Santiago 500: Nostalgias del Guiñol

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor

Cuando nací en 1963, ya el Guiñol de Oriente (Luego Guiñol Santiago) tenía dos años de andadura por diferentes espacios de la capital del Caribe. Recuerdo perfectamente mi primera vez como espectador, el teatro estaba asentado en un apartamento de la calle Lacret, entre San Basilio y Heredia. Vinieron  luego mis experiencias definitivas, las que marcaron con fuego mi vocación titiritera. Fue en la actual sala llamada El mambí, ubicada en la zona donde pasé buena parte de mi infancia y juventud. Este año, en que se conmemoran los cinco siglos de fundada mi ciudad natal, y a cuyo homenaje al parecer no seré invitado con Cuento de amor en un barrio barroco [1], mi regalo especial a la magna celebración, siento inmensa nostalgia de aquel Guiñol.

Imagen: La Jiribilla

Del nutrido y activo repertorio de la agrupación santiaguera recuerdo muchas funciones, entre las preferidas se alza “Papobo”, puesta en escena de Rafael Meléndez (luego se estrenó otra dirigida por Roberto Sánchez), sobre un texto del poeta, narrador y dramaturgo David García. La historia ocurre el último día del año 1694 y transcurre en la villa San Cristóbal de La Habana. Un niño negro quiere conseguir un regalo para su hermanita, pero no tiene dinero. Peripecias asombrosas y divertidas comenzarán a transformarlo todo. Con inteligencia e ingenuidad, el muchachito aprenderá cosas esenciales sobre la vida, aspectos importantes sobre la familia. Traspasar las murallas citadinas lo incita a interactuar con un entorno tan misterioso como poético.

En entrevista realizada a David García, en 1976, por la crítica y periodista Rosa Ileana Boudet, para la revista Revolución y Cultura, el autor expresó: “Papobo surge como una preocupación de hacer cosas cubanas: trabajar con héroes nuestros como los negros insurrectos y los indios, en oposición a Caperucita y Pinocho —que no pretendo negar— porque están ahí, pero hace falta resaltar nuestros valores. En la obra están mis experiencias de niño. Yo he conocido a un hombre parecido al cimarrón. Las murallas de La Habana, que son algo muy de las mil y una noches, están usadas no como ornamento sino como un elemento ideológico. La aventura de Papobo, que sale a recorrer los caminos es la de muchos niños del Tercer Mundo que venden maní, caramelos. Yo mismo vendí durante mi infancia cuadros en la calle”.

Pensando en el niño que fui, que todavía extraña los buenos tiempos del teatrico de la calle San Basilio, contacté al creador de este cubanísimo personaje, y es esto lo que me contó el orgulloso padre literario: “En Nagó —así se decía cuando me inicié en la religión— la palabra Pa significa  imposición, fuerza, golpe. La palabra luna llena es Osu pá: que significa también reina luna. A su vez Opopó significa calle. Yo le empecé a hacer un cuento a mi hija de tres añitos. Trataba de enseñarle estas palabras, las tradiciones de las Mawualas que era como se les decía a las ancianas Iyaloshas de nación. El nombre del héroe de mi narración era Pa opopó pero mi niña decía a su manera Papobo. Así se quedó. Yo le hacía el cuento con diversas variantes y ella iba fijando lo que le interesaba, incluso a veces quería variar sucesos y ella no me lo permitía. Terminé escribiendo finalmente la historia que todos conocen”.

Imagen: La Jiribilla

En los flashazos infantiles que pasan por mi cabeza, no recuerdo las incoherencias dramatúrgicas, que según especialistas y conocedores de la época, atentaban contra la síntesis del montaje. A mi mente de niño solo acude una escenografía colorida, bailes, mucha música, muñecos de guante, de varillas y la magia de la luz negra, no puedo rememorar mucho más. Por esos años pude ver también la concepción escénica de Papobo que hiciera Adolfo Gutkin con la Teatrova. Protagonizado por María Eugenia García, esa actriz tan carismática, más la imprescindible música de Augusto Blanca, que también se reveló como un tierno juglar, el montaje era sencillo, como un hermoso juego con figuras. Muñecos, hechos por el propio David, elaborados en madera y fibras naturales, cobraban gracia inusitada en las manos de los dos histriones, que hacían actuar hasta a la guitarra. Aventuras, tradición y fantasía, hicieron de la fábula del negrito caminante un momento inolvidable en la historia del guiñol oriental y creo a estas alturas que de todo el teatro de títeres nacional.

En los 80 el muchachito de García se va al universo del celuloide. Durante 50 minutos, el experimentado director de animación Hugo Alea, logró desde los Estudios Cinematográficos del ICRT, uno de los mediometrajes más completos entre los que se hayan hecho con la técnica de stop motion en la Isla. Treinta años después Papobo regresó al retablo de la mano del grupo cubano Arteatro. El montaje fue homenaje y recuento de la trayectoria de este aplaudido título, el colectivo consiguió una cuidadosa producción por la que todavía se les recuerda.

“¿Dónde está Papobo?”, se preguntó en el año 2009 el realizador audiovisual Marco Pareja. Mediante la técnica del documental,  la interrogante gira una y otra vez sobre el por qué no se televisa o se exhibe en las salas de cine la película de Alea, por qué se desconoce su valor como obra de arte y patrimonio visual de la nación.

Imagen: La Jiribilla

El 500 aniversario de Santiago de Cuba, intenta rescatar para la memoria de sus habitantes y la de todo el verde caimán, los mayores aciertos culturales de la ciudad. Papobo debiera alzarse en esa redención como un muñeco vivo, amado y recordado. Su creación simboliza los choques anticoloniales, una especie de clarinada mambisa en la inconformidad expresa del niño negro, Rey de la calle, hijo legítimo de Elegguá, el dios de los caminos.

Cuando pienso en el pequeño Papobo, me veo sentado otra vez en una butaca del guiñol santiaguero. Yo mismo creo ser el entrañable personaje de David y comienzo a tallar un nuevo títere.

 

 Nota:
1. Cuento de amor en un barrio barroco es un espectáculo estrenado en 2014 por Teatro de Las Estaciones. Protagonizado por William Vivanco, y respaldados todos por jóvenes instrumentistas de la Orquesta Miguel Faílde. Logré presentarlo en función única y por esfuerzos propios, apoyado por el Instituto de la Música y el Consejo Nacional de Artes Escénicas, en el Teatro Martí de Santiago de Cuba, en febrero de 2015.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato