La Habana futura

Roberto Medina • La Habana, Cuba

La Habana cumplirá sus primeros 500 años cuando arribe la madrugada de 2019.  Se habrá inscrito junto a las otras villas iniciales establecidas por los conquistadores españoles en las ciudades centenarias que proyectarán sus vidas urbanas hacia el tránsito al primer milenio. Eso le confiere a La Habana una condición honorífica de alto relieve como ciudad capital de Cuba.

En el periodo colonial fue desde temprano una de las pujantes ciudades americanas. Más adelante en el siglo XX sobre todo entre los años 30 a los cincuenta del siglo XX tuvo un acelerado crecimiento y un cuidado en la proyección de su trazado urbanístico y de su arquitectura que fueron determinantes para acentuar su importancia constructiva en el contexto latinoamericano. Esto ha sido crucial para la reciente atribución pública internacional de La Habana como “ciudad maravilla”. Fue una de las pocas seleccionadas entre las finalistas a nivel mundial, en la competencia por esa distinción entre cientos de ciudades importantes existentes en el mundo, sobrepasando en atracción emocional a otras cuyos nombres solamente harían marear y enmudecer a cualquiera.  Derecho ganado que habrá que saber mantener y crecer, porque esa condición y la de haber sido declarada un tiempo atrás Patrimonio de la Humanidad implica una alta responsabilidad y obligaciones adquiridas por el Estado cubano para mantener ambas distinciones.

En sentido muy adverso a la ciudad desde hace más de medio siglo las condiciones económicas impuestas por el bloqueo general a nuestra nación han golpeado duramente el necesario y sistemático mantenimiento de las numerosas estructuras físicas de la capital. El progresivo deterioro de las edificaciones y la no ampliación renovadora de sus áreas urbanas han hecho mella profunda en grandes zonas de la ciudad. Aun así, el esplendor subyace en las edificaciones de las más diversas épocas y estilos.  Entre ellas el Centro Histórico es una de las zonas de mayor concentración y atracción de toda la ciudad. Esta área de pocos kilómetros cuadrados se muestra activa desde horas tempranas hasta el anochecer por el trasiego en todas direcciones de los visitantes extranjeros y de la población que circula por ella, maravillados todos al ver cómo las estructuras profundamente dañadas vuelven de nuevo a la vida.

La nueva y afirmativa imagen por las acciones de su rescate y puesta en valor llevada a cabo por la Oficina del Historiador de la Ciudad bajo la preclara visión de Eusebio Leal ha sido sin duda decisiva en esta labor en pro de la preservación de sus valores constructivos dados a conocer ampliamente dentro de la nación e internacionalmente. El reconocimiento mundial que disfruta hoy la ciudad habanera se manifiesta en el turismo cada vez más creciente procedente de todas las latitudes del mundo, que no se detiene a admirar tan solo su zona más antigua sino que reconoce los valores de muchas otras de sus áreas, caracterizadas cada una de ellas por improntas estilísticas y expresiones espaciales diferentes.

Es también partícipe de esa estimación y orgullo tan favorables nuestra propia población capitalina, la cual recibe directamente ese benéfico cambio ambiental al caminar por las calles con edificaciones restauradas en la más antigua zona colonial. Participan los habitantes de muchas otras zonas de la ciudad de la intensa y conmovedora vida cultural en todas las manifestaciones artísticas que la animan a diario, tanto en los interiores de los salones de sus numerosas instituciones como en las áreas abiertas de sus centenarias plazas. Esta labor de rescate y uso cultural es reconocida y admirada por los cubanos residentes en otras partes del país y en el exterior, pues es mostrada por las imágenes que nuestros medios de prensa han sabido mantener de manera frecuente, dando a conocer pormenores de la ampliación y la recuperación frecuente de otros espacios de esa zona y de sus numerosas actividades culturales.

El presupuesto seguido ha sido la sostenibilidad en su restauración o su rehabilitación, llevada a cabo por un entusiasta y numeroso equipo de profesionales de la arquitectura, de la ingeniería, el diseño, y de muchísimas otras disciplinas, comprendidos igualmente los saberes artesanales y oficios, habilidades estas prácticamente desaparecidas que han sido  recuperadas  y enseñadas en una especializada escuela taller dentro de ese territorio, con el entrenamiento efectivo de muchos jóvenes en esas otras artes imprescindibles al rescate de los valores patrimoniales.

