¿Regreso a…La ciudad?

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

La emigración es uno de los karmas más aciagos que signan la existencia de las últimas generaciones de cubanos. La fuga, la separación, el desgarramiento de nexos íntimos han provocado heridas hondas, reacias a la cicatrización definitiva; llenas de purulencias perpetuas que rezuman el dolor de la felicidad truncada, la ilusión rota, el amor irrealizado. El ocasional retorno, el reencuentro de los cubanos intramuros y los ultramarinos implica muchas veces el repaso doloroso de disímiles deudas que cobran la punzante vitalidad del primer día, amén el tiempo transcurrido. La reaparición de los hijos pródigos de la Isla resucita amargores y lágrimas latentes.

Imagen: La Jiribilla

Este suceso definitorio, y rara vez definitivo, del “amargo retorno” cuenta en la fílmica cubana de largo metraje con frecuentes apelaciones de variopinto tono y tesis, desarrollados en obras como la quinta historia —dirigida por Osvaldo Sánchez— de la coral Mujer transparente (1990), Video de familia (Humberto Padrón, 2001), Miel para Oshún (Humberto Solás, 2001), La anunciación (Enrique Pineda Barnet, 2009), Casa Vieja (Lester Hamlet, 2010), Marina (Enrique Álvarez, 2011), y la muy reciente Regreso a Ítaca (Laurent Cantet, 2014).

La ciudad (Tomás Piard, 2015) se suma a esta tendencia discursivo-temática significativamente abundante, con el planteamiento y breve desarrollo de tres historias: dos de ellas sobre el regreso —el reencuentro casual de personajes maduros, desgarrados décadas antes sus estrechos lazos sentimentales—, y una tercera sobre la partida y separación de jóvenes, que viene a delatar una suerte de loop fatídico en este rejuego de quebraduras migratorias.

Piard opta por una concepción minimal, intimista, que se cimenta fotográficamente en el uso y el abuso de primeros planos, los cuales devienen suerte de letal boomerang para los propósitos del realizador. Pues, más que establecer una comunicación cómplice con el espectador y prefigurar las complejas cartografías de sentimientos y emociones que tan importantes acontecimientos deben desatar en los protagonistas, solo consigue delatar a puro alarido las inorgánicas interpretaciones que a fuerza de herrados métodos, logra en Luisa María Jiménez, Dania Splinter, Herminia Sánchez (primera historia), Patricio Wood, Omar Alí, Héctor Hechemendía (segunda historia), Carlos Solar, Martha Salema y Aidana Febles (tercera historia) a partir del más que rígido guion, pletórico de líneas incómodas, sentenciosas y —sobre todo en el segmento final— hasta abiertamente kitsch.

Fallan en La ciudad los dos factores primordiales para llevar a buen puerto una cinta como esta: guion y dirección de actores. Las emociones no trasuntan la más superficial epidermis facial. No pregnan —siquiera rozan— en los estratos psíquicos más profundos de los actores. En estas lides, todo debe emanar del interior, hasta manifestarse, ya expansivamente, ya de manera comedida, en los rostros. Estoy hablando de los principios más básicos de la actuación...En un intento desesperado por apegarse a las concepciones de Stanislavsky, el director no consigue en los histriones más que un incómodo distanciamiento —vale aclarar que nada brechtiano.

Imagen: La Jiribilla

Los “reencontrados” de Piard se limitan a desplegar un repertorio de mohines, lagrimeos, tics, rictus y ahogos, cuando deberían exhalar el dolor de penurias atávicas, tan reprimidas que cuando se ofrece la oportunidad de ventilarlas, se atragantan en el alma y apenas rasguñan la superficie de los rostros y las palabras.

Los parlamentos son descriptivos, explicativos, más concebidos desde propósitos extradiegéticos que como códigos encriptados por la intimidad de los personajes. No faltan los bocadillos manieristamente pseudopoéticos, en última instancia, demasiado “literarios” y ampulosos para sonar convincentemente orgánicos.

Las tres parejas convergen en una central arteria citadina, frisando el recurso de Amores perros (Alejandro González Iñárritu, 2000), aunque no existe un suceso catalizador de las acciones como en la película mexicana, sino la pretendida sensación de aleatoriedad y azar, de elección casi casual de las historias en medio del maremágnum urbano.   

La ciudad intenta ser el contexto, más bien la liza sentimental (oide), donde se dirimen las conclusiones de las dos primeras historias, iniciadas décadas atrás, por insinuados motivos religiosos y quizá lésbicos, para el affair Jiménez-Splinter, y por razones homosexuales —mucho menos veladas— para el caso Wood-Alí, que resulta suerte de criollo y frustrado epígono tropical de Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005). También acoge el torpe romance entre los jóvenes (Solar y Febles), cuyo encuentro “casual” es quizá la secuencia más lamentable de esta producción. Refrendado está todo por una sarta de imperdonables clichés amatorios. En fin, que La ciudad fue una desperdiciada oportunidad de apostar por el puro lenguaje extraverbal y el correspondiente silencio orgánico.  

Un hierático (más bien errático) domo del Capitolio habanero irrumpe por momentos como intermedio o transicional bisagra, o leitmoiv que busca simbolizar La Habana toda —el resto de Cuba es paisaje ¿no? El andamiaje circundante pudiera remitir al reacondicionamiento de las circunstancias, hacia un estado de cosas más amable donde se pueden ventilar con más tranquilidad tantos closets aherrojados por décadas, sin el amenazante péndulo de la repulsa y la reacción balanceándose sobre las cabezas de los involucrados. ¿Quizá se pretendió emular con la ignota madre que marca las transiciones en Intolerancia (David W. Griffith, 1916)? Bueno, creo que ya estoy poniendo la cota demasiado alta…FIN  

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