Fidelio Ponce: misticismo y sociedad

Roberto Cobas Amate • La Habana, Cuba

Fidelio Ponce de León es, sin duda, el artista más singular que ha dado el arte moderno en la Isla. Muchos mitos se han tejido alrededor de su particular personalidad. Algunos contemporáneos suyos explican su vida a través de su incursión en una bohemia tormentosa, donde el genial pintor deambula de pueblo en pueblo acompañándose de una botella de alcohol. Sin embargo, su individualidad queda definida por los avatares de una vida en la cual misticismo y sociedad forman una unión indivisible que es parte inherente de su propia historia. Un hombre camina con su pasado y éste siempre estuvo presente en la memoria de Ponce desde el mismo momento de su nacimiento.

Fidelio Ponce de León nace el 24 de enero de 1895, apenas un mes antes del estallido de la guerra del 95 en la que se inicia una vez más la contienda por la emancipación de Cuba del yugo español. Creció en un ambiente signado por la religiosidad en la ciudad de Camagüey, muy conservadora por aquellos años, donde la profusión de iglesias y la práctica del culto incidiría en la espiritualidad de sus habitantes. Su padre era cronista religioso en la prensa local. Sin duda, esta irradiación de la fe católica va a incidir en un espíritu sensible como el del niño Ponce a quien su padre matricula en las Escuelas Pías donde además prestó funciones como monaguillo [1]. Aquí se encuentran las raíces de lo que será el núcleo fundamental de su pintura, la temática religiosa, tanto para alabarla como, en algunos casos, someterla a censura.

Por otra parte el joven Ponce tuvo que vivir en carne propia los vaivenes de una sociedad cubana despersonalizada históricamente después de la intervención de EE.UU. en la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana y el surgimiento de una república mediatizada por la Enmienda Platt que amenazaba la frágil independencia de la Isla. Los clamores de libertad se apagaron o al menos quedaron sumergidos durante las primeras dos décadas del siglo XX, momento en el que Ponce inicia sus estudios en la Academia de Bellas Artes San Alejandro, a cuyas clases asiste con irregularidad, inconforme desde fecha temprana con el programa de estudios de la institución habanera. Por esa fecha descubre una inicial predilección por el pintor español Esteban Murillo y sus escenas religiosas que servirán de referencia lejana a su pintura.

El desarrollo temprano de Ponce como pintor no dejará de estar marcado por una sociedad que después de algunos años de bonanza económica se hundió en la peor crisis que sufrió la Isla después de su proclamada independencia. Entre todos los pintores de su generación, fue indiscutiblemente Ponce quien con más dureza tuvo que enfrentar esta situación. Y mientras algunos adoptaban una posición de enfrentamiento directo a la descomposición social de la época, como son los casos de Arístides Fernández y Carlos Enríquez, otros, como Ponce, se hundieron en un individualismo exacerbado, refugiándose progresivamente en el alcohol y en una religiosidad que estaba presente en la mayoría de sus cuadros, incluso en aquellos en que no se abordara el tema directamente. Lo que estaba claro en Ponce es que la enmohecida academia de bellas artes era un reflejo de esa sociedad que detestaba y que tenía que combatir con todas sus fuerzas, evidenciándose en sus propias palabras: “…yo estaba en franca rebeldía; mi rebeldía se acusaba en la clase, en mis protestas, en mis telas, hasta rechazar obstinadamente el modelo académico y reemplazarlo por el modelo interior…”[2] Ponce se aproxima en estos tanteos al movimiento de surgimiento y desarrollo de una modernidad que alcanzaría sus mejores logros entre los años 30 y 40.

En 1934, un año después de la caída del dictador Gerardo Machado, Ponce realiza su primera e impresionante exposición en el Lyceum de La Habana en la cual se revela como un artista sui generis y de una calidad sorprendente entre sus contemporáneos modernos. Asombra con una obra en la cual no se aprecian vacilaciones ni irregularidades: es un conjunto de una solidez absoluta. Entre los cuadros que exhibió en esta muestra consagratoria se encuentra Beatas y Tuberculosis dos de las piezas clásicas que definen lo mejor de su pintura. Tal como afirma Ramón Vázquez, notable estudioso de su obra, Ponce “se instala de un solo golpe en el modernismo cubano con obras definitivas” [3].

A partir de este momento el artista comienza una dura batalla para vencer los avatares de su vida. Infortunadamente el alcohol no le abandona y la salud se escurre sin posibilidad de asirse a ella con firmeza. Ponce es su pintura, sin duda su principal razón de ser y su paso a una posteridad de la cual siempre estuvo tan consciente. Parece sentirse cómodo encerrado en su pintura, refugiándose hacia zonas más íntimas del espíritu.

Fidelio Ponce es un caminante solitario por los senderos de la modernidad. Su pintura no se ancla en los anhelos de sus contemporáneos por crear un modernismo cubano que algunos identifican por un estallido de colorido tropical. Ponce, orgullosamente, se atiene a una gama muy restringida de color, donde el blanco será el gran detonante de toda su obra, esa “cremosa corriente blanca de su pintura” al decir de Guy Pérez-Cisneros y mediante ella consigue algunos de sus cuadros antológicos.

