Algún recuerdo mío

Ernesto Santana • Las Tunas, Cuba

—Qué lástima si nunca podrá ver estas fotos susurra ella para sí misma, recostada de pie al marco de la puerta de su cuarto, inmóvil como el cuerpo que yace sobre la cama, humeante aún. “Por lo menos ya no me diría que les falta pasión”, pensó, asombrada de su propio sarcasmo, sin mirar aún a los vecinos que han acudido a los espantosos gritos de Alfonso y que ahora la observan, horrorizados por la visión que tienen ante sí— .

Los gritos duraron tanto porque el alcohol no ardía bien —les dice con voz absolutamente neutra, y es cierto, pues gracias a eso tuvo tiempo suficiente para tomar varias fotografías mientras los vecinos, llamándola, aporreaban la puerta, hasta que decidieron derribarla. Pero cuando por fin entraron ya Alfonso estaba silencioso.

—De veras que me alegra mucho volver a verte —le había asegurado él cuando, dos o tres horas antes, se encontraron en la esquina, a unos metros del edificio donde ella vivía, y Yolanda no necesitó oler el tufo del ron para saber que Alfonso se había dado algunos tragos, pues le bastaba con verlo sonreír como si jamás hubiesen ocurrido aquellos ingratos acontecimientos que llenaron los dos últimos años de vida en común.

Ella se limitó a asentir levemente con la cabeza, conteniendo aquella mezcla de repugnancia y desdicha que le provocaba la persona entera de quien fuera su esposo, incluyendo recuerdos, pertenencias dejadas en la casa, noticias suyas que le llegaban a través de otros y, ahora, su presencia y el sonido de su voz, que insistía en subir al apartamento sólo para conversar un rato. Como si él supiera lo que es una conversación. A pesar del desagrado, Yolanda sentía cierta curiosidad, un anhelo vago y frío, algo indefinible que le hizo aceptar finalmente su repentina compañía. Pero en ningún momento, ni entonces ni luego, le mostró la más leve sonrisa.

—Vengo de visitar a un amigo de la universidad —decía él, disculpándose absurdamente— y tomamos un poco de añejo en recuerdo de los tiempos añejos —Se rió solo, abrió los brazos de un modo que quería parecer cándido—, pero me quedé con ganas de seguir. Si tuvieras un trago sería magnífico, también en recuerdo de nuestros buenos tiempos — Y, mirando alrededor, con fingido interés, añadió—: El apartamento no ha cambiado casi nada. El cuartico está igualito —canturreó antes de sentarse en una butaca, sin abandonar aquella mueca trabada en que se había convertido su sonrisa de un momento antes. Ni cuenta se dio (cosa muy natural en él) de los visibles cambios que Yolanda había hecho.

Por puro azar, ya que ella nunca bebía, conservaba intacta la botella que le había traído su hermano Conrado una semana atrás cuando vino a felicitarla por su cumpleaños, como hacía cada 24 de noviembre aunque tuviera una pierna enyesada, o su esposa estuviese enferma e incluso si había ciclón. Además de la botella y un vaso, le puso en la mesita de mármol un plato con ensalada fría:

—No es añejo, pero es lo que hay —apuntó y se fue hacia la cocina para hacer café.

Como era de esperar, Alfonso seguía siendo el insensato de siempre, justificándolo todo con tal de no perder su apariencia de autoestima, sin darse cuenta de que ella siempre le había admirado aquella energía para el trabajo que no lo dejaba permanecer inactivo ni como arquitecto —y talentoso que era— ni como albañil o plomero, oficios que ejercía cuando su profesión no le daba suficiente desahogo económico. Aun así, nunca se le veía físicamente cansado y aparentaba tener mucho menos que cincuenta y dos años, al contrario de ella, que con cuarenta parecía mayor que él. Sin embargo, acostumbraba a sentirse frustrado y a regodearse con su autocompasión como si la vida se ensañara con él.

—Tu café es inolvidable —le aseguró con demasiado énfasis antes de probar el primer sorbo—, y déjame decirte que no he encontrado a nadie que tenga tan buen gusto para hacer el café. Nadie en absoluto, Yola —”¿Café?”, se preguntó ella. “¿De qué habla?” Claro, el único recuerdo que guardaba de su ex mujer era el café, y ya eso resultaba bastante. Ni remotamente podía suponer que Yolanda jamás había vuelto a tomar café, aun cuando lo hiciera para brindarle a una visita. Pensar en la palabra café era ya pensar en él y en todo lo que había significado en su vida—. Cuéntame de ti —le pidió mirando la cámara y los accesorios fotográficos que ella había puesto en el sofá cuando entró, y Yolanda, sin entrar en detalles, le contó que hacía tiempo que había abandonado el periodismo y se ganaba la vida haciendo fotos en bodas, cabarets, cumpleaños, donde fuese—. No está mal, aunque, francamente, nunca me gustaron tus fotos. Por lo menos las que hacías antes. No sé, era como si les faltara… pasión. Pero, ¿quién sabe? ¡A lo mejor como fotógrafa ambulante eres genial!

