Literatura

Un extraordinario libro de cuentos

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba
Foto: La Ventana

La frase “Creo que el lado oscuro [de la gente] revela mucho más que el lado luminoso”, del libro Viejo loco de Pedro Juan Gutiérrez, parece ajustarse no solo a la literatura del representante máximo del realismo sucio en Cuba, sino a la obra de la chilena Andrea Jeftanovic. Su texto de cuentos No aceptes caramelos de extraños, Premio a la mejor obra literaria 2011 del Círculo de Críticos de Arte de Chile, publicado en 2014 por el Fondo Editorial Casa de las Américas en su colección La Honda, da fe de ese lado oscuro al que hace referencia el cubano.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, no es el entorno descarnado, más bien sórdido (como recrea Pedro Juan), lo que mueve los hilos y mantiene el eje de estos 11 cuentos, sino el vínculo humano en cualquiera de sus posibilidades y alternativas. Relaciones incestuosas entre padres e hijas, vecinos espiados y deseados entre ventanas, niño que asesina a su hermana recién nacida, adulterios, amores lésbicos por venganza, parejas que han llegado al hartazgo, hijos que reprochan a sus padres y viceversa, padres que abandonan a su cría, niña raptada en medio de una ciudad abúlica: todo lazo humano está contaminado.

La vulnerabilidad que implica el simple hecho de existir, lejos de ser convenientemente matizada, se muestra en todo su macabro esplendor en No aceptes caramelos de extraños, y casi nos espanta aceptar tal riesgo vital, como si de repente, a consecuencia de la lectura de estas narraciones, cayéramos en cuenta de los horrores que pueden sucedernos a nosotros, a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestras parejas. No se trata de que antes de este libro hayamos navegado en un complaciente mar de satisfacciones: el poder que emana de estos relatos nos mueve el piso, nos obliga a tambalearnos porque nos identifica como criaturas al acecho del mal.

Desde el punto de vista de la técnica escritural (que poco importa al público, aunque reconozca que está ante una obra impecable) este cuaderno resulta ejemplarizante. El giro de la voz narradora, por citar un primer deslumbramiento, sucede con tal sutileza que apenas resulta perceptible, y de ahí su condición de significativa intensidad: “Le tomo el pulso a Santiago en cada esquina desde que la niña no está. […] Retomo tu pregunta y pienso que investigas el lugar geométrico desde donde emergen las pulsaciones del órgano vital de esta urbe”. [1] “Cuando papá entra en nuestro cuarto yo estoy listo para darle un beso y decirle Hola, pero él sumerge la cabeza en tu cuna y me ignora. Benjamina que no hablas, balbuceas tonteras que nadie entiende”. [2]  

Los temas de No aceptes… son tan estremecedores como en apariencia inagotables: cualquier juego interpersonal es válido, pero estos asuntos (traiciones, crímenes, rupturas dolorosas, agonías y pérdidas variopintas), al ser abordados con suma elegancia, sufren una especie de depuración antidiabólica, de forma que son asumidos con absoluta naturalidad. En el cuento “Mañana saldremos en los titulares” se evidencia esta decantación de lo maligno, a pesar de que estamos ante el doble juego de la infidelidad conyugal: “Nos buscaste parecidas, nos inventaste idénticas. […] Tu mujer impide que me vuelva rotundamente loca. Toca mi sexo con su mano abierta. Borra tu nombre de mi cuerpo y me deja anónima”. [3]

El delicadísimo enlace entre política y amor, entre ideología y deseo carnal, entre anhelo personal y desencanto de la familia, es fileteado con asombrosa pericia en la narración “La necesidad de ser hijo”, quizá la más deslumbrante de todo el libro. Aquí, Andrea Jeftanovic sube la parada (si acaso era necesario), para dejar constancia de uno de los mayores conflictos que enfrenta el ser humano en tanto activista comprometido con causas y sacrificios de índole social: “Solo había urgencia, estar dentro de ella, abstraernos de la historia. […] ¡Cómo nos van cobrando a todos el alquiler del mundo que habitamos!”. [4]

Por último, como si quisiera demostrar su capacidad de regalarnos páginas que rezumen emotividad digamos “positiva”, la escritora chilena nos conmina a sumergirnos en el apacible mundo de una relación filial extrañamente “normal”, aun cuando la muerte escuche el diálogo entre una hija y su padre, enfermo terminal. Son muy hermosas las reflexiones de esta muchacha que visita a su progenitor, estremece la complicidad entre ellos, y en determinado pasaje nos parece escuchar la voz de un conocido poeta cubano: “En cierto momento vi los ojos húmedos de mi padre, yo desnuda en mi frialdad. […] No podía ser yo su madre si era su hija”. Este cuento, y el libro todo, terminan homenajeando el estilo garciamarquiano que tanto se agradece:

“Mi padre y yo en el auto rumbeando hacia el norte, en el primer peaje preguntó

-¿Por cuánto tiempo nos vamos de viaje?

-¿Quieres una medida de tiempo precisa?

Encogió los hombros, levantó una ceja y contempló el trébol de autopistas.

-Hasta que se apaguen las estrellas”.

Celebro la aparición en Cuba de este espléndido ramo de cuentos; agradezco una vez más al colectivo del Fondo Editorial Casa de las Américas, y rindo tributo a la autora chilena que nos honra con su afán por convertir en literatura (y vuelvo a citar a Pedro Juan Gutiérrez, esta vez de su libro Carne de perro) “lo más doloroso, la carroña, el lado miserable y oscuro de la vida”.   

 

Notas:
  1. Ver en No aceptes caramelos de extraños de Andrea Jeftanovic, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2014, p.p. 96
  2. Ibíd., p.p. 32
  3. Ibíd., p.p. 89
  4. Ibíd., p.p. 63 

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