En sus cien años:

Lino y Lilí, coincidencias

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Es una feliz coincidencia que los dos más influyentes pianistas en la consolidación del formato de los conjuntos soneros en la década de los 40 del pasado siglo hayan nacido el mismo año con apenas unos meses de diferencia. Ezequiel Lino Frías Gómez vino al mundo en La Habana el 10 de abril de 1915, mientras que Luis Martínez Griñán comenzó a vivir el 19 de agosto en Guantánamo.

Lino Frías y Lilí Martínez, ¡qué par! Me resisto a confinarlos a una doble conmemoración centenaria. Por aquí y por allá, donde uno menos imagina en el ámbito del son, de la salsa, de la amalgama que se comercializa bajo el rubro de música tropical aunque sabemos que nos estamos refiriendo a una zona definida por la evolución de la música popular bailable y su irradiación hacia EE.UU., Puerto Rico y otros países de la cuenca del Gran Caribe, se divisan las huellas de Lino y Lilí. El primero es una de las piedras sillares de la mítica Sonora Matancera. El segundo perfiló el sonido de la tropa de Arsenio Rodríguez y la de Félix Chapotín. Arsenio se presenta como una constante en la línea del tiempo de estos dos personajes. El habanero estuvo en el conjunto desde 1940 hasta 1943. El guantanamero lo hizo a partir de 1946 y permaneció el periodo que le quedó a Arsenio en Cuba y más tarde con Chapotín.

Cada uno aportó a Arsenio categoría. Lino venía de trabajar con Joseíto Fernández y había formado parte de una agrupación de la que se habla poco, pero que elevó la cota del son: el septeto Carabina de Ases, junto a Chapotín en la trompeta, Nilo Alfonso en el contrabajo y nada menos que Bienvenido Granda en el canto.

Como se sabe, Lilí animaba las fatigosas sesiones de una academia de baile santiaguera, cuando Arsenio lo mandó a buscar para sustituir a Rubén González, quien sería a finales de siglo pieza clave del Buenavista Social Club. Rubén marchó a Venezuela, pero antes recomendó a Lilí. Receloso, Arsenio lo probó y se convenció inmediatamente que ese era el hombre que necesitaba. De su experiencia con el gran tresero y compositor, Lilí dijo alguna vez: “Yo aprendí a sobrellevar sus caprichos, él me dejó innovar”. Porque Arsenio era un genio en la música, pero tenía un trato difícil.

Ya la Sonora Matancera gozaba de considerable crédito entre las agrupaciones de música bailable, cuando Lino se hizo cargo del piano. Sin embargo, casi todo el mundo coincide en definir su época dorada de 1944 hasta bien entrados los años 60, justo después de la entrada de Lino. No es que fuese un virtuoso, sino que ponía lo que hacía falta para dar sabor y enrutar el trabajo del resto del conjunto, sobre todo el de las voces. De ahí que no les faltan razones a quienes afirman que detrás del canto de Daniel Santos, Celia Cruz, Leo Marini y Bienvenido Granda, está la base confiable del piano de Lino Frías.

Más allá de la Sonora, una anécdota lo retrata y la cuenta Johnny Pacheco, el flautista que tanto ha aportado a la salsa: “Grabábamos en Nueva York todos a la vez, en un solo canal, directo al disco y... ¡nadie podía equivocarse! Qué presión. Pero había tremenda energía que luego se sentía al escuchar el disco. ¡Qué clase de swing! En un descanso, Lino Frías, pianista de la Sonora Matancera, dio unas notas sabrosas que hicieron repicar las tumbadoras y yo agarré la flauta. Poco a poco se contagió el resto de aquel convivio musical y nació el coro de acú-yu-yé. Los músicos improvisaron con asombrosa sinergia, inadvertidos de que el técnico del estudio grababa la pieza. El éxito estaba asegurado”.

Lilí perfiló para siempre los tumbaos soneros y al mismo tiempo destacó la graciosa ligereza de las figuraciones melódicas del teclado. Su estilo ha sido estudiado por pianistas de Nueva York y San Juan, Caracas y Madrid, Los Ángeles y La Habana. Clásicos y populares. Tradicionalistas e innovadores. Al gran jazzista panameño Danilo Pérez le escuché decir: “Lilí es una biblia”. El puertorriqueño Papo Lucca, el de la Sonora Ponceña, en señal de gratitud, quiso alguna vez regalarle un piano de cola blanco.

Todavía se cantan los temas que Lino y Lilí compusieron y a veces, ante los más populares, hasta se olvida dar crédito al autor. Cuántas versiones de “Mata siguaraya”, de Lino, circulan por el mundo. Cuántas veces se repite aquello de “Quimbobó que resbala / pa’ la yuca seca” o “Alto songo, se quema La Maya”, sin que asome la paternidad de Lilí.

Lo importante en todo caso, es que lo que ambos sembraron nadie lo puede arrancar. Lino y Lilí permanecerán en el firmamento de la mejor música cubana.

 

    

    

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