Complicados senderos de Juan Clemente Zenea

Jorge Sariol • La Habana, Cuba
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La estatua es descrita como la imagen de un hombre meditabundo. Otros ven en la expresión del rostro la amargura de un sino trágico. Sin embargo, al mirarla con detenimiento pudiera uno apreciar el tono grave de quien en verdad supo de los complicados senderos, venturosos o erráticos de la vida.

Y tal fue la existencia del bardo cubano Juan Clemente Zenea y Fornaris, muerto el 25 de agosto de 1871, que se negó a morir de rodillas ante el pelotón de fusilamiento, luego de rechazar los auxilios de un sacerdote.

Sus amigos lo describieron como de «estatura mediana, frente espaciosa, ojos pequeños, negros y penetrantes, pero muy miope, con espejuelos de oro siempre fijos sobre su fina y delicada nariz, grandes bigotes caídos, color pálido, cabellos de un rubio oscuro.

«Apenas tenía rasgos de lo que ordinariamente se considera del típico español americano, a no ser tal vez por los gestos y el modo de andar».

El conjunto estatuario tiene en posición prominente a la figura del poeta, en bronce y tamaño natural, estilo sedente y sobre un gran bloque de mármol blanco, en alusión a una peña.

En la parte inferior, a la derecha, se destaca una figura de mujer también de mármol, con lira en el brazo izquierdo, como musa de la inspiración poética.  

En la parte posterior del monumento aparecen versos de su conocido poema “A una golondrina”.

Imagen: La Jiribilla

Obra del español Ramón Mateu y realizada por gestiones de Piedad Zenea de Bobadilla —hija del poeta—, la estatua fue creada en la segunda decena del siglo XX y permanece desde entonces en el mismo lugar: en el extremo más cercano al mar del Paseo del Prado de La Habana.

Del poeta, nacido el 24 de febrero de 1832, en la ciudad de Bayamo cuentan que de su tío materno José Fornaris acaso heredaría el talento literario. Según Enrique Piñeyro [1], su más atento biógrafo, «también su tío Evaristo y su primo Ildefonso Estrada y Zenea cultivaron las letras. Su padre era aficionado a la música, tocaba bien la flauta, y adquirió Juan Clemente esa habilidad, que, por mucho tiempo, hasta su matrimonio le fue de gran entretenimiento».

Muy joven tuvo cultura amplia y sólida. Su desenvoltura, su precoz inteligencia y la enjundia de su conversación le ganaron un puesto de redactor en la publicación La Prensa de La Habana, cuando solo tenía 17 años, además de publicar en varios folletines semanales. En uno de ellos escribiría un suelto que desató la ira del Obispo de la ciudad.

Famosos fueron sus amores con la hermosa y exquisita artista norteamericana, de origen judío, Adah Menken, que figuraba como bailarina del teatro Tacón, y años después triunfaría en Europa como actriz dramática.

Hasta los últimos días de su existencia, Menken recordaría aquel amor con el poeta cubano, que se viera interrumpido por contratos y giras.

Imagen: La Jiribilla

Zenea tuvo también, desde joven, un arraigado sentimiento patriótico. Su participación en la elaboración del periódico La Voz del pueblo, que editaba Eduardo Facciolo, lo colocaría entre la juventud más activa contra el colonialismo.

Pero apresado y ejecutado Facciolo por sus actividades, Zenea tuvo que refugiarse en agosto de 1852 en la ciudad de Orleans, donde, por breve lapso volvería encontrarse con la Menken.

Tras una temporada en Nueva York y, luego de ser promulgada la amnistía,  en 1854 regresó a La Habana.

Años fecundos entonces le llevarían a la fundar la Revista Habanera, una publicación mensual en la que daría a conocer buena parte de su obra.

Este período sería prolijo en su poesía y su labor crítica.

Fidelia”, una de las más famosas de sus composiciones llevaba, según el propio artista, la carga de haber sido inspirado en un amor real, fallido e infausto

¡Bien me acuerdo! ¡Hace diez años!
¡Y era una tarde serena!
¡Ya era joven y entusiasta,
pura, hermosa y virgen ella!

Imagen: La Jiribilla

En 1865 contrajo matrimonio con Luisa Más, y poco después nacería su hija Piedad.

La amarga situación política cubana lo empujó con su familia hacia Nueva York. Entre los vaivenes de  fortunas y fracasos, hizo estancia en México, en donde conoció del estallido de la Guerra de los Diez Años.

Un período distinto comenzó para el poeta, del que se sabe participó en un frustrado intento expedicionario y de intervenciones como redactor del periódico La Revolución, que editaba la Junta Central de los Revolucionarios Cubanos. Por tal  labor Zenea no cobraba honorarios.

Pero nacieron hartas discrepancias —por razones largo de explicar aquí— entre miembros de la junta y el General Manuel de Quesada, enviado por el presidente la República en Armas Carlos Manuel de Céspedes. Dichas divergencias complicaron muchas actividades revolucionarias, algunas con desenlaces trágicos, entre las cuales se incluye lo sucedido al poeta.

En tales contextos, un amigo llamado Nicolás Azcárate, jurista cubano a su vez relacionado con don Segismundo Moret, Ministro de Ultramar de España, envolvió a Zenea en una embarazosa comisión.

Moret promovía la reconciliación entre España y la isla insurrecta y, a pesar de la conocida postura de los revolucionarios, el vate aceptó llevar un mensaje a Carlos Manuel de Céspedes.

¿Por qué lo hizo? Muchos afirman que era muy grande la desorientación política entre los emigrados.

Lo cierto es que el 3 noviembre de 1870, con la más absoluta discreción, salió de Nueva York a Nassau, y de ahí partió en una lancha pesquera hasta Nuevitas, Cuba. Adentrándose en los campos insurrectos llegó por fin ante el glorioso patricio.

Poco se sabe de lo conversado entre Céspedes y Zenea. Pero aleccionador debió haber sido el encuentro, pues el poeta tomó previsiones para regresar, con encomiendas del Presidente y varios documentos de suma importancia y, sobre todo, la responsabilidad de sacar al exterior a la esposa del jefe militar insurrecto.

Pero la goleta que había pactado recogerlo en la bahía de Sabinal 30 días después de su llegada no acudió al punto. Poco después Zenea y la comitiva que le acompañaba fueron apresados.

Nada pudo salvarlo en el largo trayecto hasta La Habana, en donde fue internado en una bartolina de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña.

El poeta tenía nacionalidad norteamericana, pero no hizo uso de ella para salvarse.

Aseguró Piñeyro que la última composición, escrita en prisión, la redactó «En un pañuelo agujereado por un alfiler y utilizando como tinta el humo de una lámpara de aceite que había en el calabozo. Dice que no la escribe para hallar un consuelo en la horrible ociosidad, sino para rogar que le permitan llegar libros a la celda, pues hace siete meses que está incomunicado…»

Esta vida es horrorosa,
nunca ocurre nada nuevo
y siempre la misma cosa.
de un relevo a otro relevo!

El 25 de agosto de 1913 fue fijada en el foso de los laureles una lápida para recordar el fusilamiento.

A pesar de haber sido infamado por muchos compatriotas, por los hechos que le llevaron hasta Céspedes, otros tantos reivindicaron su valía al reafirmar que…« de delicadísima inspiración lírica, tendiente a lo elegíaco y ágil periodista de sentimientos revolucionarios, Juan Clemente Zenea y Fornaris puso su pluma al servicio de la causa de la libertad de Cuba».  

 

Nota:
  1. Historia de la Literatura Cubana.  Juan José Remos, p.p. 326

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