Cita con Juan Padrón, a 45 años de Elpidio

Lysbeth Daumont • La Habana, Cuba

La historieta es un arte: el noveno. Este medio de expresión es capaz de interpelar al lector de cualquier rincón del mundo a través de la fusión de la imagen y el texto, la fantasía y la realidad. El personaje de historieta más célebre en Cuba, Elpidio Valdés, ha devenido un verdadero símbolo de identidad nacional. Creado para la revista Pionero en agosto de 1970 por Juan Padrón (Matanzas, 1947), protagonista de dibujos animados y hasta de canciones, ha sabido conquistar al público de todas las edades con sus aventuras insólitas y gran sentido del humor.

Padrón, Premio Nacional de Cine, ha dirigido varios largometrajes, entre ellos Vampiros en La Habana y la serie de dibujos animados Filminutos. Son de su autoría más de medio centenar de cortos y largometrajes, entre otros, la conocida serie Quinoscopios, en colaboración con el autor de Mafalda. Las series humorísticas Verdugos, Vampiros y Piojos, así como Abecilandia y Tapok, fueron publicadas desde finales de la década de 1960 para El Sable, La Chicharra y Dedeté. A pesar de ser menos conocidas en su formato impreso, gran parte de dichas historias fueron transmutadas en animados.

Imagen: La Jiribilla

Escucharlo es un verdadero regalo, pues su discurso emociona e inspira a los que creemos, como él, que “hay historieta cubana, ¡y tan buena como el más pinto de la paloma!”.

Acercarse a Padrón es un verdadero reto, pues trabaja incansablemente en proyectos editoriales y fílmicos, además de ser todo un referente para los realizadores del ICAIC. Sin embargo, una vez que se logra atravesar el umbral de su casa y de su tiempo, fluyen las anécdotas, las bromas y los recuerdos de la época dorada del cine de animación y la historieta en nuestro país. Escucharlo es un verdadero regalo, pues su discurso emociona e inspira a los que creemos, como él, que “hay historieta cubana, ¡y tan buena como el más pinto de la paloma!”.

¿Cómo se acerca al mundo de la historieta?

Veía historietas antes de ir a la escuela. Aparecían en grandes hojas a todo color con los periódicos dominicales y los sábados, en blanco y negro. Compraba versiones en español de revistas de cómic norteamericano, a diez centavos: Tarzán, Supermán, Batman, Aquamán, y todos los superhéroes de aquella época, más las historias de Disney, historietas con temas de guerra y muñequitos de horror. Cuando empezó el bloqueo, se fueron perdiendo de los estanquillos. Solo nos quedaban las versiones originales en inglés y las españolas. Cuando desaparecieron también, llegaron entonces italianas traducidas, que duraron poquísimo. Si las querías, había que buscarlas en lugares tan insólitos como los mercados de frutas. Te vendían la revista si les dabas una tuya. Unos genios. Imagínate cómo circulaban en nuestro país. Mi hermano Ernesto las hacíamos desde niños, uniendo dos blocks de papel. Si no tenías luego estos últimos no se entendían. Creo que la primera fue una cosa con el Pájaro Loco.

¿Cuándo y dónde publicó sus primeras historietas? Háblenos de los inicios de su trayectoria profesional.

En 1963 tenía 16 años y era asistente de animador en el estudio fílmico del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Vinieron unos compañeros de la Unión de Jóvenes Comunistas y me plantearon trabajar también para el suplemento de historietas de la revista Mella. Allí hice una página semanal titulada “El Hueco”, creada por Virgilio Martínez. También colaboraba con el suplemento fotograbado del periódico Hoy haciendo viñetas. A partir de entonces colaboré con ediciones en colores, Pionero, El Sable, La Chicharra, Dedeté

¿Por qué escoge la historieta como medio de expresión?

Porque leí miles de muñequitos durante mi infancia, vi cientos de series de televisión, películas del Oeste, de ciencia ficción, aventuras de Supermán, Tarzán. Era lo que tenía inyectado en vena.

¿Cuál es el estilo de historieta que más ha influido en su obra?

