Caras blancas: poesía, amor y fe

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Viernes, 24 de Julio y 2015 (9:30 pm)

Acabo de asistir al estreno de Caras blancas, el más reciente trabajo del Teatro Tuyo, de Las Tunas, en las míticas tablas del Teatro Nacional de Guiñol. De diversas formas me encuentro ligado a este acontecimiento. Soy felizmente culpable de su montaje, al pedirle a Ernesto Parra una obra junto a su hijo Jean Paul para integrarla a la muestra de artes escénicas para la infancia Cazando mariposas, dedicada a la presencia en el teatro cubano del niño o la niña. Respondí presto al encargo de escribir una poesía para el final del espectáculo y también las notas para el programa de mano correspondiente. Aprecio y admiro el trabajo cuidadoso de un colectivo que, durante sus 16 años de creado, se ha mantenido firme en su empeño por dignificar la labor del payaso.

Imagen: La Jiribilla
Ernesto Parra y su hijo Jean Paul, protagonistas de la nueva entrega de Teatro Tuyo, de Las Tunas
 

Más allá de mis versos de rimas consonantes para la mencionada puesta en escena, donde la repetición intentó abarcar la totalidad de los fonemas, según  me dictó la inspiración y mi respeto por la labor de la tropa clownesca de Parra, lo más importante de Caras blancas, lo que se alza por encima de todo, es su juego dramático, nacido del amor y la realidad cotidiana entre un padre y su hijo.

Fábula clara, banda sonora efectiva, diseño funcional, un trabajo actoral nacido del entrenamiento diario en lo físico y lo espiritual, han ido conformando una poética escénica reconocible en cada nueva producción del conjunto tunero. Varias veces el espectáculo de estreno me hizo evocar la química lograda por el genio Charles Chaplin y el inolvidable Jackie Coogan en la película El chicuelo, de 1921. Si Ernesto Parra se halla en la plenitud de su realización dramática como histrión, derrochando en cada pasaje del montaje limpieza de acciones y la utilización cardinal de los recursos y reprises de que se vale un payaso para conectar con el público, su hijo Jean Paul no se queda atrás. El niño vive, disfruta sus tareas en la representación de manera natural, con esa gracia orgánica que a veces, por exigencias de los adultos, se pierde, para convertirse todo en expresiones falsas y rebuscadas que nada tienen que ver con la ternura prístina de la infancia.

Del encuentro inicial que convoca al intercambio rítmico con los espectadores para hablar de imposiciones y pactos generacionales necesarios, se llega al ave invisible que Papote-Parra lleva adentro y no necesita enjaular para tenerla por siempre. Luego el dúo familiar ofrece una lección de percusión, donde el muchacho Paul brilla espectacularmente. Nos trasladamos posteriormente a un retablo donde los títeres son tres simpáticos globos de colores, los cuales narran una pequeña historia de amor-desencuentro-solidaridad. El cuento de la flor siempreviva cierra con la develación del secreto que hay en la caja de regalos. Sobreviene entonces el final, tras casi una hora de deleite.

Caras blancas arranca lo mismo risas desternillantes, por lo absurdo, exagerado y cómico de las acciones realizadas, que nos lleva a todos a la conmoción, a la evocación personal de esos padres que nos enseñaron todo.

Si Parque de sueños marcó en el año 2006 el comienzo de una estética que prometía mucho más de Teatro Tuyo, La estación, Narices y Gris confirmaron aquella iluminadora proposición. Caminantes anunció nuevas inquietudes y Caras blancas acaba de dejar abierta una puerta de continuidad, consagración e inconformidad con lo hasta ahora logrado.

La hermosa canción que interpretan y escribieron Yexela Hernández y José Adrián Rodríguez, jóvenes actores de reciente incorporación al grupo, la cual da título a la puesta en escena, se vuelve signo inquietante en relación al avance de la alegre banda oriental de payasos. La música en vivo parece revelarnos claves de las próximas producciones. Tal vez el breve texto que Jean Paul dice en el espectáculo sea otro signo de expectación y cambio, con Ernesto Parra nunca se sabe. Puede llevarnos a su antojo de la sonrisa al llanto, a través de una poesía sugerente, hecha con versos de carne y hueso, que saltan más allá de las asonancias, consonancias y métricas clásicas, para alcanzar con la pasión y la fe en el trabajo la tan ansiada libertad creativa.

 

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