Techo cubano entre las cúpulas de Jerusalén

Joel del Río • La Habana, Cuba
Foto: Cortesía del autor

Poco después de poner el pie por primera vez en la céntrica calle King David, de la polícroma y colinosa Jerusalén, invitado por el Press Club del Festival internacional de cine (que ocurre en aquella ciudad desde hace 32 años) me encuentro en el lobby del hotel con la expresión aturdida de un grupo de colegas venidos desde Europa, Asia y América Latina. En semejante circunstancia, a un cubano más o menos inseguro lo asaltan el  desconcierto y la sospecha de “babelismo”, por aquello de la famosa torre y la incomunicación entre personas de cultura e idioma diferentes, pero con el auxilio del inglés, el gusto generalizado por el buen cine, y la conciencia de respirar el aire cálido de una ciudad marcada por la necesidad de entendimiento entre dispares, se pudo construir el diálogo inicial, rápidamente creciente en cuanto a intensidad y reconocimiento mutuo.

Imagen: La Jiribilla

La comunicación inmediata se suscita, por supuesto, con los colegas de México, España, Italia y EE.UU., y poco después se incentiva en otras direcciones, aunque tampoco hace falta negar la complicación que entraña colocar en términos de comprensión, y propósitos comunes, a un grupo de críticos de cine y periodistas de cultura venidos también de Reino Unido, Austria, Bulgaria, República Checa, Croacia, Dinamarca, Francia, Alemania, Noruega, Rusia, Serbia y Turquía. Todos fuimos invitados a Jerusalén con el propósito de acceder a lo mejor del cine mundial más reciente —en las flamantes cuatro salas de la Cinemateca local— con el subrayado consiguiente a la promoción internacional de los valores tradicionales, y el pujante relevo, del cine israelí, una realidad completamente desconocida en Cuba a causa de la distancia política que nos separa.

El Jerusalem Press Club pretende, sobre todo, promocionar los valores audiovisuales de la nación del Asia Menor, y convertir en noticia de internacional repercusión este evento cuya competencia, y principal atención, se concentra en los más recientes y novedosos productos nacionales, que abarcan desde un filme de terror con zombis, sobre dos inocentes jóvenes norteamericanas perdidas entre los callejones y antigüedades de la Ciudad Vieja (JeruZalem, de Yoav y Doron Paz) hasta el trágico intimismo de una mujer que intenta reinventar su identidad y superar las desgracias del conflicto israelo-palestino (AKA Nadia, de Tova Ascher). En cuanto a las premieres y el ambiente festivalero, baste decir que es muy similar la ansiedad, las aglomeraciones y el boca a boca; la gente de cine es igual en todas partes, y el aire caliente del mediodía y frío por las noches, se carga de bohemia e iniciación, distinción y esnobismo… en polícroma añadidura a la encrucijada cultural que es Jerusalén desde hace aproximadamente seis mil años.

En la capital cultural del mundo árabe, ciudad sagrada del judaísmo, el Islam y la cristiandad, punto neurálgico de conflictos políticos, religiosos y raciales, se programaron obras de muy diversas estéticas, idiomas y procedencias. Junto con los filmes nacionales antes mencionados, se exhibieron los magnos ganadores en los grandes festivales del mundo: la chilena El Club, de Pablo Larraín, alcanzó Gran Premio del Jurado en Berlín; la griega La langosta, de Yorgos Lanthimos fue premio del jurado en Cannes; y el León de Oro en Venecia fue para la sueca Una paloma sentada en su rama reflexiona sobre la existencia, de Roy Andersson. Porque hay pocos sucesos más asertivos, en el panorama de los festivales internacionales de cine, como apostar al seguro con los filmes oleados y sacramentados en otros eventos de máxima categoría, y Jerusalén asume a conciencia su perfil de catálogo ecuménico, pues no solo muestra, por ejemplo, la cinta más reciente de Andersson, el maestro sueco de las alternancias entre lo grotesco y lo tragicómico, sino que exhibió completa su Trilogía de los Vivos, integrada además por Canciones del segundo piso (2000) y Tú, un ser vivo (2007).

Las presentaciones especiales se engalanaron con la presencia del actor norteamericano John Turturro, quien brilló por su gracia e inteligencia en la gala inaugural, consagrada a Mi madre, melodrama autorreflexivo y parsimonioso del italiano Nanni Moretti. En el mismo anfiteatro al aire libre donde ocurrió la inauguración, un sitio llamado La piscina del Sultán, tuvo lugar la clausura con la exhibición de El Padrino y el acompañamiento musical en vivo de la Orquesta Sinfónica de Jerusalén. Además de la imprescindible rimbombancia en las galas de apertura y clausura, pasaron por pantalla, con la mayor discreción, un grupo de filmes que figuran entre los mejores del mundo, en lo que va de año, según el consenso de la crítica internacional especializada: la tailandesa Cementerio de esplendor (Apichatpong Weeresethakul), la canadiense El cuarto prohibido (Guy Maddin), la taiwanesa El asesino (Hou Hsiao-Hsien), la iraní El presidente (Mohsen Mahmalbaf), la norteamericana Knight of Cups (Terrence Malick) y la austriaca En el sótano, cuyo director Ulrich Seidl pensaba ofrecer una clase magistral sobre sus métodos de trabajo.

Y en medio de todo ello, se registraron atrayentes competencias entre profesionales del cine por premios de ayuda a la producción en proyectos nacionales e internacionales; el Festival le rindió homenaje al documentalista Albert Maysles; y fueron programados encuentros con Patricio Guzmán y Amos Gitai (el más famoso y reconocido de los cineastas israelitas). También se dedicó la sección Cinemanía a documentales notables sobre grandes personalidades como el alemán Rainier Werner Fassbinder, la sueca Ingrid  Bergman, el norteamericano Orson Welles y el ya mencionado Ulrich Seidl, a quien el Festival de La Habana también le consagró un aparte en fecha reciente.

El raudal de imágenes y opiniones, con tanto crítico disperso entre pantallas, confluyó momentáneamente en un conversatorio sobre la imagen del cine israelita en la prensa extranjera (es decir, de nosotros, los invitados por el Jerusalem Press Club). Poco pudo decir el cubano al respecto, dada la exigua cantidad de filmes de esa procedencia vistos en mi país, así que callados, nos dedicamos a aprender de los que sí saben. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir similitudes y paralelismos entre las cinematografías de Cuba e Israel, tal vez originadas en la semejanza indiscutible de naciones pequeñas, con cinematografías emergentes (desde los 60 la cubana, y la israelí desde los 80) y muy atentas ambas a un contexto inspirador por la complejidad de sus conocidos conflictos.

Curiosamente, uno de los reproches nacionales y extranjeros al cine hecho en Israel consiste en la sobresaturación reciente del tema político y de los efectos ideológicos, espirituales y culturales de la confrontación armada. Y recordé que en Cuba, en diferentes periodos, abundaron similares cuestionamientos por la demasía de temas como la emigración, las ruinas, la miseria material y la diversidad sexual.  Y entonces apareció un argumento que también se discute en Cuba: el recorrido internacional de los filmes dependerá de que la producción asuma tendencias genéricas, y un “acabado” industrial y/o artístico que le permita competir beneficiosamente en los mercados internacionales, puesto que la taquilla nacional apenas alcanza para cubrir los gastos en producción. Los israelitas realizan ahora una película de terror con zombis, nosotros hicimos una similar, Juan de los Muertos, que tiraba más a la comedia negra y se vinculaba estrechamente con el apremiante contexto.

Con todo y sus numerosas y prestigiosas escuelas de cine (entre las cuales destaca la multipremiada Sam Spiegel Film and Television School), a pesar de una Ley de cine aplicada en 2001 con efectos muy positivos, y de la existencia de una producción estable, variada y de calidad, a nadie en el mundo se le ha ocurrido detectar una nueva ola de cineastas israelitas (aunque vistos de cerca, seguramente existe). Tampoco la generalidad de los filmes más recientes hechos en Cuba disfruta del consenso crítico internacional. De modo que en ambos países tal vez se precise una etiqueta crítica, un gancho comercial y periodístico, que nos permita mayores atenciones internacionales, lauros, divulgación y aplauso generalizado.

