Noel, antología personal

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Antes de que la Nueva Trova fuera un movimiento, Carlos Más, que ya trabajaba en la radio pero que era trovador, había logrado un espacio después del mediodía en una emisora nacional donde colaba entre cuatro y cinco canciones diarias impensables en otros programas. Y eso que Silvio se avenía con los tiempos políticos mediante “La era está pariendo un corazón” y “Fusil contra fusil” y Pablo, a quien Elena Burke había encumbrado con “Mis 22 años”, ganaba difusión por una pieza dedicada a Ho Chi Minh y Vietnam y otra al Che en la que partía de unos versos de Miguel Barnet.

Imagen: La Jiribilla

Entre Mike Porcel, Vicente Feliú, Carlos Gómez y, por supuesto, Silvio y Pablo, estaba Noel Nicola. Todavía yo no tenía muy clara su asociación a estos dos últimos como parte de una trinidad fundacional, pero me atrapó una canción que luego, en uno de esos disquitos de 45 rpm, publicado por la Casa de las Américas, encontré junto a la “Canción del elegido”, de Silvio. Los cuatro temas estaban dedicados a la gesta del Moncada, y el de Noel se titulaba sencillamente “26”: “¿Cuestión de julios? / Más o menos siempre es julio. / ¿Cuestión de hombres? / Más o menos, por ahí andan. / ¿Cuestión de decisiones? / Más o menos, casualmente, / Momento más ser humano suman 26”.

Después vino el tiempo de seguir la ruta del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, dirigido por el maestro Leo Brouwer, y los memorables conciertos en la sala Chaplin, de la Cinemateca, sobre todo uno muy recordado Cuba – Brasil, que dio a conocer la obra de Chico Buarque, Caetano Velloso, Edu Lobo, Joao Gilberto y Erasmo Carlos.

La canción de Noel fundía en un solo haz una música pujante y una lírica renovadora.

En ese concierto me ganó para siempre “Para una imaginaria María del Carmen”. La canción de Noel fundía en un solo haz una música pujante y una lírica renovadora. La imagen de una muchacha presuntamente camagüeyana, pero que podría haber habitado en cualquier otro lugar de la Isla, más que convencer, estremecía por su entrega cotidiana, su carencia de prejuicios, su candorosa autenticidad.

Fue aquel un referente del amor en tiempos de Revolución. Los jóvenes de la época intuíamos, o mejor aún, teníamos la certeza de conocer y amar a una María del Carmen.

Imagen: La Jiribilla

Ese mismo Noel entraría después en mi particular banda sonora con una propuesta diferente. El peruano César Vallejo nos era —lo escribo en plural pues se trataba de una convicción compartida por unos cuantos— más cercano que Pablo Neruda. A lo largo de diez años musicalizó una veintena de poemas del peruano. Todas las versiones resultan impecables desde el punto de vista formal, pero prefiero particularmente dos de ellas: “Intensidad y altura” y “Heces”. La primera en tanto es uno de los textos vallejianos que siempre me acompañan: “Quiero escribir pero me sale espuma / quiero decir muchísimo y me atollo / no hay cifra hablada que no sea suma / no hay pirámide escrita, sin cogollo…”

Con el segundo poema, “Heces”, Noel logró traducir de manera indirecta, es decir, a base de una tensión melódico-armónica reveladora, y evidentemente influida por los aires del folclor andino, el lúcido desamparo del poeta: “Esta tarde llueve, como nunca / y no tengo ganas de vivir, corazón…”

Pudiera seguir ampliando esta antología personal, hasta incluir en ella temas recurrentes como “Es más, te perdono” o “Comienzo el día” o “Radiografía de una apariencia”. Cada vez que revisito la discografía, lamentablemente magra del trovador, hallo resonancias inéditas y aristas insospechadas. Pero siendo fiel a mí mismo, confieso que por sobre todos los temas, vuelvo a uno más de una vez: “Son oscuro”. Sara González lo interpretó con una diosa. Marta Campos suele incluirlo en sus recitales. Se lo escuché también a Noel y desde la primera supe del triunfo de una dialéctica admirable entre el ingenio poético y la cabalgadura del son.

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