Cubano y mambí al filo del choteo

Joel del Río • La Habana, Cuba

Según ha contado muchas veces Juan Padrón, comenzó a trabajar en un personaje de aventuras, cubano y mambí, que se movería por los finales del siglo pasado. Lo llamó Elpidio Valdés y sus primeras historietas aparecieron en el semanario infantil Pionero. En poco tiempo adquirió vida propia, avalado por el conocimiento del creador en cuanto a datos, fotos, diarios de guerra y libros sobre la vida y la lucha de los mambises. En 1973 ya se trabajaban en el Departamento de Dibujos Animados del ICAIC dos películas sobre este héroe, inventado, pero históricamente preciso, que fue adquiriendo voz (con acento oriental) y una manera de actuar y de moverse.

Solo en el tercer corto protagonizado por Elpidio, titulado El machete, se sientan las pautas de lo que sería luego el personaje, incluso en el primer largometraje de dibujos animados cubano, que se inició en 1976 y fue terminado en 1979, por el XX aniversario del ICAIC. Padrón invirtió alrededor de un mes en un guion con más de mil escenas, que debían mantener el interés del público durante una hora, hacer chistes, emocionar, divertir, dar un mensaje… Se animaron, entintaron y colorearon, filmaron, descartaron y arreglaron más de 90 mil dibujos pero al final el largometraje tuvo un éxito inusitado, según confirma Roberto Cobas en el ensayo La aventura de Juan Padrón, aparecido en la revista Cine Cubano, No. 145.

Imagen: La Jiribilla

La personalidad de Elpidio Valdés se fortalece y se
hace más compleja en el transcurso de la serie, debido al papel decisivo que juega la creación del marco familiar en el que se mueve el héroe y una incorporación más orgánica a su época”.

Asegura el ensayista que el despegue de la obra fílmica de Juan Padrón coincide con una nueva orientación de la Dirección del Departamento de Dibujos Animados del ICAIC de dirigir su producción hacia los niños y buscar la más amplia comunicación con ellos: “Gracias al ingenio humorístico de Padrón y a un ajustado guion en 1974 estrena los dos primeros filmes de la serie: Una aventura de Elpidio Valdés y Elpidio Valdés contra el tren militar. Pasos importantes en su carrera serán los filmes El machete (1975), en el que se produce una profundización conceptual en la serie, y Elpidio Valdés encuentra a Palmiche (1977) con un notable enriquecimiento del diseño escenográfico a partir de la incorporación como fondista de Modesto García. La personalidad de Elpidio Valdés se fortalece y se hace más compleja en el transcurso de la serie, debido al papel decisivo que juega la creación del marco familiar en el que se mueve el héroe y una incorporación más orgánica a su época”.

Más adelante, Cobas se refiere a la excepcionalidad del largometraje en el contexto de los años 70 cubanos: “La experiencia conseguida propicia la ejecución de uno de los más ambiciosos proyectos del cine cubano de los 70: la realización, a final de la década, del primer largometraje de animación realizado en Cuba, Elpidio Valdés, que se convierte en uno de los fenómenos más interesantes de comunicación cuando lleva a la taquilla a más de un millón de espectadores de todas las edades y rivaliza en cuanto a capacidad de convocatoria con otro filme cubano de amplia incidencia social, Retrato de Teresa (1979, Pastor Vega). (…) En 1983, reaparece Elpidio Valdés en un segundo largometraje Elpidio Valdés contra dólar y cañón. Sin duda, hay una mayor riqueza en el guion con respecto al primero, especialmente en la caracterización sicológica de los personajes y la complejidad planteada en los planos y movimientos de cámara. La animación es superior a los filmes anteriores de la serie y se destaca por la fluidez conseguida en el movimiento escénico. El realismo de Elpidio… es tal que, dramatúrgicamente, se encuentra cercano al cine de ficción”.

El largometraje formaba parte de una política asumida por el ICAIC a finales de los años 70 dirigida a la recuperación del espectador, luego
de numerosos filmes historicistas, algunos
de ellos de altísimo
valor artístico.

El largometraje formaba parte de una política asumida por el ICAIC a finales de los años 70 dirigida a la recuperación del espectador, luego de numerosos filmes historicistas, algunos de ellos de altísimo valor artístico (Lucía, La primera carga al machete, Páginas del diario de José Martí, Una pelea cubana contra los demonios, Los días del agua, El otro Francisco, La última cena) pero casi siempre distanciados de los gustos y preferencias de los cubanos más interesados en la distensión y el entretenimiento. Elpidio Valdés cumplía con la vocación instructiva y didáctica del cine cubano en aquellos años, mayormente dirigido a explicar nuestros orígenes culturales e identidad nacional, pero al mismo tiempo significaba la brisa ligera que refrescó el concepto del héroe positivo, equidistante de los preceptos del realismo socialista y de nuestra idiosincrasia o valores autóctonos. Me refiero a los protagonistas de El hombre de Maisinicú (1973) de Manuel Pérez; Patty Candela (1976) de Rogelio Paris; El brigadista (1977) y Guardafronteras (1980) de Octavio Cortázar.

