Burbujas de sueño

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba
Viernes, 14 de Agosto y 2015 (3:22 pm)

Ediciones Loynaz, sello del llamado SET (Sistema de Ediciones Territoriales),  cumple 15 años y en este cuarto de siglo ya se ha granjeado el respeto y la aceptación de sus lectores.

Imagen: La Jiribilla

Ahora tiene entre sus líneas de trabajo la publicación de obras para niños y jóvenes, precisamente por eso desde hace algunos años patrocina el Premio Chicuelo, que apuesta por la literatura escrita para las primeras edades.

El año pasado dicho galardón lo ganó un libro singular de una persona singular: Burbujas, de Blancanieves González Pérez (Mantua, Pinar del Río, 1970). Blanquita, como la conocemos todos, es bibliotecaria y a su cara de hada buena une el cariño por la infancia, que se manifiesta no solo en su labor como promotora de lectura, sino en una suerte de obra literaria muy diferente a cualquier otra al discurrir por sus propios caminos.

Con una herencia de ternura indiscutible de Martí y de Nersys Felipe, especie de madre protectora para todos los pinareños, en cada libro suyo —antes de Burbujas había publicado por la colección Rehilete de la Editorial Cauce Flores en la piel y por la propia Loynaz Pueblopintado— Blancanieves nos lleva a un mundo imaginativo que apoyándose en lo real cotidiano apuesta sin reparos por la fantasía, pero no es una fantasía evasiva sino liberadora, que incita al niño a creer en un universo de posibilidades que puede permitirle el sano ejercicio de la imaginación.

La anécdota de Burbujas es bien sencilla: al soplar un niño en un tallo de calabaza nace una mágica burbuja que se va alejando y toma vida en un pueblo costero hasta hacerse la ensoñación cotidiana de cuantos tienen que ver con ella. La burbuja que nació del niño va creando en todos los habitantes de aquel otro “pueblopintado” por Blanquita un referente real de lo que quizá pueda ser su sueño más acariciado.

De modo tan sencillo, implícitamente, la autora nos revela un gran secreto que a veces muchos solemos ignorar, atrapados como siempre andamos en lo común cotidiano: el soñar, el imaginar, el fantasear no es un ejercicio exclusivo de unos pocos sino una maravillosa facultad que nos ha sido dada a todos para concebir un entorno diferente a partir de nuestros más ignotos, recónditos y entrañables deseos.

Así, las burbujas de aquel niño inicial, han ido cobrando vida y propalándose como una buena enfermedad del sueño en todos los habitantes de aquel pueblito costero y de ellas nacen pescadores que sueñan perlas y collares fabulosos para hermosas sirenas que llegarán desde los mares profundos y las abuelas vislumbran maravillosas y comestibles cápsulas para  enmarinar los sopones que luego degustarán todos cobrando un nuevo vigor y, en los campos, frente a estas indestructibles burbujas que no pueden ser picadas, machacadas o destruidas de forma alguna, van naciendo, ante el asombro de todos, unos duendes y duendas con olor a mangle y salitre, con aroma de costas y barcas volanderas que van llenando la tierra de aquella isla, anunciando marejadas infinitas y telúricas de fantasía. Pues todos y cada uno de esos duendes y duendas, a su vez, se han apertrechado de un cáñamo y soplan y soplan creando más y más burbujas.

Magníficamente ilustrado por Raúl Martínez Hernández y con edición de José Manuel Pérez Cordero y corrección de Lucelia Carrodeguas, esta original edición —en el nuevo y acertado formato de minilibros de la colección Chicuelo, que ya antes ha publicado a tantos autores conocidos o laureados por ese premio— deviene el mejor regalo para la infancia.

En las primeras páginas leemos esta frase de la poeta matancera Anely Fundora: “Entonces: ¿quién sabe? De algún escondrijo llegan en socorro las manos de un niño” que sirve de oportuno pórtico a Burbujas, para reafirmarnos, una vez más, la intención lograda de la autora de expresar que la fantasía y la posibilidad de imaginar innata en los niños es una puerta de salvación ante tanto desengaño cotidiano.

Quisiera cerrar estas palabras, imantadas todavía en la magia de haber leído un libro tan diferente y especial, recordando a otra grande de la literatura universal dedicada a la niñez, la finesa Tove Jansson, creadora de la saga Mumín, cuando escribió en el final de una de sus aventuras sobre esos maravillosos y ocurrentes troles, precisamente al referirse a cuánto podría encontrar en la fantasía un lector: “Una puerta hacia lo imposiblemente posible. El amanecer de un nuevo día en el que todo puede suceder, si ustedes no tienen nada en contra”.

Burbujas, de Blancanieves González Pérez llega pues hasta nosotros como una bocanada de aire fresco y nos invita a soñar nuevamente, con unos duendes y duendas que evidentemente son nietos (o medio parientes ¿quién sabe?) de aquellos que nos regalara Nersys Felipe en su renovador y sorprendente Corazón de libélula y que, una vez más, nos dicen como aquel antiguo y muy sabio proverbio chino: “El camino más largo comienza por el primer paso”. Blancanieves ciertamente ha entrado definitivamente en el largo y difícil camino de escribir para niños y con este libro sencillo, pero emotivo, ya dio ese primer y trascendente paso…

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