Las ciudades imperiales

Miguel Mejides • Camaguey, Cuba

Los trenes atraviesan el invierno. Trenes que parten a las ciudades imperiales construidas en el hielo. Trenes con gente que busca la esperanza de felicidad en las paralelas. Gente que aún cree en los dioses, divinas invenciones del sur.

En la ventanilla los paisajes de las montañas susurran la poesía de la nieve. A mi lado, en el compartimiento de este coche de segunda clase, va un hombre delgado, de gafas oscuras, con una piel tan blanca que lo hace transparente. Enfrente un matrimonio y una niña. La mujer es tan pequeña que me dan deseos de tocarla para ver si es cierta. La niña en sus brazos apenas se mueve. Bebe del pecho de la madre con movimientos pendulares, precisos, como si obtuviera en esa ablución todo lo bueno del universo.

Rodilla con rodilla conmigo, viaja su pareja. Tiene ojos negros este hombre, recta nariz como una flecha y pómulos quemados por el invierno. No habla, tiene fija su intensa mirada en el paisaje.

A lo mejor es un estado del alma esa actitud contemplativa, porque siempre el paisaje es un estado del alma.

—Ahorita el pobre animalito tendrá hambre —dice la mujer, señalando hacia delante, a los coches primeros.

—Yo le di azúcar y se puso contento —responde el hombre.

Hace tres horas que dejamos Viena atrás, la ciudad repleta de fotos de Jorg Haider, la ciudad con su impronta de reino de la nostalgia. Se avisa por el audio que pronto arribaremos a Salzburgo. El hombre transparente respira profundo y guarda el libro que ha estado leyendo desde que partimos. Es una edición latinoamericana de los versos escogidos de Pablo Neruda.

Todos en el compartimiento hablamos español, así supongo.

Otro tren pasa a nuestro lado, y golpea con su fuerza abismal la ventanilla, y la niña se asusta y llora, y la madre la calma. Vuelve el silencio, y yo, que no puedo más con ese silencio, le pregunto al hombre transparente si es un hispanista. Él con sencillez me dice que no, cuestión del amor. Luego relata una linda historia de amor de él con una argentina que conoció en su Tirol natal, una preciosa historia, para finalizar diciendo que ella murió, que la perdió en un parto.

Ahora el silencio es de piedra, me digo que aquí también se muere como en América, se muere en el parto, es triste, una tumba de cálida mujer que muere por brindar la vida. Creo que por eso este hombre es transparente. Lo miro de soslayo y veo su tristeza, la sangre verde azul bajo su piel, veo su corazón, sus pulmones, el páncreas como un lirio de río. Y me atrevo:

¿Y el niño? Se sonríe y dice que en Tucumán, con su abuela.

Ya en Salzburgo dos jóvenes vienen a ocupar los asientos vacíos en el compartimiento.

Tienen los pelos teñidos con un tinte rojizo y los dedos repletos de sortijas de cobre, y argollas de igual metal en sus orejas, y hablan como si dispararan una pistola. Con desenfado se presentan como dos varsovianos que hacen turismo.

El más delgado, registra en su mochila y saca varias revistas, cigarrillos, y unos potes de ensaladas que brinda y todos agradecemos con unas gracias compasivas. ¡Pero Santa María! En una de las revistas, en la portada, está el paisaje, la playa, la casa, ese lugar hermoso donde nací.

En inglés le digo si me la puede prestar. Él dice un sí alegre y me quedo contemplando la larga playa de arenas límpidas. Veo ahí a mi padre, con sus manazas de amor, con su risa de cazador de la vida. Siento el olor de las comidas de la noche, el humo del fogón que registra a mi madre, los vientos del Caribe. Siento el sur, la madera de soñar, el gozo de un alma encantada que se sumerge en el mar. Casi lloro, la playa de mi yo niño sentado en ella, vestido de blanco. Allí mi nostalgia de sur. Mi saber que regresaré, que el sur es latir de corazones, periferia del alma, hablo en voz alta, alma que se trasmuta en fuerza de espíritu, pobreza que se rompe en la risa, dicha que escala el cielo de un sol inmarcesible.

