestra naturaleza. La perenne fricción entre opuestos complementarios provoca el movimiento de ideas creativas.

El intrincado proceso de quijotización de Sancho y de sanchización del Quijote que zanja el fin de las novelas y el inicio de la eternidad para ellas, es alegoría última de la integración de las polaridades racional y emotiva en el todo complejo que es el homo sapiens.

El intrincado proceso de quijotización de Sancho y de sanchización del Quijote que zanja el fin de las novelas y el inicio de la eternidad para ellas, es alegoría última de la integración de las polaridades racional y emotiva en el todo complejo que es el homo sapiens.

Sobre estos principios, y desde una alta fidelidad al espíritu de los originales literarios, el cine de Terry Gilliam ofrece una de las más cálidas y humanistas versiones del Quijote y Sancho, con la cinta El rey pescador (The Fisher King, 1991). El ex Monty Python desarrolla la relación entre el defenestrado radialista Jack Lucas (Jeff Bridges), suerte de un sofisticado y cosmopolita Sancho, y Parry (Robin Williams), orate buscador del Santo Grial: clara alusión al Quijote y sus ilusiones caballerescas. La relación entre estos dos personajes, desterrados a la otredad por causas diversas, desarraigados del medio donde sobreviven, redunda en un igualamiento de estados, en el intercambio de perspectivas que coadyuva a la final redención del newyorkino Sancho, transmutado en caballero andante bajo la égida de la nobleza de Parry.

2. Los expedientes QuiXote / True Knights

Los años 90 del siglo XX guardan otras apropiaciones del dueto manchego. En el exitoso seriado Los expedientes X (The X Files, creada por Chris Carter, 1993-2002), los axiales personajes de Fox Mulder y Dana Scully —más comúnmente comparados con Holmes y Watson— también tributan al ingenioso hidalgo y a su escudero. En primer lugar, por la obsesiva persecución del agente Mulder tras “la verdad” que yace más allá de la cortina de la lógica, apegado a ultranza a principios éticos y morales que bien equivalen a la hidalguía medieval. Como segundo e imprescindible elemento conflictual tenemos la tozudez racionalista de Scully, quien establece un fuerte contrapeso a los “desvaríos” de su compañero.  

Imagen: La Jiribilla

Las controversias que cada sobrenatural caso desencadena entre sus opuestas cosmovisiones los hacen la pareja investigadora perfecta, dado el armonioso complemento entre estas personalizaciones de los hemisferios cerebrales. Y claro, el Sancho femenino termina quijotizado ante la abrumadora supra-realidad que los envuelve.

Las controversias que cada sobrenatural caso desencadena entre sus opuestas cosmovisiones los hacen la pareja investigadora perfecta, dado el armonioso complemento entre estas personalizaciones de los hemisferios cerebrales.

Los X Files igualmente aplicaron una interesante vuelta de tuerca al subgénero clasificado como buddy film, o “películas de compinches”, que precisamente buscan desarrollar las relaciones amistosas entre dos hombres, lo cual también pudiera verse como una derivación bastante directa del dueto quijotesco.

Consolidado en la década de 1970 como reacción al movimiento feminista, el buddy film encuentra la horma de su zapato en la dupla Mulder-Scully, dada la relación no amorosa y para nada subalterna que desarrollan la mayor parte del tiempo, y que guarda tanto peso para la trama como la conspirativa teoría de la penetración alienígena.

Ya en los años más recientes del XXI, el buddy film experimentó, de nuevo en el seriado televisivo, otra torsión hacia mayores complejidades dramatúrgicas y caracterológicas, con la breve entrega de HBO intitulada True Detectives (creada por Nick Pizzolatto, dirigida íntegramente por Cary Joji Fukunaga). La primera temporada (2014) desarrolla la escabrosa colaboración de los investigadores Hart (Woody Harrelson) y Cohle (Matthew McConaughey), quienes van a la saga de un casi surreal asesino, poco menos que un Macguffin, a partir del cual se articula la escatológica pero muy fiel relación entre la versión nihilista del Quijote que es Cohle, y el Sancho más estabilizado de Hart.

Aquí, el caballero de la triste figura —tal cual luce McConaughey, en plena gracia histriónica— no es un idealista, sino un ente apocalíptico, autodestructivo, pero de gran agudeza preceptiva e inteligencia, que lo hace avanzar por atípicos senderos de la existencia y por heterodoxos métodos investigativos; tampoco es la primera vez que Holmes confluye con Alonso Quijano en un personaje. Hart es un Sancho en estado más puro, familiar, convencional, pero con la suficiente lucidez para acompañar a su ocasional compañero en la bizarra saga.

