Selección de poemas

Olga Lidia Pérez Rodríguez • Sancti Spiritus, Cuba

Estrictamente amor

Iván era un muchacho organizado y yo lo amé.
Supo archivar cronológicamente el desorden atroz de las tareas del alma;
enumeró mis memorias y esos residuos que fueron quedando de los sueños,
y que en la soledad
son mi refugio contra la quietud del desamparo.
Iván desempolvó todas mis huellas y las sembró,
una tras otra, en los jardines del vecindario
para que cada quien probara el olor de mi existencia,
para que no me quedara reducida a mi nombre o a un golpe de rutina.
Iván distribuyó sus días por mi cuerpo,
a cada espacio de mi piel asignó un códice elegido por sus astros
y luego descifró los signos
porque al amor, pensaba, hay que leerlo partícula a partícula
como si fueras a ordenar la brevedad del tiempo
o a descubrir definitivamente el uso de la fe.
Iván inventó el mapa de mi sexo y podía dibujarlo en cualquier estación del año
sin perder la ruta definitiva
u olvidar la más insignificante coordenada
porque a la luz, pensaba, hay que trazarle los caminos
para que anide en el poniente.
Iván era un muchacho que anotó en la bitácora cada sacudida del oleaje,
cada estremecimiento de las velas,
cada crujir ante el empuje del viento en el océano
para dejar constancia de nuestra expedición a la raíz del universo;
era un muchacho que soñó con trazar los vórtices del ansia,
con mantener en orden los extraños derroteros del amanecer
para evitarnos, creo, el extravío,
pero Iván nunca pudo entender las explosiones inusitadas del corazón,
sus desafueros o las catástrofes
y tras ellos huí
casi con nada,
buscando otra verdad para seguir amándolo desesperadamente desde el recuerdo.

A trasluz

Cuando entré sin disfraz al baile de máscaras,
nadie me reconoció;
recorrí el salón desnuda, casi transparente,
pero pasé inadvertida;
hablé con palabras que estremecen las piedras elementales
mas los oídos habían tapiado sus accesos;
arranqué las caretas más cercanas,
pero los rostros se disolvieron en la muchedumbre.
Intenté huir,
y ya en el umbral,
alguien puso un antifaz en mis manos.

Tarde que marca la exactitud del tiempo

…………….................................…ante una foto de Manuel Ruiz Toribio

Por las barricadas ardientes y humeantes,
yo festejé el tiempo de nosotros,
para poder mirarnos con el amor repleto
para rodar hasta este lente que nos detuvo y nos creció;
festejé la mirada aguardándome a mediados de año
con la memoria a horcajadas sobre los sueños,
tan nuestros como esta tarde en que festejo la eternidad contigo,
contigo a lo ancho de mi pasión ilesa,
por las ciudades pobladas de ti,
por las montañas húmedas de ti,
por las plazas repletas de ti,
por ti y contigo
desesperadamente,
en el volcán más tierno de tu cuerpo,
en cada huella recóndita,
en las grietas desnudas de tu carne
festejo tu existencia,
todo fértil relámpago y el mundo

El riesgo de la luz

………………………………........    “Qué prueba puedo dar de mi mortalidad
…………………………………………......         …         [ Reina María Rodríguez ]

 

La ventana ―me dijo― es una trampa.
Uno puede creer que es la frontera entre la soledad y el mundo,
esa infinita dimensión para quedarnos en nosotros,
estáticamente en nosotros,
o la tibia funda donde resguardarnos del paso ajeno;
uno puede pensar que es un retrato,
quizás la sospechosa tentación a los olvidos,
asociarla al concepto más cruel que deambule en torno a la raíz y nos desgarre,
al sobrevuelo de todas las miserias, las culpas;
uno puede leerla como el libro donde la eternidad acepta sus orillas,
sus quejas de infeliz extensión del tiempo y el espacio,
las innombrables páginas del ser,
cualquier boceto excepcional.
Todos podemos postrarnos a su vera a esperar nuestras limosnas cotidianas,
pero cada quien verá su propio e irrepetible paisaje,
su indivisa y abstracta dimensión,
su frágil encuentro con la génesis.
Esta ventana ―dijo― ha sido mi trayecto.
Cuando niño la dibujé en el lomo y el pescuezo de mi caballo
para que sus sueños pudieran asomarse
y me lo agradeció como si le hubiese salvado la existencia.
Cuando crecí la llevé en los bolsillos
por si mis pasos torcía tras el infortunio de las sombras,
poder restituirles su identidad.
Porque te amé ―me dijo― te la tatué en los párpados
para salvarte de la mansedumbre y la aridez del alma.
La ventana fue siempre este camino interminable hasta encontrarte,
este sendero sin retorno
que ahora transito hacia el vacío
donde me lanzo sin una pizca de temor
hasta tomar tu luz.

 

 

Textos del libro El riesgo de la luz
Tomado de Alas Cuba
Ficha: Olga Lidia Pérez Rodríguez. Jarahueca, Sancti Spíritus, 1959. Poeta, narradora, traductora y periodista. Licenciada en Lengua y literatura francesa por la Universidad de La Habana, 1982. Desde 1997 participa como Coordinadora general del Comité organizador de las Bienales IDENTIDAD en homenaje a Ada Elba Pérez, que se desarrollan en La Habana, Jarahueca y Nueva Gerona. Es miembro del grupo poético Aladécima. Ha publicado los poemarios infantiles: En Jarahueca (Casa Maya de la Poesía, Campeche, México, 1999); Con diez pinceles (Editorial Gente Nueva, 2006); Cuentan que fue un jardinero (Editorial Gente Nueva, 2008)

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato