Alánimo y Teatro sobre el Camino vencen al diablo y a la muerte

Carmen Sotolongo • La Habana, Cuba
Imágenes: Cortesía de Rubén Darío Salazar
 

Entre los espectáculos más gustados y representados en Villa Clara en lo que va del 2015 se encuentran Tutto el pan, de Teatro sobre el Camino y el reciente estreno del grupo Alánimo Cuando muera el otoño. Este último, con la dirección general de Carmen Margolles, es el debut como directora artística de Yurenia Martín. El libreto, original de Luis Javier López, aborda con franqueza temas complejos en el teatro para niños, como el racismo, la interacción étnica que nos conforma, la muerte de seres queridos y la importancia del amor. No obstante, se trata de un texto risueño, pleno de ternura y comicidad; la biografía de Alejandro García Caturla se encuentra en filigrana detrás de la historia; es muy coherente, por tanto, que su música sustente la acción dramática en el montaje.

Imagen: La Jiribilla

Es actuada por María Caridad Santos y Yamilet Rodríguez, con técnica mixta (personajes en vivo y títeres), lo cual les permite desplegar sus cualidades en ambas direcciones. Animan títeres de mesa: el protagónico señorito blanco es manejado por María. Yamilet representa en vivo a la negra vieja (Nana), con mucha gracia, gestos tipificados y deformaciones características del habla; todas las noches canta al niño para que duerma; este la ama, pero no le permite que le llame “su negrito”: es el límite que no se puede cruzar. Entre la mesa, primeramente cubierta con mantel blanco de encaje, y el retablo negro detrás transcurren los cambios de escenografía, bien resueltos por ambas actrices con movimientos elegantes al compás del piano o el tambor de Caturla. Convierte la mesa en dormitorio un mosquitero de copa de tul blanco, y María Santos, a través de él, anima virtuosamente al muñeco en tareas escénicas complejas, como taparse o destaparse con la sábana, sentarse, pararse en la cama a discutir con la Nana e incluso, llegar al cuarto con una palmatoria y vela encendida en la mano; ya dormido el niño aparece el conflicto entre la Nana y la Muerte, interpretada en vivo por María. Ambas, con vestido negro de fondo, caracterizan sus personajes con elementos: gorro y delantal blanco para la Nana; chaleco corto y sombrero en tono malva oscuro para la Muerte. El juego de “corre que te atrapo” y el baile de la negra vieja para demostrar su buen estado de salud, es un momento de gran comicidad, pero no se abusa del recurso. Al fin, la Muerte le concede un plazo, cuando muera el otoño y caiga la última hoja vendrá a buscarla. Dos butaquitas de pajilla y mesita de centro conforman la sala, estos pocos elementos en las manos experimentadas de las actrices, propician que los muñecos realicen muchísimas acciones: aquí esconde el señorito a su amiguito Lolo, aquí la madre y el padre confiesan que no lo saben todo; aquí Lolo habla al señorito del negro Tomás y le indica dónde encontrarlo detrás del barracón. La madre, el padre, Lolo y el negro Tomás son animados por Yamilet. Cuando el niño blanco sale al paseo prohibido, a la tierra que no conoce, es su iniciación y, por tanto, ha de correr peligros entre arbustos, un majá y un hoyo; con la hamaca del viejo Tomás colgada en el arbusto ya están los personajes detrás del barracón. Es un logro indiscutible la funcionalidad de los elementos escenográficos que permite tal rapidez y limpieza en el cambio de un escenario a otro, de un personaje a otro. El niño blanco quiere saber qué puede hacer para evitar que su Nana se vaya para siempre y el negro Tomás le dice que todos se irán, pero esto puede retrasarse metiendo dentro del corazón a la persona que se ama. Cuando se acaba el otoño llega la Muerte, con capa y sombrilla color ocre; su gestualidad es exagerada, en tono de farsa, lo cual evita que este desenlace tan emotivo caiga en lo melodramático. La negra ya está resignada y lista para irse, pero al oír la Muerte cómo el niño le dice a la Nana que él es “su negrito” (lo que se ha resistido a decirle la primera vez) se niega a llevársela: el niño la ha sembrado en su corazón.

Imagen: La Jiribilla

La obra tiene muchos aciertos: resalta la gran pertinencia de la banda sonora y la calidad en la grabación; fueron siete los temas de Caturla seleccionados, fundamentalmente por Yoanka Suárez (asesora musical del grupo), entre ellos, la “Primera suite cubana”, en una ejecución de la Orquesta Sinfónica Nacional de los años 30, y en otra de la Orquesta de la Radio; la “Sonata corta”; la “Danza cubana No. 1­­­­­­ No quiero juego con tu marido”, interpretada al piano por Hilario González; también se toma parte de la grabación del dúo Pro-Música de esta Danza... y de “Leyenda” (parte II de Impromptus op. 5) ; la “Danza del tambor”, que es la más usada, con ejecución actual al piano por la joven Annia Castillo; la pieza satírica “Monsieur l­­´agriculteur” y la balada “El recuerdo de un amor que se fue”, que protagoniza sonoramente la escena de la despedida de la Nana y el niño. Muchos de estos temas fueron digitalizados desde discos viejos de vinilo; la limpieza, edición y la fusión con las ejecuciones nuevas se deben a Eliecer Dalmau, aportador, asimismo, de dos temas originales que mucho tienen que ver con la obra de Caturla y del arreglo de “Ogguere”, muy utilizado en los cambios de escenografía. Por otra parte, posee un magnífico texto, una escenografía bien pensada, atractiva y funcional, y actuaciones excelentes con una ejemplar animación de figuras, perfectas en su construcción y diseño,  lo cual habla muy bien de la ópera prima de Yurenia Martín y de la labor del grupo Alánimo.

