Teatro de Sombras en La Habana

Roberto Medina • La Habana, Cuba

Las artes se interpenetran, no importa las manifestaciones que sean y el periodo de su surgimiento. Conforman un tejido en red de intertextualidades, más allá de poderlas considerar influencias. Responden a fundamentos gnoseológicos subyacentes que las acercan con independencia de la proximidad o distancia de sus cualidades perceptibles. Eso me lo ha hecho pensar el ver algunas de las imágenes televisivas anunciando la inminencia de la presentación de un exitoso grupo japonés dedicado al teatro de sombras. El ver moverse las sombras proyectadas sobre la pantalla me hizo recordar las imágenes cinematográficas y las digitales, a pesar de ser sus soportes tan diferentes y haber surgido de manera separada, mediando entre ellos grandes lapsos de tiempo histórico.

Esas manifestaciones artísticas guardan entre sí ciertas analogías al estar mediada la imagen visible por las respectivas pantallas, y algo aún más importante: no se observan las imágenes reales directamente, sino sus efectos al ser proyectadas. Eso da a pensar, que el surgimiento de la producción de nuevas zonas de la cultura se realiza sobre un fondo epistemológico del cual las manifestaciones epocales son ulteriores derivaciones con cualidades específicas. Como si el ser humano en su capacidad sensible de relacionarse con el mundo, generara lo nuevo a partir de volver sobre sus propios fundamentos sensoriales, unido a sus condicionadas maneras de pensar, de desarrollar las ideas en nuevos contextos. De modo que, las cambiantes apariencias solo son vertientes de principios del ser radicado en lo más interno de la correlación entre el funcionamiento biológico y social humanos, inseparables uno del otro.

Lo antiguo, sedimentado como memoria histórica de la cultura, no desaparece del todo en tiempos sucesivos, cambia de forma, de modos de manifestación. Revelándose ser a la vez próximo y distante al analizar sus vínculos con formas ulteriores surgidas como emanaciones de ese fundamento común, de ahí las complejas aproximaciones intertextuales posibles de descubrir. La satisfacción de detectar esos principios subyacentes, escondidos tras las formas particulares y diferentes que adoptan, constituye un acto de inteligencia y de disfrute espiritual.

La belleza de las imágenes en movimiento, proyectadas tanto en el teatro de sombras como en el cine y en la imagen digital, tan disímiles entre sí, resultan igualmente de una proximidad sorprendente en sus respectivas capacidades de darse emocionalmente al público, de atraparlo y sustraerlo del tiempo y circunstancias reales. Le absorbe mentalmente en un estado de inmersión a través de las imágenes y de las sonoridades acompañantes que le hace tener una extraña y maravillosa conciencia de vivir y experimentar un tiempo dual, el real del ahí y ahora donde vive, y el del tiempo imaginario sugerido por la imagen.

Por su parte, a diferencia de esas otras manifestaciones, el teatro de sombras no requiere de mucho equipamiento escénico. Los actores permanecen ocultos detrás de la tela usada como pantalla. Auxiliados por una fuente de luz al fondo de muy diversa naturaleza hacen las figuras en sombras mediante títeres de largas varillas o únicamente con el empleo de su propio cuerpo. Cuando las figuras son animadas mediante largas varillas, los actores ejecutantes vestidos de oscuro detrás de la pantalla permanecen situados a un nivel inferior a esta, de modo que en ningún momento puedan verse sus sombras. Es solo el mundo de las formas creadas, reconocibles en sus siluetas de bordes bien definidos cuyas sombras se recortan claramente sobre la pantalla. La rigidez de esas figuras se suaviza por la articulación manipulada de las partes del cuerpo para crear la ilusión de movimiento.

Si por el contrario las sombras son las arrojadas únicamente por los actores, el movimiento es libre por responder a las mayores posibilidades de la gestualidad del cuerpo humano. Los actores juegan mediante esta técnica creando figuras de diversas relaciones proporcionales entre sí al alejarse o acercarse a la pantalla unos respecto a otros. El resultado estético obtenido por consiguiente es muy diferente de usarse títeres o ser la sombra de los actores, a pesar de ser ambas expresiones del teatro de sombras y realizarlas una misma compañía teatral como la aquí presentada.

Las voces, la música y demás sonoridades ejecutadas por los actores inundan el espacio teatral. Provocan así un reforzamiento de la atención del público al incidir la percepción auditiva de manera integrada a las imágenes. La representación dramática escenificada en ambos tipos de teatro de sombras asume temas diversos de acuerdo a los intereses comunicativos de la puesta.

El despliegue actoral de los japoneses del grupo Kageboushi, quienes se presentaron de manera gratuita por cortesía de la embajada de Japón en Cuba con acceso libre a las representaciones —como han hecho en otras ocasiones para otro tipo de espectáculos— contribuye al acercamiento del público a las artes y la cultura nipona para sembrar paulatinamente entre nosotros la costumbre de ver expresiones culturales de esa nación asiática cuyos códigos escénicos son tan diferentes y producir una recepción grata hacia estas formas artísticas.

