Análisis de un cuento de Antón Arrufat

La morada del ser

Rogelio Riverón • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Molly me dejó en un cuento de Antón Arrufat este mensaje: Te quiero. Me gustas.

Arrufat me había sugerido que leyera su cuento “Fractura”, el penúltimo del libro Los privilegios del deseo (Letras Cubanas, 2007), pues, según insistió, él lo consideraba uno de los mejor redactados de cuantos han aparecido en todo lo que va de siglo en esta Isla. No era arduo colegir que si el propio autor se sabía tan lúcido, mi opinión, de diferir de la suya, estaría sometida a descrédito, pero le dije que sí, que leería aquella pieza sin prejuicios y tan pronto me fuera posible.

Por asuntos de trabajo me compliqué con “Fractura”, pero al cabo de dos semanas estaba listo para dialogar con Arrufat. Lo llamé. Me invitó a merendar algo fuerte en los altos de una dulcería de Obispo, pero al sentarnos a la mesa se puso a narrar un evento sin relación aparente con nuestra conversación, aunque en poco tiempo supe que me equivocaba, y me reiteré que no hay nada que salga de la nada, ni nada que por mucho tiempo podamos considerar absolutamente lejos. La merienda languidecía frente a nosotros, pues el maestro se había dejado perturbar por una palabra extraña, estampada en inglés sobre una camiseta que llevaba algún hombre que se le echó encima al principio de Obispo, frente a la tienda de confecciones Fariani que siempre parecen pasadas de moda. El otro apenas se excusó, aunque ya Antón Arrufat había reparado en la palabra a grandes letras sobre su pecho. Era nightology, una combinación presuntuosa de ciencia y cinismo, pero tan original para el gusto de Arrufat, que lo tentaba a experimentar con aquel vocablo. Fue ahora mismo, cuando venía para acá, y de no ser porque usted ya aguardaba, hubiese vuelto a mi estudio a pelear con esa palabra, me aseguró sonriendo. Aventuré una hipótesis: le dije que hablaba con tanta vehemencia que, de haberse encontrado a tiempo con el término, hubiera rehecho “Fractura”, pero me atajó con la mano en alto, al estilo de los míticos reyes de Israel. Eso no hubiese sido necesario, querido Rogelio, dijo por lo bajo; hay cosas que sin cambiar, cambian.

Tenía a bien recordarme que ese hecho tan complicado, el lenguaje, nunca ha sido mero espejo de la realidad. El lenguaje, por el contrario, hace a la realidad, termina de darle forma, puesto que no hay nada en el ser humano que no acabe en las palabras. Antón no podía creer que un hombre como yo ignorara la potencia intrínseca de una palabra.

Molly se comportaba de manera inusitada, víctima de una vehemencia que crecía con cada encuentro, lo cual, contradictoriamente, me inclinaba a determinado recelo. Llegó el día en que me explicó que necesitaba sentirse dominada, presa su voluntad de la mía, sobre todo en las cosas del sexo. Pero qué hermosa era cuando iba de mi brazo por las calles, y además cuando se dejaba desnudar  a tirones y me susurraba ocurrencias arrojadas incluso para mi oído versado. Nos conocimos de una forma aleatoria, una tarde en que me tocó hacer de experto en una charla sobre literatura nacional frente a una concurrencia menguada y recelosa. Molly había tomado asiento hacia las filas del fondo y me pareció una buena referencia para mantener una postura interesante mientras trataba de explicarme: mirando en su dirección podía aparentar un dominio de la sala que esa vez no experimentaba en realidad. Al final de todo aquel alarde la vi aproximarse y me propuse observarla como lo que definitivamente era: una mujer joven, no una simple referencia visual. De cerca podía seducir con su boca jugosa, los ojos grandes y oscuros y aquella piel como debió tenerla Helena de Troya. Me dedicó algunas preguntas acerca de lo que yo había estado rumiando y traté de resultar desenfadado, sagaz, pues ahora no quería dejarla ir. Como no se fue, tuve tiempo de enterarme de que tenía marido: un hombre de su edad —yo les llevaría unos quince años—, que elevaba el mentón para hablar y sostenía al aproximarse un paraguas plegado. La besó. Le pidió excusas por haber tardado en recogerla y Molly sonrió mirándome y mirándolo: no era nada, dijo, además de lo exquisito de la conferencia, había tenido al experto unos minutos para ella sola.

