Pedro, regresa

Denis Alvarez Betancourt • La Habana, Cuba

“Solo existe un bebé hermoso en el mundo y cada mamá lo tiene”

No sabes Pedro, cuanto lamento que te hayas ido, y lo peor, que me dieras esa disyuntiva terrible de elegir entre Pedrito y tú. Sé que en un final recapacitarás y volverás a este, nuestro hogar, donde hemos pasado tanto juntos. Él está aquí, al lado mío y muy preocupado por ti. Fíjate si te quiere, que esta noche no salió a su recorrido de siempre que, como sabes, es tan importante en su vida. Está esperando en casa que respondas a nuestra llamada. Ojalá no se nos enferme como el día aquel que estuvo casi en coma por la falta de alimento.

Pero Pedro, mi amor ¿Acaso no recuerdas cuanto pasamos para tener un niño? ¿Cuántos intentos fallidos? Y mamá con la impertinencia constante ante todos para que le diéramos un nieto antes de morir.

─ Sabes Armanda, ayer parió Josefa. Sií la vecinita de los altos. Un bebé más lindo que está para comérselo. No sé lo que esperan tú y Pedro. No me van a dejar morir sin un nieto─,…y así todo el tiempo, hiriéndonos inocente y constantemente la pobre.

¿Cómo voy a entenderte? A lo mejor es porque desde el principio no te conté como me hice de Pedrito, pero creí que no era importante.

¿Te acuerdas del montecito aquel? Ese que está cerca del Almendares. Estuve allí aquella vez de los muertos. En eso te desobedecí, perdóname. Nosotras las mujeres somos muy curiosas y la verdad es que no te creí lo de los cocodrilos que arrastraban a la gente. ¿Cocodrilos en el Almendares? ¡Nadie se lo cree!  Si, ya sé que Cuco y Tirso se perdieron en el monte, y que después apareció su ropa manchada de sangre, pero tú los conocías mejor que yo de las francachelas aquellas de tu juventud. Con los puntos que se calzaban los dos, cualquiera pudo matarlos y enterrarlos en el cementerio para que nunca aparecieran; o tal vez se ahogaron por esas borracheras descomunales que a cada rato se daban y los arrastró la corriente hasta mar afuera. Oye que con la cantidad de tiburones en la costa, nunca queda nada. O mira,  también pudieron irse en una lancha y hundirse;  estaban los dos loquitos por irse pa´l norte y bueno con la cantidad de tiburones..., pero eso ya te lo dije. Discúlpame, me fui algo del tema; ya estoy divagando como siempre dices.

Bueno el caso es que aquel día, plenas doce, con el sol rajando las piedras, quise descansar en aquel montecito un rato y, de paso, aprovechar y ver donde encontraron la ropa manchada de sangre. En el pequeño claro que está casi en el medio, oí llorar a un niño. Me asusté, por aquello de que los cocodrilos a veces lloran para atraer a sus presas; ¿Dónde pude leer eso? ¿Quiroga quizás? pero no obstante me aproximé y lo vi. Estaba ahí, semienterrado entre dos montoncitos de cenizas. Sólo se veía su piernita izquierda, algo quemada. Lo cubrí con mi abrigo y entonces fui a casa para bañarlo. 

Tenía tanta hambre el pobre y era tan chiquito que en cuanto le puse el pecho comenzó a chupar desesperadamente. Al principio mi hincó un poco con sus dos colmillitos recién salidos y la verdad en que no sé qué chupaba, pero se ponía tranquilito y su piel cambiaba a rosadita de ese verde azulado transparente que no se le ha quitado nunca. 

¿Recuerdas cuando te lo enseñé? Estaba tan ilusionada porque algo me decía que podía quedarme con él. No era nada lindo, pero que bebé lo es. Nacen morados y arrugados con cara de llanto y poco pelo. Me llamaste la atención sobre los dos bultitos en la espalda y que era imposible un bebé de ese tiempo con colmillos, pero estabas igual de ilusionado y enseguida lo llevamos a seguridad social. Tantos papeles y por fin el día que nos lo dieron. ¡Que felicidad! Aunque no regreses siempre te agradeceré lo que hiciste para poder adoptarlo.