No resultaba un chiste bueno, ni malo, y ni siquiera era un chiste, sino sólo un intento de escapar de su rígido foco de atención, pues ella le provocaba ahora la turbadora sensación de hallarse frente a una persona absolutamente desconocida pese a que, pensándolo bien, eso no debiera resultarle asombroso si no se habían vuelto a ver desde que se divorciaron doce años atrás.

Por su parte, Yolanda supuso siempre que, si alguna vez se encontraban de nuevo, a Alfonso le habría sido imposible guardar en la memoria rastro alguno de todo el daño que le hizo, si es que alguna vez tuvo conciencia de eso. Ninguno de sus defectos llegaba a ser tan odioso. Cualquier persona hubiera podido seguir infaliblemente la pista de su vida guiándose sólo por las ruinas que iba dejando a su espalda, invisibles para él incluso si en algún momento volvía atrás la mirada. Y no porque careciera absolutamente de sensibilidad, sino porque entre su corazón y el mundo, incluyendo a Yolanda, se alzaba, ignorante de sí misma, la muralla de su propio ser.

Como de costumbre, hablaba hasta por los codos, incapaz de sufrir una pausa de cinco segundos, empatando de cualquier modo palabras y más palabras para escuchar su propia voz y no verse a sí mismo. Gracias a eso, ella no tuvo que contarle ni verdades ni mentiras de cómo le iba en la vida, ni darle detalles de lo que estaba haciendo o de lo que pretendía, ni de si tenía a alguien o se hallaba sola. ¿Podría decirle que en los dos últimos años había comenzado de pronto a asistir a la misa del domingo en la iglesia de Las Mercedes, e incluso a algunas en mitad de semana? Bien poco hubiera significado para él cualquier cosa que ella pudiese confesarle y bien pronto la habría borrado de su pensamiento sin siquiera darse cuenta. Escuchándolo, se preguntaba sobre el hecho, tan inconcebible en ese instante, de haber pasado seis largos años de su existencia junto a aquel hombre, de haber presumido alguna vez que fuera posible alcanzar a su lado algo semejante a la dicha y nunca haber querido terminar tajantemente el matrimonio.

II

Que Alfonso, doce años mayor que ella, la hubiese abandonado por una joven de dieciocho, nunca había sido lo más doloroso. En verdad, aun sin conocerla, Vivian no le inspiraba sino pura lástima. Pero jamás podría ni soñar con perdonarle a él que hasta el final le hubiese jurado gravemente que viviría junto a ella para siempre, que envejecería a su lado y que su postrer anhelo era morir a su sombra. Y todo eso lo había repetido justo el día antes de aquella tarde en que, al regresar a la casa, Yolanda halló en la puerta del refrigerador un pedazo de papel que le había arrancado a una revista vieja y donde le declaraba sumariamente que se iba para siempre, que de seguro sería más feliz sin él, que había encontrado a alguien y que ella podía quedarse con el televisor. Como si ella no hubiese tenido la invariable costumbre de quedarse cada noche escuchando la radio en la cama, incapaz de sentarse ante el televisor con verdadero interés, excepto si él le rogaba que le hiciera compañía algún que otro sábado por la noche.

Y ya no volvió a verlo nunca. No habló con ella por teléfono ni siquiera para el divorcio, que efectuaron a través de un abogado. “Un hombre así”, le aseguró Conrado, su hermano, “no merece seguir pisando la tierra”. Mientras él comenzaba su nueva vida con la paz de los justos, sin fantasmas ni remordimientos, ella pasaba sus interminables y agobiantes noches a solas con el insomnio y las pesadillas, sin comprender nada, vaciada hasta el fondo, culpándose a sí misma, asqueada del mundo. Escuchándolo parlotear ahora, Yolanda recordaba con claridad aquella época terrible en que se descubrieron uno al otro la veta sadomasoquista y comenzaron a hacerse tretas cada vez más mortificantes, disfrutando ambos igualmente el daño que cada uno provocaba en el otro.

—¿Y el televisor, Yola? —le preguntó de pronto y ella contuvo una carcajada brutal.

—Por supuesto que no tuve paciencia para venderlo. Se lo regalé a mi hermano. Y hace mucho tiempo que tuvo que comprarse otro.

No quería que Alfonso conociera el peso horrendo de su odio; no debía regalarle el menor reproche ni permitirle sentirse merecedor de su aborrecimiento. Y, sin embargo, ignoraba lo que en realidad estaba haciendo. Únicamente estaba segura de que si le había dedicado los mejores años de su vida a un hombre como Alfonso la culpa era suya y no de él; si le guardaba tanto rencor era por su propia culpa y, paradójicamente, lo odiaba ante todo por la sencilla razón de haberla obligado a odiarlo, de haberla hecho sentirse despreciable y amargada, de haberle hecho creer durante un tiempo que odiaría para siempre a todos los hombres y que debía terminar buscando la satisfacción de su cuerpo en el cuerpo de otra mujer. Pero, acaso, hoy podía ser el día perfecto para dejar el pasado definitivamente atrás.

Cuando llevaba media hora bebiendo y hablando, a pesar de que se había comido la ensalada en un par de bocados, Alfonso ya estaba bastante borracho y, tal como ella esperaba, comenzó sus insinuaciones sexuales. Yolanda le recordó que Vivian lo esperaba. Él se echó a reír, divertido:

—Al carajo Vivian.

—Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos.

—Al carajo el tiempo. Al carajo la última vez. Solamente en nombre de nuestros años felices, Yola

—Ella hizo un leve gesto negativo con la mano, como si quisiera apartar algo muy desagradable y cercano de sus ojos—. Y tírame una foto, para que te quede algún recuerdo mío.

—Qué gran hijo de puta eres —le dijo Yolanda, de nuevo a punto de soltar una carcajada brutal—. ¿Una foto con pasión o sin pasión?

—Al carajo yo, rey de los hijoeputas —Volvió a sus labios aquel grotesco remedo de sonrisa. Sin decir nada y haciéndole un gesto que, no obstante lo leve, parecía en realidad una orden, ella se encaminó al cuarto y él la siguió con el vaso y la botella en las manos, tambaleándose a todo lo largo del estrecho pasillo. Ya adentro, Alfonso dejó el ron sobre la mesita de noche, se desnudó, se echó en la cama y se quedó acostado boca arriba, con las manos bajo la nuca y una expresión placentera que obligó a Yolanda a desviar la vista y mirar por la ventana hacia afuera como si del otro lado hubiera algo que le llamara de pronto la atención—. Tírame la foto ahora, una foto con pasión —exclamó y ella no supo si estaba bromeando, burlándose de ella o hablando en serio, pero a esta altura ya daba lo mismo. Negó con la cabeza—. Bueno, pues al carajo también la foto, la pasión y lo que sea—. Se sirvió otro trago, más largo aun que los anteriores, y con una señal torpe la invitó a que se acercara a la cama.

Haciendo otra seña, para que esperase un momento, Yolanda tomó una toalla y entró en el baño. Se duchó meticulosamente, sin prisa, como si una ocasión muy importante la reclamara. Al final, dejó que el agua cayera sobre su rostro durante diez interminables minutos en los que, por fin, no pensaba en nada. No había sentimiento alguno dentro de ella. No tenía un interior desde donde pudiera llegarle una intención, un anhelo, un acto de voluntad o un recuerdo suficientemente nítido siquiera. Se encontraba aparte de cualquier acontecimiento. Tampoco estaba dejándose conducir por algo que pudiera ser considerado un instinto. Sabía perfectamente que no haría el amor con Alfonso, aunque hubiese querido, porque al salir del baño lo encontraría dormido y roncando. Cuando cerró la ducha, se secó escrupulosamente, colgó la toalla bien estirada y se miró en el espejo durante unos segundos. Entonces supo, sin el menor asomo de duda, finalmente, qué era lo que estaba haciendo.

Salió del cuarto, miró por un instante al hombre, que en efecto dormía, con los ojos entreabiertos como siempre que se acostaba borracho. Eso le provocó la curiosa sensación de que él podía atestiguar cada detalle de lo que ella hacía. Se peinó con esmero, se puso su mejor vestido, se perfumó y se miró en la luna del espejo del escaparate. Fue al lavadero y cogió las cuerdas que usaba para tender la ropa. De paso por la sala, tomó la cámara, le puso un rollo nuevo y la dejó sobre la cómoda, lista para dispararla. Fue de nuevo a la cocina, tomó la botella de alcohol (que por desgracia no estaba muy puro) y regresó al cuarto caminando muy despacio.

—Adiós, Alfonso —le dijo en voz alta y grave, casi triste, al hombre dormido, que siguió roncando con los ojos entreabiertos, y añadió unos instantes después con voz imperceptible—. Perdóname si puedes, Dios mío.

 

Tomado de La Letra del Escriba
Ficha: Ernesto Santana Zaldívar. Puerto Padre, Las Tunas, 1958. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Nudos en el pañuelo (1993), Bestiario Pánico (1995), Mariposas nocturnas (1999), el poemario Escorpión en el mapa (1998) y la novela Ave y nada (Premio Alejo Carpentier, 2002).  Recibió el Premio Novelas de Gaveta, Franz Kafka, por su novela El Carnaval y los muertos. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

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