La fidelidad a la palabra y a sí mismo

Cira Romero • La Habana, Cuba

Suelo dormir con un libro.
Cerrado lo pongo en mi mano
—si permanece abierto no se duerme—,
Lo aprieto suave, sin hacerle daño:
el libro y yo nos quedamos
dormidos, olvidando.
                    “El libro querido”, de La huella en la arena, 1986.

 

Antón Arrufat ha sido fiel a sí mismo, vale decir a la palabra escrita, aunque también a la oral, a la suya, que mucho ha dado que hablar. La calidad de sus visiones literarias ni extraña ni sorprende. Colocado en la ruta desde En claro (1962), ha trazado un laberinto de realidades literarias donde saber contemplar el entorno se ha convertido en una de las sustancias más definitorias de su escritura. Su obra constituye un gran puente. No es ni simbólica ni alegórica, sino que integra una conjunción transitiva donde se admiten nociones paralelas como las representaciones y las alegorías, observadas por mí no en la oposición, sino en la síntesis y la transcendencia, expresiones de lo indecible y reticencia de lo indecible. A diferencia del distintivo lezamiano, Antón ha practicado su propio ritual  ante el acto creador,  más directo y descarnado que el ejercido por el autor de Paradiso. Se proyecta como sujeto duro y negado a obedecer, en lucha afanosa con su propia memoria, buscando siempre la dimensión de un trance especial donde el espejo y el laberinto se juntan e indagan en el simulacro, atendido (y entendido) por él mediante un juego que se practica a modo de escenario forjador de una visión racional, deconstructiva acaso, de la memoria misma.  

Imagen: La Jiribilla

Quizá desde su juventud fue consciente de la crisis de la retórica y se alejó de su discurso culpable, volcándose siempre, en calidad de apertura y de modo esplendente, a la naturalidad distinta del tiempo, rindiendo culto a las formas convencionales establecidas por nuestro idioma para el caso de la poesía —sonetos, por ejemplo—, pero en  ocasiones negado a la tradición, dejándose llevar por la fluencia verbal de las construcciones libres, sin que la fruición melle sus estrofas, en una búsqueda  personal y de contraste entre pasado y futuro, percibiendo la negación del tiempo transcurrido, verificando su propia sustancia, persuadido de que la simulación es, acaso, una de las mejores virtudes de  su obra.

En ese mítico paisaje de soñador despierto se comprueban sus amorosas vueltas y revueltas, el principio y el fin de los caminos recorridos, que pueden ser espacios misteriosos o de simple averiguación, duda o extravío.

Siempre equidistante de sí mismo y de los otros, homogéneo y, a la vez, heterogéneo, su imagen artística se detenta desde el presente puntual y transcurre por lo pasado asido al silencio o al futuro como devenir. En ese mítico paisaje de soñador despierto se comprueban sus amorosas vueltas y revueltas, el principio y el fin de los caminos recorridos, que pueden ser espacios misteriosos o de simple averiguación, duda o extravío. Antón no ha esclavizado su escritura a la mera figuración. Sin enmascaramientos ha transitado de un género a otro dejando huellas culpables organizadas en un complejo engendramiento cuyo resultado es revelación y dimensiones confesionales atrapadas en temáticas convergentes y, a la vez, divergentes. Ha sido, creo, un perfecto y fiel creador de circunstancias, un escritor en el cual se cumple aquello de que «cuando arden de boca en boca sus historias, sin que nadie pueda decir nunca quién las hizo, ni dónde» es cuando se completa aquello de «sí, sin dudas es un gran escritor». Una voz, su voz, expresada en diferentes modalidades de los mal llamados géneros literarios—violados por él con la tranquilidad pasmosa de quien sabe lo que hace— se preña de límites que nunca se erigen en absolutos y sus páginas se recorren como una mediación entre la vía y el centro.

¿A dónde nos conducen sus creaciones? A un paradero distante y cercano, que apunta al corazón mismo de  una expresión nada libresca elaborada —bien elaborada, diría mejor— con un admirable equilibrio, con un sentido de lo clásico  intrínseco, dispuesto  para todos sus lectores. Sus libros  enfrentan y recuperan el orden total de las cosas, «de  las pequeñas cosas», en medio de un mundo, el suyo, aparentemente desordenado u ordenado malignamente como encrucijadas perdidas en el tiempo.

Conocedor de los mejores ejemplos de la literatura universal, dialogante fructífero con filósofos antiguos y modernos, versado en las artes plásticas, en cine, en teatro, ha sido esposo fiel de lo mejor de todas esas expresiones, las acompaña o se sumerge en ellas, a veces al paso, otras con mayor gravedad. En ocasiones se nos enfrenta con la fuerza de un primitivo y se lanza sin esfuerzo al caos del ser que hay que atravesar como centro divino; en otras, su gesto se hace más humano, casi en tono de epifanía, como si quisiera obtener la recuperación de todo lo que le ofrece la vida.   

Sus libros  enfrentan y recuperan el orden total de las cosas, «de  las pequeñas cosas», en medio de un mundo, el suyo, aparentemente desordenado u ordenado malignamente como encrucijadas perdidas en el tiempo.

Antón, perenne sedicioso, lleva en sí mismo el impulso perverso del ser y tiende a comportarse como no se debe, tal si no hubiera retorno posible, pero hay que dejarlo con sus apetencias y disfrutarlo en sus libros, hijos de una criatura nacida para el ocio fecundo. Él sabe, presumo, de esta circunstancia,  y cual un viejo carpintero horada y profundiza en el árbol milenario de la creación para dejarnos sus huellas en la arena. La caja está cerrada para él, pero se sabe está colmada de pequeñas cosas que dejan en claro que ningún aguafiestas nocturno va a dejar pasarnos gato por liebre. Tebas se erige como la ciudad emblemática. Mientras, el caso se investiga sabiendo que todos los domingos hay distancias infinitas por recorrer, pues los antagonistas han escrito en las puertas que la tierra permanente ha comenzado a girar. Hay que hacer un alto, un repaso final, porque mediante las vías de extinción se permite que la manzana y la flecha se unan para, cual un Guillermo Tell eternamente joven, el juego de la escritura siga sus pasos semejante al vértigo, fiel a la esencia del universo, deslizándose en un viaje personal que siempre tiene retorno.

Antón Arrufat no se delata, se entrega con la transparencia de lo que  siempre es posible.  Digamos con él:

Oh mortal que contemplas
después que me inventaste.
Vivo más allá de tus ojos.
Vago un bosque solitario:
otros animales no pueden verme.

(“Centauro”,  El viejo carpintero, 1998). 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato