Alina antes de Carmela

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Cuando cierro los ojos para evocarla, la primera imagen que me asalta no es precisamente la de Carmela, el recio, tierno y rotundo personaje que le ha dado la vuelta a medio mundo y habita en el corazón de la inmensa mayoría de los cubanos, al punto que para muchos, Alina Rodríguez es y posiblemente será siempre la maestra del filme Conducta, de Ernesto Daranas.

Imagen: La Jiribilla

Me remonto a 1986. Vicente Revuelta, siempre sorprendente en sus propuestas, eligió una obra del autor ruso, entonces soviético, Alexander Guelman, que para nada remitía al espectador a los códigos de la épica, ni a la dramaturgia de la producción, ni a los dramas biográficos aleccionadores que por años dominaron la escena de la nación euroasiática.

En el parque era un drama intimista. No música coral, sino de cámara. Dos personajes: Ella y Él; la una divorciada, el otro casado pero con una relación frustrada. Para Vicente, lo importante de la obra estaba más allá del texto —por cierto, muy bien trasladado a nuestra lengua por Magaly Muguercia— y la intención primaria del autor, a todas luces una versión eslava, matizada en el contexto de una sociedad que se ufanaba de construir el socialismo real, del eterno conflicto que obsesionó a Michelangelo Antonioni: la incomunicación.

Porque si a Guelman le interesaba resaltar este aspecto en las relaciones personales, y refocilarse hasta cierto punto en la melancólica desventura de sus personajes, a Vicente lo incitaba explorar emocionalmente hasta el límite la subjetividad de los protagonistas, a quienes exigió no solo meterse bajo la piel de la representación sino autorrevelarse como seres humanos.

El hombre fue Adolfo Llauradó, selección que a nadie sorprendió. Adolfo ya era un monstruo sagrado de la escena, un actor todoterreno, visceralmente orgánico. Ella, sin embargo, pudo haber despertado dudas antes del estreno. Alina Rodríguez formaba parte de Teatro Estudio y había asimilado con avidez la disciplina y el espíritu de la compañía bajo la guía de la gran Raquel Revuelta. Se había graduado del Instituto Superior de Arte tardíamente —antes, ya se sabe, había sido maestra y técnica en Anatomía Patológica—, y en ese legendario grupo perfeccionó su labor actoral. Pero eso de sostener un duelo en la escena con Llauradó constituía un arduo reto.

A Vicente lo incitaba explorar emocionalmente hasta el límite la subjetividad de los protagonistas, a quienes exigió no solo meterse bajo la piel de la representación sino autorrevelarse como seres humanos

Alina rebasó con creces la prueba y cuando Vicente ganó ese año el premio principal del Festival de Teatro de Camaguey, dijo que ella, al igual que Adolfo, compartía plenamente la concepción de la puesta.

En el parque ensanchó el horizonte de la actriz. Ya en ese mismo 1986 fue llamada por Daniel Díaz Torres para el elenco de Otra mujer y todos saben que no dejó de trabajar desde entonces en el cine y la televisión.

Pero siempre fue una mujer de teatro. La recuerdo en Contigo pan y cebolla, esa extraordinaria obra de Héctor Quintero. Para calificar su actuación nada mejor que estas palabras del colega Amadito del Pino, publicadas en la columna Acotaciones, que por buen tiempo acogí en la página cultural de Granma:

Alina Rodríguez, en el legendario personaje de Lala Fundora, arriba a una espléndida madurez interpretativa. Su cadena de acciones cotidianas, natural y simple en apariencia, es el resultado de un detallado trabajo de caracterización. Brillante resulta también Alina en el manejo de las cargas emotivas y en la nitidez con que da paso a los rompimientos que nos hacen pasar de la frontera del llanto a la sonora carcajada”.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato