Lilí Martínez, el pianista maestro del montuno

Leonardo Depestre Catony • La Habana, Cuba

Se cumple justamente un siglo del nacimiento de Luis Martínez Griñán, o Lilí Martínez, como la historia musical cubana lo conoce. Él, como tantos artistas ilustres, espera por una biografía, o al menos un estudio que valorice críticamente su contribución a la grandeza del son y su maestría pianística. Confieso que cuando el 19 de agosto de 1984 lo visité en su modesto hogar (porque vivir del arte era algo tremendamente difícil muchos años atrás) y dialogamos, no tenía una cabal idea de su huella como arreglista en la música popular, de su grandeza interpretativa y mucho menos de que, por casualidad, aquel día cumplía 69 años.

Imagen: La Jiribilla

El maestro Martínez Griñán me recibió con sencillez y afabilidad. Era comunicativo y le gustaba recordar. Anoté sus palabras de entonces:

“Entré a trabajar con Arsenio [Rodríguez] a finales de 1945. Las tres grandes orquestas del momento eran entonces la Maravillas de Arcaño, la Melodías del 40 y el Conjunto de Arsenio Rodríguez. Arsenio sacaba la música y venía a buscarme, nos íbamos para un bar, él cantaba y yo copiaba. Entonces le decía: «¿Tú la quieres para hoy mismo?» De ser así, a las dos de la tarde estábamos en Mil Diez, empezábamos a ensayar y a las cinco presentábamos el número en primera audición, como se decía. Esto era posible por la calidad de los intérpretes del conjunto. [Miguelito] Cuní, por ejemplo, era un cantante inteligentísimo, muy rápido para aprenderse las cosas”.

Época de oro

La presencia de Martínez Griñán en el conjunto de Arsenio Rodríguez es significativa para uno y para otro, pero también para la música popular. Los arreglos del pianista encuadraron perfectamente en el estilo de la agrupación y los especialistas coinciden en afirmar que la calidad sonora tuvo un alza con los arreglos de Lilí, pues sus solos de piano removieron el escalafón musical y confirmaron la preferencia de muchos por el conjunto dirigido por Arsenio.

Si ya hemos apuntado que tenían de cantante a Miguelito Cuní, también lo estaban René Scull y Carlos Ramírez; Papa Kila (Antolín Suárez) y Félix Alfonso en la percusión, Lázaro Prieto en el contrabajo,  y los trompetistas Félix Chapottín, Alfredo (Chocolate) Armenteros y Carmelo Álvarez, por supuesto el ciego maravilloso y su tres, y al piano Lilí Martínez, quien entró cuando el pianista Rubén González firmó contrato para tocar en el exterior. Es la época de oro de la agrupación y algo más: Martínez Griñán sienta las bases para que se le considere el más destacado de los pianistas intérpretes del son montuno.

La partida de Arsenio hacia Nueva York en 1950, adonde después lo acompañan algunos de los integrantes del conjunto, coloca a Lilí ante la encrucijada de quedarse o viajar, porque Arsenio lo quiere consigo. Sin embargo, opta por lo primero y con la reestructuración del conjunto, que pasa a ser la orquesta de Félix Chapottín, continúa una larga carrera, pues se mantiene la vigencia de la nueva agrupación y su preferencia entre los bailadores.   

Es revelador y explicativo este comentario que el musicólogo Radamés Giro recoge en su exhaustivo diccionario de músicos cubanos. Dice así: “Lilí Martínez, al interpretar el son, tenía sus secretos: en primer lugar, la dulzura; no tocar fuerte, pues no le interesaba ‘parecer un virtuoso’; por eso tocaba suave y aplicaba todos los elementos de la armonía tradicional, y de la moderna, pero siempre cuidando la dulzura que se le ha de imprimir al son”.

Amante de la música clásica, de la pianística de Federico Chopin y con una formación musical vasta, aunque sustentada en el esfuerzo individual y el autoestudio; al respecto el propio Martínez Griñán expresaría: “Chopin me hizo tierno ante el teclado”.

Viaja, graba discos de larga duración con Chapottín y a finales del decenio del 50 abandona esta orquesta. Toca para otras y el trabajo no le falta porque su prestigio trasciende las fronteras, al punto que se considera que su estilo ha influido en otros músicos notables tanto cubanos como del ámbito caribeño.

Por último…

En un esclarecedor artículo de la periodista Yaimara Villaverde Marcé se lee que “de las manos de este guantanamero emanaron (…) obras que hoy son joyas del pentagrama musical cubano, entre ellas Quimbombó”, “Tu cosita mami”,  “No me llores”, “Que se fuña”, y muchas otras atribuidas erróneamente a otros grandes como Arsenio Rodríguez o Félix Chapottín”.
También es autor de los sones “Alto Songo se quema La Maya”, “Aprovechen pollos”,  “Mi son, mi son”, “Sazonando”, “Se acabaron los guapos en Yateras”, “Aunque tu mami no quiera”; de los boleros “Esto sí se llama querer”, “Tú no puedes dejarme”… Sucede con él que muchas veces se escuchan sus números, o se les tararea, desconociendo que el autor de la melodía fue Lilí Griñán.

Nacido en Guantánamo el 19 de agosto de 1915, el pequeño Luis hizo sus primeros estudios de piano con su hermana Ana Emilia. Tocó en algunas orquestas y en 1937 formó Los Champions de Lilí Martínez, con la cual trabajó para las emisoras locales, amenizó fiestas, laboró en academias de baile y se dio a conocer como músico en la región más oriental del país.

Receptivo a los ritmos de aquella parte del país, entre ellos el changüí, e igualmente abierto a las sonoridades del jazz, dotado de un ímpetu creativo e innovador, inteligente y estudioso, Luis Martínez Griñán alcanzó una maestría que no solo le reconocieron los seguidores de la música popular, sino en particular sus colegas, por ser estos los que mejor podían avalar el talento del pianista  y de sus arreglos para ese instrumento.  
El maestro murió en La Habana el 26 de agosto de 1990, pero se le sepultó en Guantánamo, donde se le honra y tiene como una de las glorias de una nación tan pródiga en valores musicales.

Lilí Martínez merece una revalorización de sus aportes musicales. Sería esta de su centenario, una excelente ocasión para emprender su redescubrimiento.  

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