De relojes y amigos que siguen dando la hora

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

Fotos: Cortesía del autor

 

La vida, muchas veces trashumante del cronista, la perseverancia de historiadores, la imaginación de literatos, la intencionalidad de cofrades del periodismo y el auxilio sempiterno de imprescindibles, me llevaron hace unos días al pueblo de Fomento.

En la tarde de un miércoles tuve cita con el Conservador del Museo e Historiador municipal. Todavía en la mañana me dediqué a “hacer media” en el parque principal. Había desayunado en la refrigerada cafetería La Modelo, fui servido por amables muchachas que procuran generosos bocaditos y promueven varias recetas de café —sugiero el cappuccino, es de campeonato— y, sobre todo, ofrecen un ambiente distinguido.

El parque está rodeado de ilustres edificios fomentense: el antiguo teatro Baroja, que alberga hoy una biblioteca y nunca más será teatro; una Casa de Cultura con trazas de casona de principio del XX y la iglesia católica.

Imagen: La Jiribilla
Antiguo teatro, hoy biblioteca municpal de Fomento

Por el calor y el sol “raja-piedra” supuse el mediodía, pero un enorme reloj en la espadaña del templo decía que eran las diez y diez. Sonreí y pensé en el triste albur del carillón, mirando inmóvil la eternidad, como tantos relojes públicos de tantos lugares de la geografía cubana.

Consulté mi cronómetro de pulsera y di un brinco. Marcaba las diez y diez. Pregunté a un transeúnte, señalando la torre “si eso funciona”. « ¡Cómo un cañón!», dijo y me aconsejó: «Hable con Barbarito, el historiador, pa` que le haga la historia».

Barbarito era precisamente Bárbaro Pérez Colina, el Conservador del Museo e Historiador de Fomento, que habría de recibirme en su casa, al filo de las tres de la tarde, con un café, una sonrisa de oreja a oreja y unas cuantas historias del pueblo, varias como para morirse de risa, muchas de las cuales están recogidas en su libro De Fomento te cuento.

Y me contó que Fomento es asentamiento hecho por empeño «porque cuando el 12 de agosto de 1536 el ayuntamiento de la villa de Sancti Spíritus otorgó a Fernando Gómez una merced de tierra, éste informaba de la existencia de un caserío de antigua fundación, llamado el Sitio del Asno, en una especie de pequeño valle que tenía el mismo nombre de “Sitio del Asno”.

«En 1593 el poblado adoptó el nombre de San José del Asno —continuó diciendo el investigador—, que en 1596 cambiaría por el de San Sebastián del Asno o San Sebastián del Jumento.

«Te podrás imaginar que, santos más, santos menos, igual siempre permanecía en la toponimia la referencia burresca. Y decidieron reclamar quitar el asno a la alcaldía de Trinidad, a la cual perteneció. Pero recibieron negativa tajante; así estuvieron las cosas hasta que a la zona llegó la Guerra de los Diez Años.

«El pueblo aprovechó y mediante una argucia —muy larga de contar aquí— convencieron al Capitán General de permitir pasar de Jumento a Fomento, es decir del concepto de burro al de desarrollo y prosperidad.

«El cambio de nombre finalmente se produjo el 29 de mayo de 1869».

Imagen: La Jiribilla
Reloj-campanario de la iglesia de Fomento

Un sorbo de café me sirvió para adjuntar a la conversación la anécdota de lo que me ocurrió en la mañana frente al reloj de la iglesia y el historiador se ríe con ganas.

«Antes de contarte la historia del reloj —me atajó— déjame hablarte del parque: allá por 1900, don Pedro Massagué, un rico propietario español, dueño de medio Fomento, supongo que para fomentar la prosperidad del pueblo, donó los terrenos con idea de que se hiciera un parque.

«Sin embargo,  parece que pocos se enteraron de la donación, porque años más tarde, no se había hecho nada. El yerno de Massagué, un oftalmólogo español residente en Santa Clara, quizá por capricho o al ver el poco caso que se le había hecho al gesto de su suegro, decidió construir en el lugar una casa para veranear. Por arte de magia todo el mundo se acordó del donativo y comenzaron presurosos una pavimentación del terreno, la construcción de una glorieta circular, de estilo neoclásico y hasta se colocaron bancos metálicos que, dicho sea de paso, había que pagar un medio para sentarse en ellos».

 

Por la narración de Pérez Colina me fui enterando de que en 1931, un vecino común y corriente de la otrora villa del Jumento, propuso como expresión de desarrollo, la colocación de un reloj público.

«Con cierto embullo se dieron a la tarea de crear un Comité Pro-reloj Público, para dar un toque de distinción al pueblo que, a falta de carretera Central, contaría con un émulo del Big Ben, mediante colecta popular».

