Teatro de las Estaciones: 21 años en pos de la diferencia

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Martes, 11 de Agosto y 2015 (2:25 pm)

No hay nada radicalmente nuevo en el teatro, leí hace poco en una crítica a Letter to a man, el más reciente espectáculo del maestro de escena inglés Robert Wilson. Un comentario matizado por esa hambre de novedad absoluta, tajante, drástica que precisan algunos estudiosos del teatro, sean más jóvenes o más viejos, mientras los públicos van y vienen llenando o dejando vacío el patio de butacas, lo mismo con una representación de exquisita vanguardia, una obra de marcado acento clásico o una producción de pésimo gusto.

Imagen: La Jiribilla

Alicia en busca del conejo blanco (2013).

En medio de ese maremágnum y ante las apostillas del comentarista al montaje del gran Wilson, pienso en las dos décadas y un año que cumple Teatro de Las Estaciones, en ese tiempo ganado a la existencia efímera per se que es el arte  escénico. Desde aquel agosto de 1994,  mes y año convulso socialmente en la Isla, el entusiasmo y los sueños no han parado, lo que no significa dejar de pensar, analizar, cavilar  en todos los cómo, por qué y  para qué de lo que hemos hecho.

De las maratónicas revistas musicales iniciales con niños, aficionados, profesionales, cantantes, bailarines, artistas circenses, actores y titiriteros fuimos transitando de manera orgánica y consciente por diversos formatos espectaculares y conceptos creativos. No ha habido tema que nos interese que no hayamos tratado, y aquí se incluye todo, lo mismo el rescate de textos clásicos y actuales de la dramaturgia titiritera nacional y universal, que argumentos de ballets, conciertos didácticos para niños, promociones literarias, plásticas, hasta llegar a temas sociales de aguda contemporaneidad, siempre apostando por la transformación y la diferencia de una puesta a otra.

Imagen: La Jiribilla

Cuento de amor en un barrio barroco, (2014). Foto Jenny Sánchez

Los espectadores siempre interiorizan el trabajo que enfrentan intentando leer una coordenada que los haga sentir seguros de lo que van a ver y es ahí donde hemos sido bastante incómodos. De la música de Miguel Matamoros a Debussy y de los temas de Bola de Nieve a los de William Vivanco, para referirme tan solo al trazado sonoro planificado para probar cuanto puede aceptar nuestro público infantil y adulto, sin que nos esquematicen en una sola dirección de sentido.

Veinte años son un hervidero de sucesos humanos y artísticos, de los cuales hemos sobrevivido, no sin algunas contusiones, es lo normal, pero seguimos aquí, respondiéndonos y preguntándonos a nosotros mismos a la vez que respondiéndoles y preguntándoles a otros sobre diversos asuntos sociales, políticos y culturales que nos competen de manera legítima si aspiramos a una creación viva, que incida con firmeza en la concurrencia que nos sigue y que ya ha mutado de la niñez a la adolescencia y de esta a la adultez unas cuantas veces.   Y he aquí, en el tema espectáculo-espectador, uno de los asuntos más interesantes del teatro para niños y de títeres. En lo que en el teatro dramático con actores en vivo, algunos creadores van en pos de romper esquemas de comportamiento convencional por una conducta popular e interactiva, nuestra especialidad, que ha sobresaturado este proceder “democrático”, de una reciprocidad a veces desmedida, fácil, manipulada para encubrir ausencias creativas, busca encontrar un teatro con un dialogo artístico y ético enriquecido por el respeto y la responsabilidad de ambas partes.

Vivimos una época dura, difícil para todos, de exenciones, privilegios, sellos y consumos disfrazados de cultura. Todos averiguamos, examinamos, investigamos qué camino seguir que no nos haga perecer. Existimos, al menos es lo que hacemos desde Teatro de Las Estaciones, en medio de recuentos, arqueos y juicios sobre nuestro propio quehacer que nos permita avanzar y seguir siendo, generando proyectos personales y públicos en momentos de un individualismo feroz, donde además debemos hacerles comprender a quienes debieran saberlo y apoyarnos el compromiso social que se deriva de nuestro trabajo. Entonces, lo único que puede sostener cualquier discurso, de salvaguarda o atención, sobre el teatro aquí y ahora, es lo que hacemos. De modo que no se trata de preocuparse solo por los ajustes y maduraciones naturales de cualquier producto artístico nacido en el laboratorio en que se debieran convertir los salones o espacios de ensayo de un espectáculo, sino en a quien va a tributar finalmente esta creación originada con entera conciencia amatoria.

Imagen: La Jiribilla

  El irrepresentable paseo de Buster Keaton, (2014). Foto Sonia Teresa Almaguer

En ese intento nos sorprenden estos 21 años de fundación. De la indagación sobre la niñez versus adultez en Alicia en busca del conejo blanco al musical mágico y caribeño de Cuento de amor en un barrio barroco, con orquesta en vivo y cantautor  afamado, y de ahí al texto lorquiano para adultos El irrepresentable paseo de Buster Keaton, todavía críptico para muchos, inundado de objetos y elementos escenográficos dotados de múltiples sentidos. En elaboración, el acercamiento desprejuiciado al poema martiano, sobre una idea de Helen Hunt Jackson, Los dos príncipes, mediante la perspectiva de la novísima dramaturga María Laura Germán. Sombras, luces y música barroca para hablar del amor y las desigualdades en fechas culpables, porque realmente, mal que me pese decirlo, no hay nada radicalmente nuevo en el teatro, más el ansia de invención en los artistas será siempre un propósito renovado, en vía eterna hacia lo diferente.

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