El final del cuento “Fractura” no llega a ser macabro, pero causa una ligera sensación de escalofrío. Alrededor del hombre que se hunde en aquel lago bajo el peso de su rival muerto, Antón Arrufat parece haber imaginado una metáfora del amor maniático y subyugante. Y otra paralela sobre el poder y la fatalidad. Pero un cuento —ya lo sabemos— no es solo su final. Sospeché que el amor de “Fractura” es un símbolo más, algo que se alarga hasta rozar con una noción suprema del egocentrismo en cualquier campo. Mi amigo sabe jugar con la grandilocuencia sin precipitarse en ella, aunque ese juego puede bastar para que sus adversarios lo tilden de grandilocuente. Tendrían que leerlo. Pero aquella palabra imprevista: nightology, le quedaba, a mi modo de ver, demasiado estrecha a “Fractura”. Me atreví a exteriorizarle al maestro mi humilde convicción, y lo vi reacomodarse en la silla, estirar las piernas y mirar a lo lejos. Seguí la línea de su mirada y pensé que, enredados en los techos desiguales de Obispo, sus pensamientos eran cada vez más ajenos a la merienda fuerte por la cual lo seguí hasta el café. Yo comprendía, por ejemplo, que nightology no se queda en “Fractura” en una simple insinuación de sexo, como pretendía la camiseta del desafortunado que inspiró a Arrufat. Pero tampoco se desbordaba hacia los bajíos de lujuria y peligros de mi relación con Molly.

Puntualicemos. Antón Arrufat aseveraba que la palabra nightology había insuflado sentido a su cuento de forma retrospectiva. Sin necesidad de cambiarle una coma, “Fractura” era fundamentalmente otra proposición —así declaró—, gracias al azar que le echó encima a un sujeto que la llevaba en el pecho. Porfié con él. Me arriesgué a explicarle que un texto literario es en esencia un cuerpo soberano, algo que, después de redactado, se aleja del autor. A los críticos solo les queda entonces la invención de lazos superfluos entre uno y el otro, como eso llamado estilo. De manera que si nightology hubiera tenido la potestad de multiplicarle el sentido a “Fractura”, lo hubiera hecho incluso sin tener que pasar por la mirada de Arrufat.  Mi abstracción lo tomó por sorpresa. Gracias a esa circunstancia reparó en la merienda. Elevó su vaso, mordió el pastel de embutidos y queso. Envalentonado, seguí refutándolo: nightology lo había impresionado a él, no a “Fractura”. Entonces habló con la boca llena. Cubriéndose con el dorso de su mano elegante y bajando la voz, como si pudiera con ello atenuar su leve falta de cortesía. Tenía a bien recordarme que ese hecho tan complicado, el lenguaje, nunca ha sido mero espejo de la realidad. El lenguaje, por el contrario, hace a la realidad, termina de darle forma, puesto que no hay nada en el ser humano que no acabe en las palabras. Antón no podía creer que un hombre como yo ignorara la potencia intrínseca de una palabra.

Me incomodé. Pedí una cerveza que pondrían a su cuenta y me dispuse a seguir siendo hipócrita. Arrufat aseguraba que una palabra merodeando por la ciudad modificaba el sentido de su cuento. Yo lo censuraba y me decía que esa misma palabra, merodeando por la ciudad, explicaba mi relación con Molly. La potencia que le negaba a nightology con respecto a la fábula de mi amigo, se la concedía frente a mi historia real. Sin embargo, si incurría en el solecismo de equiparar un texto literario —palabras más palabras: ilusionismo indomable— con un apartado de mi propia vida, era más por precaución que por soberbia: Molly me infundía temores que nunca pude explicarme del todo. Y los hizo más palpables el día en que me dejó en la página inicial del cuento de Antón aquel juramento: Te quiero. Me gustas.

Habían pasado unos meses de nuestro encuentro inicial, porque —claro— volvimos a vernos y los dos admitimos una incontestable atracción. Era como si hubiéramos estado predestinados, dije exagerando poco, y ella comenzó a sonreír: Me lo quitaste de la boca, susurró, y noté que llevaba una blusa verde, anudada detrás del cuello. La espalda le quedaba desnuda (se ladeó sabiamente para hacerme reparar en aquel detalle) y dejó que lo senos le resaltaran: dos contornos bellos, considerables, que imaginé también al aire, un poco más blancos que la piel de la espalda. Me obsesioné con ellos. Para el día en que por fin pude palparlos había perfeccionado tanto la imagen que me resultaron familiares. Un cuadro entrañable y contaminador aquellas tetas en verdad no tan firmes, pero grandes y perfectas, a juzgar por la simetría del halo y el tinte sonrosado de los pezones. Yo las mordisqueaba y ella exigía más ímpetu: quería una dentellada limpia en cada botón,  más violencia al apretarme contra su cuerpo, más insultos, algo que, sin lastimarla, la ultrajara. Una vez le confesé algunas impresiones. Su rostro, en no poca medida, me recordaba el de Carmen Zayas Bazán: frente amplia, mirada por lo general serena, labios carnosos, nariz notable, cejas amplias, pómulos de un cálido mármol. Y podría añadir: una intrínseca disposición a no pertenecer del todo a nadie, una disposición a quedarse sola. Le dije:

—Tienes porte para ser la mujer de un gran hombre.

Lo tomó a broma.

—Es posible —se contoneó—, pero de momento no soy tu mujer; soy tu querida.

Le proporcioné detalles. Le indiqué su parecido con la esposa de José Martí y entonces admitió que nunca había tropezado con una imagen de doña Carmen. Le acerqué la que había llevado conmigo, presumiblemente una zincografía de 1880, en la que aparece Zayas Bazán con el hijo en las piernas. Se le ve seria, a la usanza de entonces, con la mirada retenida, como para no pensar mientras es retratada. Resulta hermosa en su traje oscuro y el encaje del cuello atemperando la sensualidad que rebota en la mano izquierda, colocada sobre el asiento. En esa postura se parece a mi amante, quien aquella vez lo admitió.

—Bueno, pero mi pelo es más largo que el suyo y también más lacio, y seguro que a la hora de la cuestión soy más loca.

—No te confíes —le dije—, la mujer de Martí no podía ser una amante mediocre.

Se quedó pensando. Luego, en lugar de teorizar, se tendió de espaldas, vestida aún, y me invitó a echármele encima. El juego que proponía se basaba en tomarla del cabello y golpear con mi pelvis la suya, con una rudeza que la iba exacerbando con rapidez. La golpeaba y ella abría más las piernas para que me dejara caer sobre su vientre, mientras le susurraba acertijos acerca de su imaginación en las cosas del sexo. Golpearla era excitante, y comencé a fantasear sobre lo impresionada que estaría de sentirme eyacular así, con toda aquella ropa entre nosotros. Halé más su pelo y traté de golpearla exactamente sobre el clítoris. Me regaló un suspiro de asombro y me pidió que lo intentara nuevamente. Volví a golpearla y comenzó a sollozar. Me dijo que ni Carmen Zayas Bazán hubiera podido desquiciarse así conmigo, que solo ella era capaz de desear morir debajo de mí.

Por aquellos días recibí el encargo de Antón Arrufat: leer “Fractura”, comunicarle cuanto antes mi pensamiento. Para cuando pude hacerlo —he explicado que tardé dos semanas—, ya Molly se me había adelantado y contaminó el cuento de mi amigo con aquel entusiasmo suyo: Te quiero. Me gustas. Su arranque de sinceridad me estremeció. Tuve dos miedos, uno real, de ser sorprendidos alguna de las no pocas veces en que se me colgaba del brazo cuando nos encontrábamos en sitios solitarios de la ciudad, y otro más etéreo, de que me ocurriera algo parecido a enamorarme de ella. De manera que al final hice una lectura enviciada del cuento de Arrufat, bajo el influjo de aquella frase que después, por muchas razones, me apuraría a convertir en una ecuación. Así:

                       Te quiero. Me gustas=nightology

Molly tenía su propia opinión del cuento. Fluía sobre una prosa demasiado sucinta, creía entender, una prosa que hubiese resultado una gran virtud en el siglo XIX, pero que ahora le parecía opaca.  Le dije que para mí saber ir al grano era saber narrar. Tu amigo narra como un ensayista, porfió y dijo que si otra falla rondaba su cuento era la insistencia en pormenorizar. ¿Es sucinto o pormenoriza?, ironicé. Pormenoriza sin rodeo alguno, replicó, para añadir que sin embargo todo el morbo de “Fractura” le parecía auténtico. Observé que ese morbo, en buena medida, se sustenta en los detalles, pero no la convencí. Si, por ejemplo, mi marido decidiera matarnos, sería tan sutil como el asesino de “Fractura”, dijo.  La miré. Mi marido es un ser imaginativo, añadió. La golpeé en la boca y me escupió. Ni siquiera había trazas de sangre en su saliva. Para esa mañana habíamos pactado Antón Arrufat y yo la merienda en la calle Obispo, y apenas nos vimos trató de arrinconarme con la dichosa nightology.

Por la forma en que miró al marido una tarde en el Museo de Bellas Artes, adiviné que Molly seguía al acecho de conmociones fuertes. Vagábamos frente a unos cuadros al parecer muy eróticos, pero nos concentrábamos en nosotros mismos: el museo era  solo el lugar para escondernos. En algún momento ella extrajo su monedero. Al abrirlo noté que portaba una foto del marido a medio cuerpo, pero no me fijé en los detalles. La extrajo y me pidió que la sostuviera. Un poco más elevada, casi a la altura de sus ojos, especificó. No sé qué contagio me hacía sentir tan especial en aquella postura, con la cartulina en alto para que ella pudiera concentrarse. Lo mira con un desprecio nostálgico, pensé. Después me corregí: Lo mira desafiante, dispuesta a humillarlo. Volví a corregirme: Se mira en su marido y en mí, como en un espejo. Porque al sostener la foto, me colocaba igualmente bajo su mirada y, lo quisiera o no, el recelo o la inquina que le dirigía al marido también me abarcaba a mí. Bajé la foto. Guárdala, me exigió, que la vas a necesitar.

