Adriano Rodríguez: alma sublime para las almas

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba
Fotos: K & K

Perla marina,

que en hondos mares

vive escondida

con los corales.

“Murió el viejo Adriano” me dijo Richard por teléfono, y de inmediato escuché ese vozarrón de coloso, único, espeso y vibrante cantando: “Perla marina”.

Tú eres el ángel

con quien yo sueño

extraño idilio

de los poetas.

Al reaccionar, le pregunté si lo habían dicho en el noticiero, como buscando confirmación, aunque sabía que desde hace un tiempo no estaba bien. “Ahora mismo; hay que avisarle al Blado (Bladimir Zamora), aunque ya debe saberlo”, apuntó y su remate —como fotorreportero de El Caimán Barbudo: “tengo muchísimas fotos de él”.

Imagen: La Jiribilla

Alma sublime

para las almas

que te comprenden

fiel como yo.

Y claro que son muchas las imágenes, porque intensas y buenas aventuras corrimos los del piquete de la revista (que incluye un batallón de trovadores) con don Adriano Rodríguez, un ser tan especial que, si bien murió este 23 de julio a los 91 años, no tenía edad. 

Menos mal las estrellas —a salvo en su distancia—

menos mal que me esperan, que alguien vela mis ansias,

menos mal estas cuerdas…menos mal la guitarra

que viene de trasmano para salvarme el alma,

el alma.

Por supuesto que lo llevó al Caimán… una entrevista de Bladimir, y luego presentamos la edición en nuestra peña de los miércoles en el patio de la EGREM; allí cantó con Pepe Ordás y con Diego Cano. Su voz impresionante, el alma de los tiempos vibrando en ella; al escucharlo uno tiene la sensación de que nada más está ocurriendo en el mundo, que todo está pasando ahí, en su canto.

Como rosa que pierde su aroma así era mi vida

como nave que está a la deriva sin rumbo y sin calma

triste y solo buscaba un olvido que alegrara mi alma

y en las tinieblas de mi dolor apareciste tú.

Ahora, mientras escribo, lo escucho con Pablo Milanés en el álbum Años, y casi puedo verlo con esos ojos pequeños y su risa de hombrazo noble, todo un caballero, de postura herética, amabilidad y “buenos modales”, diría mi abuela, ese que va a tu lado y con un gesto te cede el paso ante el umbral de una puerta o te señala una silla para que te sientes primero… ante Adriano uno era también mejor persona.     

Como un encanto tus ojos quitaron las penas

que en mi corazón dejara otro amor.

Como una magia divina tus besos encendieron

de nuevo la llama de mi corazón.

Imagen: La Jiribilla

Llueven las correrías por su voz, hasta nuestro último encuentro fue un muchacho bohemio, y no es un decir; a partir de aquella peña Trovando en la EGREM con él empezamos a celebrarle sus cumpleaños, comprábamos algún vino y nos íbamos a un parque cercano a su casa en Alamar; allí el piquete caimanero (Bladimir, Joaquín, Richard, Diana…), con Ray Fernández, nuestro trovador arrabalero, le entrábamos a canciones y el viejo Adriano iba calentando su voz y sus recuerdos. Cuando la oscuridad empezaba a caer nos llovían los cuentos de sus mil y una noches, de sus encuentros con el Benny, o con Celia Cruz, en noches (hasta amaneceres)  de cabarets donde reinaban, o aquellas conferencias de Fernando Ortiz ilustradas con su canto o de Merceditas Valdés, de cómo le había fascinado el cantante mexicano Pedro Vargas y cuanto aprendió de él; de su paso por el Conjunto folclórico y Carlos Embale, de su tiempo en el Teatro Lírico, de las “malas pulgas”, pero —sobre todo— del encanto pleno de Rita Montaner; de la “vieja trova” y de Sindo Garay, de Pablo y Silvio y sus grabaciones con ellos, de sus viajes por los países socialistas de entonces, de algún que otro burócrata, de que cantó en varios idiomas, o de cómo lo redescubrió Edesio Alejandro, su vecino, oyéndolo cantar desde la ducha… Historias que se entretejían con una picaresca muy sana, como cuentos de un niño sabio, que mostraban en un retablo todo un siglo de grandes personajes de la cultura cubana —de los que él propio narrador era uno.

Menos mal que aún hay huellas de locuras diarias

que hay quien llora ante un cuadro o muerde una canción

que alguien busca una piedra de pasión milenaria

que hay quien no vende un verso,

que hay quien siembre una flor,

por hablarle a una flor.

Fue como el eje de la presentación del libro Cualquier flor de la Trova tradicional cubana. Un concierto en el Centro Hispanoamericano donde trovadores de todas las generaciones versionaron clásicos de Sindo, Matamoros, María Teresa, Corona, Villalón. Desde los ensayos, Adriano haciendo voces y charlando con los muchachos. Momento muy especial tras bambalinas, a David Torrens le había llamado la atención aquel vistoso viejo. Bladimir Zamora le explicó y David enseguida le pidió que tramitara con él a ver si hacían juntos “A mi manera” de Marcelino Guerra.

Dicen que no es vida

esta que yo vivo

que lo que yo siento

no parece amor

que tengo el defecto

de ser muy altivo

porque indiferente

cruzo ante el dolor.

Cuando subieron a escena, casi que sin previo acuerdo, David comenzó a cantar como contenido, pensando en no apabullar al señor mayor, Adriano sonrió y le hizo señas de que se soltara; y en efecto cuando comenzó a cantar David se sonrió y se explayó haciendo entre los dos una versión que hizo estallar al público.

Yo no engaño a nadie

porque soy sincero

y cuando me entrego

en una pasión

no me importa cómo

quiero cuando quiero

porque a mi manera

doy el corazón.

Una de las aventuras mayores con Adriano fue el aniversario de la “Suerte de cangrejos” peña antológica en Cárdenas, adonde fuimos en una guagua (una clásica “aspirina” por el proyecto La voz del Diablo Ilustrado. No pudimos conseguir carro a última hora y Adriano Rodríguez se alistó sin pensarlo en la expedición. Un muchacho, con más energía que nosotros (vale nuevamente aclarar: no es una frase al vuelo). Tres días de descargas y conciertos de una gran cantidad de jóvenes trovadores: Yamira Díaz y su grupo, la Trovuntivitis (Roly Berrio, Michel Portela, Yaima Orozco, Raúl Marchena), Eduardo Sosa, Pavel Poveda con Tamara Castillo, Lien y Rey, Samuel Águila, Diego Cano, Ormán Cala, y Columbia del Puerto…Allí las altas horas de la noche nos cogían cantando en el patio de los Cangrejos, entre la niebla espesa de los rones (en los que Adriano no era nada corto); después nos íbamos desperdigando con diversos destinos a partir de las 3:00 a.m. más o menos. Yo, que me he jactado siempre de mi aguante, y de ser el primero en levantarme, amanecía buscando café, y ya Adriano estaba dándose sillón con su tacita, o en casa de Alfredo y Anita (entrañables anfitriones de aquella Suerte) o dándole cháchara a Govantes en el Museo de la Batalla de ideas. No podía creer esa sonrisa tan despejada a las 7:00 a.m. tras semejantes trasnochadas. Ante mi incredulidad se encogía de hombros, ponía más chiquitos sus ojos, sonreía, y repasaba como para sí, algunos de aquellos “entrenamientos” en los shows de Copacabana, Tropicana, Sans-Souci, Copa Room, o el Ali Bar... el refugio del Benny…  

Imagen: La Jiribilla  

Suerte que las tormentas son umbrales de calmas

suerte que hasta las penas guardan siempre un error

menos mal que la niebla de estos días se entusiasma

porque así los fantasmas se divisan mejor

porque así los fantasmas nos resguardan mejor.

“Menos mal” fue mi lujazo mayor (en esta vida); una canción que hice para agarrarme a la tablita de los fantasmas, cuando la marejada del Periodo Especial parecía ahogarnos; y quién me lo iba a decir…de aquel concierto en Cárdenas, la EGREM propuso el disco La Voz del Diablo Ilustrado. Adriano, como en el concierto, cerraría el disco cantando un guaguancó: “Yo sé de un monte sagrado” con la agrupación Columbia del Puerto. Grabó el grupo días antes, pre mezclamos y cuando llevamos a Adriano al estudio y escuchó, movió negativamente la cabeza; nos dijo que ese tema estaba completo ya, que no tenía nada que hacer ahí, que no iba a aportarle, que eso estaba cerrado.

Salí al pasillo con Pavel Poveda (productor del disco) y le dije “hay que inventar algo, no puedo perder la oportunidad de tener a Adriano Rodríguez en el disco. Entonces Pavel tuvo la idea de que cantara en el tema  “Menos mal” que yo había grabado. Llamamos a Bladimir para consultarle y me dijo “pero tú no te vas a oír cuando él te haga dúo”. Por supuesto —contesté—, pero que cante en el disco.

Pavel le hizo la propuesta a Adriano, de inmediato se entusiasmó; ‘pero tengo que oírla a ver’ —acotó como premisa. Serían las dos de la tarde, no había escuchado la canción, salvo —si acaso— el día del concierto en Cárdenas y tras bambalinas. Pues se la canté tres veces con la guitarra, en el patiecito; me mandaba a parar y me preguntaba detalles de la letra, y sus intenciones; empezó luego a armar las voces; entramos al estudio, se sentó a escuchar el arreglo, que —para colmo— era soneado, a un tiempo mucho más adelante. Pidió oírlo unas cuatro o cinco veces, se dio unas palmadas en sus piernas y dijo: ‘Vamos’. Comenzamos a grabar por partes, pues ni la letra se sabía, como no veía bien tampoco valía ponerle un papel delante. Pero no eran las seis de la tarde y Adriano se había aprendido la canción y la habíamos grabado.       

La tropa del Caimán Barbudo ha perdido a ese maestro amigo que nos dio ratos de gloria espiritual con su canto y su ser (que son lo mismo), Cuba a una de las grandes voces de todos los tiempos y todos los géneros; se movió desde la intimidad de la trova, hasta la energía del folclórico, o el virtuosismo del canto lírico, o la escena candente de las noches de cabarets en tiempos en que solo podían salir al ruedo los grandes gladiadores. En todos fue un rey, y siempre cantó desde el alma (la suya que contenía la mayor poesía que sacaba de todos).

La mejor canción con la que quiero recordar a Adriano Rodríguez, es la que grabó con Silvio Rodríguez en el álbum Érase que se era: “La canción de la trova”; venga con ella nuestro adiós a ese hermano mayor de la música cubana.  

 

La canción de la trova

Autor: Silvio Rodríguez

 

Aunque las cosas cambien de color,

no importa pase el tiempo.

Las cosas suelen transformarse

siempre, al caminar.

Pero tras la guitarra siempre habrá una voz

más vista o más perdida,

por la incomprensión de ser

uno que siente,

como en otro tiempo fue también.

 

Hay también corazones que hoy se sienten detenidos,

aunque sean otros tiempos hoy 

y mañana será también.

Se sigue conversando con el mar.

 

Aunque las cosas cambien de color,

no importa pase el tiempo.

No importa la palabra que se diga para amar.

Pues, siempre que se cante con el corazón,

habrá un sentido atento para la emoción de ver

que la guitarra es la guitarra,

sin envejecer. 

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