Ajedrez desde los tiempos

Apertura a la cubana

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

En la trastienda de un comercio especializado en sedería y perfumería, ubicado en la calle O’Reilly y propiedad de Valentín Corujo, se reunían regularmente varios apasionados habaneros del ajedrez.

«Hacíamos tertulia y jugábamos allí Celso Golmayo, el Dr. Antonio de los Reyes Gavilán, Enrique del Monte y Canuto Valdés, entre otros», contaría años después el Dr. Alberto Ponce y Valdés, uno de aquellos apasionados del llamado juego ciencia, al cronista Gerardo Castellanos.

Imagen: La Jiribilla

Concurrían también cada día y de tarde en tarde, otros aficionados y mirones, entre comerciantes, maestros y aprendices.

Tanto era el entusiasmo de aquellos estrategas del tablero que una noche nació la iniciativa de constituir un club de ajedrecistas.

La idea de formar un ateneo “en serio” partió de uno de los principales concurrentes: Canuto Valdés, quien era dueño de una botica homeopática en la calle Mercaderes.

Poco después, el 11 de septiembre de 1885 nacería el núcleo primigenio del Club de Ajedrez de La Habana.

Se escogería para cuartel general del cenáculo, una habitación de la calle Mercaderes, marcada con el número 11.

Pero el raro maridaje del fogoso entusiasmo con la desalmada economía, hizo que llegada la noche, cuando las partidas se prolongaban más de lo aconsejable, los propios mirones tuviesen que alumbrar los tableros con trabucos de sebo.

El mismo matrimonio difícil hizo que el club tuviera una existencia trashumante y azarosa.

Así, en 1887, se trasladó por gestión de Adolfo Moliner a una casa de la calle Prado, donde años después se instalaría el establecimiento El Anón del Prado.

Allí jugaría «meritísimas partidas Golmayo con el cubano cónsul de México, Andrés Clemente Vásquez y a iniciativa de otro vehemente ajedrecista, llamado Arístides Martínez, se reunieron los fondos para la visita del famoso maestro capitán Mac`Kenzie», escribiría Castellanos en el tomo II de su Panorama Histórico.

Apunta el cronista que gracias a las buenas gestiones de los cofrades lograron realizar en los salones del Unión Club de La Habana el primer match por el Campeonato Mundial —1890—, entre el campeón praguense Wilhelm Steinitz y el maestro ruso Mihail Tchigerin, en el que triunfaría el primero.

Las partidas se debieron, entre otros benefactores, al apoyo de un acaudalado cubano de apellido Sandoval.

El círculo tendría altas y bajas durante nueve años, hasta que a partir de 1899 sufriría un largo sopor.

Luego de mudanzas y silencios, de un salto del local en los altos del café Marte y Belona al hotel Plaza, en 1913 se celebró en este último lo que parece ser el Primer Torneo Internacional de La Habana, que ganó el campeón norteamericano Frank J. Marshall y en segundo lugar estaría, nada más y menos, el cubano José Raúl Capablanca.

Estando el club instalado en Virtudes número 2, en la casa del conde Kostia, seudónimo del afamado escritor, periodista, poeta, crítico, conferencista, dramaturgo y diplomático cubano Aniceto Valdivia [1]  se organizó en marzo de 1919 el match Capablanca-Borislav Kostich (Serbia), que ganó el cubano por cinco a cero, sin tablas.

Tres años después, el domingo 8 de octubre de 1922 se desplomaba el piso del local, destrozando todas las pertenencias de la asociación sin dañar a jugador alguno.

La vida precaria y casi nómada, no impidió que el club mantuviera en alto los estandartes de sus muy escasos, pero entusiastas consocios, pero tampoco evitó los continuos vaivenes de sedes y locales que siguieron sucediéndose poco después. Reabrieron un local en Bernaza y Obrapía, en noviembre de 1922. Luego se fueron a las calles Cárdenas y Apodaca, que tendrían que abandonar por desahucio.

Del mismo modo, se mudaron a un salón de la Unión Castellana, en Prado y Neptuno, y, al poco tiempo, irían a la calle Trocadero; más tarde a Refugio 15. En 1925 otra vez vuelven a Trocadero, luego a Zulueta número 30 y a Genio 23. En 1928 van a San Lázaro; en 1931 a Aguacate y Empedrado y luego a Virtudes 67, donde estaría algún tiempo.

Durante todo ese período republicano agonizaría y reviviría el club, al decir de Castellanos «en medio del fragor de los cañones de las torres, saltos mágicos de los caballos, lentos y aristocráticos andar de reyes, carreras de alfiles y peligrosos pases de los tozudos peones…»

 

Nota:
1.   Aniceto Valdivia y Sisay  de Andrade (Ingenio Mapo, Sancti Spíritus, 20 de abril de 1857 – La Habana, 28 de enero de 1927).

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