Antón Arrufat: “Escribo cuando me siento jubiloso”

Marilyn Garbey • La Habana, Cuba

Unos días después del estreno de Los siete contra Tebas, en noviembre de 2007, Antón Arrufat subió al sexto piso de la Lonja del Comercio para compartir pasajes de su trayectoria creadora con los oyentes de Habana Radio. Ahora que el escritor arriba a sus 80 años de vida, estas páginas ven la luz para celebrar tal suerte.

Imagen: La Jiribilla

Usted es un hombre de vida intensa. En qué momento del día prefiere escribir

He pasado por diferentes etapas. Cuando era más joven escribía por las mañanas. Me bañaba, en esa época había bastante agua en mi casa, y me tomaba cuatro tazas de té, y me ponía a trabajar hasta la tarde, hasta las 12. A la una o a las dos almorzaba, dormía la siesta y salía a pasear. O salía a mis obligaciones, tenía muchísimas en esa época, con horarios y cosas de esas. Después que he ido envejeciendo trabajo también por las mañanas, ya no me baño por las mañanas, me baño por la tarde. Para mí es muy importante bañarme porque es un reencuentro con mi cuerpo y yo escribo también con el cuerpo; también no, yo escribo esencialmente con el cuerpo. Cuando estoy enfermo o fatigado no puedo hacer nada,  escribo cuando me siento jubiloso, aunque escriba textos tristes han sido escritos en un estado de júbilo. Ahora trabajo casi siempre al atardecer, en la noche vuelvo a pasar lo que hice en el atardecer porque soy muy minucioso,  y regreso a la página que he escrito.

Antes escribía con mucha facilidad, sobre todo el teatro, siempre lo he hecho  con mucha facilidad, yo puedo escribir una obra de teatro en dos semanas o tres. Creo que escribí Todos los domingos en tres semanas, porque para mí es fácil dialogar. Ahora escribo también de noche. Al fin me decidí a trabajar en una computadora, cosa que no me fue fácil. Al Premio Nacional de Literatura corresponde también una computadora, no la regalan sino que uno la paga. La tuve guardada en los cajones muchísimo tiempo, no me  decidía  a abrirla. Mis amigos escritores me decían: te va a ser muy útil porque, por ejemplo, cuando quieras trasladar un párrafo de lugar la maquina lo hace por ti. Yo les decía: cuando escribo a máquina y quiero trasladar un párrafo de lugar recorto un papel y lo pego y lo traslado tranquilamente, pero realmente me fue muy útil, aunque tuve una experiencia increíble con la computadora. Estaba escribiendo un cuento, que después ganó el Premio Julio Cortázar, y lo hice directamente a la máquina, cosa inaudita porque yo apenas sabía manejar la computadora. Yo sabía mecanografía, la estudié cuando era un infante, pero parece que por la noche cabeceé  un poco y le di un golpe a la máquina, nunca se supo dónde, y me borró todo lo que tenía del cuento, eran 30 páginas. Eso fue desesperante para mí, me di golpes contra la pared, grité, maldije la máquina y busqué un técnico para ver si podían rescatar el cuento, pero estaba absolutamente perdido. Entonces le dije: no me vas a vencer, me tiré en el suelo y cogí una libreta y un lápiz y empecé a reconstruir de memoria todo lo que había escrito, algunos pedazos se quedaron en blanco. Entonces volví a la máquina, ya conocía la técnica del disquete, de que era necesario pasar el trabajo para el disquete, eso lo aprendí sufriendo, yo he aprendido muchas cosas sufriendo y ya ahora no me vencen fácilmente. Reproduje el cuento y las partes que no podía reproducir las volví a escribir y creo que quedaron mejor. Después mandé el cuento al premio y me lo gané, es un largo cuento que tú no debes haber leído,  se llama “El envés de la trama”.

Siempre hice varias cosas al mismo tiempo y me ha interesado mucho destruir las fronteras entre los géneros, ser absolutamente degenerado.

Ha escrito poesía, ensayo, teatro, narrativa. ¿Por qué siente la necesidad de abarcar tantos géneros?

