¿Qué nos trajo la temporada teatral?

Frank Padrón • La Habana, Cuba
Martes, 11 de Agosto y 2015 (10:06 am)
 
No es muy frecuente hallar propuestas de eso que llaman café concert o simplemente, un tipo de show que incluye poesía, monólogos, etc, y que parte de aquel «cabaré político» de raíces brechtianas; por ello fue grato recibir durante todo julio el espectáculo Café CCPC (The Cuban Coffee by Portazo´s Cooperative) por el ya consolidado grupo matancero.
 
El recinto de la sala Tito Junco, devenido «centro nocturno» —mesas y consumo incluidos— se repletó durante todos los fines de semana que permaneció la puesta en cartel, demostrando la avidez del público, sobre todo el joven, por este tipo de propuesta.
 
Textos que iban del propio Bretch al director del grupo (Pedro Franco), pasando por Bonifacio Byrne, Leonor Pérez de Martí, Israel Domínguez y Charles Bukowski, entre otros, alternaban con canciones dobladas y/o cantadas, monólogos y coreografías en una combinación que tenía tanto de la ligereza y el «glamour» del cabaré como de la enjundia y la seriedad del teatro más reflexivo, en el cual se compartían ideas y preocupaciones en torno a la contemporaneidad y la historia, siempre con respeto y ética, aun cuando imperara la revisión crítica.
 
Claro que no todo exhibe el laurel de lo cristalizado: coristas que desafinan, lo cual se aprecia más por cuanto deben cantar cerca de las mesas; actuaciones no siempre al mismo nivel (por ejemplo, la joven que hace las veces de anfitriona sobreactúa y a veces hasta grita,
innecesariamente) como tampoco las coreografías (a destacar: la que acompaña la famosa tonada del «medio peso»), pero hay ritmo, fluidez escénica, lograda expresividad en el vestuario y la escenografía, movimiento ideoestético sin «teques» ni panfletos y un considerable equilibrio entre los tonos dramáticos que desprenden de este sui géneris cabaré, jornadas provechosas con El Portazo.
 
De Matanzas también, y con la música igualmente de cordón umbilical, se presentó nuevamente Teatro de las Estaciones bajo la dirección de Rubén Darío Salazar con uno de esos espectáculos que logra lo mismo el disfrute de niños que el de adultos: el laureado Cuento de amor en un barrio barroco, esta vez girando por buena parte de la Isla.
 
Dedicado ahora a los flamantes 500 años de Santiago de Cuba, es justamente un hijo de esas tierras quien centraliza este espectáculo multidisciplinario que incluye títeres, marionetas, actores de carne y hueso y músicos; en esta última categoría se ubica de quien hablamos: el cantautor William Vivanco, en cuya obra descuellan células del Caribe y América Latina, incluyendo, claro está, la rica música cubana con ritmos definitorios (son, danzón, afro, sucu-sucu…), buena parte de los cuales despliega aquí con la estrecha complicidad de la excelente orquesta juvenil Miguel Faílde.
 
Cuento de amor… es eso mismo, y es barroco también hasta los tuétanos por su explosión de colores, formas y sonidos conformadores de ese peculiar estilo en nuestro contexto que, al decir de estudiosos como Carpentier y Severo Sarduy, significa una adecuación muy sui géneris del gran movimiento universal.
 
La sencilla historia de sirenas y marineros, narrando una aventura que sabe a salitre y sensualidad caribeñas se disfruta de principio a fin: Vivanco no solo aporta su música y su sandunga escénica, sino que se alinea con los notables actores quienes, solos o manejando muñecos, llevan la narración a buen puerto, también literalmente, envueltos en la policromía y la riqueza de los decorados, vestuario y escenografía.
 
Otra oferta veraniega en lo que a teatro respecta es El amnésico y la entregada, de la dramaturga puertorriqueña Carmen Zeta, por la compañía Rita Montaner, en versión y puesta del actor Ariel Gil; los «tira y encoge» de una pareja cansada de la convivencia y los años de relación son enfocados desde la perspectiva feminista de la autora, emplazando el machismo y la inmadurez del hombre y abogando por la toma de conciencia y la rebeldía de la mujer ante tales despropósitos.
Imagen: La Jiribilla
 
La puesta de Gil sobresale por una escenografía imaginativa y funcional, así como por una perspectiva dialógica que trabaja la sorpresiva presencia de actores entre el público, desconcertando un tanto a este, pero a la vez confiriendo dinamismo y originalidad al hecho teatral, que incluye los desdoblamientos actorales respecto a sus personajes. Falla, sin embargo, en ciertos excesos (el personaje que comenta, suerte de «coro griego» individualizado, une a participaciones ingeniosas otras superfluas y hasta impertinentes), y en la proyección de la mayoría de los histriones, quienes tienden a confundir espontaneidad y soltura con gesticulación altisonante o pobreza expresiva.
 
Un elenco muy joven conforma Family trash (Coreografía de la ausencia) que libremente se inspira en la muy representada Yo estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia, del famoso y malogrado dramaturgo francés Jean-Luc Lagarceen, versión y puesta de José Ramón Hernández, también al frente del grupo Osikán (Plataforma escénica experimental).
 
Núcleos disfuncionales que dejan huellas en adolescentes y adultos desde las edades más tempranas aparecen dibujados en el verbo y la imagen de seres que narran sus vivencias, en las cuales se aprecia una enérgica condena a manifestaciones como el racismo, la homofobia y el patriarcado.
 
Asistida dramatúrgicamente por Yohayna Hernández, audiovisualmente por Ayanúkún producciones, con edición de Gabriel Estrada, dirigida y producida por Erick Gómez Toyos, Family… ofrece no solo textos de gran pegada y fuerza, sino una imaginativa concepción escénica que