3. A La Mancha…y más allá! / Blanco y Negro ¡Sí!      

Toy Story (John Lasseter, 1995), primer largometraje animado en 3D, estrenado a 100 años de la creación del cinematógrafo, no podía menos que consolidar su rol histórico, apropiándose jocosa pero sólidamente, de los arquetipos cervantinos. Las “alucinaciones” de Buzz Ligthyear (Tim Allen) desatan inicialmente la ira del Sheriff Woody (Tom Hanks), quien trata de anclarlo al contexto “real”, donde son sólo juguetes sin poderes y no guardianes interestelares. Igualmente, terminan compartiendo y fomentando el espíritu heroico, que trasciende la fatalidad a pura osadía.

El insondable universo animado japonés tampoco ha sido ajeno a los arquetipos cervantinos. De hecho, a esta máquina de asimilación cultural nada occidental le es ajeno.

Amén de la versión seriada Don Quijote y los cuentos de La Mancha (Zukkoke night: Don De La Mancha, de Kunihiko Yuyama, 1980), la cinta Tekkonkinkreet (2006) dirigida por Michael Arias para Studio 4 °C, a partir del manga homónimo de Taiyō Matsumoto, propone una aproximación más psicológica y densa. Sus protagonistas son los niños vagabundos Kuro a.k.a Black y su hermano menor Shiro a.k.a White. Sus propios apodos adelantan los conceptos que simbolizan.

El chico mayor da la cara a la realidad extrema que amenaza sus vidas a cada minuto, como escudo protector del imaginativo, lírico y soñador Shiro. Aquí, el Sancho asume las fuerzas físicas acreditadas al caballero, y el Quijote delata la fragilidad de la mente artística, sensible.  

4. Quijote mirando al sudeste / Dulcinea en cualquier parte

El cine latinoamericano contiene importantes obras de guisa autoral sustentadas en las dinámicas quijotescas, como la argentina Hombre mirando al sudeste (Eliseo Subiela, 1986), donde el psiquiatra Julio Denis (Lorenzo Quinteros) ve desafiado y finalmente descoyuntado su sistema cosmovisivo, por la influencia del ingenioso extraterrestre Rantés (Hugo Soto).

Mixtura del Principito con el hidalgo manchego, el alien(ado) difiere un tanto del caballero loco, al mostrarse conocedor a cabalidad de la naturaleza incrédula de la humanidad. En irónico y fatalista gesto, aparece en un manicomio, donde sabe que lo colocarían no más enunciar su verdad. Aun así, Rantés y Denis inician una cabalgata iniciática, donde la mayor gesta del caballero de otro mundo será sembrar la semilla de lo inefable y lo trascendental en su sanchesco terapeuta, expandir su mente hasta el puro desasosiego y cuestionamiento de los modelos rígidos de la existencia.

Imagen: La Jiribilla

En fecha mucho más reciente, la fílmica cubana acogió a su definitiva pareja quijotesca, con el regreso a nuestras pantallas del actor Reynaldo Miravalles como significativo bono, en la cinta Esther en alguna parte (Gerardo Chijona, 2013), basada en la novela homónima de Eliseo Alberto Diego. El refunfuñón y amargado Lino Catalá, asumido por la nonagenaria figura, cuenta con la chispeante contrafigura de Arístidez Antúnez (Enrique Molina), bufonesco y a la vez trágico Quijote que sobrevive los embates de la realidad y de sí mismo; aferrado a una burbuja fantasiosa donde desgrana su personalidad en numerosos personajes del mundo circense.

Arístides entenebrece paulatinamente su alegría hasta alcanzar dimensiones trágicas hacia el final —como Sancho que se rehúye a sí mismo travestido de Quijote— al tiempo que resulta explosivo saboteador de la monótona existencia del viudo Lino. Lo acompaña en el descubrimiento de la doble vida llevada por su difunta esposa Esther, verdadera e idílica Dulcinea donde confluyen los amores de ambos.

Los personajes, inicialmente antagónicos, se irán “contaminando” mutuamente, hasta permutar personalidades en el consabido acto transmutativo. Arístides muere, como ha lugar, reviviendo en un Lino que no solo experimenta un epifanía quijotizante, sino que lo suplanta literalmente.  

5…

Medio milenio de existencia sólo ha conseguido aguzar la lanza del Quijano, bruñir su cota y su bacinilla-casco, fortalecer el trote de su Rocinante. Su cabalgata transversaliza las artes con el ímpetu de una horda y fertiliza, como torrente vivificante, las obras de numerosos creadores, quienes hallan en su dispar fraternidad con Sancho, ingentes claves de vida y creación. El cine solo es una de las tantas reencarnaciones simultáneas de este preclaro profeta del mejoramiento humano.   

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