El espectador habanero. Una revista mensual utilitaria cubana

Cira Romero • La Habana, Cuba

Esta publicación, iniciada en La Habana en julio de 1933, fue continuación de Carta Mensual, de la que por entonces se habían publicado 12 números que, hasta el presente, no se han localizado. Tuvo un subtítulo que bien pudo ser un error de impresión, pero que siempre se repitió: “El magacén más cosmopolita de América” y más adelante “El magacén de las tres Américas”, al cual añadieron, en octubre de 1938, “Periódico de combate y acción social interamericana”. Fue dirigida por Enrique Runken y Arturo Doreste, reconocido periodista, quien figuraba como responsable de las colaboraciones. Su staff  editorial estuvo integrado desde junio de 1937 por José Ángel Buesa, quien figuraba como “redactor poético”, Andrés de Piedra-Bueno, en calidad de bibliotecario, y Guillermo Villarronda como bibliógrafo. Buesa, reconocido y gustadísimo poeta neorromántico,  ya por entonces había publicado sus poemarios La fuga de las horas (1932) y Babel (1936); Piedra-Bueno, también poeta, tenía una activa vida como miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras, y había dado a conocer, entre otros libros y folletos, los poemarios En el camino (1926) y Lápida heroica  (1927). Sus Obras completas, en dos volúmenes, aparecieron en 1939, aunque su producción literaria siguió aumentado hasta el año 1960, cuando ya fallecido, apareció su Antología poética. 1933-1958. A diferencia de Buesa, que hoy sigue siendo un poeta casi que de culto entre las generaciones mayores, Piedra-Bueno es un total desconocido de las letras cubanas. Por su parte Guillermo Villarronda, cuyo verdadero nombre fue Guillermo González Gómez, fue también poeta con títulos como Mástil (1935) y Poemas de Walt Disney (1943). Al igual que el anterior, su obra está olvidada.

En sus inicios fue una revista de temas económicos y sociales, pero paulatinamente fue derivando hacia la publicación de materiales literarios, para los que contaban, según hicieron constar, con la “colaboración de las más distinguidas firmas literarias del Nuevo Mundo”. Publicó cuentos, poemas, reseñas bibliográficas, artículos sobre problemas sociales, políticos y económicos, de carácter religioso, entre otros muchos. Sus colaboradores más habituales fueron figuras por lo general muy conocidas en el ambiente literario y periodístico habanero, como Gerardo del Valle, iniciador del movimiento poético de vanguardia en Cuba, cuentista y novelista, cuyo libro muy posterior, ¼ Fambá y 19 cuentos más (1967) aborda temas religiosos de origen africano; Hilarión Cabrisas, también poeta, Antonio Iraizoz, ensayista, maestro y hombre de vasta cultura; Renée Potss, escritora para niños, autora de Romancero de la maestrilla (1936); Gustavo Sánchez Galarraga, de larga ejecutoria como poeta, autor de la parte argumental de numerosas zarzuelas como María la O, Rosa la china, Flor del sitio, El cafetal…, a las que puso música Ernesto Lecuona; la narradora y poeta  Dora Alonso, entonces en los comienzos de su fructífera carrera literaria; Gonzalo Mazas Garbayo, quien, junto con Pablo de la Torriente Brau había publicado en 1930 el libro de cuentos Batey; el poeta Eugenio Florit, que había dado a conocer 32 poemas breves (1927), Trópico (1928-1929) (1930) y Monólogo de Charles Chaplin en una esquina (1931); el filósofo y educador Medardo Vitier; el narrador y poeta Enrique Serpa, autor hasta entonces del poemario La miel de las horas (1925) y quien en 1938 publicara una de las novelas más importantes del siglo xx cubano: Contrabando; y Felipe Orlando, pintor y cuentista. Asimismo,  numerosos autores latinoamericanos engrosaron sus páginas. Esta larga relación da prueba de que se trataba de una publicación que se fue convirtiendo en eminentemente literaria, de poesía más bien, y, en efecto,  al revisar sus páginas nos encontramos ante una verdadera antología de poemas de algunos de los mejores escritores de aquellos años. Ilustremos con un poema aparecido en sus páginas, “La amante postrera”, del citado libro La miel de las horas, de Serpa:

Ambularás — ¿quién sabe cuántos años?—como una
mujer frívola en torno de mi callada puerta,
a los fantasmagóricos reflejos de la Luna,
o de la tarde agónica bajo la luz incierta,
esperando la hora solemne y oportuna
en que pueda tu mano, incansable y experta,
desengarzar el áureo collar de mi fortuna
y cultivas tus ósculos sobre mi boca yerta.
¿Qué importa que transcurran las horas y que buenas
mujeres, a manera de blancas azucenas,
me den unos minutos llenos de amor y de placer,
si tú serás la amante postrera y erudita,
y sé que fatalmente llegarás a la cita
que nos dimos el día que me viste nacer?

 

El último  ejemplar visto de El Espectador Habanero. Una revista mensual utilitaria cubana corresponde a julio de 1939. Tras sus páginas, aunque su título no lo delate, se esconde buena poesía cubana. 

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