Tres imágenes de Alina Rodríguez

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Viene una y otra vez el golpe que es la despedida final, el adiós que sabemos definitivo a alguien que supo hallar otra manera de acompañarnos, y que deja en la memoria una imagen que costará borrar. Sentí eso cuando murió Adria Santana, cuando desapareció Armando Suárez del Villar y cuando supe de la muerte de Abelardo Estorino. No han sido los únicos: Carucha Camejo en Nueva York, por ejemplo, a pesar de la distancia, también me dejó sin palabras tras su fallecimiento. Ahora se ha ido una mujer que no fue mi amiga, que no fue mi profesora, con la cual tuve siempre un diálogo generalmente formal, y a la que admiré como uno más de sus espectadores, ya fuera en las tablas, el cine o la televisión. Alina Rodríguez fue dueña de una carrera en la que logró, por sí misma, llegar a ser reconocida desde la firmeza de su carácter, y dando a sus mejores personajes algo de ello, eludiendo la falsa simpatía que procuran otros, y escapando de una popularidad fugaz, para conseguir ahora, en el dolor que nos provoca su desaparición, que su ausencia sea compartida por tantos, artistas o no, como solo lo alcanzan unos pocos.

Imagen: La Jiribilla

Pienso en esto y tres imágenes vienen a mi mente. Primero, su confirmación de la mano de Vicente Revuelta, quien la eligió para protagonizar una nueva obra en el escenario de Teatro Estudio. Era 1986 y la obra se llamaba En el parque, escrita por Alexander Guelman, uno de los más interesantes nombres de la dramaturgia soviética. Vicente había puesto en el centro del montaje a Adolfo Llauradó, para que encarnara a un hombre atormentado, mentiroso, manipulador, desgarrado, que se salía del molde que algunos esperaban de las obras provenientes de la URSS. Pudo haber escogido a cualquiera de las respetadas actrices de la compañía para ponerla a su lado. Alina había llegado a la actuación con 24 años, tras haber cursado estudios de magisterio y de Anatomía Patológica, que abandonó en busca de otros personajes. Vera fue el primer gran reto en ese anhelo, enfrentada a lo largo de dos horas con el Fedia al que Llauradó representaba con la limpieza y versatilidad de quien dispone de un gran arsenal de recursos. Si él deslumbraba por la madurez con la cual desplegaba todo su oficio, ella conseguía estar ahí  desde la postura de quien lo entrega todo en una nueva intensidad, por primera vez, calibrando el riesgo que pendía en cada palabra y cada acción. No vi el montaje en Teatro Estudio, ni en el Festival de Camagüey donde los actores recibieron premios y reconocimientos, sino en su versión para televisión, realizada durante un tiempo breve y feliz en el que ese medio se interesó por grabar algunas puestas en escena de éxito, como también se hizo con La zapatera prodigiosa de Berta Martínez. Incluso en esa versión para las cámaras, Adolfo y Alina transmitían la visceralidad de sus entregas. Una noche en Santa Clara, frente al televisor ruso en blanco y negro, y Adolfo y Alina están en pantalla. Esa primera imagen sigue clara en mi mente. No recuerdo con tanta nitidez el director de la transmisión, pero algo me hace creer que fue el olvidado Silvano Suárez.

Ella conseguía estar ahí  desde la postura de quien lo entrega todo en una nueva intensidad, por primera vez, calibrando el riesgo que pendía en cada palabra y cada acción

La segunda imagen es ya una Alina que ha pasado la prueba de fuego con un protagónico en el cine. Sergio Giral logró romper el cerco que desde el ICAIC parecía imponerse contra el teatro cubano, y adaptó finalmente María Antonia, uno de los grandes títulos de nuestra escena reciente. Luchar contra el recuerdo de Hilda Oates en el montaje extraordinario que Roberto Blanco alzó a partir del original de Eugenio Hernández Espinosa era un gesto demasiado amargo. La puesta en pantalla eligió otra clase de énfasis, y la elección de Alina definió en gran parte el carácter del filme. Con sus logros y sus medianías, la película le dio la oportunidad de mostrar su concepción de uno de los más exigentes roles femeninos de la cultura teatral cubana, a poco tiempo de haber encarnado a Lala Fundora en el remontaje de Contigo pan y cebolla, preparado por Héctor Quintero para Teatro Estudio, sustituyendo a Berta Martínez, célebre creadora de ese papel.

Imagen: La Jiribilla

Cuando se enfrenta a Justa, su personaje en la telenovela Tierra Brava, es ya 1996 y logra, junto a un elenco de consagrados en el medio, irrumpir en el gusto popular. No fue su primera experiencia en el medio: vale recordarla como la madre nada típica que encarnó en los episodios de La séptima familia. Pero indudablemente con Justa vino un antes y un después. Como aclara el nombre de esa mujer, se trata de una figura severa, de moral rigurosa, que canta las verdades a quien quiera oírlas, y que no teme decirlas ni siquiera a quienes se gozan en el abuso del poder. Logró, en las escenas que compartía con Rogelio Blaín o Enrique Molina, momentos que esos actores podrían agradecerle, por la empatía que obtuvieron en no pocos pasajes. Tierra Brava, que al igual que Sol de Batey, es versión de un original de Dora Alonso, queda como un ejemplo que por desgracia la telenovela nacional parece haber perdido en tanto modelo. No poco de su éxito se debe a sus intérpretes. Y Alina Rodríguez se transformó en Justa, desde entonces, a la espera de otro personaje que la hiciera resucitar y ponerse a prueba en esa misma dimensión.