Me contó Bárbaro que después de recogido el dinero y estudiado el caso, se procedió a hacer el pedido a una fábrica de campanas y relojes de torre en Valencia, España.

Sin embargo, pasó el tiempo y… nada del mecanismo para medir… el tiempo.

Imagen: La Jiribilla
Iglesia de Fomento a principios del siglo XX. Cortesía del historiador local.

Entre tanto Fomento se erigió en término municipal, mediante un “pie” que metieron en rebeldía los lugareños [1]. Pero las autoridades superiores, en venganza, nombraron juez municipal a un abogado de la ciudad de Santa Clara. Y se armó entonces la de Pancho Alday.

«Al tomar posesión del cargo el juez santaclareño —me contó Pérez Colina— estalló la primera revuelta municipal, huelga multitudinaria que avanzó desde el parque hasta la recién estrenada casa del susodicho jurisconsulto.

«La multitud enardecida iba coreando un bordón que declaraba:

¡Uno, dos…El cura se cogió el reloj!

 ¡Uno, dos, tres…No queremos al juez!»

En 1935, reavivado el entuerto del reloj y hartos de esperar, enviaron a un emisario a la Península, para reclamar el pedido. Y al parecer, valió la pena, porque un año más tarde llegaba al puerto de La Habana el mecanismo con todo y campanas.

«Pero entonces se volvió a enredar la pita —comentó el también Conservador del Museo—, porque por los impuestos de aduana, para entrar el cargamento, había que pagar más de 300 pesos.

«Luego de un largo “tirijala”, lograron la entrada triunfal del reloj a Cuba y poco después a Fomento».

« ¡ Por fin…!», dije yo abriendo los brazos.

 

« ¡Negativo, compañero!—me cortó Bárbaro con un gesto—. El reloj llegaba a Fomento. Pero no había nadie capaz de armarlo y colocarlo en lo alto de la espadaña.

«Y para no abusar de mi memoria te leeré de mi libro la parte siguiente: “Al fin, en 1941, luego de conseguir la esfera en La Habana, comenzaba la instalación del controvertido artilugio. A bombos y platillos se anunció que el reloj daría sus 12 campanadas inaugurales el 24 de febrero, fecha patria; pero por problemas ajenos a nuestra voluntad, tan loable acontecimiento no sucedería, sino hasta el primero de marzo.

«Diecisiete años más tarde, durante los combates por la liberación de Fomento, un grupo de guardias, más acorralados que convenientemente apostados en el teatro Baroja, donde resistían a la desesperada el ataque rebelde, escogieron la esfera del reloj como blanco inofensivo, pero seguro, ya que no necesitaban sacar sus cabezas, exponiéndolas a las balas que a discreción les mandaban desde abajo.

«Nada, que a ellos no les había costado. Y en definitiva, casi ninguno era fomentense. Tiempo después, un curdita, digno descendiente de Atila, le daba una pedrada entre las doce y la una, ultimando lo que de cristal le quedaba a la pobre esfera.

«Han pasado los años y el ya veterano reloj, curadas sus heridas de guerra y con algún que otro achaque, continúa, campanazo a campanazo, recordándole a Fomento que el tiempo, el inexorable, no se detiene, al contrario, pasa raudo y veloz».

Imagen: La Jiribilla
En lo alto de la iglesia de Fomento un viejo pararrayo

Bárbaro Pérez Colina leyó esto último de pie. Al fondo, observé una curiosa espada colgada en la pared. Intrigado, no pude pasar el detalle por alto.

«Me la regalaron en un viaje que hice a España; es de ceremonias, réplica de la de un famoso monarca hispano. Pero al llegar a La Habana, en la aduana me pidieron explicaciones de por qué yo estaba importando armas blancas».

No le creí mucho, dada la fama que bromista que tiene, pero reí con el chiste.

«No me hablaste del primer alcalde de Fomento —dije—, un hombre que  según parece fue de armas tomar».

«Vuelve por Fomento y te regalo mi libro», me respondió mientras miraba orgulloso el vistoso espetón colgado en un lugar privilegiado de la pared, como un talismán defensor que recuerda al viejo pararrayos en la cúpula del frontispicio de la iglesia de Fomento, que además de un reloj que funciona ostenta el sonoro título de Nuestra Señora del Rosario de Sipiabo.

 

 

Nota:
  1. Glosario para los extranjeros: ‘meter un pie’, en argot cubano, significa “por mis… pantalones”. Esta parte está profusamente contada en el libro ya mencionado De Fomento te cuento. (Ediciones Luminaria, Sancti Spíritus, 2009).

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