¿Acaso no podemos hablar acerca del amor en este pudridero?

Ahmel Echeverría • La Habana, Cuba

Dudo si en el inicio de este texto a propósito del libro Vías de extinción de Antón Arrufat, Premio Nicolás Guillén de Poesía 2014, cabría una breve digresión. Si lo decidiera comenzaría con una andanada de preguntas cizallada del texto “Pequeño poema de Navidad”, del poemario La isla en peso. En él Virgilio Piñera espeta: ¿Naciste ya, Señor? ¿O esperas la señal del dolor para venir al mundo? Tu cuerpo, sin mundo todavía, ¿se estremece y se dobla como el dolor del hombre?

Imagen: La Jiribilla

Virgilio, o las preguntas de nuestro Virgilio, como la ruta (crítica) a seguir. Virgilio, o el insoportable graznido (por todas partes), como la certeza de una vida que pugna no solo por un pequeño lugar, también por un tiempo, una huella (mínima en una muy alta probabilidad), por la absolución y la resurrección. Esos seres nunca homúnculos conocen, padecen y gozan el calvario; en ellos acontece la risa, luego el rictus de dolor, o al revés, da igual, a fin de cuentas es un ciclo eterno, o que solo acabará cuando deje de latir el corazón del último hombre.

La voz situada frente a nosotros en tanto sujeto poético parece decidida al relato, a la confesión. Es la voz de un hombre que en su haber tiene no poca vida en tanto suma de episodios y por el largo tiempo vivido. Es la voz de alguien acostumbrado al gesto con el que se aceptan las despedidas.

De la muerte y el resucitar en el final y el inicio de cada día, de la vida de un hombre cualquiera, de las pequeñas escaramuzas para asumir la futilidad o las adversidades del diario acontecer va este cuaderno, un poemario escrito especialmente “para aquellos que han aprendido a despedirse”. La voz situada frente a nosotros en tanto sujeto poético parece decidida al relato, a la confesión. Es la voz de un hombre que en su haber tiene no poca vida en tanto suma de episodios y por el largo tiempo vivido. Es la voz de alguien acostumbrado al gesto con el que se aceptan las despedidas.

Digamos de antemano que en Vías de extinción los poemas atraviesan y habitan el espacio íntimo —del cuerpo, la casa, o de la pareja y los amigos por los que hemos apostado— para dejar el leve testimonio de una vida común, de los ingredientes de una vida que algunos llaman anodina. Podrías, en estos poemas, escuchar el grave ruido del silencio cuando en la noche vas a la cama y allí nadie espera por ti. Sí, es el arduo rumor de la soledad. Allí, en esa habitación, acontecen los recuerdos.

Esa voz urdida por Antón incluso podría situarse en donde iría la tuya, en el mismo espacio donde estallarían tus recuerdos, para entonces hablar o hablarte de los rostros conocidos que se irán ausentando de las tardes en la cinemateca, las fiestas, de la habitación y la cama y el baño más de una vez compartidos, de esa otra voz cercana y entrañable que no volverá a escucharse al otro lado del teléfono. Es la concreción de la ausencia, la noción de la muerte, como irse a la cama con la certeza de que vas o podrás despertar, sabiendo que al día siguiente algo, irremediablemente, echarás en falta. En este poemario encontrarías los objetos sagrados del amor, pero también los baladíes: “un pie, la hoja del árbol, una llave” o los “días a fuego lento, mañanas que se pudren sin consumir y enterramos vivas”.

En este acto de mirar atrás, de mirarse, de viajar hacia el hombre común y hurgar allí para saber de sus inquietudes, miedos, el dolor, sus raptos de odio, entender aquello a lo que llaman amor y felicidad, no queda fuera el entorno —¿acaso un pudridero?—. Es el afán de (re)crear un escenario, las coordenadas que nos ubicarían dentro de las relaciones de poder en las que está inmersa esa voz que revela, con no poca ironía y desparpajo, sus historias mínimas —el hombre en un contexto social, cultural, económico, político—. Y mientras se repasa o revisita el pasado acontecen las comidas, el atardecer, el sueño, las reglas, el pequeño acto de venganza, el sexo liberado del claustro impuesto por las ropas y las piernas, la irreverencia y la envidia, las sábanas y las humedades del cuerpo, también la posibilidad del fin del deseo, y la vejez y la juventud, o la juventud vista desde la vejez, y el canto de un pájaro, la madrugada... Hay incluso un verso para la madrugada y el sueño, para el desvelo de aquel que permanece “al lado de alguien que sí consigue dormir”.

Imagino al cuaderno de poemas Vías de extinción de Antón Arrufat no solo como la posibilidad del relato puertas adentro —sí, he dicho relato—, y en donde quizá haya más de una confesión, también el espacio en el cual, tras el diálogo con esa voz, sería posible formularnos cierta andanada de preguntas que nos situaría en el centro mismo de una reflexión acerca de nuestro devenir.

Imagino al cuaderno de poemas Vías de extinción de Antón Arrufat no solo como la posibilidad del relato puertas adentro —sí, he dicho relato—, y en donde quizá haya más de una confesión, también el espacio en el cual, tras el diálogo con esa voz, sería posible formularnos cierta andanada de preguntas que nos situaría en el centro mismo de una reflexión acerca de nuestro devenir, o asumiendo el rol de “contexto”... Pensar los puntos suspensivos tal cual un boxeador hace de las suyas para tomar un respiro; la pausa antes del próximo golpe, la finta; apostar por la lucidez y dejar por escrito en un arriesgado acto: “hay, al interior de esa andanada, esta serie de interrogantes: ¿qué es el amor?, ¿qué es la felicidad?, ¿qué es la muerte?, ¿cómo nos ve “el otro”?, ¿cómo vemos “al otro”?, ¿qué deberíamos hacer en favor “del otro”?”

Pienso en el poemario y de súbito mi boca dice “manojo de esquirlas”. Al intentar unirlas podrías construir un breve universo —allí es posible el dolor y la fiesta, frugalidades y no pocos excesos, el continuo desear, el placer, el hastío.

Imagino este poemario tal como si fuera un cuerpo “hecho de vísceras y palpitaciones, por tardes y noches, latidos de lecturas, cavidades de incomprensión, espacios de sentimientos, desaciertos”... Sí, Antón, “lo real intacto en lo real devastado”.

Pienso en el poemario Vías de extinción como una suerte de abrazo de aquel que aprendió a despedirse, un abrazo del otro Antón.

 

Tomado de la página digital de la editorial Letras Cubanas
Nota: Palabras leídas en la presentación del poemario Vías de extinción, de Antón Arrufat, el 4 de octubre de 2014 en el tradicional espacio Sábado del Libro, en la Calle de Madera de la Plaza de Armas, la Habana Vieja.

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