Imagen: La Jiribilla

Teatro Sobre el Camino nos regaló desde finales del 2014 Tutto el pan, fina y elaborada interpretación de El panadero y el diablo, de Javier Villafañe. La versión y puesta en escena de Rafael Martínez, director del grupo, se caracteriza por un grado de estilización y atención a los detalles, tanto de actuación como de escenografía, utilería y vestuario, que hacen lucir diferente y renovado a este conocido clásico del títere popular.  El diseño confía en el poder sugerente del signo estético, es lo opuesto a la aplastante previsibilidad que acompaña comúnmente a esta historia tan representada: un objeto de formas geométricas, negro y gris, resaltado por un guante de hornear colgado dentro de un rectángulo y un tubo de chimenea de color amarillo resulta ser la mesa de trabajo y el horno de la panadería. Dos actrices con uniforme blanco de alta repostería dominan la escena; sus gorros de cocina establecen la jerarquía: uno bien alto corresponde a la maestra repostera; el de la aprendiz es bajo y redondo. Los caracteres establecen un acertado contraste: la maestra panadera es serena, de sonrisa inalterable y pulcros ademanes, rebosa dominio del oficio; la aprendiz es más dada a la risa y a la torpeza en la faena. La historia de Villafañe está aquí enmarcada con escenas donde se prescinde de la palabra; asistimos a la mímica de amasar y preparar el pan. Después de varias y bien concebidas peripecias entre instructora y discípula, la masa entra al horno y sale una gran flauta de pan dorada; las actrices saludan al público como en un número de magia. Los gorros en el tubo de la chimenea la convierten en árbol; el delantal volteado hace del horno un retablillo; entonces presentan a la obra y sus muñecos, que son dos pequeños marotes con varillas, incrustados en el envés de las dos mitades de la flauta de pan, este ingenio tan sencillo provoca un momento estupendo de regocijo y asombro. La panaderita es animada por la maestra (Yarlenis Martínez) y se le parece físicamente; el diablo va en color rojo y es animado por la aprendiz (Elizabeth Aguilera). Como ya sabemos, el conflicto entre el diablo y, en este caso, la panadera, es que él le exige “todo el pan”, con lo cual el noble oficio pierde su connotación social. Ella es responsable de que los vecinos no se queden sin pan y luchará por ello; en la pelea el diablo se servirá de sus colas y en puestas en escena más apegadas a lo popular se juega con el doble sentido y la picardía del simbolismo fálico. Esta versión le añade otra proposición; las colas, independientes, separadas del títere, semejan serpientes y en Cuba el majá es un emblemático enemigo del trabajo; la música refuerza este matiz semántico con su texto principal: El sucu sucu de Felipe Blanco. Rafael Martínez concibió la banda sonora utilizando el primer disco del trío Trovarroco —titulado con el mismo nombre de esta agrupación musical— del cual tomó fragmentos de varios temas, en mi opinión de manera muy acertada, ya que se trata de versiones contemporáneas de canciones populares (“Son de la loma”, “Mamá Inés”) y esto concuerda totalmente con el espíritu de la obra.

Imagen: La Jiribilla

Las autónomas colas del diablo son animadas por Elizabeth. A la primera, la azul, (chica y manejada con varillas) la astuta panadera la vence con un engaño verbal. La panadera y su títere se sienten como una sola, y esto le da más empaque a la pequeña figura. La segunda cola, la verde, se mueve con la mano adentro, como parlante, y, por tanto, es más expresiva, puede atrapar con sus mandíbulas de atrezzo a la muñequita panadera, pero esta, que ha obtenido muchos premios a su labor —trofeos en forma de rodillos—la vence incrustándole uno de estos en la boca. La cola roja es un pelele grande en forma de culebra de carnaval; la actriz la manipula con ambas manos, y hasta se la pone como máscara; la panadera se le monta a caballo y hace un nudo con el cual se enredan la serpiente y su animadora: es otro de los momentos en que la precisión de ambas logra una brillante imagen teatral. Al final, vencido el diablo, vuelven a la escena del marco, pero todavía nos aguarda otra sorpresa: un pañuelo gris sale de la chimenea, el horno se quema y se oye una voz quejumbrosa; Hasta la manito la tengo quemada... al abrir el horno, sale una réplica del diablo totalmente carbonizado. Hay que felicitar a Rafael Martínez por su dirección artística y por ser responsable del diseño integral dramático (luces, escenografía, muñecos, utilería, vestuario…). Teatro Sobre el Camino logró hacer un montaje con sello propio, donde se dan la mano creatividad,  sorpresa constante, audacia y buen gusto.

Ambos colectivos, de estéticas y formas de hacer tan diferentes, logran espectáculos equilibrados, donde  se destacaron excelentes actuaciones en vivo y animación de títeres; buenos textos; renovación en las versiones; valentía al enfrentar temas tabúes; funcionalidad y exquisitez en los diseños, y  bandas sonoras de alta calidad. Tanto Alánimo como Teatro sobre el Camino tienen ya un merecido lugar en el panorama del teatro para niños en Cuba.

   

 

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