La obra soñada está por hacer, dice Julia

Estrella Díaz • La Habana, Cuba
Fotos: Alain Gutiérrez

Julia Valdés (febrero, 1952) es una reconocida pintora que tiene el gran privilegio de ser la hija de René Valdés, un destacadísimo escultor que desarrolló una intensa obra en Santiago de Cuba, que en breve cumple 500 años y para celebrar la efemérides las autoridades culturales de la oriental provincia han decidido abrir una nueva galería que, en lo adelante, llevará el nombre de ese artista.

Imagen: La Jiribilla

La galería René Valdés —a inaugurarse el venidero 25 de julio, en vísperas del Día de la Rebeldía Nacional— acogerá una muestra de cuatro relevantes artistas de la plástica, todos nacidos en esa zona de la geografía cubana; ellos son: Eduardo Roca Salazar (Choco), Nelson Domínguez, Alberto Lescay y  Julia, quien en conversación exclusiva con La Jiribilla reconoció que su padre fue su primer maestro.

“De niña siempre estuve muy cerca de él y ese contacto me inclinó hacia el mundo de las artes; me fui familiarizando con los materiales que él utilizaba —sobre todo la  talla en madera y en mármol— y también la pintura y el dibujo. Él me inició en aspectos de carácter técnico.

Desde muy pequeña me volqué a hacer cosas con las manos y cuando tuve la edad requerida, ingresé en la Academia de Artes Plásticas de Santiago de Cuba José Joaquín Tejada, una excelente escuela. Santiago tiene una gran tradición en la enseñanza de las artes plásticas e incluso había academias particulares de artistas de origen europeo; por ejemplo, Uranio Carbó fue uno de los creadores que hizo su propia academia particular. La José Joaquín Tejada se funda por una resolución oficial.

Esa influencia paterna está en la obra, pero ¿por qué la pintura y no la escultura?

Porque me interesó más el color; la escultura maneja otros recursos que, también, me atraen, pero desde mi sensibilidad me incliné más hacia el color y, desde los momentos iniciales, a la abstracción como lenguaje para expresarme. Una vez que me gradué de la José Joaquín Tejada hice las pruebas para el ingreso a la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán (ENA), de la que me gradué en 1972.

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo fue ese encuentro?

Fue muy importante para mi desarrollo posterior porque tuve el privilegio de contar con un claustro de lujo; estaban artistas como Antonia Eiriz, Martínez Pedro, Umberto Peña y Félix Beltrán, entre otros. También tuve profesores provenientes del desaparecido campo socialista que me influenciaron, sobre todo, en el diseño y la ilustración. Tuve la gran suerte de interactuar con artistas de la llamada ‘segunda vanguardia’ y todo eso me marcó. No puedo dejar de mencionar a Antonio Vidal que formó parte del Grupo de los Once y que influyó de manera decisiva en mi obra.

¿Qué es lo que más agradece al maestro Vidal?

Fue un profesor excelente. Hay artistas que tienen una obra reconocida, de calidad y de prestigio, pero a la hora de transmitir  los conocimientos no son capaces. Saber sugerir, dar un margen de libertad y a la vez transmitir conocimientos es muy importante.  

Estudió Historia del  Arte en la Universidad de Santiago de Cuba y se gradúa en 1989.

Nuestro grupo —en el que estaban Miguel Ángel Lobaina e Israel Tamayo, entre otros—, fue el fundador de la carrera de Historia del Arte en Santiago. Fue un suceso importante en mi vida porque la Historia del Arte te permite ver las cosas en perspectiva, es decir, investigar en torno a las diferentes tendencias y analizar cómo se produjeron los distintos momentos del arte y el porqué de las manifestaciones ulteriores. Eso es vital porque te dota de herramientas intelectuales. Es imprescindible estar interesado e informado de qué es lo que se ha hecho, es decir, sobre qué sedimento estamos trabajando y al estudiar los grandes maestros de todas las épocas, aprendes a beber de esas fuentes.

O sea no se arrepiente de haber estudiado Historia del Arte, es decir, ¿si tuviera que volver atrás haría lo mismo o encauzaría sus energías en estudiar, por ejemplo, en el Instituto Superior de Arte (ISA)?

No me arrepiento porque tuve la posibilidad de contar con profesores excelentes como María Elena Orozco y también me vinculé al doctor Francisco Prats Puig, ya fallecido, que fue fundador del tema de la Historia del Arte en la Universidad de Oriente y esos contactos y vivencias son referentes. Estoy convencida que el artista se va formando a través de su investigación y cada obra es un proyecto y es por eso que el creador tiene que tener claro su intención y cómo la va a llevar a vías de hecho. Las escuelas dan herramientas y como las tenía, opté por pintar y desarrollar mis ideas. Indudablemente, la escuela forma, pero también el artista tiene que ejercitarse por su cuenta.