La efectiva comunicación pública de la Oficina del Historiador y de toda su estructura organizativa encargada de la recuperación urbana da a conocer sistemáticamente y con creces, de una manera muy experta, toda esa labor reconstructiva en la capital. Esta Oficina es paradigma para los centros históricos de nuestras otras más antiguas ciudades coloniales. Se ha puesto en evidencia en los trabajos de rescate y preservación de los respectivos y específicos valores arquitectónicos y ambientales de esas otras ciudades con la asesoría de esta, siguiendo además el ejemplo en el rigor y en la perseverancia de la habanera por alcanzar resultados significativos.

Las zonas aun intocadas del centro histórico urbano y de otras áreas de la amplia extensión territorial de la capital aguardan a su vez por disfrutar del mismo modo su remozamiento, atemperado a las otras cualidades arquitectónicas y urbanísticas que caracterizan a esas otras zonas capitalinas. En plena concordancia con las demandas actuales y los criterios de respeto a las particularidades volumétricas y estilísticas de las edificaciones en esos otros espacios urbanos al pasarles a otorgar una función social diferente a la original para las cuales fueron edificadas o al ser reajustadas a la propia.

Como saber prever es sinónimo de operar atinadamente con empleo de la razón, convendría hacerlo sobre los cambios que se han de operar en un futuro próximo a las estructuras físicas de la capital, a fin de acrecentar sus valores en términos culturales en las zonas aledañas alejadas de su centro histórico por ser también parte ineludible y representativa en el desarrollo histórico del tejido urbano de la capital. Hacer de esa labor reconstructiva por venir un cambio bien pensado y permanente, no improvisado y transitorio, es la gran lección de la filosofía teórica y de la práctica arquitectónica y urbanística dejada por numerosas generaciones pasadas en la memoria de sus habitantes y en el legado materializado de sus constructores. Unida a la que por décadas lleva realizando la Oficina del Historiador siguiendo ese espíritu poderoso de preservación de nuestros valores culturales más legítimos, enarbolados con el orgullo de ser una parte fundamental de los signos de nuestra identidad nacional.

Las circunstancias actuales y los años inmediatos condicionarán un giro esencial en la historia arquitectónica ante la demanda de la recuperación ampliada de otras zonas de la capital, resultado de la reactivación económica que se irá operando en los siguientes lustros. Preservar los valores arquitectónicos de la imagen pública de La Habana ha de estar en la comprensión de su exaltación como un recurso cultural y económico de primer orden. Mantener y resaltar la dignidad de nuestros valores arquitectónicos y ambientales exige una respuesta integral de todos los factores e instituciones en las labores recuperativas a emprenderse de modo próximo, casi inmediato, para engalanar la ciudad en la celebración de su medio milenio. Esa fecha, apenas a cuatro años, es un evento impostergable y trascendental de la ciudad y de la nación cubana.

Una vez celebrado ese acontecimiento solo se habrá dado un primer paso en la recuperación física de sus dolidas estructuras, con el consiguiente reacomodo de algunas actividades para dar apertura a numerosas gestiones sucesivas, encaminadas a conferirle un cambio más profundo a su desgastada y deteriorada imagen actual. Requerirá  desplegar a continuación de ese suceso el despliegue aun más intenso y abarcador de numerosas acciones de una manera sostenida, con mayor envergadura y alcance para permitirle alcanzar el rango intrínseco de su verdadera imagen y magnificencia, condición clave de su condición de capital del país.