Hablando de cine cubano, cuando mencionaba el techo cubano no solo aludía a la sin duda excepcional visita de un crítico cubano a una ciudad, y festival, tan distantes en tantos sentidos, sino que quería referirme también a la presencia, en el segmento de óperas primas, de La obra del siglo, largometraje de Carlos M. Quintela, quien provocó aguda polémica entre los críticos cubanos con su anterior La piscina. Mayor consenso parece predominar ahora alrededor de un filme con el protagonismo de Mario Balmaseda y Mario Guerra, y premiado con el Tiger Award en Rotterdam, entre otros varios reconocimientos. Tamaña distinción en el festival holandés provocó que numerosos concursos y muestras lo incluyeran como perla de cultivo en Rusia, Argentina, EE.UU., Alemania y España, entre otros países.

En la página 123 del catálogo del Festival de Jerusalén, escrito en hebreo y en inglés, puede leerse que “este drama surrealista con abundante humor describe un mundo que parece congelado en el tiempo. Machado Quintela utiliza una técnica muy singular: el filme está rodado en blanco y negro, y sus secuencias se entralazan con material de archivo televisivo en colores, develando el interior de un país muy poco visto en las pantallas de cine israelitas, todo mostrado desde una perspectiva original y refrescante”.  Por lo menos orgullo, ungido de nacionalismo sano, supongo, siente el crítico cuando ve reconocido, en una vitrina tan improbable para el cine cubano, un filme nuestro. Conste, sin falsa vanidad, que tampoco nos enteramos en Jerusalén de tales méritos.

En el periódico oficial de la Muestra Joven del ICAIC, en este año, aseguré que  “Machado Quintela y sus colaboradores optaron por remitirse, todo el tiempo, al periodo de clasicismo vanguardista del cine cubano en las décadas del 60 y 70. Desde el compromiso con discursos que se comprenden y asumen a un nivel visceral, La obra del siglo se apropia afectuosamente de las estéticas del cine imperfecto, de la ironía que jamás renuncia a la objetividad —tal y como la entendía Nicolasito Guillén Landrián— y por supuesto se avecina también a los experimentos de Sara Gómez en cuanto a la vinculación entre testimonio y puesta en escena”. Junto con La obra del siglo, pero en la sección consagrada a los Maestros, estuvo programada también Retorno a Ítaca, que el francés Laurent Cantet rodó en una azotea de Centro Habana, con la complicidad de los estelares Isabel Santos, Jorge Perugorría y Fernando Hechevarría.

Pero por mucho que uno coma, duerma, respire y hable cine, no solo de filmes vive el crítico, y tal vez las experiencias más impresionantes y personales se alejaron de la pantalla, y ocurrieron en las calles estrechas y serpenteantes de la Ciudad Vieja, cerca del Muro de las Lamentaciones y recorriendo el último remanente del castillo construido por Herodes sobre las ruinas del templo de Salomón. Cuando uno recibe instrucción bíblica desde niño, y de grande, casi viejo ya, puede ver de cerca el árbol bajo el cual Abraham se aprestó a sacrificar a su hijo, Isaac, y tiene la oportunidad de caminar la Via Dolorosa, o los umbríos salones de la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se conserva parte del calvario donde fue crucificado Jesús, es difícil evitar el estremecimiento, porque hasta a los agnósticos, si es que poseen algo de sensibilidad y cultura, les resulta imposible sustraerse al impacto emotivo de una ciudad cuna de civilizaciones, un lugar donde la humanidad se ha empeñado en mostrarse al mismo tiempo generosa y beligerante, universalista y endogámica.

El Festival de Jerusalén es un gesto próspero, sembrado en los estratos más fértiles de las tradiciones culturales del Medio Oriente, las soleadas tierras abonadas por la fe, el conocimiento y las buenas nuevas de la Biblia, el Talmud, el Corán y Las Mil y una noches. En medio de tanto minarete, cúpula, campanario (el de la Asociación de Jóvenes Cristianos clama al son de la Oda a la Alegría), bóveda, domos, azoteas y escarpadas colinas, estuvo este año un tejado cubano de dos aguas, pequeño anacronismo incluso en el paisaje multicultural de la hermosa Jerusalén. 

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