Imagen: La Jiribilla

¿Por qué la abstracción?

Para uno expresarse a través de la abstracción tiene que hacer una síntesis de la realidad, de las experiencias que ha vivido. El artista siempre incorpora temas autobiográficos —a veces de manera consciente y otras inconscientemente—. Por ejemplo, en la actualidad hay mucho desarrollo en las investigaciones de carácter científico y en otras ramas del saber y todo eso forma parte de la realidad, aunque no la apreciemos directamente con nuestros ojos. En los años 70, que fue el momento de mi graduación, existía una multiplicidad de visiones y vivíamos en plena efervescencia revolucionaria y los temas relacionados con la épica revolucionaria eran tocados, con recurrencia, por todos los artistas. Yo también los abordé, pero desde la abstracción.

¿Cuáles siente que son sus referentes más cercanos?

Estudie a profundidad los artistas norteamericanos y, sobre todo, a Jackson Pollok cuya obra me interesó mucho. Posteriormente, la obra de Antonio Vidal y seguí profundizando en el quehacer de otros abstractos que plantean diferentes visiones.   

Mi segunda piel es un proyecto al que en estos momentos le está dando continuidad, ¿qué tiene de especial?

Asumo la tela como un elemento activo expresado a través de texturas visuales y táctiles. El lienzo no es un soporte pasivo y exhibe pliegues, rugosidades, cortes, etc. y se convierte en un ente vivo y no en algo frío sobre el que colocamos cosas. Quiero que la tela exprese algo, al igual que la piel que sufre erosiones, heridas, arrugas y sobre ella quedan plasmadas una serie de experiencias de carácter personal que se enmarcan en un contexto social. No podemos  aislarnos y ver las cosas por separado porque somos entes sociales: ese es el punto de vista que me he planteado con este proyecto.     

He seguido su obra y me parece que hay una variación en la paleta: antes los verdes y azules eran más intensos y en Mi segunda piel la gama es más sobria…

Me planteé limitar la paleta y con este proyecto me inclino más hacia los ocres, los azules y los blancos; el blanco a veces lo enfoco como un claro-oscuro porque también dentro de la tela sugiero espacios. No es el concepto planimétrico de la pintura sino se puede penetrar y profundizar. No es un planteamiento de colores planos. Continúo apelando a las veladuras y las transparencias para sugerir diferentes espacios. En la pintura, también, hay tiempos anteriores y posteriores y detrás de esas veladuras subyacen rasgos y rugosidades que nos remiten a elementos del pasado.

Imagen: La Jiribilla

 ¿Esos espacios pueden entenderse como silencios?

Hay espacios que indican pausa. Por ejemplo, utilizo planos que están trabajados como momentos de soledades y empleo otros espacios contrastados y elaborados para que el espectador aprecie diferentes instantes dentro de la misma obra.

¿Cómo ve el desarrollo actual del abstraccionismo cubano?  

Estamos en un momento interesante para las artes plásticas en general y, específicamente, para la abstracción. Nuestro país tiene una historia marcada por dos grandes grupos: los Concretos y los Once, que fueron artistas que en su momento abordaron esta tendencia para expresar —independientemente de sus lenguajes personales— temas sociales. Ahora hay otros artistas —de diferentes generaciones— que se inclinan hacia la abstracción y eso es beneficioso por los variados enfoques. Todo ello conduce a una beneficiosa confrontación.

¿Formatos?

Indudablemente los grandes son de mayor impacto, pero quiero también expresar una extensión del espacio y del tiempo; la obra sobresale el formato e incluso me estoy planteando hacer piezas que no estén enmarcadas sino que queden abiertas en el espacio.

El grabado es una manifestación a la que ha sido muy fiel

El grabado ha sido una experiencia determinante porque incorporo prácticas de la pintura y viceversa.

¿Cómo cuáles, por ejemplo?

Tratamientos con los materiales, texturas, cosas impresas: todo eso lo incorporo a mi trabajo y pienso que lo enriquece. Por ejemplo, siento que la litografía y la monotipia son antecedentes directos de lo que estoy haciendo actualmente. 

¿La piedra o el lienzo?

Los dos son soportes y creo que el artista va sacando partido de cada técnica; hay que conocerlas todas para poder transmitir nuestras ideas y al final todo se va retroalimentando para conseguir un resultado único.

¿Planes?

Ampliar el proyecto de Mi segunda piel y realizar una exposición de mayor amplitud que la mostrada en la XII Bienal de La Habana. Continúo trabajando diariamente porque pienso que el artista tiene que ser laborioso: es de ahí de donde salen los logros. Cada día uno tiene que ir haciendo cosas y eso es lo que nos permite avanzar. Por lo general pinto en las mañanas y las tardes porque es cuando percibo mejor el color; con luz artificial el color se ve diferente y en mi obra la gama cromática tiene un valor muy importante.

¿La obra soñada?

Aún no la he hecho.

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