Llegué a mi casa con ella en el bolsillo y me tiré en la cama. Recordé un pasaje de “Fractura”, en el que la lluvia, golpeteando sobre el techo de un auto, enloquece a los amantes. Imaginé que íbamos, Molly y yo, en un auto nocturno. No me fue arduo inventarme además un leve picoteo sobre el metal del techo, ni dictarme los susurros que emitiría mi querida. Me acaricié como lo haría ella: con un dejo aristocrático que le insuflaba a los dedos una movilidad inesperada, una persistencia alegórica. Pero al cabo de unos segundos comprendí que perdía concentración. La lluvia de mi juego no parecía convincente, ni siquiera un placebo para los adictos a la lluvia. Me busqué en los bolsillos y saqué la foto. Iba a cometer una ofensa ridícula, a un nivel vergonzosamente alegórico. No sé por qué me bastaba con aquello. Los literatos son intrínsecamente inservibles, le había dicho a mi amigo Arrufat durante el encuentro en la cafetería de Obispo, y ahora me daba rabia comprobarlo tan íntimamente. Como debía detallar la imagen de la fotografía antes de otra operación, descubrí que miraba serio a la cámara y que usaba una camiseta con una palabra en inglés: nightology.

Asombrarse hubiera sido un menoscabo, por lo que preferí deshacerme del pantalón. Frente a la imagen del marido de Molly froté mi lanza sin más reparos que los que me hacían lamentar verlo relegado a aquella cartulina, sin poderes para sufrir mi escena de sexo con su esposa. Lanza de mi poderío que consiguió un erizamiento belicoso, con el que amenacé a la foto. Si mi marido decidiera matarnos…, recordé que había dicho mi querida, y soñé que me inmolaba por ella. Muero por Molly, declamé, como aquel mancebo que alcanzó a reiterar en un susurro Muero por la Revolución. Dos maneras de morir en gloria, para quien tenga la audacia. Y seguí frotándome cínicamente, delante de la fotografía y de todos los pensamientos que partían de mí, fragmentándose con una autonomía absurda.

Me detuve. Llamé a Molly, serían las cinco. Interrumpí sus dudas —creo que le grité— y le prometí que nos bastaría con treinta minutos, que antes del anochecer estaría en casa, a salvo de cualquier recelo del marido, quien trabajaba ese día hasta poco después de las nueve. Salí dispuesto a alquilar un auto, dije que por algunas horas, hasta la media noche. La esperé fuera del auto y solo después la convencí para que diéramos un paseo, para estar a solas el poco tiempo que nos dan las circunstancias, recité. Dejábamos atrás la ciudad a eso de las seis, ya con el cielo ensombrecido, cuando la miré de reojo en la penumbra y la noté impasible. Aceleré a fondo y volví a mirarla. Parecía resignada, parecía haber sabido que no la devolvería a su casa tan fácilmente. Vamos en busca de la lluvia, le dije, pero no me atendió. Entonces seguí en mi propia pesquisa. Me bastaría una llovizna fina, algo para oír repicar en el techo del auto mientras poseía a Molly. Con la noche delante busqué cualquier nube, cualquier dibujo en el cielo que me diera confianza, pero no lo conseguí. A la velocidad que sometí al auto debimos haber recorrido varios kilómetros, y Molly retraída, como si ya hubiese determinado castigarme con su actitud. Se lo eché en cara, no con palabras, sino con la manera en que miré hacia la carretera y de vez en cuando al firmamento, contraído al timón.

Era —lo imaginé más tarde— como si a medida que nos alejábamos de la ciudad se fuera desvaneciendo la intimidad entre nosotros. Todo lo que habíamos creído estaba restringido por un escenario. Una condición externa, como nightology, aquella palabra huera. Calculo una hora de búsqueda, poco más tal vez, para el momento en que detuve el auto. Le pedí su teléfono. Algo hizo relumbrar sus ojos mientras me lo alargaba.  Marqué el número de Antón Arrufat y esperé unos segundos. Cuando parecía que no iba a presentarse, respondió por fin. Lo tomó por sorpresa mi pregunta. Quería que me dijera si aún pensaba que el lenguaje es la morada del ser. Se le oía turbado cuando me contestó.

—El ser no existe, Rogelio, al final todo son palabras.

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