Literatura

La oscura soledad del Viejo loco

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

La Editorial Oriente, en su colección Ficciones, ofrece un nuevo título de Pedro Juan Gutiérrez: Viejo loco, donde se reúnen 15 cuentos. El autor, en una nota preliminar, deja claro que se trata de una muestra que incluye algunas narraciones inéditas y otras de libros suyos anteriores: Trilogía sucia de La Habana, Carne de perro y El insaciable hombre araña, explicando su intención por mantener cierta coherencia temática al seleccionar los cuentos.

Imagen: La Jiribilla

Desde que este escritor alcanzó reconocimiento mundial con la crudeza de sus textos, hace más de 15 años, su literatura ha mantenido no solo esa coherencia de la que habla en la suerte de prólogo a Viejo loco, sino una fidelidad a un estilo propio. Algunos narradores, inspirados tal vez en el éxito de Pedro Juan, han pretendido repetir la desgarradora experiencia de llevar al papel la descripción de ambientes cuya sordidez supera cualquier intento de imaginación. Sin duda, la autenticidad es el rasgo más sobresaliente en la obra de este escritor, y esta cualidad lo mantiene a la cabeza de lo que se ha dado en llamar realismo sucio.

Hace tres años, al comentar en esta revista el libro Carne de perro (Ediciones UNIÓN, 2012), llamé la atención de un aspecto que, a mi juicio, sobresale entre la podredumbre de los entornos, característica reiterativa en la obra de Pedro Juan. Traigo a colación un fragmento de aquella nota, para insertarla en lo que intento decir ahora: “A pesar de la violencia implícita o evidente que signa sus cuentos, y que podría movilizar algún rechazo, o al menos un descanso entre cuento y cuento (no es fácil leerse de un tirón tanta desgarradura acumulada sin que salpique), una larga y legítima tristeza sobrevuela y da sombra a sus escalofriantes descripciones”.

Esta tristeza, en lugar de suavizarse o al menos matizarse con el paso del tiempo, se acrecienta en cada entrega del escritor, como si no hubiera cabida a un posible perdón. Aunque en apariencia sus personajes son fríos, desprovistos de sentimientos digamos “humanitarios”, y en ningún caso existe una pizca de satisfacción sino todo lo contrario, una vez que nos adentramos en el mundo violento y repulsivo donde transcurren las vidas que nos cuenta, descubrimos que la soledad de estos personajes está pidiendo a gritos un poco de descanso.

En Viejo loco, Pedro Juan es personaje, es escritor, es interlocutor, y no le tiembla la mano al identificarse: “cuando uno escribe hasta convertir la escritura en un vicio, lo único que hace es explorar. Y para encontrar algo hay que ir hasta el fondo” [1];  “Tenemos que cenar algo, Pedro Juan, ¿no tienes hambre?” [2].

Otro tanto sucede con el tratamiento a la mujer, ya señalado en notas anteriores. Ninguna es acreedora de una mínima atención que supere el aspecto sexual, y todas son víctimas, ya sea de violencia explícita o de desgarros espirituales, a estas alturas irreparables. Forma parte de la sordidez y de la autenticidad dicho abordaje, al igual que el abandono de toda esperanza: “Todo es simple. Momentos de placer y momentos brutales. Se alternan. Y eso es todo” [3]; “Todo se deshace. Poco a poco” [4].

Leal a su estilo, el escritor nos dice con toda franqueza lo que ya sabíamos, y que ahora con Viejo loco comprobamos, como seguramente hará el público cada vez más creciente de este singular autor nuestro: “No me interesan las zonas iluminadas. No me interesa el lado bonito y simpático de la gente, el que todos mostramos satisfechos y sonrientes. […] Creo que el lado oscuro revela mucho más que el lado luminoso” [5].

 

Notas
  1. Gutiérrez, Pedro Juan. Viejo loco. Editorial Oriente. Santiago de Cuba, p.p. 51
  2. Ibíd., p.p. 132
  3. Ibíd., p.p. 76
  4. Ibíd., p.p. 27
  5. Ibíd., p.p. 6

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