El rediseño de la visualidad desgastada del paisaje urbano capitalino ha de comenzar de inmediato con vista al acontecimiento de su 500 aniversario y de su posterior revitalización general. Será determinante en el relanzamiento de la capital la recuperación y ampliación de su esplendor en correspondencia con los nuevos destinos sociales para lograr un mayor disfrute participativo ciudadano de sus diferentes espacios. Hoy son ejemplos elocuentes las complejas, extraordinarias y hermosas restauraciones emprendidas sobre dos edificaciones monumentales de la capital: el Capitolio Nacional y el Centro Gallego, con el remozamiento y actualización tecnológica del equipamiento escénico de la sala García Lorca dentro de este último. Ambas edificaciones marcarán dos hitos trascendentales en esa recuperación física y visual capitalina, localizadas en una de las vías principales de la ciudad que deberá alcanzar en los años próximos una acentuada revitalización. Se convertirán estas dos edificaciones en símbolos, en modelos representativos de los altos estándares a seguir en los niveles de recuperación de los valores de la capital.

Cada vez más se impondrá la necesidad de revitalizar la capital con un dinamismo no visto por décadas a tenor de los cambios económicos que habrán de producirse a corto y mediano plazo con la entrada de numerosas inversiones extranjeras que redimensionarán en una previsión de no tan pocos años a la economía cubana y repercutirán en el sector de servicios al cubrir toda una amplitud de demandas y necesidades poblacionales de muy diverso tipo, incluidas las requeridas con gran exigencia en las cualidades de diseño y de confort arquitectónico por la enorme explosión del turismo europeo, asiático y norteamericano, que ya se anuncia. Eso implica dirigir los esfuerzos a las actuales estructuras edilicias, a proyectar su gradual recuperación y reactivación activando y recuperando el intrínseco esplendor que subyace en las estructuras de esas edificaciones, las cuales parecen aguardar la llegada de su momento, saliendo a relucir los valores propios de la buena arquitectura cubana, distinguible al ser capaz de brillar nuevamente por su potencial capacidad de recuperación.

En correspondencia a esos esfuerzos ha de crecer intensamente el papel público de las instituciones culturales y económicas en esa labor de rescate y rehabilitación de todo ese patrimonio de cinco centurias o cercano a cumplirlas que levantado en la primera mitad del siglo XX  marcó en ese periodo el carácter de la mayor parte de la ciudad. Impronta que sigue pautando en la actualidad la valiosa expresión arquitectónica y ambiental de nuestras avenidas principales y repartos. 

La cercana conmemoración del medio milenio de La Habana ha de ser acicate general, ciudadano y estatal, para impregnarle bríos a su recuperación, pensada desde los saberes arquitectónicos y no desde la improvisación ciudadana o institucional. Las experiencias mostradas por la Oficina del Historiador de la capital y de los grupos afines en las antiguas villas y ciudades de rango en el país, prueban que el talento y la profunda voluntad de realización permiten realizar proezas que son luego la admiración de todos: de los visitantes extranjeros, pero sobre todo de sus propios habitantes, de quienes las viven a diario, porque el clima espiritual de una ciudad y de la nación, también se mide por el enaltecimiento de su historia constructiva, no con miras a crear una escenografía pública para visitantes, sino porque constituye una de las sustancias vitales que alimenta el clima espiritual, el pulso del cuerpo social de la nación.

La celebración del arribo al nuevo milenio ha de ser para la capital no motivo de precipitado embellecimiento para que los festejos no se consuman en el fuego de los artificios, sino perduren en la obra sabia que producto de una verdadera reflexión cultural deje su asiento de manera firme y duradera en las piedras, y en el corazón de quienes participaron e hicieron suya la recuperación genuina de ese legado arquitectónico.

Apenas nos quedan cuatro años para emprender la proyección de esa magna tarea. Es hora ya de levantar un movimiento cultural en pro de esa recuperación. Camino que exigirá replanteos y denodados esfuerzos de todo tipo. La nación saldrá ganando abiertamente con esa magna empresa, extraordinaria por amplitud, complejidad y por tener que vencer las resistencias de las inercias acumuladas durante años respecto al patrimonio general inmueble, a fin de devolverle la dignidad y la magnificencia a sus edificaciones. No solo de las monumentales, también progresivamente las de los paisajes y ambientes de sus zonas modestas, porque la ciudad es un todo, un organismo vivo que siente las heridas del abandono, pero también sabe agradecer cuando le permiten recobrar sus vigorosas energías, y el goce nuevamente de su salud para hacerla todavía más duradera, centenaria, orgullosa de su historia y de los hijos que supieron levantarla en sus brazos y no dejarla morir.

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