Yo creo que me impulsan los géneros, son ellos los que me piden que los abarque. Desde muchacho escribí poesía, en la escuela de curas de Santiago de Cuba hacía poemas en una libreta. También escribí una novelita que, felizmente, se perdió. Siempre hice varias cosas al mismo tiempo y me ha interesado mucho destruir las fronteras entre los géneros, ser absolutamente degenerado. Las novelas que he escrito, son tres, y los libros de cuentos, el teatro, y hasta los ensayos, tienen algo de narración y tienen algo poético, no en el sentido de palabras rebuscadas de imágenes, sino una especie de mirada sobre las cosas que puede coincidir un poco con eso que sería la irradiación poética. En la última novela que he publicado, La noche del aguafiestas,  hay técnicas teatrales, narrativas, poéticas, todas disimuladamente mezcladas. Primero escribí de acuerdo con los géneros, como hace todo el mundo que escribe una obra de teatro o una novela, pues sabe que son cosas absolutamente distintas, pero ahora los mezclo lo mejor que puedo, sin que el lector vaya a pensar que lo que va a leer es como una  mezcolanza estúpida de géneros, no es eso, sino que es como destruir las fronteras, eso es lo que he podido hacer hasta ahora.

¿Es esa visión desprejuiciada de la vida la que ha provocado tanta atención sobre usted, la que ha motivado que lo califiquen de irónico, de reflexivo, de soberbio? ¿Qué opinión le merece tanta atención sobre el escritor Antón Arrufat?

Eso empezó desde muchacho, en mi casa me tenían terror. Mi hermana, que vino el otro día después que hacía años que no nos veíamos, vive en Massachusetts, me mostró una carta que yo le había escrito cuando tenía siete años. A mí me sorprendió por lo despampanante que era el orgullo, por la violencia, por la soberbia. Los curas me decían siempre: ‘no seas soberbio, niño, arrodíllate, pide perdón’. Eso era muy difícil para mí.

¿Y lo sigue siendo?

Es difícil que yo pida perdón, no soy cristiano, lo único que pido es disculpas. A  mucha gente que he molestado a lo largo de mi vida, a veces, le he pedido disculpas. Regresé a Santiago de Cuba el año pasado y me llevaron a la casa donde viví muchos años desde niño y donde nací,  el actual dueño ha tenido el mal gusto de arreglarla y quitarle la fachada y quitarle el portal, tenía unas columnas de madera, como son las casas de Santiago de Cuba, es en la calle Santa Lucía, entre Reloj y Calvario. Alguien me dijo: ‘no te preocupes, cuando te mueras la vamos a restaurar’ y yo, que me gusta que todo suceda en vida, pregunté: ‘por qué no en vida, por qué no la restauran ahora; pero no, van a esperar a que yo muera’. La casa está un poco transformada, pero felizmente conserva el patio, la habitación de mi hermana, la habitación de mis padres, el fondo de la cocina, es una casa larga con un muro que la separa de la casa de al lado y divide el patio. Es una casa muy modesta realmente, no creas que es ningún palacio. Le dije al dueño: ‘muéstreme el piso de la sala’, y entonces vi lo que siempre había recordado y había dicho varias veces en entrevistas, que cuando me daban ataques de furia, yo sacaba espuma por la boca, era como una bilis, y la arrojaba sobre el piso de la sala y lo quemaba. Allí estaba todavía la huella de las rabietas de Antón Arrufat. Tenían que buscar al enfermero de al lado para que me pusiera diosulfato en vena, pero todo eso fue pasando,  me fui civilizando, me fui debilitando, y ahora puedo admitir que los otros existen también.

Cuando yo me voy de la ciudad, en esos largos viajes que he hecho o en  los años que he vivido afuera, me llevo la ciudad en la maleta.

Santiago de Cuba lo vio nacer, sin embargo, casi toda su obra ha sido creada en La Habana

Mi obra El último tren se desarrolla en Santiago de Cuba. Mi novela La caja está cerrada, la novela más larga que he escrito y tiene como 800 paginas, muy divertidas, aclaro al lector, se desarrolla en Santiago de Cuba. Algunos de mis personajes son santiagueros. Yo vine a La Habana de niño, tenia 11 años, fue en el año 1947 del siglo pasado, ¡qué terrible la sensación de decir del siglo pasado!

Pero eso significa que usted ha vivido mucho, que hemos vivido mucho

Sí, hemos vivido mucho, felizmente, y seguiremos viviendo un tiempo más.

¿Por qué vino a La Habana?

Vine a La Habana a los 11 años, me trajo mi familia porque mi padre era comerciante y vino a trabajar con el dueño de La Industrial, estaba en Prado, al lado del Hotel Saratoga. Muchos años después mi hermano trabajó en la restauración de ese hotel, es Ingeniero y trabaja para la Oficina del Historiador. En los bajos estaba la tienda y pequeña fábrica de elaboración de ropa, camisas y pantalones. Vine a la Habana y no me acordé más nunca de Santiago de Cuba porque esta ciudad me enamoró, creo que yo la enamoré también. Hay pasiones desoladas que son de un solo lado, pero la mía era mutua, porque cuando yo me voy de la ciudad, en esos largos viajes que he hecho o en  los años que he vivido afuera, me llevo la ciudad en la maleta. Parece que me acompaña muy bien. Para mí la ciudad es un descubrimiento incesante, el descubrimiento de los patios interiores, de los parques, de algunas casas, alguna fuentecita con una estatua en lo que ahora es un solar habanero. Me queda el Vedado, que es realmente extraordinario. La ciudad tiene el encanto de ser casi cosmopolita y de ser una ciudad que permite ser recorrida a pie, cosa que casi no sucede con las grandes ciudades, donde que hay que coger un auto, montarse en un ómnibus.

La Habana todavía tiene el encanto de ser una ciudad grande que se puede recorrer a pie y al, mismo tiempo, todavía tiene cierta seguridad, cosa que ya no tienen las grandes ciudades, porque viene alguien y te asalta y te pide que le des dinero para comprar la droga. Los amigos te dicen que lleves algún dinero puesto en el bolsillo de la camisa para cuando venga el drogadicto se lo entregues y eso evita que te den una puñalada. Me gusta esta ciudad, me gusta mucho. Hace más de 60 años vivo en esta ciudad y siempre hice esfuerzos por no parecer santiaguero, no por parecer habanero porque el habanero es un ser un poco indescifrable ya que está hecho por muchos compuestos de la nación, era por no hablar como santiaguero, por no tener el dejo de Santiago de Cuba. Regresé a  Santiago de Cuba y allí me pusieron una medalla, y me encantó oír cómo hablan los santiagueros. Yo hice todo un esfuerzo por no hablar de esa manera, por perder toda posible entonación y adquirir esta entonación que tengo que es como de las Naciones Unidas, es una entonación que no parece pertenecer a ninguna parte. En La Habana he de morir como he vivido, en el mismo barrio al que me mudé cuando llegué, al final de Prado. Después me trasladé a la calle Soledad, ahora vivo en Trocadero. Tal vez viva de nuevo en Prado al final de mis días. 

Imagen: La Jiribilla

Fue fundador, en esta ciudad, de dos revistas de gran impacto en la cultura de la nación, Casa de las Américas y Lunes de Revolución. ¿Cómo evaluaría, a estas alturas, la huella de Lunes de Revolución en la cultura y en la vida del país?

Se te queda una revista habanera  que también tuvo un gran impacto en la cultura de este país, Ciclón, una derivación perversa de la revista Orígenes, que hicieron José Rodríguez Feo y Virgilio Piñera, en la cual yo trabajé y publiqué desde el primer número. Virgilio vivía en Buenos Aires, y cuando Rodríguez Feo se iba de viaje yo hacía la revista. Él me dejaba los materiales, yo los organizaba y los llevaba a la imprenta de la Columnista Panamericana. Allí se tiraban 500 ejemplares de la revista, que fueron definitivos e influyentes, porque en ella se empezaron a foguear, como diría algún periodista, los jóvenes que luego formaron Lunes de Revolución. Allí estaban Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Virgilio Piñera que no era tan joven pero tenía cierta influencia sobre los jóvenes. Casi todos pasamos de Ciclón a Lunes de Revolución, más otros que se agregaron como Oscar Hurtado, Humberto Arenal, Edmundo Desnoes, Jaime Sarusky, Lisandro Otero; estaba René Jordán que escribía excelentes cuentos y yo no sé por qué  los ha dejado de escribir. Toda esa gente pasó a Lunes…, que fue una cosa espectacular desde el punto de vista de la gráfica y el contenido, porque era multitudinario. Nunca nadie pudo suponer que se podían tirar 500 mil ejemplares de un magazín literario y también gráfico, pictórico.

La cifra aún no ha sido superada

Los 500 mil ejemplares se debieron al impulso de los años iniciales de la Revolución Cubana, ese periodo casi épico en que se cambió la sociedad y en el que la participación popular era inmensa. Lunes… es un magazín que necesita ser revisado, hay varias tesis que han escrito algunos jóvenes en la Escuela de Periodismo y en la Escuela de Letras. Yo acabo de leer un libro de William Luís, un escritor cubano que vive en EE.UU., sobre Lunes de Revolución, con una entrevista a Pablo Armando Fernández, otra entrevista a Guillermo Cabrera Infante y otra a Carlos Franqui, tiene un estudio introductorio con el cual se puede estar de acuerdo en algunas partes y en desacuerdo con otras, es un gran esfuerzo por rescatar esa etapa admirable de  la cultura de la Revolución. Lunes es uno de los grandes proyectos revolucionarios que después se puso en un rincón, me imagino era un rincón luminoso pero de todos modos un rincón. Creo que esa publicación necesita ser evaluada, como Los siete contra Tebas y las memorias de Raúl Martínez, dentro del movimiento cultural de esa época.

Un año crucial en la vida de Antón Arrufat fue 1968. Por ese entonces comenzó a tejerse la leyenda maldita sobre el autor de Los siete contra Tebas

Esa leyenda maldita tiene antecedentes. Sobre mis poemas ya habían caído algunas maldiciones, varios habían sido retirados de mi libro Escrito en las puertas. Los retiró Nicolás Guillén, quien  presidía en ese momento la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Yo he contado este suceso en una extensa entrevista  realizada por Abel González Melo para el libro La manzana y la flecha, donde se recogen mis escritos sobre teatro, que aparecerá en la próxima Feria del Libro.  No soy un teórico, pero escribí mucho sobre teatro, hice muchas críticas en los años 60, di muchas conferencias, revaloricé los bufos y la figura de Joaquín Lorenzo Luaces. Yo era el asesor de Armando Suárez del Villar para sus puestas del teatro cubano del siglo XIX. Hizo obras de la Avellaneda, de Milanés. También se enseñó a los actores a decir el verso, cosa que no sabían hacer, porque eso era una costumbre perdida. Escribí en el año 67 una versión personal de la obra de Esquilo Los siete contra Tebas y lo mandé al concurso de la UNEAC, y allí produjo un escándalo, escándalo que creo dura hasta hoy. A veces la gente me pregunta cómo me siento con el hecho de que la obra se haya puesto, 40 años después, en el Teatro Mella, el Día de la Cultura Nacional, el 20 de octubre. Yo no sé cómo me siento, pero puedo decir que estoy contento, lo cual es una frase tonta, pero yo no pienso mucho en mí mismo; a mí lo que me agradó fue la asistencia a esa representación.

¿Se emocionó la noche del estreno?

Sí, yo me emocioné la noche del estreno y acepté subir al escenario. Cuando iba por los pasillos alguien me entregó un ramo de mariposas, es la flor que más me gusta a mí y,  casualmente, es la flor nacional. No la escogí por nacionalismo sino por el olor de la flor, que me gusta mucho. Camino al escenario me dieron una pucha de mariposas, como se dice en Santiago de Cuba, y yo subí con aquella pucha al escenario y la alcé en alto. Los actores me dijeron después que eso sólo lo había hecho Josephine Baker.

Era su momento de gloria, usted podía hacer allí lo que quisiera

Hice lo que yo quise en aquel momento: me puse la mano en el corazón. Ahora eso es un poco historia cerrada, en el sentido de que mi aspiración es que esa obra sea juzgada como una obra teatral, como una obra literaria.

No estoy de acuerdo cuando dice que es una historia cerrada, yo creo que ahora comienza otro camino para Los sietes contra Tebas

Es cierto, pero quise decir cerrada en el sentido ideológico de la interpretación que se puede hacer de esa obra. Creo que, indudablemente, esa obra será siempre interpretada a partir de la censura que se ejerció sobre ella, de las interpretaciones y valoraciones que se hicieron por el jurado y por algunos críticos. Fui a parar a la biblioteca de Marianao.

¿Cómo logró salir de la biblioteca de Marianao?

En una asamblea que tuvo lugar en la biblioteca todas las mujeres apoyaron que yo fuera a estudiar a la universidad la carrera de Bibliotecología. La directora no pudo evitar que todas aquellas mujeres —que yo me había ganado pacientemente haciéndoles historias, divirtiéndome con ellas a espaldas de la dirección de la biblioteca— alzaran las manos y dijeran: ‘que vaya él’. Y me fui a estudiar durante cinco años en la Universidad de La Habana. Después que salía del trabajo estaba hasta las once de la noche en la Facultad. Llegaba a mi casa, me acostaba y al día siguiente iba a trabajar a la biblioteca.

Todas las cosas muy férreas al poco tiempo dejan de serlo porque, como decía San Agustín, el hombre no puede vivir en la violencia mucho tiempo. Aquellas actitudes férreas, despreciativas, tanto de las bibliotecarias como de las sucesivas directoras hacia mí empezaron a ablandarse un poco.

Y para sobrevivir yo apliqué la ética de Virgilio Piñera, que era decir la verdad, no aceptar compromisos literarios, escribirse que es más importante que escribir.

Detengámonos en su amistad con Virgilio Piñera

Fuimos amigos difíciles, él era un hombre difícil, pero yo le debo muchas cosas a Virgilio Piñera en el plano literario. Algunas personas, algunos malvados, dicen que soy un pequeño Piñera pero ya, al cabo de estos años y después de tanta obra publicada, la gente se ha dado cuenta de que no nos parecemos en nada. Solamente nos parecemos en una cosa porque él me dejó una ética, una ética para la conducta de un escritor en cualquier sociedad. Recuerdo una frase que una vez me dijo un dramaturgo que estuvo aquí en La Habana: ‘lo importante de un escritor en cualquier sociedad, lo beneficie o no, es sobrevivir’. Y para sobrevivir yo apliqué la ética de Virgilio Piñera, que era decir la verdad, no aceptar compromisos literarios, escribirse que es más importante que escribir. Esas cosas se las debo a él, y también se las debo a Lezama, del cual fui muy amigo, pero se las debo a él fundamentalmente. A él le interesaban mucho los jóvenes escritores y a mí también, eso también se lo debo, el interés por lo que están haciendo, el interés de permitirles que se acerquen. Ahora se me acusa de haber ejercido influencia sobre unos escritores que viven aquí,  y sobre unos “malvados” que viven fuera. A Virgilio le debo la pasión por la literatura.

Él pasó muchas necesidades siempre, tuvo muchos problemas económicos, sentimentales, políticos, pero tuvo siempre una pasión única que era la de escribir, la de hacer su obra, y la hizo a pesar de todas las dificultades y vicisitudes. Tal vez no hizo todo lo que debió hacer, ni todo lo que hubiera podido hacer en otras circunstancias, pero yo nunca he sabido cuáles son las otras circunstancias en las que un escritor puede hacer un obra esplendorosa, inmensa, de 48 volúmenes. Esas circunstancias yo no las conocí. Recuerdo una frase de Borges: “Siempre nos han tocado malos tiempos en que vivir”. Indudablemente la relación entre el escritor y el Estado, sea socialista, sea capitalista o sea monárquico, es tensa. Ya sabemos los padecimientos de Racine cuando Luis XIV lo botó de Versailles y lo mandó a una finca durante nueve años, hasta que una amante del Rey logró sacar a aquel poeta grande de su finca y hacer que regresara a palacio. Fue entonces cuando Racine escribió esas dos obras maravillosas, que se llaman Esther y Atalía, sus dos grandes obras. Atalía es una obra muy fuerte sobre la relación poeta-Estado, religión–Estado. Parece que el exilio, el quitarse la peluca versallesca, el no tener que reverenciar al Rey, le hizo bien.

¿Tenía celos Virgilio Piñera de su amistad con Lezama Lima?