El muchacho me pregunta si conozco el lugar. Cuento mi historia. El otro polaco dice un ¡Cuba!, primero admirativo y luego angustioso. Para de ahí decir que ellos ya son hombres libres de Europa, mira, insiste, muestra su pasaporte polaco. El otro, más comedido, acepta la devolución de la revista.

—En La Habana ahora está nevando—digo, provocadoramente, en español.

El boliviano ríe. Su pequeña mujer también.

El hombre transparente igual. Los únicos que no ríen son los polacos.

La pequeña mujer hace un comentario en aymará con su esposo y señala de nuevo a los coches delanteros. De allí inicia un diálogo en español. Mece el niño contra sus pechos y habla de sus estudios del arpa, dice con inocencia que toca el vals peruano con mucho amor, y señala a su marido, y lo presenta como un poeta que anda por estos lares hasta que mejore la situación en La Paz. Que van a visitar a su hermana en Zurich, para luego seguir viaje a Hannover, a la Feria Universal.

—Allí se gana plata con el animalito y el arpa—dice. El boliviano mueve los hombros en señal de humildad y sin pausas cuenta su vida de luchador por las reivindicaciones de la poesía social. Libera un discurso largo que siempre me ha parecido retórico, búsqueda antropológica en la poesía. Se declara admirador de Troski, maldice el hacha mejicana que quebró su vida. Continuamente golpea sus rodillas para describir la sin razón de vida en su Paz natal.

El hombre transparente aplaude y une su discurso al del peruano:

—Este es un tren que recorre el tiempo de la culpa y el olvido—afirma—. Estamos en 193... y mi familia huye del Tirol a Suiza. El mundo se desintegra, la máquina de vapor que nos conduce está detenida en el tiempo. Vivimos bajo el influjo de la ambición, seres ambiciosos que han repletado los pulmones de las esporas del silencio, de la conformidad que respira la flor de la mandrágora, y nos sentimos tranquilos, seres que cabalgan en la saeta de una brújula, brújula que nos derrota con la ruta norte de nuestros fantasmas.

Yo también hago mis aportes —ser cubano no es fácil, siempre se nos exige un discurso— digo que todo parece semejante y, sin embargo, es más sutil, maldigo la tragedia y el exotismo de la playa donde nací, maldigo la lepra milenaria en Calcuta, la hambruna en Addis Abeba, las niñas pornos de Río, maldigo todo lo que he visto y que describo con mi pluma de beduino, conductor de camellos en un desierto con la sed del mundo.

—Yo también soy el sur—dice el hombre transparente con dudas—, soy judío. Y habla sefardí, ladino, italiano, español, alemán. Nadie sabe ya lo que habla.

La pequeña mujer me mira y yo le pido que cante. Sonríe, entona un vals, el marido la acompaña con palmadas. Los polacos nos creen locos. Yo declamo una oda al calor, a los plátanos fritos, y la noche arriba de súbito, se apaga el cielo, las estrellas surgen de golpe, la luna se deposita sobre el tren, transportamos la luna, y bajo su luminiscencia guardamos sacro silencio, y el tiempo pasa y los picos de los Alpes custodian nuestros sueños.

A las horas —no sabría precisar cuántas— avistan la frontera, los policías de fronteras. El tren se detiene y comienzan los pasos de los policías a transitar los vagones. De inmediato tenemos a dos gigantes enfrente, especie de Zeus rubios y de ojos azules, que toman el pasaporte del hombre transparente, leen y apenas lo revisan.

Luego me toca a mí, miran, dicen ¡La Habana!, y le dan vuelta al pasaporte, lo huelen, pasan sus manos por el cuño seco, miran la foto con mi ojo estrábico, miran mi ojo estrábico en vivo, ordenan que baje mi equipaje, lo revisan. Encuentran una decena de ejemplares de la reciente edición de mi novela en alemán. Comprueban el nombre mío en el pasaporte con el también nombre mío en la portada del libro. Todo cambia. Me piden comprármelo. Yo se los regalo. Les firmo los libros, perro que soy. Ellos me dan la mano, ya no son policías, son lectores. Ya no soy sur, sólo coartada, acto hipócrita para pasar fronteras.

Ahora les toca el turno a los bolivianos. Revisan los policías sus valijas, consultan con sus teléfonos, dicen que ellos no pueden seguir viaje, que tienen que abandonar el tren. El émulo de Troski se exaspera, gesticula, la pequeña mujer lo calma, todo se aclarará, insiste. Yo miro a los policías de frontera, mis libros en sus manos. La niña grita, ya no llora. Bajan sus bultos, les ayudo. Salen al pasillo del tren y desaparecen.

Los policías conversan con el hombre transparente y éste me informa lo que sucede, me relata que hay líos con las visas y el animalito que viaja en el coche de equipajes. Los policías ahora van a los polacos, les hablan en ruso, no sé por qué les hablan en ruso. Conminan a los jóvenes a abandonar el tren. Ellos reclaman una hermandad de la santa unión, que son europeos, y los policías de frontera sólo ordenan.

A los quince minutos el tren reinicia la marcha. Yo no hago más que pensar en que debí haberles quitado los libros a los suizos. Se llevaron un pedazo mío, permití que la pequeña mujer quedara a su merced en el puesto fronterizo, permití que el hombre de la Paz, seguro descendiente de los guerreros aimaras más ilustres, fuera vejado. Permití que los pobres polacos, también del sur —porque el sur no es latitud sino destino—, perdieran sus sueños en la frontera.

Soy porquería, me repito, y el tren, ya dije, reinicia el viaje, primero despacio, ya más rápido, y en el andén, en la última frontera de ese andén, hay un grupo de gente del sur, paraguayos supongo —aunque nunca he visto un paraguayo—, a lo mejor incas, o mejicanos con chaquetas de terciopelos; allí los polacos, la mujer y el niño, el marido, y el animalito: la llama, muy blanca, mirándome fijo, preciosa criatura, yo con mi rostro contra el cristal de la ventanilla, y la llama con sus ojos de eternidad clavados en mí.

La noche de Suiza se antoja quebradiza. La estrella polar ha desaparecido. La Cruz del Sur se ha juntado con la luna. Yo y el hombre transparente nos sentimos culpables. El final de viaje se avisa y aún los ojos de la llama blanca están en los laberintos de mi memoria. ¿Cómo llegar ía esa llama blanca a las ciudades imperiales? La atmósfera de la Estación Central de Zurich acaba de liquidar el viaje. Abro y cierro mi boca como un ventrílocuo. Miro a los andenes poblados por las gentes del sur que esperan la partida de los trenes del hielo. Ninguno tiene llamas, sólo se hacen acompañar por sutiles perros mudos.

 

Ficha: Miguel Mejides (Nuevitas, Camagüey, 1950) Narrador.  Recibió premios de cuento en los concursos David (1977) y UNEAC (1981) con los volúmenes Tiempo de hombres y El jardín de las flores silvestres, respectivamente. Sus cuentos “Fiesta” y “Lluvia” han sido adaptados para la televisión y otros han aparecido en las antologías Cuentos de amor (1979), Cuentos del mar (1981), Ese personaje llamado la muerte , Cuentos de la remota novedad , Cuentos de la violencia (los tres de 1983) y Contar quince años (1987). Ha colaborado en publicaciones nacionales y extranjeras como La Gaceta de Cuba, Unión, Casa de las Américas, Bohemia, Revolución y Cultura, Letras Cubanas, Oriente (Santiago de Cuba), Plural, El Gallo Ilustrado, El Cuento (México), El Nacional (Venezuela) y en revistas de Argentina, Uruguay, Alemania, Austria. Su obra ha sido traducida a los idiomas inglés, alemán, ruso, checo y portugués. Ha ofrecido lecturas y conferencias sobre la literatura cubana en Etiopía, Siria, Chipre, Kuwait, España, Francia, Alemania, Bulgaria, Venezuela y México. Otros de sus libros son Rumba Palace (cuento, 1995), Perversión en el Prado (novela, 1997) y Las ceremonias del amor (novela, 2003). Es miembro de la UNEAC.

Comentarios

Excelente cuento, me gustó mucho, hacía tiempo que no leia algo como eso, muy bueno en verdad.

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