Algunos críticos de arte han dividido su obra en distintas etapas; así han afirmado que los cuadros pintados antes de 1935 pueden considerarse como puentes o búsquedas hacia un estilo; otros, realizados entre 1935 y 1940, aparece la línea delimitando los bordes y perfiles que todavía están presentes en sus pinturas, pero las figuras y los objetos se van tornando más incorpóreos; por último se identifica una “época gris-siena” que se extiende hasta poco antes de su muerte, en 1949.

Sin embargo, al hacer una valoración de su producción podemos apreciar que realmente lo que existe y se percibe claramente en sus obras son oscilaciones de acento, en particular con respecto al color. Sus temas son recurrentes, indaga afanosamente en las imágenes religiosas con variados matices: Cristo, beatas, vírgenes, penitentes, novicias y escenas bíblicas en general y alrededor de este eje esencial todo lo demás: paisajes, naturalezas muertas, retratos, et al. Sin duda, su pintura quiere ser moderna pero insertándose en la tradición. En tal sentido tiene afinidades expresivas próximas a artistas de distintas época y estilos tales como Velásquez, Goya, el Greco y Modigliani, entre otros.

El rechazo a los temas cubanos que está presente en la pintura de Ponce es un rechazo al contexto epocal en el cual le tocó vivir. La revolución del 30 se fue a bolina y con ella las esperanzas de un futuro mejor. La descomposición de las estructuras sociales, la desidia oficial hacia el arte, hizo que Ponce se refugiara en asuntos muy alejados de cualquier connotación nacional. Así aparecen en su pintura paisajes con cipreses, parques de París, personajes quevedescos, damas de folletín, soldados rusos o campesinas españolas [4], evidencia inequívoca de una ruptura con la sociedad de su época.

Paradójicamente, esta aura mística que envuelve su pintura fascina a algunos de sus contemporáneos. Tal es el caso del gran pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, quien afirma que Ponce es una “…poderosa personalidad propia que extrae un estilo propio de algo que pareciera estar más allá del tiempo y el espacio”[5]. Mientras que Alfred H. Barr, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York y uno de los principales organizadores de la exposición Modern Cuban Painters, en un arranque de entusiasmo declara que Ponce es “…en sus mejores momentos, el primer pintor de Cuba, embozando sus inquietantes figuras en velos de suaves sienas, blancos y verdes [6].”

El momento climático de su creación artística lo alcanza en 1938 cuando en el Salón Nacional de ese año vuelve a obtener el primer premio con el óleo Niños, instante culminante de su producción, destacándose por encima de una constelación de obras de primer nivel de otros pintores modernistas. Este cuadro cierra el círculo de oro iniciado con Beatas, La familia y Tuberculosis todas realizadas en 1934. Sobre esta última obra el periodista y crítico de arte Juan Sánchez subraya: “Es quizás el ejemplo más brillante de su época blanca, que lo reafirma como un caso aparte, completamente atípico, en un contexto que tendía a la exaltación casi feroz del color” [7].

Fidelio Ponce fue un hombre colmado de contradicciones, como contradictoria fue la época que le tocó vivir. Fue un francotirador irreverente que supo marcar su distancia tanto del arte académico como de la llamada vanguardia artística cubana. En alguna de sus declaraciones dejó clara esta posición cuando afirmaba: “Para mí, todos, absolutamente todos los pintores de arte nuevo y académico en Cuba son productos malos de la mala pintura europea y si no véanse sus obras” [8]. Así de desafiante era su personalidad.

Sin embargo, al final del trayecto una interrogante nos asalta, ¿no será el misticismo de Ponce una forma diferente de reinterpretar lo cubano a través de una religiosidad que es una presencia inmanente en la cultura popular de la Isla y que encontrará su mejor expresión en los poetas y pintores reunidos alrededor de José Lezama Lima y la revista Orígenes?

La mística de Ponce no es más que un reflejo de una sociedad en la cual se sintió rechazado y tuvo que enfrentarse a ella como los grandes boxeadores, peleando al contra golpe, con los medios que tenía a su alcance. En su propia pintura está la explicación de su irreverencia y evasión, reflejo oblicuo de una época discordante. Lo que está claro para todos es que a los 120 años de su natalicio Fidelio Ponce constituye sin duda una las figuras más relevantes del arte cubano, caribeño e Hispanoamericano del siglo XX.  

 

Notas:
  1. Juan Sánchez. Fidelio Ponce. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1985. pág. 21.
  2. Ibidem, pág. 36
  3. Ramón Vázquez Díaz. Fidelio Ponce. En: Museo Nacional de Bellas Artes, Colección de Arte Cubano, ScribaNetStudio, /Italia/ 2008. pág. 98.
  4. Ibidem. pag. 98.
  5. David Alfaro Siqueiros. “Los artistas modernos cubanos”. Ultra, La Habana, julio de 1943.
  6. Alfred H. Barr. Modern Cuban Painters. Museum of Modern Art. Bulletin, Nueva York, abril de 1944.
  7. Juan Sánchez. Op. cit. página 51.
  8. Ibidem. página 72.

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