En esa época Virgilio Piñera volvió a su amistad con Lezama Lima, después de una larga separación basada en chismes, en un montón de cosas que eran realmente baratijas entre esos dos grandes hombres. Nos contábamos las cosas, y las que me contaba Lezama yo se las contaba a Virgilio, lo que Virgilio conversaba con Lezama él me las contaba después. Nos divertíamos mucho porque Lezama era uno de los hombres más divertidos del mundo, pese a todas las vicisitudes, a un asma incesante, a problemas económicos, a vivir en una casa llena de humedad, a no poder publicar durante años, a pesar de todo ese tipo de cosas él siempre mantuvo un sentido del humor—creo que yo también—que lo defendió de estas especies de tragedias domésticas.

Los siete contra Tebas convocó a un público muy joven a su estreno, gente que ni soñaba con nacer cuando usted escribió la obra

Una de las cosas que más me extrañó era el silencio de la sala, yo no sé si estaban concentrados o dormidos, pero el silencio de la sala era espectacular. Yo nunca he visto un teatro donde la gente estuviera tan callada, tan atenta mirando hacia delante, donde nadie se levantara ni siquiera para ir al baño durante una hora y media.

Mucha gente llevaba unas pequeñas linternas y llevaba la obra publicada, e iban siguiendo el texto con una pequeña linterna, de esas que iluminan y los acomodadores no te sacan. Vi hacer eso a varios espectadores, porque mucha gente sospechó que yo le iba a dar cortes a la obra, que el director Alberto Sarraín iba a eliminar fragmentos peligrosos. Eran comentarios que se arrastran de la época en que no se supo entender esa obra; y no pasó eso, no se le quitó ni una línea, las líneas las quitaron los actores. Tú sabes que los actores siempre se toman la libertad de quitar alguna línea porque la memoria  en ese momento no funciona bien, y al otro día dicen esa línea que no habían dicho el día anterior, y cambian algunas palabras porque les son más fáciles.

Como esa obra no se había estrenado, hasta este momento yo no pude revisarla de acuerdo con la puesta en escena. Un dramaturgo va a los ensayos y  ve que algunos textos los actores no los pueden decir, ve soluciones que los actores encuentran para alguna escena, que repiten algún texto que conviene que se repita en ese momento. Eso no pasó con mi obra,  estaba escrita y ya, aunque yo tuve siempre una relación grande con las puestas en escena a partir de mi trabajo en Teatro Estudio. El primer y el segundo día de funciones fueron personas de mi edad, gentes de 40 años, pero después fueron llegando los jóvenes, estudiantes universitarios que leían el programa antes de ver la obra, no conocía a ninguno.

Francisco Morín ha dicho que usted pudo ser un gran actor, sin embargo se dedicó a la dramaturgia, a la asesoría y a la investigación, pero nunca volvió al escenario. ¿Se considera un hombre de teatro?

No sé si me considero un hombre de teatro o un hombre teatral, indudablemente soy un individuo que siempre tiene montada una escena, que me conduzco de una manera teatral no deliberadamente, en eso soy diferente al actor porque el actor construye la escena deliberadamente. Para mi es algo natural hablar con una voz que se permite entonaciones distintas, con tono irónico en algunos momentos, gesticulaciones teatrales, entradas que me encantan. Me hubiera gustado ser un jugador de polo y ser más alto y más hermoso para irrumpir en los lugares y dejar sorprendida a la gente, pero la vida no me dio esa oportunidad. Morín tiene una maldad en sus Memorias al hablar del estreno de El vivo al pollo. Esa obra la escribí fuera de Cuba y al regreso la publiqué en Lunes de Revolución, donde trabajaba. El leyó los dos primeros actos y me pidió que escribiera el tercero para estrenarla. Empezó a ensayar y el tercer acto se demoraba un poco. Le llevé una primera versión y me pidió otra. En su libro dice que el tercer acto nunca quedó bien y que yo hubiera sido mejor un actor que un dramaturgo.

Usted es un hombre paciente

Yo he sido un hombre resistente porque mi obra no es sólo Los siete contra Tebas. Ese fue uno de los argumentos que usó Alberto Sarraín, me dijo que esa obra sería juzgada entre otras. Yo estaba un poco dudoso, pero en eso fue hábil porque yo me lo creí y le dije: vamos a ponerla.

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