La tarde

Gelsys María García Lorenzo • La Habana, Cuba

La tarde

Cuando cae la tarde, no sé de qué color son las cosas. Ya no sé si es negro el ojo del gato; si es amarillo el reflejo del sol en el agua; si la hoja que cae fue antes verde; si el ave que no duerme en la noche, despierta en su nido gris; si el caracol guarda la espuma de la ola; si el puente está pintado de rojo. No sé de qué color es el vuelo del pájaro, ni la ruta que deja la gota de lluvia en la tierra.

Cuando cae la tarde, la ciudad es como un espejo: todas las cosas tienen el color de las otras.

 

Blanco sobre blanco

Los pájaros caen del cielo como las hojas de los árboles. Es una lluvia de plumas blancas, de graznidos. Los pájaros caen sobre el pavimento, sobre los muros, sobre los bancos del parque. La gente corre con sus paraguas, para evitar ser golpeados. La lluvia termina de pintar la ciudad de blanco, pero ha mojado todo de pájaros, ya casi no se puede caminar sin pisarlos. Habrá que llevarse a los pájaros blancos. La gente cierra los paraguas y comienzan a recoger las aves. La lluvia ha llenado la ciudad de charcos y los transeúntes pueden ver sus rostros en ellos. Sus rostros sin el artificio de los espejos. Sus blancos rostros.

 

El recuerdo

Olvidé el rostro de la luz. Pero hoy la reconocí, me mostró su cabello, igual al mío, podía tensarlo y escuchar un acorde. Luego alguien vio la cicatriz y no quedaron dudas: eran dos muertes iguales que acontecerían en el mismo momento.

Desde hace años espero, mas no el encuentro fortuito, ni la luminosidad. Desde hace años espero el momento: los hombres reunidos alrededor de la luz, con las manos atadas. Sin importarles la noche ni el alumbrado público. Sin recordar que la luz se desvanece antes de que alguien pise su sombra. Sin recordar el antes. Pero es imposible revolver los recuerdos y encontrar la cicatriz y el cabello prendidos de alguna postal, guardados en una cajita. Es imposible volver al recuerdo, volver a mirarse en la luz. Ya no es posible. Recordar es el acto opuesto a unir las manos.

Los espectros del otoño

I

Es otoño aunque la gente no se percate. Se rompe el equilibrio, la perfecta armonía natural. En el mismo instante pueden llegar la noche y el amanecer. Mi madre guarda las hojas del patio en su bolsa. Es el otoño de mi madre y la ciudad se convierte en una mujer: en ella... Todo existe, hasta los pensamientos que nacen en el final de mi mente.

Tal vez es malo imaginar. Imaginar cosas que todos dirán que no existen. Oigo los ladridos de los pájaros. No quedan auras en el techo. Sólo el rostro del karma dentro de la pecera.

II

Mi madre parió al pez, después creyó parir al monstruo que adolece bajo el chorro de agua. Le debo nueve días en su estómago, tres segundos en el mar, la soledad de mi primer espejo, la penúltima cruz del almanaque, los fetos que no me crecen. Este es el tiempo de los fetos que soñaron con mi útero, pero todavía soy uno que sueña con los otros. No importa, ahora me guardo un feto en el estómago, y sonrío a la gente, prefiero los cristales que ellos paren. Después voy al hospital.

Cuando me crezca el alma, vendrán los pájaros a comer los huesos de los peces. Ayer se murió el pez y no llegaron los pájaros.

También se ha muerto mi penúltima línea.

III

La ventana es el sitio ideal, el nivel para estar sola. No caminar entre la gente. Un tipo, del que ni siquiera sé el nombre, dijo que estar solos es dejar un letrero en la ventana.

Miro a la calle. Veo una niña, puede ser la que escondo de los peces, la que ansía romper el cristal día tras día... Nadie puede romperlo. Quizás el pez...

Este es mi pedazo, o el pedazo en que finjo tocar las paredes y abrir la otra puerta... La eterna ley de la otra puerta: nacer en un triángulo y morirse en otro. La muerte es relativa, es virgen, imposible que mi madre pariera en ella. La muerte es algo concreto.

Salgo a descubrir la lluvia. El pez creía en ella, también creía en el karma. Acaso repito las mismas palabras. Creo en el cuadro que pintaron sobre otro... Muero sin encontrar la lluvia, ahora llueven triángulos, no hace falta la sombrilla, será que necesito el humo de la tarde... Soy una ermitaña sin espectros. Después de tantas órbitas perdidas: somos el karma nadie es el karma...

Dorado

Dijo que quería morir: ya no soportaban vivir sobre las olas.

Mas, nadie podía asesinar a un ser tan cálido, tan hermoso. Alguien en un intento desesperado le propuso vivir en el faro, así lejos de las olas no la perseguiría la marea. Ella se negó, de todas formas el ruido del mar seguiría dentro de su cuerpo. Sólo la muerte la salvaría.

En su propio resplandor dorado se consumieron su cuerpo y los largos cabellos. Después de la muerte, los marineros la devolvieron al mar. De allí venía y allí debía permanecer. Y, mientras los marineros regresaban a la orilla, todo el mar se volvió dorado.

 

Tomado de La letra del escriba

 

Ficha
Gelsys María García Lorenzo (Camagüey, 1988) Poetisa y narradora. Lic. En Letras, Universidad de La Habana, 2010. Egresada del Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, 2008. Ese mismo año obtuvo la Beca de Creación El Caballo de coral. Tiene publicados los libros Vesania, Ed. Ácana, 2005 y Anábasis; Ed. Ácana, 2007. Textos suyos aparecen compilados en varias antologías y publicados en importantes revistas nacionales. Actualmente se desempeña como editora en la editorial UNION de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Es miembro de la Asociación de jóvenes creadores Hermanos Saíz. 

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