En similar línea histórico-nacionalista cultivada por las historietas y los animados franceses de Asterix y Obelix (creadas por René Goscinny en el guion y Albert Uderzo en el dibujo), con su aldea gala inconquistable para los romanos, Elpidio Valdés y sus mambises presentaban un héroe cinematográfico cubano (es mestizo y de origen oriental), libertario, idealista y valeroso, como culminación de un proceso de acercamiento al público masivo que se verificó en las postrimerías de los años 70, a partir de la utilización del cine de género, y de una serie de códigos consabidamente populares porque Elpidio, además de las virtudes antes mencionadas, contrarresta la solemnidad y el trascendentalismo a fuerza de su espíritu dinámico y adaptable, su perenne disposición a la dicharacho, la alegría y la burla.

Imagen: La Jiribilla

Elpidio, además de las virtudes antes mencionadas, contrarresta la solemnidad
y el trascendentalismo
a fuerza de su espíritu dinámico y adaptable,
su perenne disposición
a la dicharacho, la alegría
y la burla.

Elpidio Valdés y sus mambises jamás pierden el talante jacarandoso, ni siquiera en las situaciones de mayor peligro y necesidad, pues enfrentan a los enemigos desde estrategias caracterizadas por una pasión y una flexibilidad puramente criollas. Y en ese diseño del héroe nacionalista, concebido desde la cercanía simbólica a la palma, el tocororo y el ajiaco, palpita un gesto de mayor eficacia descolonizadora que 500 ensayos en contra de Walt Disney.

Acuciosa explicación de los valores del personaje emprendió el crítico y ensayista Enrique Colina en Elpidio Valdés contra dólar y cañón, la crítica publicada en la revista Cine Cubano, No. 107: “Juan Padrón, ha logrado sementar en el fértil terreno de la imaginería infantil ese arquetipo de héroe nacional que es el mambí. La natural y franca actitud de regocijo que suscitan sus aventuras, la comunicación e identificación directas que promueven sus personajes, su mensaje de máxima virtud formativa referida a nuestras luchas por la independencia, hacen de Elpidio un fenómeno cultural de primera categoría. (…) La imagen del enemigo, en el caso de los colonialistas españoles, siempre se asocia a la peripecia chistosa que hace culminar en ridículo las fanfarronadas de los militares, que nunca logran hacer de Elpidio el «puré ‘e tarco» al que aspiran vanamente. (…) Pero es importante precisar que en este largometraje, como en el conjunto de la serie, además de reflejar el clima moral de la sociedad que lo crea y sostiene, la virtud educativa fundamental que en él se evidencia está en la imagen de espontaneidad, de ingenio, de noble y firmativa rebeldía que acusan los personajes, los cuales no son meros esquemas portadores de idas para digerir, sino auténticos portavoces de esa impaciencia, sinceridad y vehemencia con que los niños emprenden su toma de posesión del mundo y de sus verdades”.

Coincide básicamente con los razonamientos de Colina, un crítico de tan diversa generación como Dean Luis Reyes, en El etnocentrismo blando: mambises y vampiros como guerrilla anticolonial en el cine de Juan Padrón, publicado en la revista digital Miradas, de la Escuela Internacional de Cine y TV, en San Antonio de los Baños: “Juan Padrón hace una contribución inestimable al cine nacional en la decodificación del carácter cubano, al representar a un sujeto popular (sobre todo de origen campesino, como es el caso de Elpidio Valdés) alejado de retoques ontológicos. (…) Y, a diferencia de buena parte del cine cubano de la época, Padrón despliega la simple y llana operación de identificación con un personaje cuyo rol es asumido naturalmente y cuya conducta heroica está idealizada sin llegar a los extremos del estereotipo. Al mismo tiempo que esas películas funcionan como documento antropológico que reconstruye usos y costumbres y echan luz sobre la evolución cultural del etnos cubano, su interés es rehacer la historia, convertirla en espectáculo sin dejar de ser fiel a las matrices populares de la identidad nacional, a sus marcas de carácter y formas de manifestación en la conducta de lo cotidiano, diseñando situaciones que nos revelan como disconformes, ruidosos, dicharacheros, irresponsables, sensualistas, liberales, inclinados hacia el bienestar y la justicia social”.

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