El “carácter” del audiovisual cubano

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

A la hora de escribir sobre Alina Rodríguez, se cae en la irremisible emboscada que tiende el tentador cliché de clasificarla como “dama” o “rostro” del audiovisual cubano, en primer lugar porque libre y exitosamente violó el perímetro que aún muchos puristas se empeñan en establecer entre el cine y la televisión, desandando con igual soltura los senderos de ambas zonas creativas. En segundo lugar, porque su faz emanaba una fuerza tan avasalladora como alegre, complotados todos sus rasgos y componentes en desarrollar cabal representación de las fuerzas que bregaban en su interior, acorde las singularidades de cada personaje.

Imagen: La Jiribilla

1.

En tercer lugar… pues prefiero mejor llamarla el “carácter” del audiovisual cubano. La que fue (es) María Antonia en la película homónima de Sergio Giral (1990), Justa en la telenovela Tierra brava (Xiomara Blanco, 1996), la vil Juana en la versión fílmica de El premio flaco (Juan Carlos Cremata, 2009), la casi eterna Lala Fundora tanto en la escena, como en la TV (Para el año que viene, de Héctor Quintero, 1995), como en el cine —recientemente dirigida de nuevo por Cremata—, y la popular súper maestra Carmela de Conducta (Ernesto Daranas, 2014), por citar los roles más (re)conocidos, era una actriz de carácter, que absorbía, asimilaba, y me atrevo a aseverar que reescribía, los personajes encarnados. Los convertía en derivaciones de su contundente y nítida personalidad, cuyas muy diversas aristas psicológicas liberaba o constreñía a voluntad. Siempre en pleno dominio de las circunstancias y de sí misma.

Era una actriz de carácter, que absorbía, asimilaba, y me atrevo a aseverar que reescribía, los personajes encarnados

Delataba una férrea y orgánica seguridad histriónica que le concedía a todos sus roles gran naturalidad y verosimilitud. Los impregnaba de un realismo más confiado y confiable, catalizador de la inmediata identificación con los públicos, amén las perspectivas dramáticas, contextuales y tonales en las cuales se desempeñara: ya en la Cuba barriotera y delincuencial; ya las casas señoriales y quintas de terratenientes; ya los cenagales extremos de la península de Zapata; ya La Habana proletaria y pobre; ya la peliaguda Cuba del último minuto. Así estuviera a cargo de una tropical y mortífera femme fatale, o de una corajuda mujer de clase media, mezcla temeraria de estoicidad y resiliencia, siempre lejos de la cautelosa resignación.

Imagen: La Jiribilla

2.

Alina Rodríguez y sus personajes, apreciados desde una perspectiva representacional, desafiaron los cánones convencionales de la feminidad — ¿y del feminismo, quizá?— desde la orgánica legitimidad que le otorgaba su imponente —y también impositiva— personalidad; desde sus nada recesivas posturas, subrayadas con unos ojos abismales de alta expresividad; nimbada por un halo irredento y hasta medio salvaje, siempre indomeñable, inaprehensible.

Alina Rodríguez y sus personajes, apreciados desde una perspectiva representacional, desafiaron los cánones convencionales de la feminidad — ¿y del feminismo, quizá?— desde la orgánica legitimidad que le otorgaba su imponente —y también impositiva— personalidad

No tan montaraces como la tercera Lucía de Adela Legrá, ni tan insondables como la Antoñica Izquierdo de Idalia Anreus, o tampoco tan programáticas como la Teresa de Daisy Granados, las mujeres en que se multiplicó Alina no derivaban hacia zonas tan extremas, ni tan, digamos, ilustrativas o ejemplarizantes, donde se corrió el riesgo de que la tesis avasallara al personaje, y muchas veces, sólo gracias al talento de las actrices fueron trascendidos más de un (des)propósito socioantropológico.

La Rodríguez encarnó seres más ambivalentes, realistas, mucho menos operáticos, que estaban inmersos en, y marcados por, una épica cotidiana, de contenida y casi anónima heroicidad, cuya carta de triunfo era la constancia en la persecución de los propósitos trazados, egoístas o altruistas. Sirva por igual para los personajes “positivos” y “negativos”.

Errada o correctamente —con todos los matices e imprecisiones de que estos insuficientes términos adolecen—, las mujeres de Alina son luchadoras urbanas y domésticas, que se saben en desventaja social dadas las normativas machistas rectoras de sus circunstancias. Y desde estos mismos inconvenientes concientizados, jugando al son de las mismas reglas vigentes, presentan estratégica batalla; ora peleando a campo abierto, ora asediando, ora emboscando. Son mujeres supervivientes, pírricas, axiales, pues, acorde lo escrito inicialmente para los personajes o no, Alina ponía a girar los mundos diegéticos a su alrededor, compensando no pocas veces guiones débiles, consolidando en otros momentos escrituras enjundiosas pero incompletas sin un actor que las aprehendiera a cabalidad.

3…

Este es el segundo obituario de histrión que escribo en menos de un mes. Carlos Ruiz de la Tejera apenas habrá alcanzado la órbita de Júpiter a horcajadas en el cometa Halley, y la actuación cubana pierde sorpresivamente otro de sus íconos más enérgicos y vitales, en los tiempos no muy halagüeños que transcurren para este arte en el país. Se clausuran otros capítulos del audiovisual criollo: el de María Antonia, el de Lala, el de Justa, el de Carmela; concluye la saga toda de Alina. ¿Se estarán escribiendo otras de igual calibre que dentro de 50 años merezcan apologías, análisis y nostalgias? Temo que no…

Comentarios

Que buena redacción los felicito desde acapulco mexico. Saludos

Dos vendavales de la cultura cubana. El, caricato. Ella, la mujer resilente, la verdad y la fuerza. Bella, salvaje y generosa. Qué dolor.

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato