Antón Arrufat: tan cerca del mar y de las palabras

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Para Margarita y Jorge Ángel, que me ayudan a quererlo.

 

Si no hubiera abierto otra vez esas páginas de El Caimán Barbudo fechadas en 1995, hoy no lo creería. Hace dos décadas celebrábamos allí, y en aquella Habana del Período Especial, los 60 años de un escritor que aún no había ganado el Premio Nacional de Literatura, y que insistía en reinventarse por aquellos meses con un nuevo libro de poemas bajo el brazo. Ese libro era su poemario Lirios sobre un fondo de espadas, y con él, Antón Arrufat nos recordaba que su especialidad han sido las resurrecciones. Suele, pasando de un género a otro, de una polémica y un chisme al otro, reinventarse de vez en vez. Lo está haciendo ahora mismo, en sus 80 años, que ya analizará con la sorna que lo caracteriza, tras la cual asoma ese dejo melancólico que brilla en el fondo de sus mejores páginas.

No sé si los santiagueros lo invitarán a regresar a esa ciudad, donde nació en 1935, para agasajarlo a la manera propia de tal sitio. Lo cierto es que de allí vino, aunque hoy sea difícil imaginarlo fuera de La Habana, donde con solo 20 años publicó sus primeros textos, en la revista Ciclón, creada por José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera para “borrar a Orígenes de un plumazo”. Antón, que parece tener en su destino el estar siempre en ciertas encrucijadas peligrosas, estaba a punto de publicar poemas justamente en la revista de Lezama, y tuvo que decidirse entre la una o la otra. Al sumarse al equipo de Ciclón, el joven Arrufat hizo más que tomar una decisión: mucho de su destino iba a estar ligado a esos que, como él, encontraron en la revista no solo una página impresa que podían firmar, sino un estado de ánimo que aún lo acompaña.

Suele, pasando de un género a otro, de una polémica y un chisme al otro, reinventarse de vez en vez. Lo está haciendo ahora mismo, en sus 80 años, que ya analizará con la sorna que lo caracteriza, tras la cual asoma ese dejo melancólico que brilla en el fondo de sus mejores páginas.

Desde Ciclón ya discutió, polemizó, estuvo en el juego. Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Manuel Díaz Martínez, César López, Ambrosio Fornet, Calvert Casey, fueron algunos de sus cómplices. Piñera lo saludó con una frase descacharrante, y desde que Rodríguez Feo los presentara, a la salida de una exposición de Wifredo Lam, se creó un enlace al que Antón regresa de manera persistente. Tuvo en Piñera, como sus amigos que se estrenaban en aquella revista arrasadora, no un maestro sino un igual, que lo retaba en la misma medida en la cual él se sentía retado. Prueba de ello es que compartieron cartel en la noche de 1957 en que se estrenaba, finalmente, Falsa alarma, de Virgilio; y El caso se investiga, primera pieza del santiaguero al que ese ciclón arrastró hasta la capital.

No quiero convertir esta nota que saluda a Antón en sus 80 años en una ficha bibliográfica, en una lista de sus muchos títulos, ni en la agobiante sucesión de elogios que sospecho está por caerle encima. Quiero hablar de él en un modo que, distancias aparte, nos enfrenta y nos enlaza. Ha escrito poemarios, cuentos, teatro, novelas. Sus lectores emulan por llegar a las páginas finales de La caja está cerrada, una de las tareas más arduas de la literatura cubana reciente, a sabiendas de que algún pasaje de esa voluminosa novela perdurará en sus mentes. O se empeñan en volver al mito que fue Los siete contra Tebas, su reinvención más que reescritura del original de Esquilo, que le permitió ganar el Premio José Antonio Ramos de la UNEAC en 1968, y casi de inmediato lo sepultó en un silencio negador del cual, como salamandra suspicaz, ha sabido regresar indemne. No quiero tampoco detenerme en esas anécdotas que otros procuran con un fervor que casi nunca es literario, porque lo que quisiera ahora es contentarme de que esta ciudad lo acoja, y que nuevos libros suyos, como su reciente poemario Vías de extinción, nos dejen saber que está vivo y despierto, y que no piensa acomodarse en ningún rincón del museo o de la desmemoria.

Es el mismo Antón que publicó En claro, en 1962, y una antología de guarachas cubanas. El conocedor a fondo del teatro bufo, y que junto a Armando Suárez del Villar rescató al olvidado Joaquín Lorenzo Luaces para bien de nuestra escena. El que puso en solfa la Antología de la Novela Cubana de Lorenzo García Vega en Lunes de Revolución, y el que estrenó con éxito El vivo al pollo en el Teatro Prometeo. El  que asesoró, con Wanda Garatti, la puesta de La noche de los asesinos que dirigió Vicente Revuelta, aunque nadie parezca acordarse del medio siglo que cumple ahora esa pieza extraordinaria. El que se convirtió, por obra y gracia de la envidia y la mediocridad, en un bibliotecario de Marianao. Antojadizo, caprichoso, dijeron de él en alguna revista desde una columna malintencionada. El mismo que a casi 40 años de aquel 1968, subía al escenario del Teatro Mella para cerrar con su presencia las funciones de Los siete contra Tebas. Todo eso es memoria, y en esas imágenes, caben ya 80 años. Parece mentira.

En aquella Habana del Período Especial, Arrufat subía la empinada escalera que nos conducía a la azotea de Reina María Rodríguez. Oía leer allí a los jóvenes poetas, preparando su elogio o su comentario punzante, no menos punzante de lo que podía ser ese mismo elogio. Nos acostumbramos a verlo como un contemporáneo, a saber de Piñera gracias a él, y a sonsacarlo para que hablara de los últimos cumpleaños de Lezama Lima, o de alguna fábula relacionada con Julio Cortázar. Quiero verlo así en este festejo, como un contemporáneo, imprescindible e incómodo. Y saludar su prosa limpia, su poesía que mejora con el paso del tiempo, y desear de cuando en cuando lanzarle una provocación, que él espera, como espera que los más jóvenes le tengamos en cuenta.

Quiero verlo así en este festejo, como un contemporáneo, imprescindible e incómodo. Y saludar su prosa limpia, su poesía que mejora con el paso del tiempo, y desear de cuando en cuando lanzarle una provocación, que él espera, como espera que los más jóvenes le tengamos en cuenta.

Me gustan varios poemas suyos, de décadas diversas. Me gusta uno de sus relatos tempranos, y varios de “¿Qué harás después de mí?”. Me gusta una obra teatral, Todos los domingos, en la cual se revela su trasfondo de poeta romántico y su idea de que somos personajes en un drama cíclico. Sus novelas, para decirlo con frase de Borges, no las he merecido. Espero me alcance la vida para saldar esa deuda. Los fragmentos de Ejercicios para hacer de la esterilidad virtud me obligaron a repensar mucho de lo que creía ya firme acerca de su obra: él es capaz de desplegar estas sorpresas. Si me pidieran recomendar un libro suyo, no porque sea el que yo prefiera, sino porque en ese volumen puede encontrarse una imagen que creo lo defina nítidamente, de inmediato mencionaría De las pequeñas cosas, su colección de crónicas sobre temas tan diversos e inesperados, donde un espejo, un retrato, un gesto, nos dicen del autor lo que tal vez nos hubiese callado. En ese libro Antón reinventa y recupera el arte de la crónica entre nosotros, y hace un homenaje elocuente a quienes lo ejercitaron en las revistas finiseculares que tanto le gustan. En el tono sosegado de esas páginas, el chisme, el ruido mundanal, las memorias amargas, son solo un eco muy vago. Y lo siento hablar en esos párrafos sin necesidad de ser el personaje que a veces ha interpretado, para revelársenos más hondamente, como el escritor o el aguafiestas que sabe ser, según elija el modo en que se le ocurra. Es el libro que tuve en las manos el 14 de agosto, cuando ya sean 80 años los que cumpla, y los reciba en La Habana, en Prado, tan cerca de un mar mucho más joven o más antiguo.

Tal vez esta sea una nota demasiado personal. Pero me niego, como él, a las formalidades. Repaso la larga entrevista que el equipo de la multimedia preparada por el centenario de Virgilio Piñera (y que aún duerme en las gavetas de Ediciones Cubarte, como a la espera de otro siglo para salir al fin a la venta), y lo descubro reinventando sus memorias. Añade un detalle, colorea un pasaje que antes narró de otro modo, suprime un elemento: se reimagina en su propio mundo. Es lo que hace un escritor verdadero. Se ve en sus palabras y nos dice cómo quiere que lo veamos. Ya tiene el Premio Nacional de Literatura, ya es miembro de la Academia de la Lengua, ya puede acumular uno sobre otros sus volúmenes. Sigo esperando de él otras páginas, otra broma hiriente, otra provocación. Es lo que me hace saberlo vivo, y alegrarme en su fiesta. Y desde aquí, felicitarlo.

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