Selección de poemas

Gerardo Fulleda León • La Habana, Cuba

De la bitácora de un marino
                        a Ángel Acosta León

Están en regla el corazón y sus redes.
El salitre nos ha devorado la cara.
Toda la mañana hemos navegado
a toda vela rumbo a la isla.

Aún esperamos tener noticias
del que saltó la borda alucinado

tras la estela de una imagen en el agua.
En su litera encontramos algunos signos:
tatagua, colombina, flor del pecho, cafetera.

Los hombres laboran desde el amanecer.
Ahora, canturrean y beben sobre la borda
ese vino que cada día es más escaso
y tan nocivo como un noviazgo largo.

Ah, anciano de hablar profético.
Si aún conversas con tus antepasados
y adivinas el curso de las lluvias,
dinos qué se ha hecho de nuestra alegría,
cuántos de nosotros llegaremos al puerto,
y cuál mensaje arrastró al suicida
que alienta indescifrable en nuestros sueños.

 

Poética

Ante la hoja en blanco tiemblo:
¿qué cocodrilo, canario o fiera
saltará en sus dominios?
¿Acaso el tinte de la memoria,
el faisán de los sueños,
la magra caligrafía del misterio?

 

Nota aclaratoria

de mi muerte
no solo culpen al veneno
que ingiero a disgusto,
sino también a esa joven actriz
que con su diario desdén
afiló la navaja que hallarán en mi garganta.

 

Obra de gracia

Si me reduces a esta piel, negra
como la cordura de las grandes visiones,
pasarás por alto un privilegio.

Ya en las bodas de mis padres
se brindó por la fertilidad de mi madre,
grano más que espiga
raíz mejor que árbol.
Ella giró en los preparativos
con aires de doncella,
tras dar fe de la virilidad paterna,
nave mejor que mástil
cuenca más que río.
Sin embargo, qué inocencia en sus gestos,
en la forma de entrelazar sus piernas
y adentrarse el uno en el otro.
El cuello de mi madre, galeote insumergido
vaticinaba la marejada en su espalda.
Ah, la saliva de sus labios,
miel, licor en el insomnio de mi padre,
qué negrura tan refulgente en sus brazos.
Él dominaba todo género de astucias,
supo siempre demorar una caricia,
detenerse a un paso del misterio
y respirar hondo
para hacer más valiosa su victoria.
Qué dominio sobre el pulsar de su pecho
sobre el ir y venir de sus arterias
y aquellas palabras por inventar siempre,
germinando en su garganta.
Pero, qué jolgorio final
qué llovizna tan irrefrenable
al humedecer vida,
abandonándolos en su mejor obra de gracia.

No hubo mejor bautismo para mi piel;
miembros configurados por estos ejercicios.
El aliento y la torpeza de mis gestos
es la heredad de aquellos cuerpos.
Encuentra en nosotros esencia de aquel rito
y asume mi piel como un presagio.

 

Ave filosa

Solo si desatas tus cabellos
y corres por el cuarto desnuda,
descubro la libertad.

Es entonces
cuando, al tapiar tus manos con mis manos,
te hago una bóveda en el pecho.

De ella, como espectro
o ave filosa, te escapas
dejándome dentro.

 

Trampas y correajes

El antílope es la pieza
más codiciada del verano,
no por la riqueza de sus carnes
o el precio de su osamenta.
Todo reside en las dificultades
que su captura impone.
Armas blancas o de fuego,
trampas y correajes fracasan
allí donde la sola intensidad
de lo bello logra domesticarlo.

 

Antorchas y licor
                        para Lali

Las cosas que esperé y he soñado
están sentadas frente a mí
y aguardan por mi aprobación.
Nada es más importante ahora
que las cosas que he hecho
en espera de este instante.

El camino recorrido aquella noche
cuando, antorchas y licor, cantábamos
canciones de doble filo.
Y las muchachas andaban descalzas,
riendo como las estrellas.

Y en un recodo nos detuvimos
y sentí el aroma de tu pelo
y nos hicimos firmes promesas
y nos regalamos la luna, decorada
como la viñeta de un libro,
antes de apagarse tras una nube.

 

Permanecer en sombra
                        a mi madre

Y de pronto no fuiste más la desvelada.
Desconsolado aprendí a saberte
al recrear tu voz apilada al recuento.

Las manos no erigirán sueños y chales
ni otorgarán perdón en un gesto.
Todo se te ha quedado turbio, atado
como si permanecer en sombra fuese vida.

Ahora: aprender a decir cómo amabas,
tornabas al dolor o simplemente eras.
Reconocerte en cartas y retratos.
Hay que no olvidarte y llorarte
y dejar tu nombre para los domingos
o los días infinitamente tristes
en que uno sea el desvelado.

 

Tomado de La Letra del Escriba
Ficha: Poeta, profesor, dramaturgo, investigador y director teatral. Santiago de Cuba, 12 de febrero de 1942. Licenciado en Historia en la Universidad de La Habana. Fundador y Subdirector de las ediciones “El Puente”. En 1961 publicó el poemario Algo en la nada. De su extensa producción dramática se destacan, entre otras, las siguientes obras: Los profanadores (1979), Plácido (Premio Teatro Estudio, 1981, llevada al cine por Sergio Giral), Ruandi (1986, Premio UNEAC), La querida de Enramada (1989), Chago de Guisa (1990, Premio Casa de las Américas) y Betún (1997). Como director teatral, se destacan sus puestas en escena de Llévame a la pelota, de Ignacio Gutiérrez (1972), Réquiem por Yarini, de Carlos Felipe (1999), y Falsa alarma, de Virgilio Piñera (2001), entre otras. En 1984 editó el volumen Algunos dramas de la colonia. Desde 1988 es el director general de la compañía teatral Rita Montaner. Parte de su extensa producción dramática ha sido recogida en Resistencia y cimarronaje. Teatro de Gerardo Fulleda León (2006). Su obra se ha representado también en Colombia, EE.UU., Honduras, República Dominicana, Suecia, Venezuela, Suiza y España. Los poemas que ahora publicamos, escritos en los años 70 y 80, pertenecen al libro inédito Nostalgia de Troya.

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