El teatro de sombras en su aparente primitivismo escénico es abiertamente comunicativo. Lo efectúa de un modo directo. La atmósfera creada sutiliza los efectos en el refinamiento de una técnica exigente que obliga a un rigor en su aprendizaje y a una ejecución perfeccionista para cumplir sus efectos estéticos, maravillando al público sin distinción de edades. Es un arte que conmueve y provoca reacciones solidarias del público despertándole la comprensión racional y emocional. Está concebido desde la fantasía, tan ausente en la realidad cotidiana del hombre. Esa es su zona de acción. Está encaminada a promover los valores éticos de altruismo, de honestidad, de benéfica correspondencia recíproca entre las personas y a la protección de la naturaleza.

La muestra presentada en La Habana estuvo conformada por una agrupación de dos obras en la primera parte del espectáculo y una tercera en la segunda parte. Suficientes para poder tener un acercamiento a la variedad del teatro de sombras. Acercarlo, darlo a conocer de manera directa y vivencial era la intención de la compañía japonesa Kageboushi, fundada en 1978 con el objetivo de difundirlo internacionalmente. La atracción provocada en el público no se hizo esperar. Adultos, jóvenes y niños acudieron para presenciar el acontecimiento. La novedad, unida a su atrayente y efectiva promoción televisiva, atrajo a un público muy numeroso para el cual resultó insuficiente la sala Covarrubias del Teatro Nacional donde se presentó por dos días consecutivos.

El árbol del Mochi, título de una pieza, se detiene en la importancia y necesidad del apego a la convivencia familiar para formar la personalidad desde temprano en los niños, una de las virtudes sociales a preservar y estimular. En este relato se hace referencia a cómo en determinados momentos de la vida quienes se muestran frecuentemente temerosos llegan a armarse de una fuerza, temple, empuje decidido y seguridad por lograr un objetivo altruista. Aparece simbolizada en la figura de un niño pequeño en quien se entrecruzan los rasgos potenciales de lealtad, bondad, sacrificio y abnegación. El afán didáctico y formativo para la niñez y la juventud está presente en esta pieza. Esa es una característica general de este tipo de manifestación escénica que se nutre del repertorio de relatos tradicionales. Todos conocen esos relatos y no obstante acuden presurosos como público a verlos nuevamente. Es un signo del buen arte el permitir no agotarse tras presenciarlo una vez, pues funciona socialmente como carga significante mediante una manera recurrente, evidenciando el continuado poder seductor de las imágenes artísticas y de las ideas sobre las cuales se ha erigido. La acción comunicativa se funda en esos casos en el pleno conocimiento preliminar de las enseñanzas que trasmiten tal como ocurre en la comunicación ética de los relatos orales.

Los saberes y preceptos codificados en la integración entre las formas y modos de expresión son capaces de llegar a un público muy amplio. Lo demuestra con creces también el otro relato del teatro de sombras, titulado La grulla agradecida, el cual plasma ideas y sentimientos en torno a brindar el aprecio, la cooperación y la entrega solidaria a personas desconocidas cuando estén urgidas de ayuda. Ese es uno de los actos más estimables. El  verdadero poder ejemplarizante de la entrega es saber conservar en silencio el por qué se toma esa actitud. Hay quienes en cambio vociferan sus actos favorecedores para los demás. Esos son de los que se interesan por ser reconocidos por tal disposición. El verdadero valor está en quien solo hace un acto de entrega con suma humildad sin pretender ser aclamado por eso. Ese silencio confiere al acto de reciprocidad en agradecimiento por el bien recibido de una condición de misterio. Debe existir bajo el respeto de esa condición, de ese acuerdo de entrega sin pretenderse ir más allá. Si la curiosidad hace resbalar a quienes debieran respetar lo enigmático del móvil de ese acto de elección personal de la otra persona, provocarán la ruina del encanto arrebatador que subyace en ese gesto de entrega desinteresada. Esa es una lección trasmitida a quienes tuvieron la oportunidad de ver La grulla agradecida.

En la segunda parte del espectáculo se presentó ¡Qué levante la mano quien quiere divertirse! De por sí el título convoca al público a participar visualmente de modo festivo en una entrega emocional plena y satisfactoria, como si se tratase de un juego donde participar es un modo expansivo de liberarse y de engrandecer el alma. En este caso el instrumento creativo y de comunicación es solo el cuerpo humano basado en las sombras provocadas por los actores sin recurrir a aditamentos ni escenografías auxiliares.  En esta modalidad del teatro de sombras, los actores pueden fantasear creando visualmente hasta imaginarias figuras de animales y rostros humanos por medios compositivos ejecutados de una manera sencilla.

Es muy significativo que tras finalizado el espectáculo invitaran a un grupo de niños del público a participar de un taller sobre este tipo de teatro. Impulsados por sus padres y por ellos mismos subieron al escenario para convertirse en los nuevos protagonistas. Los actores los recibieron y llevaron a los niños tras la pantalla. Los agruparon, para que siguiendo las indicaciones, pudieran estos reproducir las sombras de animales y cosas que antes representaron los actores. De este modo toda la presentación culminó como una gran fiesta muy participativa con la diversión y satisfacción de estos pequeños invitados a actuar unido al arrebato de los padres y del público general al comprobar las habilidades artísticas mostradas por los pequeños. Un hermoso cierre capaz de levantar el ánimo, de estimularnos en el regocijo de vivir con la plenitud de una entrega sincera a la vida. De comprender que el arte puede hacernos reflexionar, sobre todo si sabe conmovernos, hacernos abandonar las resistencias y conducirnos guiados por el encanto de las formas y la maestría artística de sus ejecutantes.

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