Tributo a Eloína Miyares

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

La muerte acaba de sesgar la larga vida de Eloína Miyares Bermúdez aunque no su obra, trazada y ejecutada, sin descanso, junto a la de su esposo Julio Vitelio Ruiz Hernández, a través del Centro de Lingüística Aplicada de Santiago de Cuba (CLA).  

Santiagueros de estirpe inmemorial, Eloína y Vitelio crearon una familia numerosa, educada, forjada sobre todo en el amor por la cultura, por la lengua y por la modalidad fonética e histórica de sus compatriotas al haber creado, como sabemos, una de las variantes lingüísticas más interesantes del habla cubana durante el siglo que acaba de pasar.

Esta pareja de filólogos acumuló una bibliografía activa sobre temas lexicográficos de valores incuestionables. Su mayor aporte recayó no sólo en la fundación y puesta en marcha sistemática del CLA sino en la mirada suya sobre las características, modalidades y variantes del habla santiaguera; el habla de una ciudad convertida en leyenda por su gracia y su acción épica; un habla que ha perdurado y conmovido a los lingüistas de diversas generaciones.

Ese toque especial fue centro de los estudios de Eloína Miyares cuya obra más trascendente ha sido el afamado Diccionario básico escolar (DBE) cuya cuarta edición, con 12 000 entradas nuevas, circula entre nosotros como parte del catálogo de la editorial Oriente. Sus dos tomos, que suman cada uno alrededor de 700 páginas, ponen al alcance popular la sabiduría y el estilo de un habla que nos define y nos hace más originales ante el mundo ibérico, aquel que representó como pocos Don Miguel de Unamuno, quien había sucumbido desde fecha tan temprana al estudio de otras variantes del español, especialmente en los primeros poemas de Nicolás Guillén que había conocido gracias al andaluz universal que fuera Federico García Lorca. Miembro de la Generación del 98, Unamuno manifestó un deslumbramiento impresionante, desde la década del 30, por esas variantes que desembocaron en ciertas islas antillanas en terceros idiomas, nombrados hoy como lenguas creoles. De Unamuno a Arrom, pasando por las formulaciones del martiniqueño Édouard Glissant, ese producto criollo pasa a registrar una historia cultural llena de peripecias que ilustran el principio de lo que la UNESCO, por ejemplo, defiende en nuestra época bajo el título de diversidad cultural. Esa ha sido la lección que se hace palpable a los lectores del DBE.

Enarbolando una consideración extrema hacia el código unitario de los hispanoparlantes más allá de su ubicación geográfica a ambas orillas del océano Atlántico, en su introducción al DBE, Eloína ratifica esa condición, cuando afirma: “Las palabras que aparecen en este diccionario son, en su gran mayoría, de uso general para los hispanohablantes, lo que expresa la unidad lingüística de la región“. Y, más adelante: “El uso de los diccionarios cobra cada vez mayor importancia porque, mientras los usuarios conozcan mejor y con mayor precisión el significado de las palabras, estos tendrán un universo conceptual más extenso y podrán comprender mejor el mundo que los rodea” [1].

Es así que tanto el lector común, o los alumnos universitarios  —o de niveles inferiores— como los apasionados por cuestiones lingüísticas de mayor envergadura, le debemos agradecer su dedicación y entrega a la factura del famoso Diccionario básico escolar y a una disciplina tan necesaria en nuestros días como la Lingüística Aplicada a la que hicieron inestimables contribuciones.

 

Nota:
1. Ver Eloína Miyares Bermúdez: “Introducción a la cuarta edición” del Diccionario Básico Escolar. Tomo I. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2014,  p. IX, XII

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