Cronología deshilvanada sobre una obra coherente

Joel del Río • La Habana, Cuba

Pudiéramos seguir aquí un curso cronológico para relatar, someramente, los principales acontecimientos culturales y cinematográficos que jalonaron la existencia de Pastor Vega, pero preferimos renunciar al recurso del método y acercarnos a los temas y motivos dominantes, en la medida que parezcan procedentes. Uno de los cineastas cubanos más enamorados de La Habana contemporánea, de la brisa del Malecón y de la populosa calle San Rafael, pero también de Miramar y el Vedado, fue el autor de Retrato de Teresa (1979), Habanera (1983), Vidas paralelas (1992) y Las profecías de Amanda (1999), cuyas mejores escenas trascurren con la ciudad de fondo, la urbe en la cual nació en 1940 y falleció en 2005.

Imagen: La Jiribilla

Pero antes de que su pasión se desmarcara por el cine, como vehículo para mostrar la vida contemporánea de los cubanos, particularmente de los habaneros y habaneras, Pastor emprende una larga carrera teatral que comprendió dos años de estudio en la Academia Teatro Estudio, que dirigían los hermanos Vicente y Raquel Revuelta. Luego, trabajó como actor y ayudante de dirección de escena e intervino en las puestas de Zoológico de cristal, de Tennessee Williams y Madre Coraje, de Bertolt Brecht. Como actor también llegó al cine en Cuba 58, uno de los primeros filmes de la cinematografía revolucionaria y que le valió para vincularse definitivamente al ICAIC.

Hay quienes aseguran que las casi prodigiosas actuaciones de Daisy Granados y Adolfo Llauradó en varias películas posteriores de Pastor se deben al notable entrenamiento como actor que tuvo el director a finales de los años 50. Parte de esta influencia teatral se registra también en Amor en campo minado (1986), muy marcada también por el abundante cine latinoamericano que se estaba viendo en Cuba en aquellos años, gracias al Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (que Pastor estuvo dirigiendo durante varias ediciones). La acción de Amor en campo minado transcurre en Brasil, en 1964, se inspira en un texto teatral de Dias Gomes, tiene como protagonistas a Daisy y Adolfo, analiza la crisis emocional de un intelectual de izquierda, y presenta la singularidad de la coproducción entre la televisión y el cine cubanos, de modo que debió realizarse completa en unos 15 días.

También parte de un ingenioso dispositivo escenográfico, quizá teatral, con su acción muy concentrada espacialmente, Vidas paralelas (concluida en 1992 y estrenada limitadamente varios años después) con guion de Zoe Valdés, quien en aquellos momentos escribía poesía y trabajaba en la redacción de la revista Cine Cubano. El filme presenta una puesta en escena de un bulevar, la misma calle, en cuyas aceras habitan frente a frente, los cubanos de adentro y los emigrantes, separados solamente por una calle; a un lado los que se quedaron, y al otro, los que se fueron.

Todo ello ocurrió a finales de los años 80 y principios de los 90, porque el mundo teatral y el trabajo de actor le resultaron insuficientes a Pastor Vega a principios de  los años 60. Necesitaba probarse en otros terrenos y desde 1961 comienza a dirigir documentales en el ICAIC como La guerra (1961), Alicia en los países maravillosos (1962), Oportunidades (1962), Hombres del cañaveral (1965), Los mejores (1966), La familia de un hombre (1966) y los dos mejores de esta larga etapa formativa: La canción del turista (1967) con imágenes típicamente de exportación y otras más cotidianas y realistas, y ¡Viva la República!, un largometraje de 1972 considerado uno de los mejores documentales de archivo, con voz en off, producidos en los 20 primeros años del cine revolucionario.

Luego de arribar a la madurez como documentalista, incursiona paulatinamente en la ficción: De la guerra americana es un mediometraje de ficción realizado en 1969 y también debe mencionarse la muy peculiar En la noche, de 1964, un cortometraje que colinda con el cine no narrativo por la escasa ilación de los acontecimientos y la construcción detallada de más de una atmósfera que de la consabida narración aristotélica. Antes de sumergirse por completo en la ficción, Pastor realiza otros tres documentales de tema “internacional” (Panamá, un reportaje esencial sobre la reunión del Consejo de Seguridad, 1973; No somos turistas, 1974 y La quinta frontera, 1974) y solo entonces recibe autorización para realizar su ópera prima, Retrato de Teresa (1979) que alcanzó un impresionante éxito de público, y levantó una discusión sociológica en Cuba —sobre el papel de la mujer en la sociedad y el cuidado de la pareja y la familia— como jamás había ocurrido con ninguna otra película.

Según cuenta Ambrosio Fornet (guionista con Pastor Vega de Retrato de Teresa, y de la posterior Habanera), en el libro Cuba Cinéma et Revólution, el largometraje solo pretendía hacer “el retrato de una cubana de su tiempo, una mujer resuelta, como la propia sociedad en que vivía, a seguir creciendo pese a todos los obstáculos. Y naturalmente, queríamos que en ese retrato los espectadores se reconocieran. Se reconocieron, sí, y de qué manera. En las primeras seis semanas de proyección la película tuvo medio millón de espectadores. Tal como sospechábamos respondía a una demanda social; no dejaba indiferente a ningún sector de público”.

Imagen: La Jiribilla

Retrato… es un auténtico ejemplo del compromiso de su director con las problemáticas contemporáneas y con los personajes cubanos más populares y entrañables. En una década cuando nuestro cine apenas había conseguido algún gran éxito de taquilla como El hombre de Maisinicú, ...Teresa demostraba que era posible inundar las salas, poner a los cubanos a hablar todo el tiempo de una película, llevar a la pantalla una representación artística, sin artificios, de la realidad y sus contradicciones. Fue tal vez uno de los filmes cubanos en que mejor se concretaba la armonía entre lo genuinamente artístico y lo irrecusablemente popular.

El cine cubano venía de una década difícil, en la cual no había conseguido superar, ni tan siquiera igualar los hitos formales de Lucía, Memorias del subdesarrollo o La primera carga al machete. Sobre nuestra producción continuaba gravitando con fuerza el recurso de combinar formalmente el documental y la ficción (Ustedes tienen la palabra, De cierta manera), aprendido de los grandes títulos de filiación neorrealista, tanto italianos como latinoamericanos. Retrato... se acogía a esa tradición, desde las actuaciones hipernaturalistas de Daisy Granados y Adolfo Llauradó, hasta la puesta en escena y la narración fluida, ambas sin estridencias de ninguna clase, en una obra que le confirió al realismo socialista, en versión cubana, un sentido superior, dinámico, cuestionador y activo.

Quizá ya muchos han olvidado el tremendo impacto social que ocasionó Retrato de Teresa en Cuba, y cuánto se discutió en todos los lugares y a toda hora del día. En su momento opinó el escritor colombiano Gabriel García Márquez: “más que un filme de ficción es un documental que muestra la situación actual de la mujer en Cuba; el código de familia reconoce principios y derechos que en muchos casos han quedado en el papel; de ahí que la película nos muestre todo lo que hay que andar todavía”.

Mucho menos éxito de prensa y público tuvo Habanera (1984) que se concentraba en un ambiente más intelectual y sofisticado, entre personajes capaces de articular perfectamente sus problemas y sopesar las soluciones. Las tres mayores actuaciones de Daisy Granados, actriz fetiche y pareja de toda la vida del director, están contenidas en la trilogía sobre la mujeres cubanas bajo presión que constituyen Retrato de Teresa, Habanera y Las profecías de Amanda. En la primera, la actriz recurre a la mayor organicidad de matriz neorrealista y stanislavskiana; la segunda incursiona en el comedimiento y la interiorización, mientras que la tercera juega a naturalizar el exceso y la sobreactuación intencionada. En 2003, Daisy, dirigida por Pastor, retoma el amor de ambos por las tablas con una versión de Diatriba de amor contra un hombre sentado, escrita por Gabriel García Márquez.

Incompleta quedaría esta cronología sin apuntar la creatividad, imaginación e inteligencia del Pastor funcionario. Desde 1978 hasta 1987, fungió como director de relaciones internacionales del ICAIC y del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, desde su primera edición, en 1979. Decenas de cineastas latinoamericanos recuerdan con nostalgia aquellas ediciones, alegres e inteligentes. Además, fue director de la Cinemateca de Cuba, vicepresidente del ICAIC y presidente de la Federación de Cineclubes de Cuba. Impartió cursos y conferencias en los EE.UU., Unión Soviética, España, Italia, Venezuela, Colombia y Brasil.

Cuando falleció, soñaba con llevar a la pantalla el proyecto de una ópera con música guajira. Me contó de la idea en la misma puerta del ICAIC, lo estaba cavilando con mucho cuidado, porque en Cuba apenas existía tradiciones certeras en el cine musical, y mucho menos en cuanto a una película enteramente cantada. La terrible enfermedad se lo impidió y Cuba perdió a uno de sus cineastas más sagaces y arriesgados, un hombre de cultura que se las arregló para dejar una obra coherente, profunda huella en el panorama audiovisual cubano de la segunda mitad del siglo XX. 

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