Sé que no te gustó cuando abrió los ojos. A ti creo fue el primero que vio, con esos globos blancos translúcidos y su iris plateado; que no le cambiaron, como te dijo mamá al ver la cara de susto que pusiste. Igual; puedes haber sentido que penetraba en tu mente, yo también lo sentí. Es una sensación fuerte, tener tu alma al desnudo frente a un bebé que ni habla. Tampoco te hizo gracia como me puse, flaca y amarillenta, con aquellos senos morados que apenas podías tocar y dudaste que el niño estuviera lactando pero yo te aseguro que sí. Es científico que mujeres pueden lactar aunque no hayan estado embarazadas y yo tenía leche, aunque no mucha. Quizás por eso se demoró tanto en crecer. Porque  creció. ¡Tú lo viste y eso es importante!

Si analizas su único problema ha sido la comida. Aún me duele cuando lo obligaste a tragarse los trozos de bistec. Recuerdo que los chupaba y ponía a un lado en el plato. No lo justifico; era muy desagradable el ruido que hacía, ese suuc, suuc..., pero fuiste muy duro. Yo creí que se me moría. Imagínate el rechazo que le hizo a lo único que le dábamos. Después empezó con lo de las ratas pero que iba yo a hacer. Necesitaba alimentarse y en un final, nunca las mató frente a nosotros. 

Que no jugara al sol. Pero Pedro si con solo el resplandor se nos quemaba. Sé que muchas veces quisiste llevártelo al malecón a empinar papalotes y él estaba encantado en acompañarte. Era yo quien no lo dejaba, porque allí Pedro no hay ni un techito seguro. Mira, me está diciendo que con un protector solar nuevo que sacaron en las tiendas a lo mejor va y puede acompañarte. Yo no me opondré. También sé que una casa en el trópico, cerrada a cal y canto, no es muy aconsejable, ¡Y este año si que ha hecho calor!, pero para los hijos hay que hacer cualquier sacrificio, no. Además, García Márquez dice que es mejor cerrar de día y abrir de noche por lo de la brisa. ¿En qué libro fue?. No me acuerdo bien; es esa memoria mía tan mala, si hasta mi cumpleaños se me olvida.

Y hablando de cumpleaños, dime ¿No la pasábamos bien? Claro, ningún niño quería venir porque Pedrito mordía; trabajo que pasamos para quitarle esa manía,  pero los hacíamos en familia y la pasábamos muy bien nosotros tres, ¿O nó? Lamento que las fotos nunca  salieran, siempre se velaban, pero la culpa era de esa cámara vieja tuya. Rosario la de mi trabajo, me prestó una digital de esas nuevas y él sale muy bien. Tengo como quinientas de esas. Quiere que te envíe una para que veas que no miento, pero yo creo que mejor es que vengas tu mismo a verlas.

Pedro, él se disculpa de que lo hayas visto volar con aquellas alas enormes de murciélago en su cuarto; era algo que tenía muy guardado y la verdad es que no quiso asustarte. Entraste tan intempestivamente. Ya yo lo sabía, pero no quise decírtelo por eso mismo; para no espantarte. Más le dolió que lo llamaras vampiro. Terrible palabra, porque se siente que vive como tú y como yo. Los vampiros no crecen Pedro, ni pueden sacárseles fotos. Entiendo que, por lo de volar como los murciélagos,  puedas pensar que sea eso; también por lo de los colmillos y la sed de sangre. Pero Pedro, él es nuestro regalo del cielo y quien quita que en vez de vampiro sea nuestro ángel. Yo lo veo así. ¿Cómo podría llorar un vampiro como lo está haciendo nuestro hijo Pedro? Por favor, si no es por mí al menos hazlo por él, que sufre mucho sin ti. Regresa Pedro.

 

Ficha: Denis Álvarez Betancourt. La Habana, 1968. Narrador cubano. Licenciado en Física por la Universidad de La Habana. Ha sido finalista en los concursos literarios: Arena de Ciencia Ficción y Fantasía 2007; Constantí 2009, Relatos de Familia; III Premio Cryptshow, Festival de Relatos de Terror, Fantasía y Ciencia Ficción 2010 y Mabuya de Literatura Fantástica 2011. Obtuvo Mención en el Concurso Luis Rogelio Nogueras 2010, con el cuaderno de cuentos Llueven piedras, y ganó el Primer Premio en la categoría de Ciencia Ficción del Concurso Oscar Hurtado 2011, con el relato “Guido Persing quiere un niño”. Participa del Taller Literario Espacio Abierto. En la actualidad trabaja en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.

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