Las obras de Juan José López (Jan) cuando estaba en Cuba, dibujando para Pionero, la revista Mella y otras publicaciones: Lucas y Silvio, El Duendecillo, Cor Serpentis... También a través de él conocí los TBO españoles, la revista belga Spirou y los dibujos de Franquin. Un gran descubrimiento para alguien que pensaba que solo los americanos hacían historietas cuando, en realidad, las europeas eran mejores en todo sentido: dibujo, guion, color, edición...

Imagen: La Jiribilla

¿Cuáles son sus ídolos dibujantes, guionistas, personajes...— en el universo del noveno arte, tanto en Cuba como en el extranjero?

Joe Mannely, Milton Canniff, Frank Frazetta, Walter Kelly, Waterman, Dick Browne… luego, los españoles Jan, Conti, Peñarroya, Vázquez… Cubanos que admiro: Fidel Morales, Ernesto Padrón, Oli [Jorge Oliver], Roberto Alfonso, Luis Lorenzo, Virgilio Martínez, Tulio Raggi, Orestes Suárez y muchos otros que no menciono para ponerlos celosos.

 ¿Cuáles son sus influencias pictóricas y literarias? ¿De qué pintores o autores toma referencias para sus obras? ¿Cuáles son sus artistas preferidos y por qué?

Leía mucha ciencia ficción: Bradbury, Wells, Dick, Burroughs. También Horacio Quiroga, Hemingway, Doctorow, Michener. Para decir la verdad, me interesa la pintura desde hace poco. Antes, seguía y estudiaba ilustradores como Frank Mac Carthy, Fuchs, Bob Peak, Georgi… a dibujantes como Quino, Sempé, Bosc, Steig, Hoff, Addams, Steinberg, Arno, Wallas Wood, Jack Davis… Todos son diferentes entre sí pero hacen su trabajo de forma impecable, dan siempre en el blanco; y por eso son mis preferidos. A los que más envidio.

¿Por qué crea y desarrolla el personaje de Elpidio Valdés en su obra?  ¿Qué significa para Ud. después de 45 años de trabajo?

Elpidio Valdés fue la consecuencia normal para un joven que se entusiasma con los libros, las narraciones, y los diarios de campaña que se publican en el centenario del inicio de las guerras de independencia, y que quiere hacer historias con esa epopeya. Tenía 23 años, todo el tiempo del mundo para estudiar y recrear a los mambises.

Pasaron los años y se puede sentir el cariño de la gente por el personaje, algo que no ha disminuido con el tiempo. Todavía varias generaciones de cubanos se entusiasman con sus películas e historietas. Niños y adultos, si me reconocen en la calle, me saludan con afecto, comentan mis dibujos. La Universidad de La Habana me regaló una réplica del machete-bumerang-mortero, inventado por Oliverio. Los jóvenes de varias provincias me han hecho homenajes y regalos: el machete de Elpidio, un cañoncito de cuero, y muchas otras cosas. Eso me satisface muchísimo y me frustra al mismo tiempo. Después de 45 años, ¿dónde están los libros a todo color de Elpidio Valdés? ¿Dónde se pueden ver sus juguetes, disfraces, pullovers, mochilas escolares?

Elpidio Valdés fue la consecuencia normal para un joven que se entusiasma con los libros, las narraciones, y los diarios de campaña que se publican en el centenario del inicio de las guerras de independencia, y que quiere hacer historias con esa epopeya. Tenía 23 años, todo el tiempo del mundo para estudiar y recrear a los mambises.

Somos el país de América Latina que tiene un personaje nacional, elegido por el público infantil y juvenil de forma espontánea —el sueño de cualquier capitalista productor de audiovisuales— y no lo explotamos a nuestro favor. Preferimos que los niños lleven mochilas de Ben 10, Mickey Mouse Vayan a los cumpleaños y miren lo que hay. Y después de tantos años, ¿a nadie le interesa hacer nada con Elpidio Valdés? ¡No puede ser! Ha sido unos de los motivos por los que mi entusiasmo por el personaje se fuera enfriando en determinados momentos: que al parecer diera igual que hubiera Elpidio Valdés o no. Sé que la gente lo quiere y seguiré machacando con eso y con nuevos proyectos.

¿Cómo logra conjugar realidad histórica y ficción en sus historias, en general y en su saga de Elpidio Valdés, en particular?

Con Elpidio Valdés no me propongo enseñar hechos históricos, no es una biografía de nadie, ni se cuenta la batalla tal, o la fecha más cuál. Todo el rigor histórico es lo que le da la atmósfera a la historieta. Se trata de acciones y situaciones de ficción pero que no se salen de la época. Aunque son caricaturas, los oficiales llevan los grados de la época, los españoles los suyos. La gente almuerza en la manigua y manipula las armas de ese período histórico. ¿Qué los niños empiezan a distinguir un Remington de un Máuser? Perfecto, ese es el objetivo de la historieta de Elpidio Valdés: que los lectores reconozcan la época y tengan una idea de cómo fue la lucha contra los colonialistas. 

¿Qué temas relacionados con los valores humanos prioriza y promueve al público infantil en su enfoque a través de la fantasía?

La verdad que no me los propongo a priori. En las historietas para Zunzún, eran las relaciones humanas entre compañeros. Algo con que los escolares se enfrentan todos los días. Pero eso es hablar del ideal. En la realidad, en la calle, muchas actitudes contrarias a las normas de conducta de la escuela te las enseñan los presuntos amigos. Es un mundo de fuerza, de miedos, de abusadores que se aprovechan de la inexperiencia de los más pequeños. Elpidio Valdés aparecía para impartir justicia. Algo así.

La mayoría de sus obras están dedicadas a los niños. Háblenos de sus intercambios con los lectores más jóvenes.

En realidad son muy pocos, salvo cuando hicimos muestreos y encuentros con niños de toda la Isla, en la década de 1970. Se dirigían principalmente a conocer más sobre las historietas y animados de Elpidio Valdés. A través de ellos, di más relevancia a Palmiche, y surgieron María Silvia y Eutelia. Cuando Elpidio Valdés se publicó en Zunzún, me enteraba de las opiniones del público por las cartas que enviaban a la revista.

¿Hace una investigación previa, formal y profunda, antes de escribir un guion de historieta o dibujar una página? ¿Por qué?

Eso es lo ideal, si el proyecto lo amerita. Pero la profundidad va con el espacio que te den para la historieta, el número de páginas. Por lo general me gusta ir bien enterado del asunto, buscar documentación, conocer muchos datos inútiles, que son los que sirven para escribir guiones. Mientras investigaba sobre Elpidio Valdés, las mismas cosas que descubría me daban pie para muchos guiones: el heliógrafo, los cañones de cuero…

Me gusta escribir para historietistas de peso completo como Tulio Raggi o el loco Orestes Suárez que van a dibujar todo con la precisión requerida. Ambos son cámaras fotográficas vivientes y muchas cosas las hacen de memoria, sin fallar. No se van de época nunca. Les doy la documentación, si la tengo. Si no, sé que ellos la buscarán. El estudio previo del proyecto es el rigor, la calidad, el respeto al lector. Que sepa que hicimos las tareas, que no estamos dándole cualquier dibujito.

Son casi desconocidas sus historias de humor negro para adultos. Háblenos un poco de su origen y de las reacciones del público de la época en que se publicaban.

Las series humorísticas a las que te refieres fueron Verdugos, Vampiros y Piojos, desde finales de los años 60, que dibujaba para El Sable, La Chicharra y Dedeté. Tuvieron buena aceptación de público pero no para los dirigentes de la época. Por diferentes motivos, por opiniones o malentendidos, fueron dejando de publicarse. Dijeron que ese tipo de humor negro no era “lo que queremos para nuestra juventud”. Y como se vendían a varios países a través de Prensa Latina, se decidió eliminarlas para siempre del catálogo de la agencia. Así que, con poco más de 20 años, me convertí en una seria amenaza para los tiernos jóvenes de Cuba y Latinoamérica. Unos pocos meses después, me fui a trabajar al ICAIC. Allí hice de nuevo Vampiros, Verdugos, Piojos, para los Filminutos… y no pasó nada.

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo surgieron personajes como los de Abecilandia y Tapok?

Abecilandia fue una apuesta —para impulsar un proyecto de humor en Juventud Rebelde— de que podía hacer 24 tiras de humor en una noche; y me puse a pegar letras… Gané, pero no me sirvió de nada. Tapok fue para la revista Prisma, donde los humoristas nos encontramos una redacción hostil y siempre recelosa. Al final, era tanto el rechazo mutuo que durante una crisis, corté por lo sano y me fui por la esquina.

Háblenos de su experiencia como historietista en los años 80 en Cuba, de la dinámica de las publicaciones seriadas, de los Festivales Internacionales de Historieta, de sus encuentros con historietistas foráneos...

En la década de 1980, colaboraba con Cómicos. En la revista Zunzún me aburría de las dos páginas mensuales, y casi todos los años intentaba hacer un libro de historietas. Fui a varios eventos de cómics en Lucca (Italia), donde hicimos una expo de animados cubanos y de acetatos y fondos para las películas. Conocí a Hugo Pratt y casi logro animar un episodio de Corto Maltés… pero los jefes de entonces en el ICAIC no conocían su obra y no nos dieron bola. También, durante los encuentros que tuvimos en Cuba con historietistas extranjeros, hicimos una carta de intención con Alberto Breccia para animarle algunas historietas, cosa que tampoco se dio. Con quien sí pudimos trabajar fue con Quino. Hicimos Quinoscopios y Mafalda y sus amigos. Fue una época buena, con bastante trabajo.

Crisis de los 90, período especial...  ¿qué sucede con el universo de la historieta en Cuba? Su experiencia.

En los 90 la historieta se fue a bolina por tercera o cuarta vez. Sin papel, los encuentros parecían velorios: la gente en una sala enseñándose los originales unos a otros. Daba pena. Luego, gente nuestra, por publicar algo, trabajando para el extranjero por pagos miserables. Fue una etapa muy triste.

¿Qué momentos de la historieta en Cuba considera como los más importantes y determinantes en la historia cubana? ¿Cree que la historieta forma parte de la identidad cultural nacional? ¿Por qué?

Creo que la historieta cubana tuvo un boom muy importante al triunfo de la Revolución. De pronto, decenas de creadores aparecieron con proyectos de historietas. Sí, señoras y señores: historietas, cómics, bd, tebeos, fumetti...

Creo que el núcleo de historietistas de aquella época más importante fue la revista Mella. Recuerdo historietas sobre mambises, sobre Camilo, cuentos clásicos… Pero en Mella estaba el núcleo de los que luego serían los más influyentes. Enseguida Ediciones en Colores, a finales de los 60s, tenían revistas de historietas para niños pequeños, de aventuras, de ciencia ficción, de detectives, de humor… Eran consideradas, por un grupo de sesudos, como un “veneno capitalista”. Yo siempre decía: “es verdad, son puro veneno, igual que la novela, la televisión, el cine”.

Además, muchos países socialistas no tenían historietas y no entendían las nuestras. No había con quién apoyarse. Los checos publicaron Elpidio Valdés contra Gun Market Company porque tenía vaqueros e indios, según me dijo el editor de la revista. Los socialistas veían las historietas como reproducciones del modo de vida estadounidense, y muchos de sus dibujantes las imitaban a propósito para congraciarse con los editores occidentales: “¡Oh, miren, una historieta (por lo general una bazofia) checa!, ¡Oh, my God, qué interesante!”. Cuando yo defendía la historieta, los soviéticos me señalaban que yo hablaba como un occidental. Yo les decía: “no hablo, sino que soy un occidental que vive a 150 kilómetros de los EE.UU.” Luego me echaban en cara que jugáramos béisbol. Les decía que estábamos preparando un nuevo béisbol sobre patines de hielo. El béisbol se jugaba en Cuba en los años 1860, mucho antes de la intervención de EE.UU. Y es parte de la identidad cubana, de la cultura nacional.

La historieta es también nuestra en lo cultural, desde siempre. Tenemos que defenderla y desarrollarla. Hay historieta cubana, ¡y tan buena como el más pinto de la paloma!

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato