“Suelta, que se mueve suelta”

Margarita Mateo • La Habana, Cuba

Suelta, que se mueve suelta, y más que suelta, desatada, punzante, haciendo del contoneo y el desencaje su propia esencia, buscando una finalidad que rebase el mero apoyo para la articulación de laterales o africadas; una finalidad que vaya más allá de la obstrucción de la columna de aire en las oclusivas o del rápido aleteo trepidante de las erres.

Suelta, que se mueve suelta, afilada, cortadora, y muerde aunque no tiene dientes, rasga sin ser filoso acero, se clava y no es cuchillo, hiere sin ser espada, quiebra huesos aunque no los tenga, y es tanto su batallar constante que deja de interesarle el punto de articulación de las interdentales, las alveolares, mucho menos aún le preocupan las palatales o las velares, absorbida, como está, en su propio tijereteo.

Suelta, que se mueve suelta, tan suelta que no permite a sus músculos intrínsecos —que discurren verticales, transversales y longitudinales para facilitarle sus muchos y diversos movimientos— participar en procesos aburridos y procaces como la masticación o la deglución, y tampoco le interesa el paladeo, el ensanchamiento de las papilas, sus contracciones dilatadas, el despliegue de sensaciones gustativas en el saboreo de finísimos manjares.

Imagen: La Jiribilla

Suelta, que se mueve suelta, y más que suelta, desatada, aunque no sea de trapo, ni se la pisen otros; aunque no sea larga, ni tampoco sucia, unida apenas por la base al hioides, para deslizarse sinuosa, y convertirse en látigo restallante, pura musculatura vibrátil disfrutando de esta libérrima posibilidad de movimiento que le permite alzarse, torcerse, plegarse, lanzarse en raudas acrobacias.

La lengua de Antón Arrufat no es como la del resto de los mortales. Presenta cerca de su ápice, en la parte superior, una bolita roja, cuneiforme, de híbrida textura, donde, según extendidos rumores, se acumula el veneno que con muchísima frecuencia destilan sus palabras. Esta bola mala —como le llamó el autor de Tres tristes tigres— parece que es la culpable de su maledicencia. Se equivocan, entonces, quienes la han calificado de bífida o viperina sin reparar en el singular detalle de su anatomía.

Su vasta obra literaria, su maestría en el manejo del lenguaje, la capacidad lingüística desplegada en aras de su potenciación estética, su dominio, en fin, del arte de la palabra, son los motivos que avalan que el sillón i sea ocupado por él a partir de ahora.

Pero también —es menester reconocerlo—la lengua de Arrufat ha cumplido otras funciones, como aquellas que se mencionan en Altazor cuando el Creador, después de trazar la geografía de la tierra y formar el océano con sus olas, después de crear “la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas, y los dientes de la boca para vigilar las groserías que nos vienen a la boca”, creó “la lengua (…), que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar…a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador”. Esta última función, que según el propio Huidobro se expresa en lengua de profetas, lenguaje que llena los corazones, es la que nos convoca hoy aquí para darle la bienvenida a Antón Arrufat como miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua.

Su vasta obra literaria, su maestría en el manejo del lenguaje, la capacidad lingüística desplegada en aras de su potenciación estética, su dominio, en fin, del arte de la palabra, son los motivos que avalan que el sillón i sea ocupado por él a partir de ahora.

Como escritor Arrufat se da a conocer muy temprano cuando, a sus veintidós años, se estrena su primera obra de teatro, El caso se investiga. A partir de entonces, y a pesar de los desafortunados eventos que atentaron contra su labor creadora, continuó escribiendo sin dar cabida a rencores o miradas autocomplacientes: su vocación de escritor era más fuerte que cualquier agresión y a la larga resultó indoblegable. En la actualidad su bibliografía está integrada por más de veinte títulos, una buena parte de los cuales ha visto la luz en los últimos años.

El ímpetu y la energía creadora de este autor, lejos de disminuir, se han acrecentado con el paso del tiempo en una dilatada etapa de madurez que mantiene en sus lectores las expectativas por la publicación de los textos —en este caso una novela— que está escribiendo.

Uno de los rasgos más notables de esa labor es la versatilidad. El autor de Los siete contra Tebas ha incursionado con éxito en diferentes géneros literarios —poesía, teatro, cuento, novela, ensayo, testimonio—, y en todos ellos ha dejado su huella personal. No es ocioso recordar que de los seis premios de la crítica que ha obtenido hasta el momento, dos han sido en novela, dos en teatro, uno en poesía y otro en ensayo.

Uno de los rasgos de su escritura, no desvinculado de la versatilidad, es la tendencia a la difuminación de las fronteras entre los géneros. Este fenómeno de contaminación o superposición se advierte como una constante en su obra. No es casual, entonces, que la crítica sobre su obra teatral se haya referido al intenso valor poético de sus textos dramáticos, y al mismo tiempo, a la cercanía que mantienen con la prosa reflexiva.

Su creación literaria —donde se superponen también el pasado sobre el presente, la tradición sobre lo nuevo—constituye una de las expresiones más sólidas y relevantes de la literatura cubana contemporánea.

Por otra parte, en sus novelas —La caja está cerrada y La noche del aguafiestas— pueden distinguirse fuertes vínculos con la poesía, el teatro y la ensayística, mientras que en su incursión en el que Alfonso Reyes denominó el centauro de los géneros literarios es notable la presencia de la narratividad y lo dialógico.

La obra de Arrufat se renueva constantemente a la vez que se mantiene fiel a una poética muy propia, y abarca un vasto espectro temático, en el que se advierte  una marcada preferencia  por las breves ceremonias de la vida cotidiana y por las relaciones con los objetos, es decir, por las pequeñas cosas que integran nuestro mundo. Su creación literaria —donde se superponen también el pasado sobre el presente, la tradición sobre lo nuevo—constituye una de las expresiones más sólidas y relevantes de la literatura cubana contemporánea.

Como intelectual, en un sentido que trasciende lo literario, Arrufat ha participado con una labor sobresaliente en la cultura cubana, no solo por su vinculación con algunas de las revistas más importantes del país como Ciclón, Casa de las Américas (de la cual fue director y fundador), Revolución y Cultura, Unión o La Gaceta de Cuba, sino por haber vivido intensa y dramáticamente sus circunstancias culturales, lo que ha hecho a partir de una rigurosa ética personal en la cual la paciencia, la perseverancia y su alta valoración del oficio del escritor han sido pilares fundamentales.

Por su actitud ante la vida, por su dedicación ilimitada a la labor creativa, por el valor estético de su escritura, que lo ha ido convirtiendo en un clásico de la literatura cubana, Antón Arrufat es hoy una leyenda viva, un mito de la cultura nacional y me resulta sumamente grato recibirle hoy, junto a mis colegas, como miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua.

 

Nota: El texto fue el discurso de recepción que realizó la autora cuando el ingreso de Antón Arrufat a la Academia Cubana de la Lengua. Se incluye en su libro Dame el siete, tebano. La prosa de Antón Arrufat. Ediciones Unión, La Habana, 2014

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