Indudablemente con Justa vino un antes y un después. Como aclara el nombre de esa mujer, se trata de una figura severa, de moral rigurosa, que canta las verdades a quien quiera oírlas, y que no teme decirlas ni siquiera a quienes se gozan en el abuso del poder

Hizo teatro mientras esa espera sucedía. Fue un nombre en la lista de talentos que integraron el elenco de El burgués gentilhombre, dirigido en Cuba por Jerome Savary con acento carnavalesco. Colaboró con Teatro de La Luna en alguno de sus montajes piñerianos. Fiel a Raquel Revuelta y a Vicente, los siguió cuando Teatro Estudio se desmembró y finalmente estrenó el Tartufo, bajo la guía de su maestra, en el último espectáculo que Raquel dirigiera para dejar abierta la sala Adolfo Llauradó, su cómplice de En el parque. El cine y la televisión la reclamaban para otros papeles, no siempre a la altura de su talento, aunque ella supo imponer la garantía de su profesionalismo ante esos libretos. Finalmente, llegó Conducta. Y de la mano de Ernesto Daranas ella se convirtió en la maestra Carmela, mediante la cual toda una nueva generación la descubrió, como parte de una Cuba muy distinta a aquella de 1986 en la que ella fue la Vera de Alexander Guelman. No por estar entre los más recientes, sino por la sólida concepción del personaje desde el guion, y por el perfecto enlace entre la actriz y el personaje; Carmela perdurará como uno de los instantes más loables en la trayectoria de Alina Rodríguez, que asume con honradez, con honestidad comprometida, a esta profesora capaz de arriesgarse en pos de la verdad que no quiere saberse acallada, y que va a pelear hasta el final ante aquellos que quieren recluirla al silencio. Su trabajo en el filme no es solo la acertada encarnación de una figura compleja y sincera: es un tributo al desempeño de los maestros en cualquier sociedad, como portadores, si han asumido ese oficio desde la responsabilidad enorme que ello implica, de misiones y deberes que no se limitan al espacio del aula. No dudo que haya muchos vasos comunicantes entre la Alina que a esa edad encontraba un personaje que podía decir era enteramente suyo y la maestra a la que interpretaba. Debió recibir con orgullo verdadero los premios y aplausos tan merecidos que en La Habana, Nueva York y otros sitios, el público y la crítica regaló a este filme en el que ella vuelve, sin necesidad de aires de diva ni poses calculadas, a estar deslumbrante.

No por estar entre los más recientes, sino por la sólida concepción del personaje desde el guion, y por el perfecto enlace entre la actriz y el personaje; Carmela perdurará como uno de los instantes más loables en la trayectoria de Alina Rodríguez

Quisiera quedarme con esas tres imágenes de Alina. Forman parte de un álbum público en el que muchos espectadores podrían sumar sus recuerdos. Pero me reservo dos imágenes más, que cuento aquí a manera de confesión, como quien se demora en mostrar la foto que alguna vez nos hicimos junto a la persona que ahora ya solo podemos evocar. Cuando se estrenó la versión fílmica de El premio flaco, Juan Carlos Cremata le ofreció el papel de Juana, un personaje de los menos amables en esa pieza de Héctor Quintero, que llega solicitando ayuda a Iluminada, y termina devolviéndole el favor de la peor manera. Vi la película, lamentando que el cine cubano hubiese demorado tanto en adaptar una obra crucial de los años 60. Y luego me encontré con Alina en la sala Hubert de Blanck, en algún homenaje o en el ensayo de alguna ceremonia que ahora no acierto a definir. Nunca hablé demasiado con ella, pero esa tarde, sobre el mismo escenario donde ella protagonizó En el parque, la felicité por su actuación, por lograr (le dije) lo que solo consiguen los grandes intérpretes: hacer creíbles las razones mediante las cuales un personaje negativo procede del modo más cruel, en defensa de algo que el espectador, aunque no lo apruebe, llegue a entender según el rigor del artista que lo encarne. Creo que le gustó el elogio, y me explicó su punto de vista, regalándome además un par de ideas luminosas que me obligaron a releer el texto de Quintero. En la semipenumbra de un ensayo en la Hubert de Blanck, tengo ese instante en el que conversamos.

La última imagen es aún más personal, y se remonta a mis días de estudiante en la Escuela Nacional de Instructores de Teatro (ENIT), en el mismísimo cierre de los 80. Hugo Reyes, el hijo de Alina, estudiaba en mi grupo. Tenía que dirigir, al cierre del primer año, la versión de un relato, y se empeñó en uno de Gabriel García Márquez, en el que varios actuábamos. Llegó el fin de curso, se aceleraron las tensiones que un examen trae, y parecía no haber tiempo para que todo estuviera listo. A las aulas de la ENIT se fue Alina, para ayudar a Hugo con su saber y su energía en cuanto pudiera. Era al mismo tiempo la madre y la artista, y se metió de lleno en el asunto hasta que todo concluyó felizmente. La mirábamos con respeto, sin que ella nos hiciera caso más que para lo que su hijo necesitaba. A la luz de un atardecer, la recuerdo sentada contra uno de esos muros de ladrillos rojos, en esa delirante arquitectura de las escuelas de Cubanacán, a la espera de que se recomenzara un ensayo. Joven aún, hermosa y dispuesta a defender algo con todas sus fuerzas de mujer y de actriz. Con toda la vida y la fama por delante. Sin cámaras ni fotógrafos, ni fanáticos que la acosaran. No era aún la nueva María Antonia, no imaginaba que sería la Justa de una telenovela famosa, mucho menos la maestra que en un primer plano tremendo se negaba a la expulsión. No había entre nosotros más que la verdad de vivir un instante, y sacarle a ese minuto el provecho de un nuevo triunfo. Cierro los ojos, vuelvo a ese pasillo de ladrillos rojos, y ahí está ella, respirando para siempre en mi recuerdo.

Comentarios

Lindo homenaje Norges.!Gracias

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