Re-Instalándome con el MAN

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
Fotos de Internet

Con La noche americana (1973), Francoise Truffaut urde una apasionada y sincera alegoría a la vocación cinematográfica, la cual, más allá de los presupuestos estéticos y discursivos; las preocupaciones filosóficas y conceptuales; los compromisos éticos o de cualquier tipo, halla el máximo placer, su realización última, en el proceso de registrar imágenes en movimiento. Así y nada más. Este confesional acto de franqueza definitiva resultó a la vez un duro autodesafío (¿penitencia expiatoria?) para el asiduo colaborador de Cahiers de cinéma, al declarar iguales a todos los realizadores en el amor infinito y obsesivo por el perpetuum mobile que es hacer cine: vivir eternamente en un set de rodaje, orquestar la compleja maquinaria pletórica de engranajes humanos y tecnológicos, ver como se materializan las proyecciones del guion.  

Otro tanto hace Tim Burton en la inefable Ed Wood (1994), al reverenciar al “peor director de cine de todos los tiempos” con su innegable obra maestra, y sobre todo con la desafiante secuencia donde se hacen confluir los senderos de dos “incomprendidos” Wood y Orson Welles, aquejados de problemas semejantes para desarrollar sus proyectos. Dialogan, se comprenden, comulgan ante el altar del Séptimo Arte, donde sólo valen las intenciones puras de filmar imágenes en movimiento. Las cintas Cazadores del arca perdida: La adaptación (Eric Zala, 1982-1989), Bowfinger (Frank Oz, 1999) y Rebobine, por favor (Michel Gondry, 2008), con sus bizarros personajes, aportan otras aristas al discurso.

Imagen: La Jiribilla

Estos sentimientos ganaron para mí pleno sentido cuando conocí acerca del Movimiento Audiovisual Nuevitero (MAN), que desde hace casi diez años involucra a un creciente número de jóvenes oriundos del recio poblado camagüeyano de Nuevitas en la aventura de la realización audiovisual, sobre todo de cortos de ficción. La Muestra Audiovisual Hieroscopia, que recientemente, contra viento y marea, culminó su 5ta. Edición —primera a la que asisto— como jalón más visible, resulta suerte de corolario anual de una constante labor creativa acometida sin apenas recursos materiales, pero sobre todo libre de fatuos entusiasmos y “embullos” pasajeros que hubieran disuelto el movimiento en su mero alumbramiento. Estos realizadores jóvenes y sus compañeros de equipo: actores, musicalizadores, ayudantes listos para todo, están aquejados de una sed fílmica que no se agota, sino que crece con cada obra terminada, con cada guion escrito, con cada proyecto pensado.

En una época donde la noción de movimiento y vanguardia, con sus manifiestos, quedan relegados a los anales de la historia del arte, el microcosmos de Nuevitas engendra un orgánico proceso creativo altamente autónomo y endógeno, vital, coherente y consecuente, cuyo prístino axioma es “filmo, luego existo” o mejor: “muero si no filmo”. Los resultados, aunque tomados en cuenta y muy importantes para quienes filman en serio, son secundarios por obligación. La pasión llega a ser poderoso justificante y licitud. Y aquí hasta yo hago acto de revisión de mis propias concepciones. Nada, Desintalándome —así se titula una de las tantas propuestas de los nueviteros— y reconfigurando circuitos.   

Dejar huella, brindar testimonio, encontrar sentido en medio de un aciago entorno, tan agreste como intenso es el amor y la fidelidad que estos jóvenes, sus congéneres todos, parecen guardarle. Existir, subsistir en y desde el puro embate del ardor creativo que parece llenar —más bien atarugar— de sentido estas vidas, renuentes a diluirse en la mediocridad anónima, adictas a filmar el mundo, a disfrutar cada proceso y cada escollo por igual.

Imagen: La Jiribilla

Desde sus orígenes el MAN se ha desarrollado acorde un caprichoso modelo arbóreo y viral. Las obras generadas, unas 60 o quizás más, han despertado en otros los mismos demonios adormilados. Los que fueron actores, ahora dirigen, remontan sus sendas personales. El MAN, como abarcadora nodriza, se subdivide en proyectos autónomos como Rexistencia, La otra mirada, El cuchillo de Macbeth, que determinan posturas, propósitos, intenciones muy diversos… Niega la hegemonía, la absurda monopolaridad. Contiene en sí las polaridades complementarias que garantizan su salud. Es plural, diverso, diferente. Es peligroso.

El MAN es legítima y auténticamente comunitario, lejos de las simplificaciones y tergiversaciones que ha sufrido esta noción. Es espontáneo, endógeno, orgánico y consecuente con el contexto. Su repertorio es fabulador, violento, melancólico, rudo —y hasta rudimentario, pues la producción se basa en un método de prueba-error-lección—, abyecto, soñador, irónico, desmedido, de puro realismo sucio, catártico, erótico, escatológico, sincero.

No predomina el documental. Excepto algunas excepciones de sino autorreferencial, no hay interés por registrar directamente acontecimientos verídicos o repasar la historia. Pero menos reales no son los sentimientos y esencias que emanan los materiales filmados. La metáfora acendra la catarsis, da rostro a los demonios y sirve para espantarlos, como las gárgolas de piedra medievales. Nuevitas es un gran escenario donde corretean, asesinan, aman, violan, juegan, conversan, se corrompen, gritan, vuelan, lloran y recuerdan los personajes de las obras del MAN.

Nuevitas como medida de todas las cosas, cosmos donde giran las esferas de estos jóvenes realizadores comunitarios. Nuevitas los acoge y los condena, los bendice y los maldice, los acaricia y los azota. Ellos siguen filmándola, siguen filmándose de puro placer.

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